Comienzo a besarla, sabe a fresas y no me gustan las fresas, pero aún así me gustan sus besos, me encantan, pero nada mas quiero eso, besarla y ya.

Me separo de ella y le sonrío, fue un buen beso. Ella me ve muy lascivamente, pero hoy no quiero eso, ya estoy harto de esas noches en las que sólo disfrutas y no consigues más. Es maravilloso y rico, no lo niego, pero no me llena, necesito algo más fuerte, algo que me satisfaga por dentro, no sólo mi lado carnal; necesito sentir algo más real. Y no busco el amor y esas cosas de pareja, no las necesito ahora mismo, me dan igual, porque el día que llegue "mi media naranja" ya me encargaré de protegerla y amarla, ahora no.

Le tomo la muñeca a aquella chica tan guapa y caliente, le sonrió como despidiéndome y me voy, dejándola alborotada y casi vestida. Vago por las calles vacías e iluminadas con destellos de luces, quiero pensar, nada más.

Mis amigos se quedaron ahí dentro, seguro cogiendo con varias chicas, así que no les importará que me vaya, pues creerán que yo también estoy haciendo lo mismo. No estoy tomado y eso es raro, de hecho, es lo más raro del mundo que yo salga a caminar como a las tres de la madrugada por las calles y sin estar ebrio; además de estar solo.

Sé porqué estoy así, pero no lo quiero aceptar, la verdad me duele recordarlo y no viene al caso que lo haga, pero realmente esa espina no me deja en paz.

Días antes mi madre se enfermó gravemente y ahora se encuentra en el hospital, pero no he ido a visitarla. No quiero hacerlo, no porque me duela verla tirada en una cama con tubos metidos en su cuerpo, no. Pero ¿qué me hace no querer verla? Tanto lo sé que lo quiero evitar pensar, todavía me hace sufrir, todavía esa herida está abierta.

Mi padre me ha dicho millones de veces desde que mi madre enfermó, que fuera a visitarla, que tengo que verla para que ella se sienta mejor, ¿pero y yo? ¿yo no me puedo sentir mejor? Si no la veo me siento bien, ¿por qué ir para arruinarme los días?

La quiero, pero nada más. Nunca me trató como su hijo, ¿en serio creé mi padre que no me di cuenta? O ¿creé que me daba igual? ¿qué no me dolía? Sea lo que sea, se venda los ojos para no entender nuestra mala relación.

Cuando era niño pude ver que mi padre era el único en demostrarme su amor, en cambio mi madre siempre se empeño en hacerme sentir mal y echarme al abismo. Me hizo más fuerte, eso se lo agradezco, pero ¿en serio tengo que ir a visitarla? ¿por qué tengo que hacer algo que ella nunca hizo conmigo? Es ridículo, mi padre eso no lo comprende.

Desde hace unos días se me fue el apetito y casi no duermo, por eso acepte venir con mis amigos ésta noche, para pasarla bien y disfrutar una que otra vista, de esos cuerpos tan curveados y delicados. Pero entonces decido salirme a pensar, que ironía que yo mismo arruino mi propia noche.

Así se resumen las cosas, así caigo en mi propio hoyo, me vuelo la cabeza con millones de razones erróneas y no acepto mi verdadera espina, pero no quiero saberla, no quiero tener que ir a verla.

Si llego a saber que mejorará, todo volverá a su lugar, mi padre dejará de decirme que la vaya a visitar y mis problemas emocionales se irán, así que no importa si la voy a ver o no, no afectará en nada si la llego a visitar. Por otro lado, si no llega a recuperarse, ¿qué pasará entonces? ¿cómo me culpará mi padre de eso? ¿iré a despedirme sin que esté ella aquí? ¿lloraré? Eso me tiene ansioso, porque sé que es una enfermedad grave y ninguno de mis amigos lo sabe, no están enterados porque yo no se los he dicho, sino irían a verla y me obligarían a acompañarlos. Pero con eso mi madre se sentiría orgullosa y su ego subiría más de lo que ya está, me haría más chico. No quiero que me vuelva a empequeñecer con sus actitudes.

Sigo caminando y volteo hacia la luna, aquella que siempre me acompaña en mis noches a solas. Suspiro y miro hacia un punto vacío, me enojo con ese vacío y me revuelvo el cabello. '¿Has pensado en una razón?' Me pregunto a mi mismo. No la logro encontrar, no puedo dejar de pensarlo, así que ya lo aceptaré. Ya no puedo más. Odio a mi madre.

Curioso que me da miedo admitirlo, pero ¿por qué? ¿será por todas esas veces en que me humilló o por las otras en las que me dejó completamente solo, a merced de cualquier intruso? Da igual, pero por todas las leyes establecidas, por todas las estúpidas normas que el mundo tiene, no debo odiar a mi madre, no puedo, no me dejan. Eso me está matando, me tortura y me consume. Estoy harto de vivir a sombras de lo que no puede ser, porque mi madre es un ser humano que tiene errores, horribles errores, entonces ¿por qué la catalogan como la pureza del universo? Porque es madre, sólo por eso, y nada más.

Debo despedirme de ella, debo decirle adiós, de la forma más cruel que pueda, y esa será presentándome a su habitación. Así será, le mostraré todo lo que me hizo sufrir, todo lo que me echó, se lo devolveré.

Con nuevo rumbo, llamo un taxi y me recoge para llevarme al hospital, decidido y con el derecho de ser su hijo, los doctores me dejarán pasar. De cualquier forma saben nuestra historia y se sentirán alegres por saber que fui a visitarla. Ilusos. No voy con esa intención, voy con la verdadera, la que hará que esa espina se aleje de mí.

Pregunto, busco y llego a su habitación, suspiro fuerte, dándome fuerzas para mostrarme como soy, para mostrarle lo que ella creó.

Abro la puerta y con temblor, doy el primer paso. Ahí está, tumbada en la cama, simple, agotada, sufriendo. No me da gusto verla así, pero tampoco tengo empatía por ella, eso es algo que le está pasando y ya, no puedo sentir algo acerca de eso, no soy el receptor, simplemente soy un espectador, soy eso y nada más.

Me acerco a ella con una seguridad débil, el corazón me da un brinco cuando veo que está despierta, viendo a la ventana. Ella sabía que iría, justo esa noche, justo a esa hora. La odio más.

Sus pupilas me encuentran entre la escasa luz, y me observa, maliciosamente, demostrando que tenía razón, una razón equívoca, porque no tenía razón.

Nos quedamos mirando, montones de años, desafiándonos con la oscura mirada de cada uno; ella diciendo todo lo que siempre me dijo, y yo, diciendo lo que nunca pronuncie. Nos echamos la culpa el uno al otro, escupiéndonos las peores pesadillas, aquellas que ambos teníamos cada noche desde que inició esta basura.

–No… eres…

–No soy tu hijo. Lo sé.

Ella intenta pronunciar la verdad, lo que ambos llevamos años cargando.

Yo me adelanto, ganando por saberlo, y perdiendo por serlo.

Entonces, ocurre algo que no pude imaginar nunca, en esos momentos, ella, mi madre, me sonríe.

Mis ojos se sorprenden, me tenso y escucho un ruido molesto. Ella cierra los ojos y su esencia, fuerte y viva, muere.

Llegan personas por todos lados y me piden que me vaya, me gritan y me mueven. Yo sigo con la imagen de su sonrisa, palpando mi lógica, buscando su razón, porque una vez más, ella volvió a humillarme, a confundirme y a dejarme solo. Una vez más, vuelvo a sentirme sin protección; pierdo mis ideas y entran las de ella; una vez más, vuelvo a perderla.

Me sacan y me sientan, llaman a mi padre que estaba curiosamente en el baño, una jugada del destino para que yo tuviera la libertad y dejara salir esa espina tan terca y oscura.

Suspiro, dejo en paz mis pensamientos y me ofrezco al sueño, ese que días atrás se había ido. Ahí en mis pesadillas, comprendo esa mirada, esa sonrisa y a esa mujer, que apenas unos minutos atrás, fue mi madre. Me doy cuenta de todo, encajan los recuerdos y las acciones.

Pasan los días, ya es el funeral, pero no iré, porque tanto ella como yo, sabemos que esa sonrisa fue nuestro final, el que cortó el lazo que nos unía forzosamente, aquel que nos hacía sufrir. Nadie lo entiende y a nadie se lo trataré de explicar.

Con eso en mi cabeza, me tumbo en mi cama, viendo al techo, recordando aquella bella sonrisa, que me tomará de la mano toda la vida y me cubrirá.

Entonces me doy cuenta que sigue siendo ella, mi madre, esa mujer que odio y que sólo veo desde afuera, porque me doy cuenta que fuimos lo mismo y ahora sólo soy yo. Nada más.


25 de Octubre de 2015