HIJOS DE SELENE.

Prólogo.

Recuerdo que estaba nerviosa. Me preguntaba si me veía bien o no, puesto que parecía una viejita de esas de los años del caldo en esa falda floreada larga de poliéster, blusa de manga larga con un saco rojo encima y mi cabello largo, suelto, con un flequillo plano y mis lentes de abuelita.

Estaba en las oficinas de la revista Cam, propiedad de dos de las familias más poderosas del país. Estaba en una fila de personas esperando a que finalmente saliera de la sala de juntas el pronto antiguo presidente de la compañía junto con el que ahora estará a cargo de ella. Mi preocupación era la misma que la de todos mis compañeros: ¿Quién se quedará como presidente de la editorial? ¿Se quedará Arnaud Valois, el dulce y atractivo hijo de George Valois? ¿Se quedará Francis O'Connell, el mujeriego y apuesto hijo del presidente saliente? ¿O se quedará el hijo de Jerome White, el nuevo socio de ambos, el frío y calculador Leon White?

Muchos prefieren que se quedara uno de los dos primeros debido a su juventud y a sus ideas frescas, pero si Leon White se quedaba, entonces iba a haber despidos masivos y un ambiente casi militarizado. El señor White era conocido por su perfeccionismo, su petulancia, su frialdad y por su larga lista de mujeres, casi el doble de la de Francis. Su mera presencia inspira miedo y su forma de dirigirse a las personas no es muy agradable que digamos.

Nuestras miradas se vuelven hacia la puerta. De la sala de juntas sale Fraser O'Connell, el presidente saliente, acompañado de… Del señor White y su padre.

Muchos se sobresaltaron cuando el señor O'Connell, con solemnidad, dio el anuncio de quién se quedaría al mando de la editorial: Leon White había sido elegido por 7 votos de 10 debido a sus propuestas sobre cómo estimular y maximizar la producción de la empresa, propuestas que, si todos colaboraban, se alcanzarían a corto plazo.

Cuando el presidente saliente terminó de dar su discurso, dio una seña de aprobación al señor White y, como si un rey querido fuera, se marchó del edificio en medio de los aplausos de todos, incluyéndome, y con los White tras él.

Ahora bien, no sé cómo, no sé cuando… Nuestros ojos, los míos y los de Leon White, se cruzaron. No sé si fue imaginación mía o estaba muy estresada ese día, pero había algo en sus ojos grises que me hizo quedar fría por un momento antes de que una compañera me llamara a la cuarta vez.

Algo que me produjo el presentimiento de que mi vida cambiaría para siempre.