Se ovilla sobre las baldosas frías y empieza a temblar. Una lágrima se desborda en la comisura del ojo derecho y recorre la amplitud de su mejilla felizmente, ajena al dolor del suelo que pisa. Se desliza, sinuosa, dejando un camino húmedo de llanto que ignora, arrasando por dentro y dejando tras de sí una aparente calma que solo algunos verán como lo que es: la destrucción total. Si nosotros somos el mundo, la lágrima es nosotros. Lo único que nos queda es ovillarnos sobre las baldosas frías del universo. Y temblar.