Y un día, ocurrió: el Infierno se heló. Fue algo completamente inesperado, sí, pero al mismo tiempo el mundo medio como que ya lo esperaba. O sea, era bastante obvio que ocurriría eventualmente; el espacio era limitado, el núcleo de la Tierra se estaba enfriando cada vez más y hay una cierta cantidad de magma para usar. Pero aun así, la verdadera causa del congelamiento fue nada más y nada menos que el mismísimo Diablo.

Verás, más allá de toda su maldad y de ser el padre de todo pecado y qué se yo, el Diablo tenía un punto débil: el helado. Todo el mundo ama el helado, ¡incluso el Señor de las Profundidades! Pero el Infierno es muy, muy caliente, ¿sabes? Así que el Diablo no tenía ninguna oportunidad de conseguir helado, y finalmente decidió "¡Ya fue, yo quiero helado!", y agarró y congeló el Infierno para poder disfrutar de un poco.

Por supuesto, el Diablo no pensó realmente en lo que estaba haciendo. Así fue que, una vz que tuvo su helado y se lo había comido, decidió "¡Que se haga el fuego!" Pero claro, siendo que él no era Dios, no podía crear fuego de la nada, y se encontró con un Infierno congelado y ni un solo lugar calentito para descansar y quizá hacerse un bronceado o algo.

"Oh dos mío" (no podía realmente decir la otra palabra-D, siendo el Diablo y todo eso), "¿¡qué he hecho!?", pensó el pobre, pobre Diablo. Los ángeles descendieron a burlarse de él, y una poderosa risa perteneciente al mismísimo Padre retumbó por toda la Tierra y más allá. El Diablo realmente se la había mandado.

Los demonios menores, disgustados con el nuevo estado de las cosas en el submundo, decidieron pedir perdón y volver a ser ángeles. Los ángeles, viendo una oportunidad para tener nuevos subordinados para hacer el trabajo sucio mientras ellos estaban de vacaciones en Jamaica y Cuba y esos otros países, decidieron "¡Qué dementes," (no podían usar la otra palabra-D, siendo ángeles y ya que no iba a haber más y todo eso), "aceptémoslos!", y así todos los demonios fueron perdonados.

El Diablo se halló solo en un Infierno congelado. Bueno, no realmente solo: había pingüinos, y osos polares, y algunas ballenas en la pequeña parte del Lago de Lágrimas que no se había congelado aún; y no olvidemos mencionar las miles de millones de almas condenadas que habían estado ardiendo hasta hace un par de horas, y que ahora se hallaban totalmente congeladas. Era un lugar realmente feo y aburrido, sin dudarlo.

No es sorprendente, pues, que el Diablo decidió abandonarlo todo e ir a buscar el perdón de los Cielos. Arribó a frente a los Santos Portones Dorados y fue rápidamente recibido por el viejo San Pedro.

—Bienvenido, herm…—comenzó el viejo Pedro, cuando repentinamente notó a quién le estaba hablando y pasó a ser más bien—, OHDIOSMISERICORDIOSOTENMISERICORDIAQUÉHACES-TÚAQUÍ —lo cual fue una palabra bastante larga, sin dudarlo; el Diablo quedó confundido por unos dos o tres segundos.

—No os preocupéis, viejo Pedro —dijo el Diablo con su tétrica y distorsionada voz—. No estoy aquí para haceros sufrir, sino buscando el perdón para unirme a ustedes en gloriosa celebración. Además, me quedé sin helado.

—No me digas —replicó el viejo santo, cuyas sospechas con respecto al Diablo no se habían disipado del todo—. Bueno, no estoy seguro de poder dar el veredicto final yo mismo. Aguarda aquí, ¿quieres?

—¿Puedo tener algo de helado mientras tanto?

—No.

El viejo San Pedro atravesó los Portones, dejando al Diablo allí parado por un rato. Eventualmente volvió, pero no solo; junto con él venían algunos de los más grandes arcángeles y serafines, como Gabriel, Rafael, Miguel, Uriel, Metatron y, obviamente, Optimus Prime.

—Ellos decidirán tu destino —dijo el viejo Pedro.

—Que así sea —replicó el Diablo.

—Que así sea —dijeron los arcángeles y serafines al unísono.

—Que así sea —coreó el viejo Pedro.

Pasaron unos minutos, y quizá el Diablo se aclaró su garganta de la manera más desagradable y distorsionada imaginable, hasta que finalmente no aguantó más y preguntó:

—¿Y cómo será esto, si no les molesta que pregunte?

Uno de los arcángeles le chistó al Diablo para que se callara, y le respondió con un seco "estamos pensándolo". Eventualmente, otro dijo:

—¡Ajá! Ya lo tengo, usaremos los mismos trucos que tú.

—¿Cómo es eso? —se preguntó el Diablo.

—Te tentaremos, y si no puedes resistir el pecado, pues estás sin suerte y tendrás que resignarte a vivir en el submundo… ¡hasta el fin de los tiempos!

—¡Demonios, no! —replicó el Diablo—. ¡No hay helado allí! Hagan lo que puedan, bastardos angelicales.

El primer arcángel se adelantó y comenzó a hacer un baile bien sexy frente al Diablo, tratando de tentarlo con el Pecado de la Lujuria. Lamentablemente, el Diablo no sólo era heterosexual sino muy, muy homofóbico, así que simplemente le dio al ángel una dura lectura sobre la santidad del matrimonio y que no hay que hacer con el cuerpo de uno cuando uno no está casado y como las relaciones del mismo sexo eran muy, muy erróneas, entre otras cosas. Este es, por cierto, un buen momento para recordarle al lector que el Diablo es el chico malo y que su consejo no debería ser seguido ni tomado como palabra del autor, sino más bien lo opuesto.

—¡Bendición! —por obvias razones, los arcángeles no tenían permitido maldecir a nadie—. ¿Qué haremos ahora? ¡Este tipo se sabe nuestro credo mejor que nosotros!

Un segundo arcángel se adelantó y comenzó a burlarse del Diablo, insultándolo a él y a su madre y a su perro y a su casa y todas esas cosas que uno normalmente insulta, tratando de tentarlo con el Pecado del Orgullo. Pero entonces cometió el error fatal de traer a colación al Padre del Diablo, que claramente es Dios; como insultó a Dios, fue degradado y enviado a vivir a Detroit.

Un tercer arcángel se adelantó con el Pecado de la Pereza, pero le puso poco esfuerzo y fue derrotado casi instantáneamente. El cuarto, quinto y sexto arcángel tenían Pecados aburridos, así que no serán mencionados. Y así llegó el séptimo y último, el Serafín Metatron, Mano Derecha de Dios y Líder de los Ángeles y varios otros títulos lindos que no nombraremos porque esto no es una novela de intriga política medieval. Decidió planear su ataque por el lado del Pecado de la Gula, e hizo aparecer un banquete con las más deliciosas delicias frente al Diablo.

—Escucha, Diablo —dijo Metatron—, si tocas al menos una de estas cosas comestibles en este banquete aquí presente, te consideraremos un glotón y se acabó la cosa. ¿Suena bien?

—No, pero ya fue, acabemos con esto —replicó el Diablo con confianza. Sin embargo, mientras avanzaba despreocupadamente en dirección a los Portones Dorados, una cosa comestible en particular le llamó la atención. Era la más deliciosa delicia jamás concebida, el más sorprendente postre que la humanidad jamás hubiese inventado, el más dulce de los dulces: un cono de refrescante, delicioso y dulce helado.

La boca del Diablo se hizo agua de tal manera que ocurrió un segundo diluvio. Su cuerpo dejó de responder, su cerebro colgó un cartel de "Volveremos en un momento" en la puerta, su corazón se saltó un par de latidos distorsionados y su lengua comenzó a lamer sus labios sin parar. Para cuando supo qué estaba haciendo, tenía un gran bocado de helado a milímetros de su boca.

La sonrisa de Metatron podía oírse a una galaxia de distnancia. El jadeo combinado de los arcángeles fue suficiente para detener el diluvio y causar varios tsunamis destructivos en la Tierra. La quijada del viejo San Pedro había descendido un par de centímetros, lo que le daba un aspecto más viejo. ¿Era este el final? ¿Fallaría el Diablo?

Un gran trueno deshizo la tensión que tan cuidadosamente se había ido formando, y el Diablo, asustado, dejó caer el helado en sus zapatos. Un hombrecito pequeño atravesó los Portones y se trepó al escritorio de San Pedro.

—¿Por todos los infiernos, qué está pasando aquí? —exclamó, y por el hecho de que Él fue capaz de decir "infiernos" se deduce que es en realidad el gran y único Dios—. ¿Qué hacen todos ustedes vagos vagueando por aquí? ¡Y en hora pico, por Mí!

Los arcángeles y serafines se hallaron imposibilitados de responder. Estaban asustados, y con razón; cuando Dios se enoja muy mucho, cosas muy, muy malas ocurren por todas partes. Así que simplemente pasaron por los Portones y volvieron a trabajar.

El viejo San Pedro, mientras tanto, se había sentado en su escritorio, pretendiendo trabajar mientras discretamente miraba a su Jefe, todavía parado sobre unos papeles muy importantes que tendrían que volverse a hacer porque estaban todos sucios y arrugados de haber sido pisados.

Dios ojeó al Diablo, quien todavía estaba sufriendo la pérdida del tan ansiado helado.

—¿Qué haces aquí? Ve a trabajar —ladró. El Diablo, triste y derrotado, estaba a punto de descender a los infiernos nuevamente, cuando la voz atronadora de Dios atronó nuevamente—. ¿Dónde estás yendo, infeliz? Tu oficina está allá arriba —agregó, señalando los Portones.

—Señor, ¿está seguro? ¡Es el Diablo! —exclamó Pedro sin pensar. Se arrepintió casi al instante.

—Por supuesto que estoy seguro, ¡soy Dios! —retronó, bueno, Dios, mirando a Pedro directamente a los ojos. Pedro casi sufrió un ataque cardíaco; se salvó porque ya estaba muerto—. Y este aquí no es ningún "diablo" —continuó Dios—, ¡es solo el viejo Lucifer! —su mirada se centró en Lucifer, y agregó—. Quien, por cierto, ha llegado al trabajo un par de milenios tarde.


—Bueno, Papi, ¿qué tal está la historia?

—Es… interesante, Hijo. Ahora ve y pídele algo de helado a tu madre, ¿quieres?

—¡Sí, helado!

"Pobre, pobre Jesús", pensó Dios en su trono, mientras jugueteaba con Sus asuntos. "Tan sólo un par de años en la Tierra, y quedó marcado para toda la eternidad…"