Prólogo

"¿Qué he hecho yo para merecer esto?"

Vale, puede que haya mentido. Y robado. Y disparado a alguna que otra persona. Pero era mi deber. ¿Eso no cuenta? ¿No importa que lo haya hecho por mi patria? ¿Por mi familia?

Dada la situación en la que me encontraba, al parecer la respuesta era "No".

"Lo prometo."

Dos palabras arrancadas por la fuerza pueden traer muchos dolores de cabeza con el tiempo. Vale, esa no es la expresión más acertada. Es posible que no haya sido torturado mientras me comprometía a tales condiciones, pero sí chantajeado. Porque uno no puede decirle que no a la mujer con la que quiere casarse y a la que ama. Sobre todo si esta le amenaza con irse con el primer libertino que se le cruce en el camino a menos que aceptes sus peticiones. Ahora, tras veintiséis años, me arrepentía profundamente.

―¿Se arrepiente usted, milord?

Un escalofrío subió por mi columna. Ella siempre sabía lo que pensaba.

―Me arrepiento de mi promesa, no de mi decisión final.

―Excelente. Me entristecería mucho saber que tras todo este tiempo aguantando tus ensordecedores ronquidos, ahora me tengo que mudar.

―Milady, sabes que no ronco.

Escuché como su vestido susurraba mientras ella se acercaba lentamente hacía el sillón.

―No te oigo poniéndote histérico por decir que me voy.

―Mi amor, si hiciera eso cada vez que me amenazaras con irte, habría muerto hace ya mucho tiempo de un infarto.

El silencio llenó la estancia mientras cada uno pensaba en su siguiente movimiento. Sabía perfectamente lo que Mary iba a hacer y también sabía que lo mejor era no provocarla. Porque ella siempre tenía un pequeño arma escondido. Y no siempre era metafórico.

―Me prometiste que le permitirías a nuestros hijos ir al mismo colegio que fuimos nosotros . Fue lo único que te pedí.

Directo al corazón. Puede que no fuera una bala o un cuchillo, pero dolía mil veces más. Porque sabía que tenía razón. Al pedirle que se casara con él solo había solicitado una cosa a cambio (al menos una cosa importante) y en ese momento me sentía como el mayor desgraciado del mundo por no cumplir con mi palabra.

―No me pediste que cumpliera mi promesa con Haden. ¿Por qué quieres que le haga ésto a mi dulce e inocente hija?

Tras estas palabras, el despacho volvió a quedarse en silencio. De verdad creí que ella iba a responder e, intentando ver si se había rendido, me di la vuelta para ver que hacía.

―¡Mary! Por favor, no llores ―dije desesperado. Sus hombros se estremecían violentamente y los ruidos que hacía rompían mi corazón. Ella no lloraba a menudo. ¡Demonios! Ella no lloraba casi nunca―. Por favor ―pedí acercándome lentamente a ella. Su repentino movimiento me detuvo. Si, lagrimas corrían por su cara. Pero no eran lágrimas de tristeza, sino de diversión.

―Will, ¿sabes lo que hace tu dulce e inocente hija casi todas las noches? ¿No? Te diré lo que hace. Sale por la ventana de su habitación trepando por el árbol que te pidió que plantaras por su décimo cumpleaños y va a la casita del bosque con Geoff ―con cada palabra me ponía más rígido―. ¿Sabes por qué va con Geoff? Porque le pidió que le enseñara a disparar un arma de fuego. Y a manejar un cuchillo. Y no me extrañaría que también supiera como luchar mano a mano.

―¿Cómo sabes tú todo eso? ―las palabras salieron roncas. Tenía una necesidad urgente de sacudir a la mujer. E ir en busca de mi hija para sacudirla a ella también. Además, tenía unas ganas enormes de ir a la casita del jardinero, arrancarlo de su cómoda cama y estrangularlo. Mi mente ya estaba visualizando todos los lugares donde podría enterrar el cadáver y las explicaciones que daría su esposa y a las autoridades.

―Él mismo me lo dijo. Sabes tan bien como yo que todos los empleados son de total confianza y él no quería hacer nada sin mi consentimiento.

―¿Y no pudo pedírmelo a mi?

Marry me miró como si le hubiera dicho que los cerdos volaban.

―Te conoce lo suficiente como para no decirte nada. Además, yo le pedí que lo mantuviera en secreto.

La furia bullía en mi interior. Me dolía la garganta por todas las ganas que tenía de gritarle a ls mujer y los puños estaban tan apretados que empezaba a sentir la sangre goteando de los cortes producidos. Me obligué recordar que en realidad esta mujer era el corazón que bombeaba en mi pecho, cada aliento que tomaban mis pulmones, la luz de mi vida. Ahora bien, no había ningún problema en ir y buscar Geoffrey.

―¿Hace cuánto?

―Cuando cumplió los doce. Tienes que reconocer que eso es una suerte.

―¿Suerte? ―las palabras, dichas con voz suave y atemorizante, apenas la hicieron estremecer.

―Sí, una suerte. Yo tuve que aprender todo eso cuando entré en la academia. Me he tomado la libertad de darle instrucciones a Geoff respecto a lo que tenía que enseñarle.

Respirando profundamente, me volví a sentar en el sillón con los brazos apoyados en las rodillas y la cabeza colgando entre mis manos. Podía oír claramente mi corazón latir en mi pecho, el fuego crepitando en la chimenea y a Mary acercándose a mi. Al sentir su calor enfrente mía ni siquiera levanté la cabeza.

Ella se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en el hueco que había entre mis codos.

Sus siguientes palabras me hicieron un nudo en el estómago y estrujaron mi corazón:

―Me lo prometiste Will. Lo prometiste.

Tantos sentimientos recubrían esas dos frases que fue difícil no tomarla entre mis brazos. Tan difícil y tan doloroso que al final me rendí y la arrastré a mi regazo. Con mi cara enterrada en su cabello rojo, murmuré dos palabras: Lo haré.