Bittersweet.

Prólogo.

Hace mucho tiempo, en una tierra de pastos verdes, flores exquisitas y de colores vivos, existía un enorme reino próspero cuya extensión parecía abarcar de sur a este y norte a oeste. En ese reino había un blanco castillo con techos color sangre y jardines suntuosos ubicado a lo alto del risco que daba vista al mar; en aquél castillo habían sirvientes, bufones y, por supuesto, un rey.

El rey era conocido por tres cosas: Por su gran belleza, por su alma negra llena de ambiciones insanas y por sus concubinas.

Como hombre atractivo que era, tenía muchas mujeres a su disposición, todas de belleza sin par, todas botines de guerras pasadas, todas ellas alguna vez princesas en los reinos conquistados por el rey. Todas ellas vestían las telas más suntuosas y portaban las joyas más fabulosas que los ojos de un común pudiera ver.

Todos los hombres, sirvientes y comunes, hasta los reyes, vecinos envidiaban al rey al poseer a mujeres de piel blanca como la nieve y de piel negra como el cenizo.

Sin embargo, había algo en aquel harén que opacaba por completo toda su belleza, algo que pasaba desapercibido al rey y a las mujeres: Una mujer fea. Sí, una mujer fea.

Una mujer de pómulos salidos, demasiado delgada, sin busto y con el cabello negro eternamente trenzado en dos partes con un "tamal" como fleco. Una mujer que había sido entregada al rey luego de que su hermana menor, una de las mujeres más bellas del reino conquistado, huyera con su amante, quien era el prometido de ella, de la mujer fea que vestía como niña con esas ropas floreadas.

Ella era vista como el Residuo, la Basura, la No Mujer.

Ella era burlada, ignorada y hasta injuriada por sus compañeras de harén, por los guardias, los sirvientes y por el propio rey, quien le asignó el rincón más alejado del harén como su espacio personal, un hueco en donde su fealdad no molestase jamás.

Nadie culpaba al padre de la dama en cuestión al entregarla, ni siquiera el propio rey. Nadie culpaba de la desesperación de la familia real por deshacerse de ese bicho raro que obstruía el brillante futuro de la hermana menor de convertirse en la esposa de un rey magnífico, y nadie culpaba al rey de querer encerrarla en ese hueco oscuro.

¿Cómo culparlo si aquella mujer era tan fea que hasta hacía llorar a los niños?

Una noche, cansada de llorar por las vejaciones y las burlas de la gente, ella tomó una decisión: Ataviada con el mismo vestido con el que llegó al castillo del rey, subió a la orilla del balcón, el cual daba una vista magnífica del bosque. Con un suspiro, se tiró al vacío, rumbo a los brazos de la dulce muerte que le esperaba ahí abajo...

Las palabras resonaban en Cossette Valemont como un tambor.

Ahí, a orillas del balcón del campanario de la Catedral de Notre Dame, rememoró una y otra vez aquél cuento que su madre le contaba cuando era pequeña. Todavía podía recordar aquella voz de falsa dulzura que empleaba solo para cumplir con un compromiso; todavía podía evocar aquella infancia infeliz, en donde el calor familiar brillaba por su ausencia y los bienes materiales tenían mayor importancia que lo que ella sentía, lo que ella anhelaba, lo que ella deseaba con toda su alma.

Miró hacia abajo y luego hacia el frente, hacia el horizonte, hacia el atardecer.

Empuñando el arma de fuego que tenía en mano, colocó la punta en la sien… Y acabó con su vida en un pestañeo.