¡Buen día a todos!, ¿cómo han estado? Aquí reportándome con este relato que, si bien admito que los géneros de horror, misterio y suspenso no son mi fuerte, al menos he dado lo mejor de mí para crearlo. Este fic participa en el Reto #2: "Horror, Misterio o Suspenso" del foro "El Rincón Creativo"; respecto a que si es horror o suspenso, ese detalle se lo dejaré al lector :).

Un saludo y ojalá lo disfruten.


Voces.

Voces… Oigo voces. Voces por doquier. Voces de hombres, mujeres, ángeles y demonios. Las voces me piden, me exigen a gritos que haga cosas que ninguna persona normal quiere hacer y que, según ellas, deberían hacer si no quieren irse al infierno.

Me piden que eche sal en las ventanas, que dibuje cosas extrañas en las paredes, que me bañe hasta cinco veces porque a Dios le agrada ver a la gente súper limpia. Me piden que desconfíe de la gente, que me aísle si es posible. Me dicen que debo pegarle a la gente, que la gente me lo agradecerá porque estoy expiando sus pecados.

Hoy, en una extraña mañana de invierno, me pidieron el sacrificio supremo. Sacrificio, sacrificio, sacrificio, sacrificio… ¿Sacrificio de qué o de quién? No, no quiero hacerlo. No, cualquier cosa menos eso. No él, no mi bebé. Él no era culpable de nada. Él es inocente de todo pecado.

Las voces me acosan. No me dejan comer, no me dejan dormir. Siento cómo me jalan de un lado para otro, cómo me castigan por desobedecer los mandatos de Dios. Para no oírles, para ignorarles, para evitar que mi bebé salga dañado, me corto las manos, los brazos y las piernas con el vidrio, aporreo mi cabeza, grito lo más fuerte que puedo con tal de ahuyentarles.

Nada las detiene. Ya no las soporto. Ya no puedo con esto. Tengo que hacerlo. ¡Debo hacerlo!

Tomo el machete. Miro mi reflejo en la hoja. Mi corazón me duele, pero no me queda de otra: es por el bien de la humanidad.

Me acerco hacia donde estaba mi pequeño; él jugaba tranquilamente con su juguete, ignorante de lo que está a punto de pasarle. Levanto la mano… Y le vuelo la cabeza. Apuñalo el cuerpo con toda la saña que fluía en mí.

Me sentía bien, me sentía genial, me sentía feliz. La sangre me pringaba, pero poco me importa. Finalmente siento que las voces dejaron de acosarme y me felicitaban por mi buen trabajo.

Río. Río desquiciada, río como si no hubiera un mañana. Grito. Grito de mucho dolor. Lloro. Lloro por lo que he hecho. Río y lloro porque ahora es mi turno de morir; río y lloro porque he de despedirme de este mundo que me acogió duramente con un "jódete".

Sin meditarlo más, me clavé el machete en el estómago y cierro los ojos para que la muerte me recoja.

- ¡Mami! – escuché que me llamaran - ¡Mami!

- ¡Oh, por Dios!

Abro enseguida los ojos.

Mi hijo estaba ahí, llorando amargamente. Mi ex esposo, quien se lo había llevado este fin de semana a su casa, lo apartó rápidamente. Con trabajo escuché qué le decía al niño, pero intuí que se trataba de mí, de mi enfermedad, del perro al que acabo de matar a machetazos. Mi pobre hijo… Dios, ¿por qué permitiste que llegara a la casa?, ¿por qué permitiste que viera tan horrorosa escena? Él no lo merecía. Es un buen niño, un ángel que tuvo el infortunio de tener por madre a una mujer esquizofrénica en su etapa terminal. No, no merecía esto. No merecía sufrir. No merecía la muerte.

Por eso opté por matar a Mr. Jinggles, el perro labrador de mi vecina, quien está gritando histérica en estos momentos. Por eso descargué todo el peso de mi mano en un animal igual de inocente. Por eso sacrifiqué una vida por salvar la otra.

Porque antes de ser una enferma mental, soy madre. Y una madre hace lo que sea por proteger a su hijo.