En la cueva

The state of dreaming


(Disclaimer)

El contenido total de ésta obra me pertenece y no permito que sea reproducida, ya sea de manera parcial o total.

(Resumen)

El adolescente se ocultó en el bosque tras cometer el asesinato.


El adolescente se oculto en el bosque tras cometer el asesinato. Pálido y sudoroso, corrió entre los árboles, tropezando cada tres pasos, hasta llegar al único sitio donde estaría seguro y lejos de la policía.

Bajó una pendiente, resbalando en la tierra húmeda y raspándose las rodillas con las ramas afiladas de los arbustos con los que se encontraba en su huída, pero no se detuvo hasta llegar a la cueva oculta entre la maleza, donde él y su mejor amigo solían jugar y encontrarse desde que eran niños.

Nadie sabía de ese lugar. Ni sus padres, ni sus hermanos, sólo ellos. Y uno ya no podría hablar sobre ese sitio jamás.

Respirando con alivio, entró a la grieta que fungía como puerta. Era tan estrecha, que sólo se podía recorrer caminando de costado. Todo estaba oscuro. Cuando por fin llegó al área amplia, donde él y su amigo solían guardar lámparas, velas y mantas, se dejó caer de rodillas sobre la dura roca bajo sus pies, intentando respirar.

Ahí estaba seguro.

Ahí nadie lo iba a encontrar jamás.

Ahí nadie podría lastimarlo nunca. No otra vez.

Se arrastró por la tierra hasta el rincón donde solían apilar sus cosas —las más preciadas, las que no podían dejar a simple vista en casa, y aquellas que les servirían para estar cómodos en su lugar secreto, privado, de ellos—. Sus dedos se encontraron con la hilera de historietas que a su amigo le encantaban y el nudo en su garganta se liberó, haciéndolo llorar.

Encontró una lámpara y se apresuró a encenderla. Un charco de luz amarilla inundó el costado de la cueva donde se encontraba, aliviando un poco la tensión de su corazón. Entonces, notó el movimiento a su lado.

Se congeló en su sitio, abrió mucho los ojos e intentó gritar, pero no pudo. Levantó la mirada despacio, pidiéndole al cielo no encontrarse con lo que estaba temiendo, pero cómo no iba a reconocer esas manos o ese olor corporal que conocía tan bien. Sus ojos se encontraron con los de su amigo, pálido, pero con una expresión afable.

—¿Por qué me mataste? —preguntó con una voz increíblemente suave y cordial.