Esta historia participa en el Reto #2: "Horror, Misterio o Suspenso" del foro "El Rincón Creativo".


A ciegas.

La noche era oscura.

Bueno, las noches suelen ser así, dirán algunos. Pero a nuestro protagonista normalmente le daba igual. Las veinticuatro horas de su día a día solían estar llenas de sombras, pero por lo general, a la hora de dormir distinguía entre el cielo oscuro tachonado de estrellas y la tenue luz que le dejaban encendida en el pasillo, afuera de su habitación.

Nuestro protagonista se llamaba Felipe. Era un niño de siete años de lo más normal, a menos que hicieran alusión a "Eso". Su familia entera lo adoraba, así que "Eso" no era nada más que una característica de Felipe, y él así lo sentía. Por eso Felipe supo que, al contrario de lo que muchos creyeran, él podía darse cuenta que esa noche era diferente a las demás.

El niño ya estaba oficialmente en la cama, solo que había despertado de repente porque su cachorro había saltado, inesperadamente, a sus brazos, cuando sabía perfectamente que su sitio era la alfombrilla de la habitación. El perrito, de pelaje increíblemente suave, temblaba un poco, así que eso acabó de confirmarle al niño que algo andaba mal.

Miró lentamente a su alrededor, pero no vislumbró nada fuera de sitio. La puerta entornada le avisó que la luz del pasillo, cosa rara, estaba apagada. Felipe se abrazó a su perro, murmurándole que no tenía nada que temer, aunque él mismo no se lo acababa de creer.

Poco a poco, Felipe comenzó a sentir frío. ¡Pero era verano! ¡Nunca hacía frío en verano! ¿Y de dónde venía el aire helado, si la ventana de su cuarto estaba cerrada?

—Hola.

El saludo vino desde la izquierda, del lado donde estaba echado su cachorro, que enseguida comenzó a gemir. Felipe le rascó la cabeza con suavidad y giró la cabeza en esa dirección, descubriendo a un niño de pijama azul que le sonreía. Parecía más pequeño que Felipe, quien de pronto arrugó la nariz.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Agustín.

Felipe apenas podía distinguirle la cara, de piel pálida, y el cabello oscuro sobre su cabeza. La ropa, también en tonos oscuros, se veía ligeramente empolvada.

—¿Por qué estás aquí? —quiso saber Felipe, mientras su perrito se pegaba más a él.

—Estoy aburrido —contestó Agustín, encogiéndose de hombros.

—¿Cómo llegaste aquí?

Esta vez, Agustín no contestó, dejando los ojos fijos en el rostro de Felipe, quien arrugó la frente.

—¿Dónde vives? —se le ocurrió preguntar.

—Aquí.

La respuesta de Agustín no tenía sentido. Aún a su corta edad, Felipe pudo notarlo.

—No es cierto —afirmó—. Aquí vivimos mis papás, mis hermanos y yo.

—Y yo —agregó Agustín, muy seguro.

—Nunca te había visto.

Fue al acabar la frase cuando Felipe se quedó callado, muy quieto, sin acordarse del perrito que temblaba en sus brazos ni de que era medianoche.

¿Él desde cuándo podía ver?

No pudo evitarlo. Felipe comenzó a gritar, lo que causó que su perro diera rienda suelta a ladridos cada vez más fuertes. Los padres del niño llegaron corriendo, encendiendo la luz de la habitación y preguntando qué ocurría, qué lo espantaba.

—¡Lo estoy viendo! ¡Lo estoy viendo! —decía Felipe sin descanso, señalando a Agustín.

Sin embargo, Agustín ya no estaba ante sus ojos casi ciegos.

Por ahora.