N.A.: Esta historia está ubicada en Maryland, en 1880. Mis conocimientos de esta época son bastante limitados, y se ven muy influenciados por las películas norteamericanas. Por ello voy a tomarme ciertas licencias y en realidad los hechos históricos no van a tener ninguna importancia, porque la época y el tiempo son solo un marco para este relato. La trama se enfoca en los personajes, que son totalmente de mi invención, y no en los sucesos históricos. Pido disculpas por los anacronismos que pueda cometer.

Este relato va a tener momentos duros y momentos pastelosos (siendo yo, seguramente muy pastelosos). Lee bajo tu propia responsabilidad xD

Si alguien que esté leyendo esto está leyendo además algunas de mis otras historias, seguramente quiera matarme porque cada vez tardo más en actualizarlas y encima me da por escribir algo nuevo. Fue un impulso ;_;

CAPÍTULO 1

El sol estaba en su punto más alto y aquél día no había ni una sola nube en el cielo. John sabía que no iba a poder soportar mucho más ese calor, y estaba deseando llegar a la casa para echarse un cubo de agua por encima. De haber estado en su propio hogar, se habría metido de lleno en el abrevadero, pero no era más que un invitado en aquellas tierras así que tenía que cuidar un poco sus modales.

Alzó la vista en busca de alguna sombra en la que refugiarse mientras seguía trabajando, pero no había ninguna en las cercanías. De todas formas no podía hacer mucho más hasta que el trozo de piel que estaba curtiendo terminara de secarse. Suspiró, y decidió dar el trabajo por finalizado, antes de sufrir serias quemaduras. Su piel siempre había sido demasiado blanca, haciéndole objeto de numerosas burlas ya que con ese tono claro y su manía de ir siempre afeitado más parecía un señorito recién llegado de Inglaterra que un hombre del Oeste.

Caminó hasta el pozo de los Olsen, sacó un cubo de agua y se lo echó por encima. La sensación fue tan agradable que se quitó la camisa y repitió el proceso. Después, bebió un poco y volvió a dejar el cubo en su sitio.

Utilizó la camisa para secarse el pelo y caminó hacia la casa. Los Olsen disponían de una modesta edificación de madera de un solo piso con una buhardilla, que hacía las veces de habitación para James, el único hijo del matrimonio. La había construido el señor Olsen cuando adquirió esos terrenos, y casi podría decirse que la había hecho a medida, con el espacio justo para cubrir sus necesidades. John sentía que todo era demasiado pequeño para él. No podía atravesar la puerta sin agacharse, ni subir a la buhardilla sin dar con la cabeza en el techo. Esas dificultades de movilidad le hacían darse cuenta de lo mucho que le debía a aquella gente. Habían compartido su pequeño espacio con él, cuando al principio no era más que un desconocido. Un desconocido que acababa de perder a su familia.

Había sido una broma cruel del destino el hacerle enviudar con tan solo treinta años. Cuando su mujer sobrevivió a dos complejos partos, John pensó que ya nada podría ponerla en peligro de nuevo. No cuando ellos se mantenían alejados de problemas y se limitaban a criar a sus dos hijas sin molestar a nadie. Perder a las tres mujeres de su vida fue un duro golpe para él, y más sabiendo que fue por su culpa. Había sido suya la idea de trasladarse a Maryland, porque su tranquila vida en Delaware se le había quedado pequeña. Quería un nuevo principio, uno donde nadie le conociera ni a él ni a su padre. Uno donde su nombre no estuviera manchado.

Jamás podría imaginar que en aquél viaje toparían con unos bandidos que pondrían fin a la vida de sus seres más queridos. Le habían pillado con la guardia baja, descansando junto al fuego mientras su mujer acostaba a las niñas en la carreta en la que estaban viajando. No tuvo tiempo de llegar al carromato para salvarlas. Él mismo habría muerto también, pues le superaban en número, de no haber estado por allí cerca el señor Olsen.

Hacía ya diez meses de aquello, y en todo ese tiempo había vivido con los Olsen, mientras buscaba una forma de volver a empezar.

- ¿En qué piensa, señor Duncan? – le preguntó James. John no se había dado cuenta de que el chico le estaba mirando.

Era un muchacho de trece años, alto para su edad, y moreno como lo eran también sus padres. Amaba los libros, y eso para John era extraño, ya que él había sido un pésimo estudiante, y a decir verdad no había conocido a nadie de esa edad que prefiriera sentarse a leer que correr libremente por el monte. Era un buen chico, tan solo un poco mayor que su primera hija, pero parecía tener una habilidad especial para meterse en líos.

- En lo sucia que tienes la nariz, ¿qué has estado haciendo? – se burló Jonh, y le tiró su camiseta mojada.

Rebuscó entre su bolsa para coger una camisa limpia y se la puso, mirando al niño intrigado porque aún no le había respondido. John conocía esa expresión en el rostro del muchacho. Solía significar que estaba en problemas.

- ¿James? – insistió.

El niño no dijo nada, pero no hizo falta, porque John recordó hechos recientes y eso sumado con la suciedad que James traía encima, le dio una idea de lo que había pasado.

- ¿Has ido otra vez a la mina? – le preguntó, con cierta incredulidad. No solo cualquiera con dos dedos de frente sabría que era un lugar peligroso, con riesgo de derrumbe, sino que además James ya se había llevado una paliza por ir a aquél lugar.

- No se lo diga a mi padre, por favor – pidió el chiquillo.

John resopló, frustrado, porque no quería meter en problemas al niño pero tampoco ser desleal al señor Olsen, después de todo lo que le había ayudado. A veces pensaba que al niño le gustaba ser castigado o que tenía una necesidad extraña de llamar la atención de la forma más negativa posible.

Aún estaba pensando lo que debía hacer, cuando vio al señor Olsen a través del agujero que hacía de ventana.

- Me parece que alguien se lo ha dicho ya, Jimmy, porque viene hacia aquí.

James miró en su dirección, asustado, y comprobó con horror que John decía la verdad. Ninguno de los dos tuvo tiempo de reaccionar, porque el señor Olsen entró en la casa instantes después, con pasos furiosos.

- ¡JAMES! – gritó.

- Pa… padre…

- El señor Murray jura que te ha visto volver de la mina – acusó.

Al señor Olsen le bastó una mirada para saber que su hijo era culpable. No sólo por lo sucio que estaba, sino por la forma en la que el chico le miraba.

- Padre… yo….

- Vete al granero – ordenó el señor Olsen. Fue una orden seca, que no admitía discusión y que James conocía bastante bien. Era un hombre de pocas palabras y no le gustaba repetir las cosas, así que el chico hizo lo que le pedía, sin poder ocultar su abatimiento y su aspecto miserable.

John suspiró, mientras veía como su anfitrión se desabrochaba el cinturón. Odiaba presenciar aquellas situaciones, y aunque se dijo que él habría hecho lo mismo de ser el padre del chico, lo cierto es que siempre le había parecido que Olsen era un poco brusco con el niño. Tal vez fuera porque él solo había tenido niñas, y era normal que a las chicas se les hablara y tratara con más delicadeza.

Le vio desaparecer por el mismo camino que había tomado James y aunque estaban algo alejados y él trató de distraerse, al poco rato pudo escuchar el llanto y las protestas del muchacho. Siempre tenía que contener el impulso de ir y defender al chico, pero sabía que no debía meterse. Lamentó que la señora Olsen no estuviera en la casa, porque ella sí había intervenido en alguna ocasión, aunque algo le decía que esa travesura había sido demasiado peligrosa como para salvarle de una charla con el cinturón de su padre.

Aquella vez, no obstante, ocurrió algo fuera de lo común, y es que John vio como el niño corría hacia la casa mientras su padre le perseguía con el cinturón aun en la mano. Por lo visto había huido en medio del castigo, y John no pudo evitar sonreír al pensar en las innumerables veces en las que él había hecho lo mismo. James no solía hacerlo, sin embargo, y eso le borró la sonrisa. El chico estaba llorando a mares y no pareció importarle que John le viera hacerlo. Normalmente el señor Olsen volvía solo del granero, y James lo hacía minutos después, tras limpiar sus lágrimas.

- James, pero qué… - empezó John, pero no pudo acabar, porque el señor Olsen le alcanzó en ese momento, agarrándole por el brazo con violencia.

- Mocoso atrevido, ya te voy a enseñar – maldijo el padre, y John frunció el ceño. Todo indicaba que ya había recibido suficiente castigo pero el hombre parecía demasiado alterado para percibirlo.

El niño trataba de decir algo, pero el llanto no le dejaba. Con movimientos muy rápidos, el señor Olsen levantó el cinturón y lo bajó cinco veces, fuerte y descontroladamente. John agarró el brazo del otro hombre para impedir que continuara. Hizo un gesto de negación con la cabeza y eso debió de bastar, porque el señor Olsen soltó el brazo de su hijo, y dejó que se marchara. John pensó que subiría a la buhardilla, pero en lugar de eso salió corriendo de la casa.

- ¿Voy tras él? – le preguntó John al señor Olsen.

- Ya volverá. Seguramente quiere estar solo.

John asintió, y optó por guardar silencio, aunque en su opinión no hacían bien en dejar que se fuera en ese estado. Decidió no preocuparse por eso, y se puso a pensar en cómo iniciar una conversación con el señor Olsen, pero no tuvo que hacerlo porque el hombre se le adelantó.

- No ha debido intervenir – le dijo – Ese chico se había buscado la paliza.

John se avergonzó y notó calor en las mejillas. No habría querido ser un entrometido.

- Sólo es un niño, señor Olsen. Un buen niño. Me pareció que ya había entendido…

- Ese no entiende nada si no le entra a golpes.

John decidió no responder. Supo ver que su interlocutor estaba demasiado furioso para atender a razones, y como le conocía, sabía que pasado un rato sería más fácil hablar con él.

Poco después llegó la señora Olsen, que volvía de hacer unos recados en el pueblo. Se extrañó de no ver a James en casa, y John decidió salir de la casa para darles algo de intimidad. Llegó a escuchar el principio de una discusión y, aunque por lo general solía pensar que la mujer consentía demasiado al niño, aquella vez no pudo evitar pensar que ella tenía razón. Pero por supuesto no intervino y se alejó más para no seguir escuchando.

Pensó en dar un paseo por los alrededores. El paisaje era muy bonito y los caminos muy cómodos. El sol seguía siendo igual de abrasador, pero a eso no podía ponerle remedio, porque además, dada su prisa por salir de en medio, no había llevado su sombrero. Casi inconscientemente se puso a mirar a ver si se topaba con el niño, pero no tuvo suerte.

Después de un rato caminando sin rumbo fijo, pensó que ya había estado fuera el tiempo suficiente, y que seguramente ya habían hablado todo lo que tenían que hablar. Es más, quizás el niño había vuelto también. John regresó a la casa de los Olsen justo a tiempo de ver como unos jinetes se marchaban.

"¿Habrán tenido visita?" pensó, pero le pareció que los jinetes iban con la cara tapada. "Otra vez no. No."

John se apresuró a salvar la distancia que le separaba de la casa con una horrible certeza.

- ¿Señor Olsen? ¿Señora Olsen? - llamó, sin recibir respuesta. Atravesó la puerta, y les vio a los dos, tendidos en el suelo. El señor Olsen todavía estaba vivo, pero sus heridas eran demasiado graves. John lo supo con tan solo un vistazo, pero aun así intentó taponar el punto sangrante de su vientre. – Llamaré al médico…

- Tardará horas en llegar – replicó el hombre, no sin esfuerzo. - ….Cuida….de mi hijo.

- Usted le cuidará…

- Prométemelo. – insistió Olsen, agarrándole de la camisa.

John tragó fuerte para deshacer el nudo de su garganta.

- Lo prometo.

John lo sintió morir instantes después. Probablemente aún tuviera pulso, pero había quedado inconsciente y nada indicaba que fuera a despertar. Justo entonces, John escuchó una voz detrás de sus espaldas.

- ¡Padre! ¡Madre! – llamó James, y se arrojó junto al cuerpo de su madre, tratando inútilmente de hacer que se levantara. John supo exactamente cómo se sentía el niño, y nada le dolió más que no poder hacer nada para ayudarlo.

Hacía menos de un año que había perdido a su familia, y aquél chico acababa de perder a la suya. John sintió como si una fuerza mayor que ellos estuviera atando sus caminos para siempre.