Zombie.

I

Son las 10 de la mañana del 23 de julio de 2017. Es el día de mi cumpleaños número 32, el segundo cumpleaños que paso sin mi familia y sin mis amigos, los más queridos con los que hubiera deseado pasar de no haber sido por lo que sucede ahí afuera, ahora mismo.

¿Qué sucede allá afuera? Lo indecible, lo inimaginable, prácticamente lo que me parecía una historia que envuelve vudú y ciencia ficción se transformó en una realidad que se me antojaría absurda en otros tiempos. Lo que vi en películas y novelas como la trilogía de "Apocalipsis Z" y "Guerra Mundial Z", un poco más del segundo que del primero, por no decir tíos muertos que no están muertos, sino vivos y en el estado de locura antropofágica más pura.

Si ya captaste lo que quise decir, pues… Mira, suena ridículo, pero sí, hay zombies deambulando ahora mismo enfrente de lo que fue alguna vez fue la Clínica Mérida, uno de los hospitales privados de mayor renombre de la que alguna vez fue mi hogar, Mérida, México. Están ahí, mirando por todos lados con esos ojos completamente negros, ataviados con la ropa que alguna vez se habían puesto como humanos normales, con la piel cubierta de sangre y los intestinos, hígado u otras vísceras a la vista ó colgando de algún hueso. Están ahí, esperando el momento en que alguna nueva víctima se aparezca para devorársela y convertirla en uno de los suyos. Pobre de aquél infeliz, animal o humano, que aparezca ante sus ojos; es inútil correr con arma en mano cuando esos espantajos te persiguen a una velocidad tal que hacen parecer a Usain Bolt una tortuga.

Suspiro profundamente antes de levantarme y acechar la cabeza.

Dos zombies estaban en el pasillo. Me figuro que podrían tratarse de doctores dado el uniforme blanco que tienen. A uno de ellos le faltaba un pedazo de mejilla y un ojo. El otro tenía el rostro dislocado hacia arriba. Los dos miraban hacia el otro lado del pasillo, lo que supuse que era la oportunidad perfecta para matarlos. Sostengo con fuerza mi arma de fuego, apunto hacia la cabeza de uno de ellos y le disparo la cabeza al de la izquierda, el del único ojo. Enseguida le disparo al otro, quien se había vuelto hacia mí. Me acerco corriendo hacia los dos y les disparo por segunda vez para asegurarme de que no vuelvan a levantarse.

Continúo mi camino con sigilo. Miro de un lado a otro, con la esperanza de no toparme con nadie.

No puedo confiarme, no puedo ni siquiera pestañear. Cada paso me recordaba los eventos que dieron origen a la situación actual del mundo. Cada paso me recordaba que yo era uno de los cientos, si no es que unas decenas, de testigos que vieron cómo el mundo se fue al carajo en cuestión de minutos. Lo que para mí era un día normal resumido en desayuno, computadora, juego de "Shall We Date: Lost Island", la tesis, "Naruto Shippuden", salir a la calle con abuela, almorzar, tontear un rato, cenar y ver película en la noche, se había convertido en una pesadilla de la que quisiera despertar.

Mierda.

Me detengo un momento y me escondo.

Una buena cantidad de zombies invade el pasillo que daba hacia el elevador, el cual posiblemente también esté infestado de esas cosas. Genial. ¿Cómo iba a pasar con tanta gente no muerta? Una contra diez, quince, veinte o quizás más monstruos.

Ni que fuera Jill Valentine de "Resident Evil".

Tenía que pensar en algo. No quiero quedarme aquí para siempre rodeada de esas bestias. Aprecio mucho mi vida como para pensar en el suicidio o convertirme en una de ellos.

Vamos, piensa, Victoria, piensa. ¿Qué carajo harás para ir hacia las escaleras sin que te vean? Piensa, piensa, piensa…

Me volteo hacia atrás. A mi lado había una puerta, posiblemente la de una habitación o la del clóset del conserje. Con la adrenalina en su punto y con el pensamiento de lo que podría esperarme ahí dentro, lentamente giro el picaporte de la puerta.

Chingue su madre…

La abrí violentamente y entré con el arma apuntando a donde sea.

No había nadie. La habitación estaba completamente vacía.

- ¡Perfecto! – exclamé mientras cerraba rápidamente la puerta con seguro y me acercaba al baño para ver si no había uno de ellos.

Gracias a Dios no había nada.

Los golpes desesperados de los monstruos detrás de la puerta me alertaron. Aceché por la ventana; ahí había automóviles y algunos que otros zombies deambulando. Tal vez sea desafortunado no saber conducir, pero si quiero vivir en este jodido mundo, tendría que aprender por mí misma. Así, guardé mi arma y arrastré la cama y los muebles hacia la puerta, la cual amenazaba con caer; tomé las sábanas, las toallas, las fundas y todo lo que había de tela en ese cuarto, y las uní. Até la cuerda de tela en el biombo con la esperanza de que, al saltar, soportara el peso de mi cuerpo.

- Bien – murmuré mientras ponía una pierna en la orilla de la ventana -. Dios, si existes, por favor haz que funcione este plan.

Sosteniéndome fuertemente de la cuerda, salté arrastrando el biombo conmigo. Todo salió bien, puesto que me dejó a pocos metros del suelo. Dejándome caer, me escondí entre los arbustos rápidamente. Había un zombie de pie frente a un auto blanco con un vestido rosa; a pocos metros de él había otro, esta vez con ropa de médico. Sacando el arma, apunté hacia el monstruo más cercano y le disparé la cabeza. El otro, al escuchar el ruido, trató de localizarme sin éxito antes de recibir un tiro en medio de los ojos.

Me volví hacia la derecha. Muchos más estaban corriendo justamente hacia la reja. Enseguida levanté la mirada instintivamente; al parecer mis perseguidores habían logrado entrar.

No terminaba de sorprenderme qué tan fuertes y qué tan rápidos eran esos monstruos, palabra.

Sin más tiempo qué perder, corrí hacia la parte de atrás del estacionamiento. Ahí había una camioneta de esas que tienen su caja atrás, la cual era perfecta para mi siguiente plan. Regresé hacia los arbustos, corté con el hacha que tenía en mi espalda un pedazo y regresé hacia la camioneta. Rompí el cristal con el hacha y abrí la puerta; con una navaja que tenía en mi pantalón encendí el motor.

- Bien… Hora de aprender a cómo se maneja esto.

Mirando instintivamente hacia donde estaba la reja, vi cómo uno de los monstruos empezó a escalar.

Cerré la puerta, saqué de mi pantalón las dos armas de fuego y el hacha a un lado. Puse la palanca en reversa y pisé uno de los pedales. El movimiento fue brusco, pero al menos logré a la primera mover el auto a pesar de haber chocado contra otro. Puse la palanca en el siguiente nivel, pisé el acelerador y maniobré de tal forma de que pudiera girar para dirigirme hacia la salida. Mientras tanto, los zombies ya habían logrado entrar al recinto dirigiéndose hacia mí.

- Dios, por favor, por favor, ¡dame fuerzas! – recé mientras embestía contra las bestias.

Una de ellas intentó entrar por la ventana rota del copiloto, pero le disparé la cabeza. Otra más trató de romper una de las ventanas de la parte de atrás. Traté de avanzar con el acelerador pisado a fondo para deshacerme de ellas, pero fue inútil. Esas cosas me tenían rodeada, dispuestas a comerme.

No tenía otra opción.

Me llevé la pistola hacia la sien al ver que un zombie estiraba su mano con tal de alcanzarme mientras escuchaba cómo otro golpeaba su cabeza contra mi ventana.

Dediqué mis últimos pensamientos a mi familia, quienes habían muerto meses atrás, justo a inicios de esta pesadilla. Pensé en lo que pudo haber sido de mi vida si esto no hubiera acontecido. Je… Posiblemente habría llevado una vida muy aburrida como siempre, en medio de un México convulsionado por la crisis financiera global tras la caída de la Bolsa de Shanghái.

Repentinamente escuché una alarma.

Los zombies, atraídos por el ruido, se volvían hacia el origen de aquellos disparos. Cuando vi que habían despejado un poco mi camino, supuse que era la oportunidad perfecta para escapar, así que pisé el acelerador y avancé hasta donde podía. Un zombie intentó meterse, pero le disparé en la cabeza. Intenté quitar de encima a otros más que estaban delante del parabrisas zigzageando el vehículo. Uno logró soltarse y caer bajo las llantas mientras que el otro trataba de romper el cristal. Desesperada, tomé la pistola y le metí una bala. Desafortunadamente, un poste se interpuso en mi camino.

El impacto fue muy fuerte.

- Mierda… - murmuré mientras me incorporaba con esfuerzo y trataba de abrir la puerta.

Cuando finalmente pude salir del vehículo, observé qué tan cerca estaba de la horda. Por fortuna, parecía ser que me había alejado, aunque fuera un poco, del lugar de conflicto. Sin embargo, no podía evitar dedicarle mis pensamientos a mi salvador o salvadora, fuere quien fuere, si estuviera vivo o muerto.

Tomando mi hacha, empecé a correr lo más rápido que pude. Sin embargo, cuando me volví para atrás, noté que tres zombies corrían hacia mí. Me esforcé un poco más para alejarme de ellos, pero esas cosas todavía ganaban más velocidad.

Llegó un momento en que el dolor pudo más que mi voluntad. Me volví. Los zombies se acercaban cada vez más.

No había de otra. Tenía que resignarme a morir.

- Al menos viví mientras pude – murmuré antes de dejarme caer y cerrar los ojos en espera del sueño eterno.