Una visita más en servicios sociales para alguien como Harriet era algo que, tal vez no se pueda calificar como algo "de rutina", pero para sus 14 casi 15 años, tal escenario era algo predecible, y previsible.

—¿Qué tal Gary, cómo está lo del negocio de tu esposa? —saludaba a un trabajador de la oficina del gobierno mientras se dirigía a su cita concertada del día.

—Lo de las chimichangas dulces no funcionó; ahora trata de venderlas como crepas.

—¿Y qué tal saben?

—Como chimichangas azucaradas.

—Uy, destrucción de dos tradiciones culinarias en un una...eso lo veré después —comentó para después proseguir su camino.

—Señorita Milovic, por favor —le indicó su bien conocida trabajadora social, justo afuera de su oficina —, entre...luego se pondrá al corriente con el chisme.

En un comienzo, Harriet encontró en la figura de ella, Martha Hynes, especialista en casos familiares y en el trato con menores, alguien a quién temer: una burócrata de escritorio a servicio de los federales parecía tan intimidante, con tanto poder en sus manos, con la capacidad de decidir sobre su destino y sobre el de su familia, pero tras ir y venir a lo largo de los años, se ha dado cuenta de la verdad.

Que es una burócrata de escritorio a servicio de los federales, y eso en realidad no da demasiado poder.

Ambas tomaron asiento.

—Señorita Milovic...

—¿Qué hay Martha? —Harriet saludó, recostando su silla un poco hacía atrás con sus manos por detrás de la nuca.

—...me gusta ver que te has puesto cómoda de una vez.

—Este lugar ya es como mi casa fuera de casa, ¿y qué tal su hermano? ¿Por fin se le declaró a la Lila?

—Señorita, creo que no está tomando con toda seriedad la circunstancia en la que se encuentra actualmente.

—¿Qué pasó? ¿Algo serio?

—Me temo que sí —la señorita Hynes tomó unos expedientes de su archivero y los revisó brevemente—. Como ya debe de saber y ya está grande como para que pueda fingir que le tengo o puedo edulcorarle la verdad...

—...¿mis padres son unos ampones de poca monta?

—El gobierno prefiere usar otros términos, pero aquí entre nos, sí.

—¿Y qué? Los muy payasos pagaran la multa o lo que sea que pase y...

—No es tan simple, señorita Milovic. No está vez por lo menos.

—¿Qué? ¿Les costará un empeño de más? ¡Gran cosa! Al cabo que ni me había acostumbrado todavía al agua caliente.

—Ellos han sido detenidos más de una docena de ocasiones, todos crímenes o faltas pequeñas pero...me temo que el departamento ya no puede dejarlos ir con tanta facilidad: tu madre pasará un tiempo tras las rejas más largo que el habitual.

—¿Cuánto puede ser? ¿Dos meses, tres meses..?

—De cinco a diez años.

Harriet permaneció en silencio por unos cuantos segundos.

—¿Conoce un motel por la ciudad que no cobre demasiado y que quizá se apiade de una catorceañera casi quinceañera con mucha necesidad y poco dinero?

—No será necesario: como podrá entender, no podemos dejarla por su cuenta, así que la pondremos en custodia del familiar más cercano suyo que pudimos encontrar...que no estaba ya preso o deportado...

—No me gusta como suena eso...

—...Maja Milinka Milovic, vive en el barrio de Hopewell, Toronto, en la provincia de Ontario —Martha re -leyó el expediente acerca del caso de Harriet.

—¿Me enviarán con ella? —la joven cruzó sus brazos.

—Ya la contactamos; en días, estarás con ella en la gran ciudad.

—Sí, mire, Martha, querida...reserve eso de "gran ciudad" para París o Los Ángeles, no para la ciudad que Hollywood usa para cuándo quieren Nueva York pero no alcanza para Nueva York.

—No puedes juzgar un lugar si nunca has estado ahí.

—Nunca he estado en Guantanamo, y estoy muy segura que no es una visita que quiera hacer pronto.

—Pues, de todas formas, no hay otras opciones: o vas con tu tía a la ciudad o me temo que tendremos que ponerte en el sistema de adopción, y créeme, no hay mucha demanda por adolescentes respondonas con mala actitud que creen que teñirse un par de mechones de azul las vuelve "extremas".

Tal sacudida fue inesperada, pero logró que Harriet lograra comprender la seriedad de su nueva realidad.

—Bien...iré con mi tía María.

—Maja.

—Maja, sí. ¿Qué tal malo puede ser? Si ha sido la única persona de mi familia que no ha sido aprisionada por el sistema penitenciario debe ser...buena gente.

—Como sea; yo salgo en veinte minutos...

Y pronto se vería enfrentando algo que infligía más temor en su corazón que cualquier fuerza del orden: la escuela.

—Yo sé bien que muchos aquí no somos de la misma religión —el director LaFontaine comentó al equipo de profesores del colegio Hopewell High, reunidos desde muy temprano aquel primer día de clases en la sala de maestros —. Sin embargo, estamos por comenzar un nuevo ciclo, con todo lo que conlleva y...señorita Lynn, por favor, baje el revolver de su cabeza —indicó a la profesora de Estudios Sociales—. Soy el primero en comprender las dificultades de ser un docente en ésta escuela, pero no podemos darnos por vencidos...además, el seguro no cubre suicidios así que cualquier acto mortal contra sus propias personas, por favor, insto a hacerlo fuera de horas de oficina.

Y con tales inspiradoras palabras, el director instó a los maestros a dar lo mejor de sí; sin duda, no se puede sobrevivir en Hopewell a medio gas.

Muchas de las mejores ideas y meditaciones más profundas se piensan lejos de los centros de estudio, de los monasterios, laboratorios o instituciones académicas. Esos pensamientos, en ocasiones oscuros, en ocasiones atemorizantes, pero siempre representando una trascendencia mental que muchas veces no sentimos que somos capaces de generar en primer lugar están reservados en muchos casos para ésas cuatro paredes en las que uno se lava las partes que uno no puede tocarse en publico.

Sí, el cuarto de baño, dónde la caída de agua de una regadera es el mejor fondo musical para alcanzar una bizarra iluminación rodeada de paredes con azulejos.

Harriet Milovic tenía mucho en que pensar; después de todo, ¿podía la mente mantenerse tranquila e inerte cuándo se está por comenzar el primer día de escuela?

—Así que, el año comienza aquí —se dijo mientras tallaba su negra cabellera con el champú.

Harriet había llegado a Toronto desde hace apenas unos meses desde una pequeña ciudad portuaria del este. En muchos sentidos, aunque sin duda había sido un cambio de ambiente bien recibido por ella, todavía le costaba aceptar su nueva realidad, tanto en lo bueno como en lo malo.

Como por ejemplo: sin duda disfrutaba de vivir en una casa que no tuviera ruedas, y de no tener que agacharse y no hacer ruido cada vez que oía la sirena de una patrulla policial.

Por otro lado, los inconvenientes no faltaban.

—Eso de levantarse al alba como que no es lo mío —se dijo viendo su rostro para limpiarse las lagañas.

Pero el debate respecto si había hecho la mejor elección al mudarse a la gran ciudad había terminado: lo hecho estaba hecho, y no quedaba más que dar los primeros pasos en su nueva senda.

—Ay, ¿por qué no me eché un último churro antes de irme a dormir? —se lamentó.

—¡Harriet! ¡Rápido! ¡No quieres llegar tarde a la escuela! —le gritó su tía Maja.

—¿No quiero llegar tarde a la escuela? —pensó.

No, no quería, aunque llegar a tal conclusión no era su primer instinto, y en realidad, difícilmente era la primera reacción de la mayoría de los estudiantes a lo largo del país, y los del colegio Hopewell High no iban a ser la excepción.

Salió, se vistió, se revisó una vez más la apariencia frente al espejo incluyendo el asegurarse que su mechón teñido de azul se encontrase acomodado perfectamente desperfecto; tomó su desayuno, y dando un último aliento antes de salir de casa, se alistó para su nueva aventura.

—No mires a nadie a los ojos, no alimentes ni animales ni bestias, y no vayas a los salones de la zona del edificio "D" —Harriet recordó las reglas del folleto que le habían dado durante el curso de introducción.

—Es del edificio "C".

—¿Perdón?

—El edificio al que se supone nadie sin acompañante debe ir es el "C", no el "D".

Harriet se vio en la compañía de Josephine, o "Jo" como simplemente le decía. Su primera y única amiga desde su llegada a Toronto en vista de un factor en común: ella también era nueva en la ciudad, y si se podía tener una aliada en la preparatoria, la oportunidad no se puede dejar de lado.

—Jo, revisé esa aplicación de la pagina de la cuál me contaste.

—¿Si? ¿Qué tal?

—Interesantes libros; jamás había visto tantas historias sobre estrellas pop en un mismo sitio con creepypastas sobre caricaturas del canal de Disney...no volveré a ver a Elsa del mismo modo.

—Sip, sé de qué historia estás hablando —Jo sonrió—. Y entiendo, es una mezcla peculiar, pero siento que eso no es lo que te llamó la atención.

—Cuándo dejas de lado los fanfics y los blogs que a nadie le importan un carajo, hay muchas historias sobre chicas de mi edad. De nuestra edad, y muchas van a los colegios más exclusivos del mundo en algunas de las ciudades de mayor cultura y glamour de la Tierra...

—...sí —Jo comentó, batallando para ver más allá de lo qué Harriet decía a primera escuchada.

—...son adolescentes bellos, hermosos; visten con ropa de diseñador, todos traen el teléfono más caro, viven en mansiones o apartamentos de lujo y pueden o no estar relacionados con alguna estrella de la música poderosa y rica.

—¿Y?

—Ellas y ellos hacen eso, mientras que nosotras vamos a una escuela dónde el 30% de las chicas terminan ganándose la vida bailando en lencería en un tubo de metal. ¡Y ni siquiera son de esas zorras caras de categoría que gustan a los empresarios japoneses! ¡No! ¡Son de esas que terminan dando mamadas atrás de un callejón con descuento para completar para el recibo de la luz o de dos hijos que para colmo son de padres distintos!

—¿Eso pasa realmente?

—Cometí el error de ver la pagina en Wikipedia del barrio de Hopewell; la lección aquí, cariño, es nunca querer aprender y menos por cuenta propia.

—Eso sin duda nos llevará lejos en la vida...

—¿Sabes lo peor?

—¿Qué?

—El 30% sigue siendo un porcentaje menor qué mi barrio anterior.

—Oh...bueno, Harriet, creo que como diría aquel letrero de la Segunda Guerra Mundial que tanto han pirateado en la internet una y otra vez, "Mantente calmada y estudia al menos lo suficiente para no tener que andar con las tetas de afuera para ganarse el pan".

—Jo, amiga —extendió su brazo alrededor de su compañera—, creo que acabas de dar con el lema ideal para Hopewell.

Mas las reflexiones debían esperar: la escuela aguardaba, y después de todo, un colegio no es un lugar para el pensamiento (no para el pensamiento independiente, quiero decir).

—¿Crees que el director tiene algo extraño? —Jo preguntó, para ése momento, sentada en el asiento del aula de su primera clase, esperando por el primer profesor del día, después de un breve mensaje para los chicos de recién ingreso.

—Yo lo vi muy ordinario.

La calma con la que Harriet se dirigía ante el nuevo episodio frente a ella era algo admirable, Josephine sintió sin duda: su caminar, su expresión, nada parecía tomarla por sorpresa, desapercibida.

Jo, por el contrario, no podía sentirse bajo más presión y nerviosismo.

—Respira hondo —se repetía al caminar por los pasillos del colegio—. No hay nada que temer; es una escuela, y una escuela, y nada más... llena de... otros chicos... muchos

—Cientos, de hecho.

—¡Ay, ya lo sé!

—¿Qué? ¿No me digas que todos esos pendejos caras de pendejos te intimidan?

Jo se mordió el labio, y evitó mirar cara a cara a su amiga.

—¡Lo hacen! —Harriet afirmó—. ¿Qué hay que temer? Mira, es básicamente una trama que todas conocemos: la porrista malcriada acompañada con una compañera de equipo que de hecho es lista pero finge ser tonta para ser popular, el equivalente en humano a Buzzfeed; el tipo perturbado que finge ser sólo un "buen amigo" frente a la chica que le gusta aunque está perdidamente enamorado de ella y quisiera ser algún día algo más a pesar que todo su comportamiento es poco sincero y un tanto escalofriante... ¡Sí, te hablo a ti! —señaló a un chico pálido que camino junto a ella—. ¡Oler ése mechón de cabello que le pagaste al estilista de tu amiga para que te entregara no ayuda a tu imagen de pervertido avirgenado para nada!

—Harriet...

—¿Si?

—¿Dónde caería alguien cómo él?

Josephine señaló con su mirada la dirección dónde el chico en cuestión que tanto había captado la atención de la rubia se encontraba.

—¿Esos son los casilleros de los de segundo año, no?

—No lo sé; creo que sí.

Era mayor sin duda, confiado, bien vestido: cabello perfecto, un poco más largo de lo normal, bien cuidado; rostro limpio, ojos azules claros, celestes, intensos.

—Oh, linda, es sin duda un buen ejemplar —Harriet le confió en un murmuro—. No es mi estilo el "chico de familia" pero... no lastima a la vista.

—¿Eh?

—O sea, que no está feo.

—¡Oh!

—Lastima que sea gay.

—¿Cómo gay?

—¡Ay, linda! —Harriet apoyó su espalda por sobre los casilleros—. ¡Tengo mucha experiencia con esto!

—¡Tienes quince años al igual qué yo!

—Sí... pero eso no quiere decir que mi experiencia no cuenta.

—¡Eres mayor qué yo por sólo un mes y medio! ¿Qué? ¿En seis semanas alcanzaste las grandes verdades del universo y a mi no?

—¡Va, yo sé que no! ¡Pero ningún chico heterosexual de ésa edad sonríe tanto sin estar en drogas!

—¿Y cómo sabes qué no está en drogas?

—¿Entonces prefieres drogadicto a gay?

—¡Tú eres drogadicta!

—¡Drogafilica! ¡Hay una enorme diferencia Jo!

—Y otra cosa: sigues inventando palabras. Estoy segura que no existe "drogafilica" y tampoco "avirgenado".

—Soy... me gusta pensar que soy original.

Entonces, el timbre señalando el comienzo de la primera clase sonó.

—Vamos, mejor entremos al salón —dijo Harriet—. Al menos conozcamos al enemigo.

—Vale... "originalosa" —Jo contestó sonriente.

—Sean bienvenidos todos a Hopewell High —el profesor Kovac indicó a su primera clase de alumnos de recién ingreso del día—. Algunos de ustedes ya me conocen dado que tuve oportunidad de verlos en el curso de preparación antes de las clases regulares, pero a diferencia de aquella ocasión, algunos al menos tenían la gentileza —se acercó hacía el pupitre de Harriet—, de al menos pretender estar despiertos.

—¿Qué, eh? —la estudiante reaccionó.

—¿Noche difícil en las minas de cobre, señorita Milovic?

—Lo siento, es que creo que me desvelé de más ayer.

—No pido demasiado de mis alumnos: estar conscientes creo que es una exigencia bastante razonable —el profesor se dirigió de vuelta a la zona del pizarrón—, ahora, impartiré la clase de Inglés, que claro, es más allá que el estudio del buen uso del idioma: estamos hablando de la oportunidad de sumergirnos en una de las tradiciones literarias más ricas del mundo. Autores y autoras de todas épocas y estilos que han puesto su granito de arena entreteniendo generaciones de lectores y en ocasiones, inclusive hacernos pensar, y con algo de suerte, actuar, sólo piénsenlo: Shakespeare, Byron, Orwell, Atwood...

—...TributeGirl234 —mencionó uno de sus alumnos.

—Señor O'Brien...creo no estar familiarizado con la obra de...la autora que acaba de citar.

—¡Ella es genial! Es autora de "Aniversario 100 de los Juegos del Hambre".

—¿Es eso un...libro de esa saga o...?

—No profesor, se trata de un fanfic.

—¿Un qué, perdón?

—Un fanfic son historias que los fans de un libro o serie hacen.

—¿Eso es...una cosa que hacen los chicos hoy en día? —un confundido docente cuestionó, y notó que varios de sus alumnos sacudieron su cabeza—. Bien: se aprende algo bueno todos los días.

Antes de que empezará a escribir sus siguientes palabras en el pizarrón aparte del nombre de la asignatura impartida al igual que su nombre, una burla lo detuvo.

—Eso prueba que la literatura está muerta...

—Señorita Milovic, creo que acaba de dar una opinión algo atrevida —se volteó y se le dirigió una vez más.

—¿Q-qué, qué dije?

—"La literatura está muerta".

—Oh, eso...bueno, no soy experta en libros pero...

—Eso es más que evidente, no obstante, no deja de ser una frase cargada de significado. ¿Podría explayarse un poco más en tal aspecto?

—Ay, carajo...

—Ey, si no está nadie listo para defender lo que se dice, mejor sería no decirlo de todo.

—...bueno, profesor...es que, usted acaba de decir un montón de autores de otras épocas que ya murieron hace mucho tiempo atrás.

—Margaret Atwood todavía no lo está —el maestro le corrigió —. No nos adelantemos a lo inevitable.

—Como sea: sí, nos legaron grandes historias...no sé, Romeo & Julieta, el que sea que haya escrito esa que 10 Cosas que Odio de ti parodiaba...

—En ambos casos está hablando del bardo inmortal señorita Milovic.

Harriet contestó no con palabras, sino con su expresión.

—Hablo de Shakespeare, señori...

—¡Shakespeare, sí! —Harriet se intentó adelantar—. Lo tenía en la lengua de la punta, digo, en la punta de la lengua.

—¿Conoce la historia de la qué el señor O'Brien se refiere?

—Creo: conociéndolo debió haber leído eso en un sitio mugroso de literatura como o Wattpad, justo de algo así hablaba está mañana con una amiga.

—Me han dado algo interesante que revisar jóvenes, pero por lo pronto, creo que debemos comenzar con la lección formal.

El profesor les dio la espalda y comenzó a delinear el esquema básico del curso y de sus temas.

—¿Por qué los maestros nos obligan a hacer cosas? —Harriet se cuestionó mientras salía de la barra de la cafetería con bandeja en manos, acompañada de Jo durante la hora del almuerzo —. ¿No saben que es contra la ley obligar a un estudiante a hacer algo más allá que decir su nombre el primer día?

—¿De verdad?

—Ey, al menos es lo que me indican las películas que yo veo...

Ella notó que Jo no estaba de todo entendiendo ésa pequeña gran habilidad de la conversación humana normal llamado "sarcasmo", así que decidió aclararle un poco el panorama.

—Es una broma, rubia. Un chiste.

—¡Oh, claro, claro! —Jo intentó pretender que había comprendido, aún cuándo tal esfuerzo sólo recalcaba el grado en que le fue incomprendido.

—¿Sabes? Sé que eras de un pueblo chico, pero estoy segura que debió ser una comunidad con gente con algo de sentido del humor o de la ironía —Harriet dijo al tiempo que ambas estudiantes tomaban asiento en una mesa en un rincón del comedor.

Harriet encontraba en ocasiones difícil de ignorar las dudas de dónde rayos Jo había emergido: inmigrantes bengalíes que no hablaban el idioma parecían estar más cómodos con la realidad urbana de lo qué esa rubia ojiverde lucía. Y aunque no era de las personas que juzgaban por algo tan superficial como el atuendo, su guardarropa parecía mezclar la de un miembro de un culto, la de un personaje de La Casita de la Pradera, o la de un culto basado en La Casita de la Pradera.

—Oye, mira —Jo indicó hacía el rincón opuesto del comedor.

Harriet volteó.

Encontró sola en una mesa alejada a Dalia; estudiante brillante, inteligente, almorzando por cuenta sola.

—¿Esa matada dejará de leer? ¡Ey! ¡Genio! ¡Es el primer día de clases! ¡Estás haciendo lucir al resto de nosotros muy mal! —Harriet le gritó.

—No deberías hacer eso —Josephine instó.

—Ella sabe que estoy bromeando.

—¿Lo sabe?

—Ey, sólo porque a ti se te dificulte un poco el reírte de las cosas no significa que a todas y todos.

—N-no, pero...

No habían intercambiado demasiadas palabras: la conocían desde apenas el curso preparatorio, apenas un poco más de lo que la una conocía a la otra. Pero si bien muchas cosas pueden volar por sobre su cabeza, otras parecen tan obvias como una señal de humo.

—¿Qué sucede Jo? ¿Recordando cuándo vivías en las montañas con tu abuelito y tus amigas las cabras?

—¿Me estás comparando con Heidi?

—Claro que no: ella tiene el pelo negro, yo me parecería más técnicamente hablando, pero no me gusta la idea de vivir en Suiza. Mucho frío, y un terreno muy sinuoso para cuándo tenga flojera. Preferiría Ibiza, o ése país sudamericano dónde la marihuana es legal.

—Cerdos.

—¿Los de Ibiza o los de sudamérica?

—No, no: criábamos cerdos, no cabras... en el viejo pueblo.

—¿Tu familia cría cerdos? —Harriet se levantó y aplastó sus palmas abiertas por sobre la mesa—. ¿Quieres decir que en estos momentos podría estar con alguien que me podría garantizar un suministro ilimitado de tocino?

—No contaría con eso...—Jo contestó susurrando.

—Vaya, amiga, parecía como si quisieras ocultarte de algo.

En cierto modo, tal aseveración era más que verdadera, y el temor extraño de una joven con poco tiempo en la ciudad más grande de su país era muy justificado.

Las clases acabaron con prontitud y sin mucha novedad aparte de presentaciones y lineamientos generales; presentaciones que serán pronto olvidadas tanto por maestros como por alumnos, y lineamientos que no tardarían en ser rotos.

—Bueno, eso fue mejor que pasar la mañana esperando a qué llegue la trabajadora social —Harriet comentó tras un bostezo al caminar en los pasillos hacía la salida de Hopewell High.

—Fue disfrutable.

—¿Disfrutable? Es la escuela: un supositorio con sabor a chile piquin sería más disfrutable qué esto.

—¿No crees que exageras?

—¡Va, no lo digo por experiencia propia! Pero tengo una prima que vive en Tijuana y se gana la vida...eh...en un pequeño teatro.

—¿Por qué siento que en ése "pequeño teatro" la mayor parte de las actuaciones las debe hacer sin...

—Sí Jo, sí: cuándo dejas la escuela desde el segundo grado, tienes que mostrar piel para pagar la renta.

—¿Hay algún familiar tuyo que no esté metido en la industria del sexo o la de las drogas?

—Tengo un tío congresista pero ahora que lo pienso...siendo político, tarde o temprano lo van a atrapar con una u la otra, y...

—Oye, cuidado Harriet.

Jo advirtió al ver una botella de plástico de agua tirada en el suelo y no quería que su amiga tropezara.

—¿Qué? ¿Te sorprende ver basura en una escuela pública? —Harriet preguntó.

—No, claro que no —Josephine contestó después de agacharse y tomar el objeto—. Pero...

—¿Pero qué?

—¿Será de alguien?

Josephine volteó al frente, y vio justo en la entrada a aquel estudiante de ojos celestes.

—¿Una servilleta? —Harriet ofreció.

—¿Por qué una servilleta?

—Porque la necesitas por toda la baba que estás dejando en el piso por él, o al menos la que quisieras dejar.

—Mejor...mejor voy a...

Josephine apresuró su caminar al tiempo que le gritó al chico para llamarle la atención.

—¿Si? —el joven preguntó.

—Disculpa, pero es que, bueno, ¿esto es tuyo?

—¡Gracias! —dijo él—. Necesitaba mi botella de agua, me gusta ir al gimnasio y...en fin —revisó su reloj de pulso—. Creo que debo apresurarme, ¡muchas gracias otra vez!

Y se alejó.

—Está bien, está bien —Harriet se acercó—. Lo admito: es lindo. Y eso del gimnasio se le nota en sus...posaderas.

—Me habló —Jo susurró ruborizada.

—Es un avance.

—Sí.

—¿Sabes su nombre?

—No.

—¿Sabe tu nombre?

—No.

—Meh, igual no estuvo mal para un primer día.

Entre tanto, en un remoto pueblo en el interior de Saska...Saskacha...Saskatche...una provincia canadiense, en una comunidad sumamente aislada del mundo moderno, aún se lamentaba una deserción pequeña, pero importante de una joven adolescente que le dio la espalda a su origen y sus tradiciones y se sumergió en el mundo pecaminoso de más allá de ésa esfera rural.

El golpe había sido especialmente duro para su familia más cercana: los Hoult, quienes aun no podían concebir la idea que su pequeña hija fue tentada por fuerzas externas.

Mas llorar y lamentarse no servía de mucho...pero el espionaje y el acoso, por otro lado, sí.

—Salomón, ¡Salomón! —un joven miembro de la comunidad exclamaba corriendo a toda velocidad a las afueras del hogar de su familia.

—¿Qué pasa David? ¿Qué te tiene tan agitado?

—Su hija —declaró entre su respirar hondo—. Es sobre su hija.

—¿Josephine? ¿Qué hay con ella? ¿La encontraron?

—Me temo que no, no con exactitud todavía.

—¿Pero saben algo? ¿Una pista? ¿Un indicio?

—Creemos saber dónde se encuentra...ya es un comienzo.

N/A: Sean bienvenidos todos y todas lectores y lectoras por igual a ésta nueva historia, "Bienvenidos A Hopewell". Opiniones y comentarios diversos son apreciados desde alabanzas hasta criticas dónde deseen que me muera de cáncer.

Gracias, y espero que me acompañen en esta nueva aventura.