La reina del Inframundo

Tánatos se quedó mirando el pequeño bultito que yacía en el suelo, lleno de sangre, deseando, casi por primera vez, no tener que hacer eso. Conocía al bebé que reposaba en esa tierra árida, en medio de ninguna parte. Conocía a sus padres. Y conocía a su asesino.

Él no debería estar aquí. Este tipo de muertes no eran su trabajo, pero tenía que hacerlo él. Era su deber recoger el bebé y llevarlo ante su rey y ante su reina, entregárles a su primer y tan esperado hijo con el cuello cortado.

Con gran dolor, cogió el cuerpo envuelto en la tela negra, lo acunó contra su pecho y desapareció para aparecer ante una enorme puerta de hierro.

Oyó la voz dulce de la reina del infierno:

―Tánatos, adelante.

El dios de la muerte empujó la puerta sin esfuerzo y entró en la sala, donde pudo ver a la reina sentada en su trono, con una manta en sus brazos.

Hades no estaba por ninguna parte.

―Mi señora… ―su voz cayó.

La mirada de la mujer fue directamente al bebé de sus brazos. Sus manos empezaron a temblar, sus ojos se llenaron de lágrimas y su boca se abrió en un grito silencioso, que finalmente salió:

―¡NO! ¡Por favor, no!

En medio de una nube de humo negro, Hades apareció.

―¡Perséfone! ¿Qué ocurre?

Pero su esposa no contestó.

Se levantó del asiento y corrió hacía el bebé.

Hades también lo entendió.

Tánatos deseó ocultar el bebé a su madre; deseó curar las heridas para que sus inocentes y dulces ojos no las vieran. Pero sólo pudo observar como la mujer arrancaba el diminuto cuerpo de sus brazos y le quitaba la manta del rostro, como gritaba y lloraba en los brazos de su destrozado marido, maldiciendo a las Moiras por tan cruel destino.

Hades, aprisionando a su mujer y a su hijo muerto entre sus brazos, levantó sus ojos rojos hacia Tanatos.

―¿Quién fue? ¿Quién le hizo esto a mi hijo? ―preguntó, consciente de que él conocía la respuesta. Siempre la conocía.

―Deméter, su madre.

Las lágrimas de Perséfone se detuvieron.

Sus ojos verdes como la hierba en primavera, nublados de dolor y traición, se posaron sobre Tánatos como un rayo, inmovilizándolo.

Su dulce rostro, siempre lleno de amor, se desfiguró hasta adquirir un aspecto salvaje y terrorífico.

―Yo no tengo madre.

Con esas palabras, la reina del Inframundo se levantó con su hijo en brazos y se alejó de la Muerte y de su señor.

Esa fue la última vez que Perséfone, esposa de Hades, mujer sin padre ni madre, vistió los colores alegres de la primavera.

Su color era el negro, así como lo era su corazón.


Este es un relato corto más bien fantasioso. Hades y Perséfone nunca tuvieron hijos pero hace un tiempo me encontré con representaciones de Perséfone un poco más tenebrosas y oscuras de lo que se esperaría de la hija de Demeter, pese a ser también esposa de Hades. Y se me ocurrió esto. Espero que os haya gustado :D