CAPÍTULO 22

Edward se acercó a ellos con cierta timidez. Sus ojos verdes no miraban al frente, sino al suelo, como si estuviera en un terreno irregular y fuera necesario prestar mucha atención a dónde ponía los pies.

- B-buenos días, señor Duncan – musitó.

Los chicos de la edad de Edward, criados en un ambiente sencillo como él, solían ser algo toscos, con exceso de arrogancia y bravuconería y mucha seguridad en sí mismos, como si el mundo les perteneciera. Aprovechaban cada oportunidad que tenían para hacer una demostración de fuerza y, si había alguna chica por los alrededores, empezaban a preocuparse por su aspecto. John sí había visto un poco de arrogancia en el muchacho, especialmente en su primer encuentro, pero si tenía que hacer una aproximación a su carácter, diría que se trataba más bien de una persona retraída e insegura. Al menos, en su presencia. No le era muy difícil entender por qué: que un extraño te obligue a aceptar una zurra con el cinturón es motivo suficiente para sentirte avergonzado y también furioso, aunque a decir verdad Edward en ningún momento había manifestado ni verbal ni gestualmente que le guardase ningún tipo de rencor.

- ¿Cuántos años tienes, chico? – preguntó John, sin rodeos. - ¿Diecinueve? ¿Veinte?

- Dieciocho.

- ¿Hablaste con tu madre y tu hermano?

- Sí, señor – respondió el muchacho, en el tono más respetuoso y educado que supo poner.

- ¿Les parece bien que vengas con nosotros?

- Sí, señor – repitió el chico, aunque su voz sonó menos firme que antes. John observó cómo, con el paso de los segundos, sus mejillas se enrojecían.

- ¿No están de acuerdo? – tanteó. Edward seguía siendo menor ante la ley. Era lo bastante mayor como para tomar sus propias decisiones, pero no le sacarían de su hogar en contra de los deseos de su madre.

- Sí, sí lo están…. Yo… omití decir que el señor Jefferson era negro.

John parpadeó, sorprendido. Todo el conflicto de Edward con James y William había empezado por el color de la piel de Will. Tendrían que haber asumido que podía tratarse de un comportamiento aprendido, aunque Edward no había puesto reparos en ser contratado por un negro.

- No deberías habérselo ocultado – le reprochó. En cierto sentido, el señor Jefferson había adquirido la responsabilidad de ocuparse de él. Lo menos que merecía era un poco de respeto, tanto por el muchacho como por su madre. – Si eso supone algún problema, entonces nadie te obliga a venir con nosotros.

- ¡No, señor, no supone un problema! – se apresuró a responder Edward. – Es solo que… mi madre se puso tan feliz al saber que tenía un empleo que… no quise decirle que…

- ¿Que te contrató un negro? – replicó James, interviniendo por primera vez en la conversación. Se alegró de que Will y su padre siguieran en el carromato y no estuvieran allí para escucharle. - ¿Por qué? ¿Acaso eso hace que el trabajo valga menos?

- No, yo… no pretendía decir eso… Lo siento mucho, no quería ofenderles…

Edward se encogió sobre sí mismo, de tal manera que parecía mucho más delgado de lo que era.

John comprendió que no podían borrar años de prejuicios en un solo día. El muchacho tenía interiorizado que los negros eran inferiores, como una gran parte de la sociedad de la época. Ya decía mucho de él que, pese a esa creencia, estuviera dispuesto a seguir las órdenes de uno.

- Está bien, chico. Creo que cualquier hombre que se enorgullezca de serlo debe ser honesto, así que deberías contárselo a tu madre en cuanto tengas ocasión. Pero entiendo por qué lo hiciste.

- ¿Qué? ¡Padre! – se indignó James.

En ese momento se les unieron William y el señor Jefferson, así que tuvieron que cortar la conversación, pero James no pudo olvidar el asunto y, mientras revolvía su desayuno, se iba dejando llenar de rabia.

- ¿Va a vivir con nosotros señor…? Mmm… lo siento, no sé su apellido – se disculpó Will.

- Swanson, pero Edward está bien. Sí, tu padre me dijo que podría dormir en el granero.

- Entonces tendrás suerte: desde allí no podrás escuchar el llanto de Agatha – dijo el niño.

- Tengo una hija de dos semanas – explicó el señor Jefferson.

- ¿De verdad? – Edward sonrió y fue una sonrisa genuina.

- ¿Te gustan los niños? – aventuró John.

Edward se ruborizó y asintió.

James no se podría creer que estuvieran hablando tan amigablemente con una persona que consideraba que el color de piel de alguien era algo que debía ocultarse. ¿El señor Jefferson era "aceptable" para vivir bajo su techo pero no para decirle a la gente que lo hacía? ¡Era rastrero! ¡Era cobarde! Dejó bruscamente su plato sobre el suelo y, poniéndose de pie, interrumpió lo que sea que Edward estuviera diciendo en ese momento.

- ¡No te mereces este trabajo! ¡Ojalá nadie te contratara nunca, por ladrón y por idiota! – chilló.

Todo se quedó en silencio durante unos segundos. El silencio que precede a una sentencia.

- James, discúlpate ahora mismo – ordenó John.

- ¡No!

John le lanzó una mirada seria, intentando controlar su enfado. James había sido irrespetuoso y encima le estaba desafiando, delante de terceras personas. No quería ser duro con él, así que esperó unos instantes a ver si el niño se daba cuenta por sí mismo de las líneas que estaba cruzando. Pero el sentido común parecía haber abandonado a su hijo:

- ¡No voy a disculparme con él! ¡No es más que un ladrón lisiado!

- ¡No soy un lisiado! – replicó Edward, poniéndose de pie él también.

- ¡Sí lo eres! ¡Un lisiado inútil, bueno para nada, que no agradece la única oportunidad que va a tener en su vida!

Edward apretó los puños, como si estuviese intentando canalizar ahí toda su furia, pero no debió conseguirlo porque se echó hacia delante y empujó a James con bastante fuerza. John estuvo rápido de reflejos y sujetó a su hijo antes de que cayera al suelo.

- ¡Suéltame, padre! – le gritó, fuera de sí.

John le agarró del brazo y le dio una palmada sobre el pantalón.

PLAS

- Basta – ordenó, con sequedad. – No quiero hacerlo, pero si sigues así no me va a temblar la mano para quitarme el cinturón y darte el castigo que te mereces aquí mismo, delante de todos, ¿entendido?

James se paralizó y poco a poco su rostro fue empalideciendo. No sabía qué era más vergonzoso: las palabras que acababa de escuchar, la palmada que había recibido frente a otras tres personas, o su propio comportamiento. Seguía pensando que tenía razón, pero había interrumpido un desayuno y había gritado y desafiado a su padre. Le habían educado mejor que eso.

John, al notar que James estaba considerablemente más calmado, le soltó.

- Discúlpate y sube al carromato.

- Padre…

- Ahora.

James inspiró hondo y miró a su alrededor. William le observaba con compasión, casi como si fuera la última vez que iban a verse. El señor Jefferson se concentraba en su plato, intentando ignorar la situación. Y Edward parecía enfadado, pero aguardaba en silencio su disculpa. Esperaba que ÉL se disculpara cuando el idiota engreído e hipócrita era el propio Edward…

- ¡Que él se disculpe primero! – chilló James. - ¡Señor Jefferson, usted no sabe lo que dijo, mejor despídale!

- Suficiente – bufó John. Tomó a James de ambos hombros y le obligó a caminar. Durante un segundo, el niño pensó que iba a cumplir su advertencia e iba a castigarle allí mismo, pero en lugar de eso se vio empujado hasta el carromato.

John le hizo entrar y le sentó sin mucha delicadeza sobre un baúl.

- Te vas a quedar aquí y te vas a calmar o sino cuando vuelva te calmo yo – le advirtió y le dejó solo, para volver a salir con sus acompañantes y disculparse en su nombre. – Lamento mucho lo que acaba de pasar.

- No, yo lo lamento… No pretendía causar problemas – susurró Edward.

- Debería castigarte a ti también, muchacho, por empujar a mi hijo. Se supone que eres mayor que él.

- Sí, señor. Lo siento…

- ¿Qué dijiste sobre mi padre? – preguntó William.

- Nada.

- James no miente – gruñó Will.

- William, será mejor que dejes que tu padre y Edward hablen a solas – sugirió John, tratando de impedir que el niño se metiera también en problemas.

- No hace falta. Entiendo si ya no quiere que trabaje para usted, señor Jefferson – susurró Edward, totalmente abatido.

- No digas tonterías, muchacho. No voy a despedirte antes siquiera de haberte contratado formalmente. Ahora bien, si el señor Duncan considera que mereces una reprimenda, tampoco le voy a detener.

John sintió los ojos de Edward fijos en él. Si era sincero consigo mismo, no tenía claro lo que debía hacer. Ese chico no era su hijo y un empujón no era algo tan grave. Lo que de verdad le molestaba era que tenía que castigar a James, pero no podía pagar eso con el muchacho que, por otro lado, tenía un aspecto miserable.

- No. Pero te aconsejo que controles esas reacciones. Si te comportas como un niño, te trataré como uno.

- Sí, señor. No volverá a suceder.

- … Mi hijo saldrá a pedirte disculpas después - añadió.

- No es necesario.

- Sí lo es – respondió John con un suspiro, al tiempo que se preparaba para ir a hablar con James. – Ahora vuelvo.

- Tío John, no le pegues – pidió Will.

- ¡William! – regañó el señor Jefferson.

- Padre, James no hizo nada tan malo.

John esbozó una media sonrisa. Que intercediera por su hijo le conmovió bastante, así como que el mocosito le tuviera la suficiente confianza como para pedirle eso. Pero no podía ceder.

- Fue maleducado, rudo e insolente y me desobedeció en varias ocasiones, William – replicó John. – Eso bastaría para merecer un buen castigo, pero además atacó a Edward utilizando palabras que sabía que le harían daño.

- ¡Y ÉL HIZO LO MISMO CON EL SEÑOR JEFFERSON! – chilló James, con la cabeza asomada desde el carromato. Por lo visto, les había estado escuchando, al menos la última parte. - ¡ERES INJUSTO, PADRE! ¡ERES EL MÁS INJUSTO ENTRE LOS INJUSTOS! – acusó, melodramática e infantilmente, dando una patada a una de las herramientas nuevas que habían comprado en la ciudad, que estaba en su camino. Lamentablemente, la herramienta era de hierro, así que se hizo bastante daño. - ¡Au!

- Ese chico está pidiendo a gritos una azotaina… - murmuró el señor Jefferson.

John no podía sino estar de acuerdo. James estaba actuando como un niño mucho más pequeño y maleducado y no se lo iba a permitir. Pero primero debía ocuparse de su pie, quería asegurarse de que no se había hecho daño. Se acercó a él con celeridad, pero se detuvo abruptamente cuando algo impactó en su sien derecha. Confundido, vio otra de sus herramientas en el suelo, a su lado. Después miró al frente, y miro la expresión furiosa de James, con el pie estirado. Observó cómo lentamente el rostro del chico iba congestionándose en una mueca de horror. Solo entonces ató cabos y entendió que James había pateado otro objeto, que había ido a impactar contra su cabeza.

- ¡JAMES DUNCAN! ¿ACABAS DE TIRARLE UN MARTILLO A TU PADRE? – le escuchó gritar al señor Jefferson.

"¿Un martillo?" pensó John, todavía lento en procesar lo que acababa de pasar. Se llevó la mano a la frente. No tenía herida, ni le dolía demasiado. Miró de nuevo el objeto a su derecha y se dio cuenta de que efectivamente eso era: un martillo. Uno no muy grande, ni muy pesado, porque era de madera, pero aún así, ¿con qué fuerza lo había tenido que patear para que saliera volando?

John corrió hacia su hijo y entonces James bajó del carromato y se agachó debajo de este.

- ¡No, padre! ¡No quería hacerlo, lo juro, no quería darte! ¡No pensé que fuera a darte, no pretendía darte! ¡No te vi, padre, de verdad!

El niño estaba aterrado y tal vez tuviera motivos para estarlo, se había metido en el lío más grande de toda su vida. Pero los pensamientos de John estaban lejos de eso en aquel momento.

- Déjame ver tu pie – le dijo.

No esperó respuesta y forcejeó con él para quitarle la bota y el calcetín. Por suerte, el propio John había reparado el calzado del niño semanas atrás, reforzando la punta con resinas que la harían más dura y resistente, pues el muchacho corría mucho con ellos y quería que le duraran. Gracias a eso, el zapato había absorbido casi toda la fuerza del impacto. Aún así, John no podía descartar que tuviera algún dedo roto, así que se los movió con cuidado, haciendo un rápido examen. James emitió un débil quejido, pero en apariencia los podía mover. Sin decir nada, le cogió en volandas, pasando un brazo por su cintura y otro por detrás de sus rodillas y le levantó. Comenzó a andar con él en dirección al río y James estaba tan asustado que no se atrevió a preguntar qué hacía o a dónde le llevaba. Nadie en el campamento se interpuso en su camino y se limitaron a observar la escena.

John se detuvo únicamente cuando llegaron a la orilla. Una vez allí, sentó a James en el suelo y dejó su pie descalzo metido en el agua. Como la corriente era rápida en ese tramo, el agua bajaba fría, casi congelando el pie del niño.

Solo entonces, con el agua helada calmando el dolor de su pie, James comenzó a llorar. Y no fue un llanto suave, sino que su respiración se agitó y dejó de funcionar con normalidad.

- Yo… snif… snif… p-padre… snif… y-yo…

James no era capaz de hablar y John se dio cuenta, así que se sentó a su lado y trató de calmarle.

- Shhh. Respira. ¿Te duele mucho?

James negó con la cabeza y, como no conseguía articular sonidos coherentes, se limitó a abrazar a su padre y a llorar sobre su pecho, dispuesto a quedarse allí para siempre. John, sin embargo, se separó cuando consideró que ya llevaba demasiado tiempo con el pie sumergido en agua fría. Le hizo sacar la extremidad y se la examinó de nuevo. No era médico, pero estaba casi seguro de que no tenía nada roto. James también parecía algo más sereno, después de haberse desahogado sobre su camisa.

- Padre… Sé que pedir perdón no es suficiente… Sé que… sé que no hay perdón para lo que he hecho… pero por favor… por favor… snif… no me odies… no me odies padre, por favor….

John contempló a su hijo y se apiadó de él por unos segundos. Entendió su arrepentimiento, su preocupación, su miedo. Por eso decidió que no había nada mejor que la verdad, que por cruda y dura que fuera no se acercaba a lo que el chico se estaba imaginando.

- No te odio, pero si estoy decepcionado. Estoy decepcionado de tu comportamiento, porque te conozco y sé que eres mejor que esto. Tenemos mucho de lo que hablar y será una conversación difícil, pero después de eso, estarás perdonado. Ahora quiero que regreses al campamento y me esperes dentro del carromato.

- Sí, señor.

James se dio prisa en ponerse de pie para cumplir la orden.

- Espera. Traeré tu bota y tu calcetín.

John fue a recoger el zapato de su hijo y aprovechó para tener una breve conversación con el señor Jefferson.

- Me temo que James y yo no estamos listos para emprender el viaje de vuelta todavía. Si queréis iros sin esperarnos, lo entenderé. Si no, os agradecería que nos dierais cierta privacidad.

- Esperaremos, por supuesto. ¿Está bien el muchacho?

- Está bien – respondió John. - No creo que se haya roto el pie. En un rato no podrá sentarse, sin embargo.

- ¿Qué se metió dentro de él?

- No lo sé. Pero se siente muy culpable – dijo John y, tras dudarlo unos segundos, decidió compartir sus pensamientos. – Eso es lo que más me preocupa, en realidad. Tiene que enfrentar las consecuencias de sus actos, pero no creo que pueda soportar que yo me enfade con él ahora mismo. Sé que lo siente. Lo siente de corazón.

El señor Jefferson le observó en silencio durante casi un minuto.

- Admiro tu serenidad. Yo ya le habría dado una paliza al chico. No es como si no se la hubiera buscado. Pero os estuve observando, durante todo el día de ayer, y es evidente que tenéis una relación especial. La mayor consecuencia a la que se puede enfrentar es que esa relación cambie. Ese muchacho te adora. Déjale claro que eso no va a pasar y déjale claro también que si vuelve a faltarte al respeto de esa manera le quemarás el trasero con el cinturón.

John asintió, agradecido.

- William tiene que vestirse, no puede estar todo el día cubriéndose con la manta. Su ropa ya estará seca. Iré con él y con Edward al bosque. Aprovecharé para ver si el chico sabe atrapar un conejo – añadió el señor Jefferson. Era su forma de decirle que les daría a él y a James la intimidad que necesitaban.

John apreció el gesto y fue a llevarle a James su bota. Una vez el chico se calzó, echó a andar de vuelta al campamento. Para alivio de John, no cojeaba ni daba muestras de tener una lesión seria en el pie.

James se metió directamente en el carromato, tal como su padre le había indicado. Spark, que se había ido a perseguir un rastro y regresaba justo en ese momento, hizo un intento de subir con él, pero ni podía llegar por sí mismo a la carreta ni John se lo permitió.

- Déjale tranquilo ahora, chico. James, yo subiré enseguida – le indicó.

John esperó a que el señor Jefferson se fuera con Edward y con Will. Después recogió algunos de los objetos que tenían desperdigados por el campamento y se sentó junto a los restos de la hoguera a intentar aclarar sus ideas. Estaba orgulloso de sí mismo por no haberse abalanzado sobre James para reprenderlo. Su hijo se podía haber hecho daño y eso fue todo en lo que pudo pensar y gracias a eso no había dejado que la ira se adueñara de él. Pero por otro lado, casi deseaba haberle castigado en ese instante: de esa forma ya habría terminado y en esos momentos no tendría que estar planteándose cómo proceder.

"Soy mucho menos estricto con él de lo que fui con mis hijas" se dijo. "Hasta ahora pensé que era algo bueno pero, ¿es un error? ¿Le estoy enseñando que puede hacer esta clase de cosas sin consecuencias?"

Pero James sí que tenía consecuencias. Había sanciones para su mal comportamiento y las iba a haber para lo que había pasado ese día. Simplemente él se aseguraba de estar tranquilo antes de hacerlo, de no avergonzarle frente a terceros en la medida de lo posible. De no desquitarse con el chico, cuando estaba demasiado enfadado como para pensar con raciocinio.

"Si el problema ha sido que no sabe controlarse, lo mejor que puedo hacer es llevar esta situación con calma. Servir de ejemplo para él. Entrar ahí cinturón en mano y con gritos solo serviría para enseñarle que es correcto dejarse dominar por la furia".

Más seguro de cómo debía proceder, John se armó de valor y entró en el carromato. Se sorprendió de encontrar a James de rodillas con los brazos estirados. Reconoció la posición como la que solían imponer algunos maestros a los alumnos desobedientes. Era un castigo cruel, porque las rodillas sobre el suelo duro terminaban resintiéndose y los brazos estirados por mucho tiempo se acalambraban.

- James, yo no te pedí que me esperaras así – susurró, y le ayudó a levantarse. – Una vez te pregunté si confiabas en mí y me respondiste que sí. Ahora debes hacerlo y dejar que yo maneje esto. Siéntate en el baúl.

James tenía muchas cosas que decir, pero no pensaba hablar hasta que le dieran permiso, así que hizo lo que su padre le decía y se sentó, quedando frente a él, donde no había escapatoria posible.

- Me gustaría hablar contigo de lo que ha pasado – comenzó John. – Edward actuó de forma inapropiada, como ya te expliqué que harían muchas personas al conocer a Will, porque han crecido pensando que la gente de color es diferente. Sé que esas situaciones te hacen sentir frustrado e impotente. William y el señor Jefferson son tus amigos y no quieres que nadie les trate mal.

Eso resumía bastante bien el centro del problema. James se mordió el labio, sabiendo que John no había terminado.

- Por eso te pusiste así, ¿no? Y le gritaste a Edward que era un ladrón y un idiota.

James se ruborizó un poco al recordar su estallido. Aquello había sido una pregunta directa, así que tenía que responder.

- Sí, señor – dijo. No pensaba añadir nada más, pero su padre le apretó el hombro, como si quisiera darle ánimos o sacar los pensamientos que estaba conteniendo. – No podía soportar verle allí sentado, hablando con el señor Jefferson y con Will como si nada. Me pareció… Me pareció hipócrita.

John asintió, entendiendo su punto, pero ahora que había empezado, James tenía más cosas guardadas.

- Y no podía entender que tú le apoyaras – protestó, débilmente.

- ¿Apoyarle? ¿A Edward?

- Sí. Dijiste que comprendías por qué le ocultó a su madre que son negros.

John reparó en que no era con Edward con el único con el que James estaba enfadado. Quizá por eso había reaccionado tan violentamente, porque no sabía cómo manejar la decepción contra su padre.

- Lo hago, James, le comprendo. Eso no significa que le apoye. Trata de entenderlo tu también. De hecho, pensé que tú lo entenderías mejor que yo.

- ¿Por qué? – se extrañó el niño.

- Para Edward, lo más importante es que su madre se sienta orgulloso de él. ¿Es algo con lo que te puedas identificar? – preguntó y James asintió, avergonzado. Su padre estaba lejos de estar orgulloso de él en ese momento. – Edward sabía que su madre no valoraría un trabajo ofrecido por un negro. Por supuesto que pensar así es un error, pero es la mentalidad con la que Edward ha crecido. Imagina por ejemplo que yo te dijera que, si decides ir a la universidad en lugar de ser granjero, no estarías escogiendo un trabajo de hombres. ¿Acaso no querrías tú complacerme? Solo para que conste, si consigues que te admitan en una universidad o escoges cualquier otro oficio distinto al de granjero, me sentiré más que complacido, al igual que si terminas en una granja. Es solo un ejemplo para que entiendas lo que quiero decir.

El discurso de John golpeó a James como un mazo. Su mente viajó al pasado, a una discusión bastante fea que había tenido con su difunto padre. La maestra, la mujer que les daba clase antes del nuevo maestro que ahora tenían, le había dicho que era un niño muy inteligente, que sabía leer muy bien, y que intentara conseguir un libro nuevo para el verano. Su padre consideró que eso eran tonterías para señoritos de ciudad y que lo que él debía hacer era centrarse en aprender a manejar el azadón.

James se imaginó en la disyuntiva de tener que decirle al señor Olsen que se iba a trabajar en una imprenta o algo así. No hubiera soportado su mirada de decepción. Tal vez, hubiera mentido y hubiera dicho que se marchaba para ser aprendiz de herrero o a comprar su propia granja.

- Lo que hizo Edward no estuvo bien, James, y creo que así se lo dije. Pero comprendo por qué lo hizo. Y, aunque es un error menospreciar a la gente de otro color, es una batalla que hay que ganar con la palabra y la paciencia. No con insultos. No estuvo bien que le llamaras ladrón, cuando él mismo ha manifestado su arrepentimiento por esos actos, ni que le llamaras idiota. Pero, sobre todas las cosas, no estuvo bien que le llamaras lisiado. Eso es un golpe bajo, una desgracia de la que él no tuvo culpa, que le ocurrió durante su niñez. Edward está muy acomplejado por eso, ha tenido que sufrir mucho cuando era más pequeño, pensando que tal vez nunca sería capaz de caminar.

Para sorpresa de John, notó cómo los ojos de James se humedecían.

- Lo siento mucho, padre. No pensé que fuera tan importante para él… O peor aún, sí lo pensé y por eso lo dije. Quería… quería hacerle daño – reconoció el niño, con tristeza. En una ocasión, John le había defendido en la puerta de la iglesia, cuando tuvo esa estúpida pelea con Geoffrey. Le había defendido de Anthony, que pretendía golpearle y que además le dijo un par de cosas dolorosas. John le hizo saber lo mucho que detestaba esa clase de comentarios hirientes y venenosos y ahora James había caído justo en eso.

- Es bueno que lo admitas y te des cuenta. ¿Entiendes por qué estuvo mal? – preguntó John y esperó a que asintiera. – Además, fue una falta de respeto. Independientemente de cómo te sientas hacia él, Edward es mayor que tú, así que no le puedes hablar así. También estuvo mal que me replicaras cuando te pedí que te disculparas. Si te pido que hagas algo, debes hacerlo, sin discusión.

- Sí, señor. Estaba muy enfadado y… no pensé.

- Tienes que intentar mantener la cabeza fría incluso en los momentos en los que sientas que te hierve la sangre. Aunque estés enfadado con Edward o conmigo, no me puedes gritar, ni me puedes desobedecer.

James agachó la cabeza, con un ligero asentimiento triste, consciente de que su padre tenía razón.

- Yo también hice algo que no estuvo del todo bien – continuó John. - Te amenacé con el cinturón para que me hicieras caso y, aunque una vez te dije que te pegaría con algo más que la mano ante una desobediencia directa, me refería a cosas más parecidas a lo que hiciste esta noche al alejarte del campamento que a resistirte a ofrecer a una disculpa. No quiero que pienses que por cada desacuerdo que tengamos te voy a pegar con el cinturón. Gritarme a mí y a terceras personas no es algo que te vaya a permitir, pero no necesariamente tiene que terminar en una zurra con el cinto. De haber estado en casa, tal vez sí hubiera implicado un par de azotes con el cuero, pero en general espero no tener que ser tan duro por algo así. Por esas cosas, James, te hubiera dado unas palmadas. Creo que estarás de acuerdo conmigo en que te las merecías, ahora que estás calmado. Hubiera sido un castigo más fuerte que el de aquella vez en la que te enfadaste porque no te dejaba jugar con Spark e ir con la señora Howkings. ¿Lo recuerdas? En aquella ocasión fui suave contigo y hoy habría sido duro, porque en verdad fuiste muy insolente, muchachito.

James sintió cómo le ardían las orejas y al mismo tiempo notó un profundo calor dentro del pecho, como el que había experimentado aquella noche cuando John había dormido con él porque "hacía frío". Sintió ese calor porque John le trataba como una persona, le permitía equivocarse y no pensaba que todas las ofensas merecieran unos cinturonazos. Todos los chicos que conocía hubieran recibido entre cinco y quince golpes con el cinto si hubieran hablado a sus padres como él le había hablado a John.

- Pero eso no fue todo. Escuchaste la conversación que estaba teniendo con Edward, Will y el señor Jefferson y decidiste que era correcto intervenir a gritos y llamarme injusto. ¿Por qué exactamente estaba siendo injusto? ¿Por decir que merecías un castigo después de tu pequeño despliegue de descortesía y mala educación? – preguntó John.

- No, padre… Yo… No entendí que me regañaras a mí y no a Edward.

- Edward no es mi hijo, James. A ti te llamaré la atención cuando lo crea necesario por un motivo muy sencillo. ¿Sabes cuál es?

- ¿Mi mal comportamiento te avergüenza delante de otras personas porque hace que piensen que no me enseñas bien? – aventuró el niño.

- No, aunque también. Pero es más simple que todo eso. Si a ti te regaño y me empeño en que seas la mejor versión de ti mismo es porque te quiero.

James se ruborizó y enmudeció ante aquella declaración. Todavía no se acostumbraba a escuchar afirmaciones como esa.

- Aparte de que Edward no es mi hijo, él no estaba faltando a nadie al respeto. Sé que piensas que lo hizo, con el señor Jefferson, pero haz memoria: jamás dijo nada delante de él. Y a nosotros solo nos lo dijo porque yo le pregunté. A pesar de sus creencias entorno a los negros, a pesar de la mentalidad que le ha sido transmitida entorno a esto, Edward aceptó trabajar para el señor Jefferson y era consciente de que ocultar su raza a su madre no estaba bien, por eso tuvo reparos en decirlo. Jamás emitió ninguna palabra descalificativa hacia él. Lo que tu imaginaras o sobrentendieras, no es su culpa.

De nuevo, James sintió que la verdad le golpeaba en el pecho. Su padre tenía razón, Edward solo les había contado lo que le había dicho a su madre. Sus omisiones implicaban cosas, pero él no había pronunciado esas cosas en voz alta, mientras que el propio James había sido muy explícito en sus acusaciones e insultos.

- No se me ocurrió verlo de esa manera – susurró.

- Si alguna vez te parezco injusto, puedes decírmelo, pero no de la forma en la que lo hiciste. Y lo que nunca, nunca, puedes hacer es ponerte a dar patadas.

James agachó la cabeza y sus hombros empezaron a temblar suavemente como primera señal de sus incipientes sollozos. John, que hasta entonces había estado de pie frente a él, se sentó a su lado y apretó su pierna en un gesto afectuoso.

- Sé que no querías que el martillo me alcanzara. De verdad que lo sé. Estaríamos teniendo otra conversación si pensara que lo hiciste a propósito. Pero no habría pasado si hubieras sido capaz de controlarte. No puedes dar patadas a las cosas, sea cual sea tu estado de ánimo.

- Snif… snif… Lo siento mucho, padre – gimoteó James, y subió los brazos con vacilación, como si esperara ser rechazado en cualquier momento. John aceptó el abrazo y por segunda vez en menos de media hora le dejó llorar contra su pecho.

- Sé que lo sientes. Por eso he podido hablar contigo y explicarte las cosas. Por eso ya no estoy decepcionado, porque durante este rato me has demostrado tu buen corazón y una gran capacidad para asumir tus errores. Pero las malas acciones tienen consecuencias y ahora te toca enfrentarlas.

James asintió y se secó los ojos con el dorso de la mano. Lentamente, teniendo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para ello, se separó de John.

- Ponte de pie – le pidió. James obedeció y ocupó el lugar que segundos antes había ocupado su padre. - ¿Hay algo más de lo que quieras hablar? ¿Alguna pregunta?

- No, señor.

- Entonces, bájate los pantalones.

James obedeció diligentemente y John le ayudó a tumbarse sobre sus rodillas. El niño pudo apoyar los pies en el suelo, pero con las piernas estiradas apenas llegaba con la punta del zapato, porque el baúl sobre el que John se sentaba era alto. Notó un tirón en su ropa interior y enseguida sus calzoncillos quedaron enrollados a mitad de su muslo.

- ¿Tienes claro por qué te voy a castigar?

- Sí, señor… Por muchas cosas que se resumen en que fui un mal hijo…

- Tú nunca serás un mal hijo, ni aunque te esforzaras por serlo. Te voy a castigar por faltarme a mí y a Edward al respeto, por desobedecerme, y por dejar salir tu mal genio hasta el punto de dar patadas a mis herramientas. ¿Entendido?

- Sí, padre.

John rodeó su cintura con el brazo izquierdo y levantó la mano derecha. Había creído que aquello se volvería más fácil con el tiempo, que nunca le costaría tanto reprender al chico como en las primeras semanas, cuando lo único que quería era devolverle la felicidad que la vida le había robado, pero se equivocaba. Era igual de difícil e incluso más, porque ese mocoso se había convertido en lo más importante para él.

PLAS

La primera palmada resonó fuerte y clara en el interior silencioso del carromato. John ya sabía la intensidad que debía emplear con James y también tenía interiorizado que el chico aguantaría todo el tiempo posible sin quejarse.

PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS

PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS

- Snif…

- Puedes llorar si necesitas hacerlo, James.

El chico no dijo nada, únicamente se revolvió un poco y metió los brazos debajo del estómago. John sabía que hacía eso para resistir la tentación de taparse. James siempre conseguía estar inusualmente quieto en esos momentos, sin oponer ningún tipo de resistencia.

PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS… mmm… PLAS PLAS… au… PLAS PLAS

John apoyó la palma de su mano sobre la camisa del niño y sintió cómo su espalda vibraba. James estaba llorando en silencio y eso lo hacía casi más doloroso. Tenía la piel muy colorada y John se preguntó cómo lo hacía el señor Olsen. Cómo conseguía sobreponerse a ese nudo en su garganta. Era incapaz de ser duro con ese crío, realmente incapaz. ¿Acaso no estaba a la altura para ser su padre?

- … Hace poco te expliqué por qué prefiero usar el cuero al cinturón. Me hice el firme propósito de utilizar lo primero en lugar de lo segundo, pero no me traje el cuero para esta salida y ya ayer tuve que faltar a mi palabra. Si continúo ahora, tendrá que ser con el cinturón. O también podemos dejarlo aquí y, cuando lleguemos a casa, antes de dormir, terminaremos esta conversación y será con el cuero. Te doy a elegir únicamente porque nos esperan varias horas de viaje y puede ser muy incómodo para ti.

"… y no tiene nada que ver que ahora mismo no tenga fuerza moral para seguir castigándote" añadió John, en su mente.

- Snif… No… snif… Termina ahora, padre, por favor. `

John suspiró. Debería haber sabido que hacerle esperar hubiera sido la peor de las torturas.

- Está bien. En ese caso, levántate – le pidió, al tiempo que subía su ropa interior para cubrir su intimidad. James se irguió y trató de disimular sus lágrimas, secándose con la manga sin demasiado éxito.

John cogió la manta sobre la que habían dormido y la colocó sobre el arcón.

- Túmbate ahí – le indicó.

Esperó a que lo hiciera para llevarse las manos a la hebilla del cinturón. Siempre intentaba sacárselo sin hacer ruido, porque imaginaba que escuchar el sonido metálico creaba una sensación de angustia innecesaria. Lo dobló por la mitad y aseguró la hebilla en el interior de su mano. Después, utilizó la que tenía libre para volver a bajar los calzoncillos de James y luego la dejó sobre su espalda.

Cualquier palabra que saliera en esos momentos de sus labios lo haría con voz temblorosa, así que John no dijo nada y se dispuso a terminar rápido con aquello.

ZAS ZAS

El cinturón directo sobre la piel provocaba una sensación ardiente, pero en realidad cuán soportable fuera dependía de la fuerza utilizada. John fue consciente de que habían sido dos golpes flojos y, si quería que aquello fuese de verdad un castigo, tenía que intentar ser un poco más firme.

ZAS ZAS

El llanto de James se hizo audible en ese momento, pero no le pidió que parara. Separó las piernas y luego volvió a quedarse quieto.

ZAS ZAS

- Au…

ZAS ZAS

John dejó caer el cinturón y suspiró. Durante un rato, ninguno de los dos se movió, ni dijo nada. James pareció darse cuenta de que el castigo había acabado, pero no se levantó. John decidió acercarse y le subió la ropa interior muy despacio.

- ¿Quieres que me vaya? – susurró.

No recibió respuesta verbal, tan solo sintió cómo una mano, una mano que en ese momento le dio la impresión de ser muy pequeña, se aferró a su pierna para impedir que se alejara. Esa fue toda la invitación que John necesitó para levantarle y envolverle, de forma que, una vez más en aquella larga mañana, James volvió a llorar contra su pecho.

- Ya está. Ya pasó. Lo has hecho muy bien, James. Has sido muy valiente.

- Snif…

- Vamos a olvidar el día de hoy.

- Snif... yo no creo… snif… que pueda olvidarlo… snif… durante un rato.

John esbozó una sonrisa triste y se separó únicamente para permitir que James se subiera los pantalones. Después le abrazó de nuevo.

- Hecho de menos la mecedora – comentó.

- Yo también – dijo James.

Disimuladamente, aunque no lo bastante como para que John no se diera cuenta, el niño se frotó por encima del pantalón.

- James, ¿puedo hacerte una pregunta?

- Claro, padre.

- ¿Recuerdas cuántos fueron en el castigo más grande que hayas recibido?

- Cuarenta.

- ¿¡Cuarenta azotes con un cinturón!? – se horrorizó. Eso era… era…

- No, cuarenta y cinco. Me llevé cinco más por decir una palabra obscena durante el castigo.

…inhumano.

- Fue poco antes de conocerte, en realidad – relató el chico. - Madre me pidió que hiciera un recado y a mí se me olvidó por completo. Padre ya me iba a castigar por eso, pero llegábamos tarde a la iglesia. Yo tenía muchas ganas de ir al baño, pero no me dejó. Estaba enfadado y no me escuchó. En mitad del sermón del pastor, ya no podía aguantarme más, así que me salí del templo. Padre vino detrás de mí hecho una furia y yo… le… le grité que si quería me hacía pis en el cesto de las ofrendas, a ver qué le parecía eso. Lo escuchó todo el mundo. Padre nunca ha estado tan rojo, ni de vergüenza ni de furia. Al menos, esperó hasta que llegamos a casa.

John se buena gana se hubiera reído ante la anécdota de no ser por los horribles resultados que había tenido.

- Se ve que no aprendí mucho sobre mantener la boca cerrada – murmuró el niño.

- No, nada de eso. Por lo general eres un chico muy educado, James. Todo el mundo lo dice, la señora Howkings la primera. Ni hoy ni ese día actuaste en consecuencia, pero aún así lo que hiciste no fue tan malo… Fue grosero e inapropiado, pero el castigo que recibiste fue excesivo.

- Padre estaba muy enfadado, pero después se sintió mal. No volvió a ser tan duro desde entonces.

John masajeó sus hombros, como si con ese contacto pudiera borrar aquel recuerdo.

- Lo máximo que yo te daré algún día, y más bien cuando seas más grande, será veinte – le informó. – Posiblemente nunca tenga que hacerlo. Eres una buena persona y pides muy buenas disculpas, así que con eso siempre conseguirás ablandarme.

James sonrió solo un poquito y John sintió alivio al ver ese rostro iluminado aunque fuera por un instante.

- ¿Puedo preguntarte algo ahora yo? – murmuró James.

- Siempre.

- ¿Ya me has perdonado?

- Del todo, James. Ya no tienes que sentirte culpable, hijo.

Tímidamente, el chico buscó un hueco entre los brazos de su padre. No recordaba haber estado nunca tan pegajoso con nadie, pero John recibía de buen grado sus búsquedas de cariño así que él se iba a aprovechar.

- Pegas fuerte, padre – protestó, bajito. – Tienes una mano pesada.

John soltó una pequeña carcajada y le revolvió el espeso pelo ondulado.

- No se trataba de que fueran caricias. Esas te las hago ahora. Ven. No tenemos mecedora, pero nos envolvemos con la manta y estaremos a gusto igual.

John se sentó en el baúl y tiró de James suavemente para sentarle encima. El niño se ruborizó: una cosa era apretarse para compartir el pequeño espacio de la mecedora de su cuarto y otra sentarse en las piernas de su padre como si fuera un bebé. Pero John había tenido expreso cuidado de mantener cierta zona sensible en el aire y James tenía que reconocer que estaba muy a gusto, así que se guardó sus objeciones y dejó que su padre les envolviera con la manta. Sintió un masaje reconfortante por el cuello los hombros y la espalda y, antes de que se diera cuenta, le estaba entrando sueño.

John sabía que después de llorar y del castigo el chico tenía que estar muy cansado, así que se limitó a ayudarle a sucumbir a las necesidades de su cuerpo. Al principio habló con él de nimiedades y luego, cuando le notó de veras adormecido, dejó de hablar y esperó a que se durmiera. Después le depositó sobre el baúl y le arropó.

Recogió el cinturón del suelo y salió del carromato para esperar a los demás, en compañía de Spark. No tardaron en regresar, con dos conejos recién cazados que hábilmente mantuvieron alejados del perro. William venía entusiasmado porque había encontrado un montón de moras.

- Y por lo visto se quedaron todas en tus manos, tu cara y tu ropa – dijo John, pues el niño tenía varias manchas moradas.

- No, tío John, también guardé unas pocas para James.

- Eso ha sido muy amable de tu parte, Will. Dáselas luego, ahora está durmiendo.

Will le dedicó una mirada de preocupación.

- Tranquilo, James está bien.

- Hijo, ve a lavarte en el río. Nos iremos enseguida – le instruyó el señor Jefferson.

Terminaron de recoger el campamento y se pusieron en marcha, pues si no partían pronto se les haría de noche en el camino.

William y su padre decidieron ir a pie, aprovechando para conversar entre ellos. Edward subió al carromato con John, pero enseguida se bajó, quizás porque no sabía de qué hablar con él. James seguía durmiendo en la parte de atrás, pero poco antes de que llegara el momento de parar a comer, se despertó.

- Ah, ¿ya despertaste?

James asintió y se levantó con torpeza para acercarse a él. John estaba conduciendo a los caballos, sentado en la parte frontal y James quiso ponerse a su lado. Agarró la manta con la que se había tapado con un aspecto algo vulnerable y John entendió sus reparos.

- Pon la manta aquí. Estarás más cómodo.

James se sentó sobre la tela al lado de su padre, sorprendido porque apenas sentía un ligero recuerdo de la azotaina. Había esperado que le doliera mucho más.

- ¿Quieres guiarlos tú? – le preguntó John.

El niño le miró con ojos ilusionados, así que John le pasó las riendas sin llegar a soltarlas, ayudándole a controlar a los animales, que en realidad se dejaban hacer sin que fuera necesario estar muy pendiente. Estuvieron así durante un rato, hasta que Spark les saludó con un ladrido, después de mucho rato sin ver a James.

- Will te ha guardado moras. ¿Quieres ir con él?

- ¿Puedo quedarme aquí?

- Claro. Todo el rato que quieras.

Pocos metros después se detuvieron a comer y después reanudaron el camino. John reparó en que Edward comenzaba a quedarse atrás. Se podía distinguir en él una pequeña cojera que normalmente no tenía.

- ¡Muchacho, sube!

- ¡No lo necesito!

- Ya has andado mucho para un solo día. Sube, guía tú el carro por un rato.

El chico aceptó reticentemente y se puso al mando de las riendas. John habló con él durante un rato y después se bajó a estirar las piernas. James quiso seguirle, pero primero se quedó a solas con Edward.

- Siento mucho lo que te dije esta mañana – susurró. – Estuvo fuera de lugar.

- No pasa nada. Por lo que a mí respecta, saldaste tu cuenta con creces.

James sintió que le ardían las orejas.

- ¿Lo oíste?

- No, estaba en el bosque, pero puedo hacerme una idea. Me sorprende que estés vivo.

- A mí también… Pero padre es muy bueno.

Edward guardó silencio por unos segundos.

- Tienes suerte de tenerle.

James sabía que era verdad y también supo, como una intuición, que ese chico le envidiaba profundamente. No podía culparle.

Cuando llegaron a la aldea, todos estaban muy cansados por la jornada. Edward se fue con el señor Jefferson y con William, que se llevaron la carreta, y John y James caminaron o mejor dicho se arrastraron hasta su casa.

James perdonó la cena y fue directamente a ponerse el camisón de noche, pero antes de acostarse fue a espiar lo que hacía su padre, porque le parecía que estaba haciendo cosas extrañas. Durante el camino, le había visto recoger varias plantas y ahora las estaba machando en un mortero.

John le miró de reojo reteniendo una sonrisa y se preguntó cuánto tardaría el niño en dejarse vencer por su curiosidad. No fue mucho:

- Padre, ¿qué estás haciendo? – preguntó.

- Es un ungüento para tu pie. Lo aprendí de mi madre.

- Apenas me duele.

- "Apenas" es suficiente – replicó John. - Esto bajará la inflamación y, con suerte, impedirá que se te forme un moratón demasiado aparatoso.

En pocos minutos, la pomada estuvo lista. John le pidió que se sentara en la silla del comedor y le aplicó el producto en los dedos del pie con un suave masaje.

- Listo. Sobró un poco. Puedes usarlo ya sabes dónde.

James se atragantó con su propia saliva.

- ¡Padre! – protestó.

- ¿Qué dije? Solo era una sugerencia – se defendió, poniendo un trapo en el recipiente, para taparlo. - ¿Quieres oír la historia de cómo aprendí a hacerlo?

James asintió, siempre quería saber cosas, en especial si tenían que ver con John.

- Ve a la cama y quizá te la cuente.

El niño se dio prisa en acostarse y John fue a los pocos minutos.

- No es una historia bonita – le advirtió. – De hecho, fue bastante dolorosa. Pero no he podido darte abuelos que te cuenten mis momentos más embarazosos y es el derecho de todo hijo escuchar los grandes errores de juventud de sus padres.

James sonrió pícaramente, totalmente interesado ya en aquel relato.

- Fue cuando tenía dieciséis años. Yo ya no iba a la escuela. Muchos chicos de mi edad habían dejado de hacerlo, pero en mi caso no fue por desinterés, sino porque había empezado a trabajar como aprendiz del que fue mi maestro en el arte de curtir pieles. El profesor del pueblo se ofreció a darme algunas clases particulares, a mí y a otro chico de mi misma edad, para que siguiéramos aprendiendo. Nos dejaba leer algunos de sus libros y nos explicaba cosas demasiado avanzadas para verlas en la escuela. Era un buen hombre y me enseñó mucho, pero también era muy estricto. Un día, el otro chico y yo tuvimos una pelea. Ya no recuerdo por qué era, pero llegamos a las manos y él me empujó y me tiró al suelo. Me hice un daño enorme allí donde la espalda pierde su buen nombre. Los empujones son peligrosos, James, recuerda esto. La mayoría de las veces no pasa nada, pero en ocasiones las personas pueden lastimarse. Yo no me rompí ningún hueso, pero sí me lesioné. Claro que, siendo como era todo un hombrecito, no podía permitir que se notara. Me levanté como si nada y seguí enfrentando a mi rival… hasta que nos descubrió el profesor. Por lo visto, él no consideraba que fuéramos demasiado mayores como para recibir algunos golpes con la paleta. Si yo no hubiera sido un idiota orgulloso, James, y le hubiera dicho que me había hecho daño, no habría pasado nada, pero mi "hombría" era más importante, así que me callé y me apoyé en la mesa cuando me lo pidió para recibir los cinco paletazos más dolorosos de toda mi vida. Todavía estaba empeñado en no derramar ni una sola lágrima, así que me aguanté durante todo el camino a casa, hasta que, al llegar, me recibió mi madre y enseguida me notó que me pasaba algo. Fue entonces cuando no pude más y rompí a llorar y mi pobre madre no sabía lo que me ocurría. No me quedó más remedio que confesarle el tremendo dolor que estaba soportando. Me obligó a enseñarle el golpe y te aseguro que me llamó de todo por no haberle dicho al profesor que me había lastimado y que por tanto buscara otra forma de castigarme. Ese día me enseñó a hacer la pomada, una receta nueva que había aprendido del boticario.

James escuchó la historia con toda su atención, negándose a caer en las garras del sueño.

- Se lo tenías que haber dicho, padre… Ahuum… El orgullo no te sirvió de nada…

- De nada en absoluto. Al igual que no te sirve a ti, cuando intentas aguantar para que yo no te vea llorar. Pero a veces nos importa demasiado la opinión que tengan de nosotros.

- Ahuum. A mí… ahuum… solo me importa… ahuum… lo que pienses tú.

John sonrió y estiró las sábanas para arroparle.

- Entonces no te preocupes, porque lo que yo pienso es que eres un chico muy especial, que desde que le conocí me ayudó a sanar la herida de la pérdida y desde que tengo el honor de llamarle hijo me llena de felicidad. Te quiero mucho, James. Descansa.