Advertencia: lo siguiente se considera "escena perdida" de Telaraña, historia en el perfil de su servidora. Se procuró escribir este texto de manera que no sea necesario leer su historia origen, por lo que agradecería cualquier comentario al respecto.

El presente texto participa en el Reto #1: "Géneros literarios" del foro "El Rincón Creativo".


La última vez.

Catorce de febrero. La gente adora ese día en gran parte del mundo.

En Japón, San Valentín significa que las tiendas harán su agosto, sobre todo tratándose de chocolate. Las chicas invadirán los locales en busca del detalle ideal para regalar y algunas, más seguras de sus habilidades, irán por materia prima para fabricar ellas mismas el obsequio.

Una mujer de aspecto joven, ataviada con un conjunto formal de blusa, pantalón y saco, observaba el ajetreo de las calles con aire soñador. En sí nunca fue aficionada a la celebración, pero en los últimos años, para ella la fecha tenía un significado distinto.

El viento, aún frío en aquel punto del país, hizo que se agitara el largo cabello castaño de la mujer. Entrecerrando los ojos castaños, observó con detenimiento la acera, dándose cuenta que le llevaría más tiempo del estimado el recoger su pedido. Menos mal que solo debía pagarlo, eso le ahorraría disgustos innecesarios precisamente ese día.

A propósito de disgustos, esa mañana estuvo a punto de pelear con su marido. Era incomprensible que ese hombre siguiera esmerándose en darle chocolates cuando normalmente, la cosa era al revés. Sin embargo, la riña duró poco: ambos sabían que ella adoraba el detalle, sobre todo porque de hacerlo a la manera tradicional, él se quedaría esperando, pues a ella el trabajo le consumía mucho tiempo.

Suspirando, dejó de pensar en lo de esa mañana y llegó, finalmente, a la tienda que le interesaba. Como supuso, estaba llena y en la decoración abundaban los corazones. Le resultaba terriblemente cursi, pero por un día que la viera en demasía no le pasaría nada.

—Buenos días —se anunció al llegar ante uno de los mostradores—. Vengo a recoger un pedido. A nombre de Kinokaze.

—Un momento, señora.

Mientras esperaba, la mujer miró a su alrededor con discreción. Le gustaba comprar allí, todo era de excelente calidad, aunque prefería hacerlo sin festividades de por medio, solo porque se le antojara, lo cual era bien recibido en su casa.

—Aquí tiene, señora. Y en el recibo está su cuenta, puede pagar en la caja.

—Muchas gracias.

Tras cumplir su cometido, ella salió a la calle, conteniendo un escalofrío al sentir una helada brisa. De verdad el invierno quería quedarse, o al menos eso pensaba.

—¡Kinokaze–san! —una voz masculina la llamó en cuanto quiso marcharse por donde había venido—. ¡Kinokaze–san! ¿Me recuerda?

Se dio la vuelta, no sin antes ocultar una mueca de fastidio.

—Buenos días, Ugaki–san —saludó con una sonrisa de cortesía.

—Buenos días. Disculpe que le pregunte, pero ¿su marido está bien?

—Mi… ¿A qué se refiere?

—He intentado comunicarme con él, pero no contesta el teléfono.

—Creo que dijo que pidió el día libre hoy, ¿no?

—Sí, lo hizo, pero…

—Ugaki–san, si es algo importante, puede decírmelo. Estoy por volver a casa, se lo comentaré con gusto. Kenji–san no responde llamadas en sus días libres.

—Es verdad. Mire, le entrego esta invitación —el hombre entregó un sobre blanco—. Es una comida sumamente importante, estamos por anunciar las novedades de primavera. El libro está prácticamente listo.

—Lo sabemos, pero Kenji–san y yo…

—¡Ah, no se preocupe! Está previsto que terminemos temprano. Kinokaze–sensei me explicó la situación y no sabe todo lo que tuve que hacer para coordinar horarios.

—¡Lo hubiera dicho desde un principio! En ese caso, se lo diré. ¡Hasta pronto!

Sin dilatarse, ambos se despidieron y tomaron rumbo a sus destinos. La mujer, con mucho, era la más alegre, deseosa de llegar a casa y disfrutar del pedido que recogiera poco antes, aunque primero debieran ella y su esposo hacerse cargo de un compromiso social.

Poco importaría en unas horas, pero ella no lo sabía.


La casa de los Kinokaze era especial para quien la visitara. Algunos dirían que se notaba el buen gusto en la decoración, que era sencilla pero a la vez, elegante. Otros, que los colores daban una inequívoca sensación de bienvenida.

La verdad, la casa tenía un ambiente cálido, digno de una familia en la cual sus miembros se quieren unos a otros.

—¡Ya llegué!

Un muchacho de revuelto cabello castaño rojizo, con el uniforme de una secundaria muy solicitada en la ciudad, entró a la casa Kinokaze prácticamente corriendo. Un examen de último minuto lo había retenido justo el día que prometió volver temprano.

—¿Papá? ¿Mamá?

La sala estaba en silencio, lo cual era extraño. Habían dicho que estarían allí…

Sin pensarlo demasiado, el jovencito fue hacia el comedor, donde halló sobre la mesa un pastel decorado con esmero, con un letrero de "Feliz Cumpleaños" y junto a él, una nota. Sonriendo, fue a leer el contenido de aquella pequeña tarjeta blanca, escrito de forma apresurada con la caligrafía de su madre.

Fuji:

¡Felicidades, hijo! Debimos atender un compromiso, una comida por lo del nuevo libro. No te preocupes, regresando vamos a celebrar como es debido. Puedes probar el pastel, mientras tanto, tienes nuestro permiso.

Mamá.

El chico sonrió con ganas. ¿El nuevo libro? Su padre había trabajado mucho en él, ni siquiera había dejado que leyera ni una página, ¿de verdad estaba listo? No podía esperar a tenerlo en las manos, seguramente el ejemplar que siempre le enviaban a su padre llegaría en los próximos días.

Más animado todavía, fue a su habitación, decidiendo que mientras esperaba, podría comer cualquier otra cosa, pero el pastel lo probaría hasta que sus padres volvieran.

¿Qué habría de malo en esperar?


Para cuando se dio cuenta, todo estaba envuelto en sombras y frío.

Poco a poco, la memoria volvió.

Su esposa conducía, yendo un poco más rápido de lo usual. Era normal, si iban con retraso. A veces se preguntaba cómo se dejaba convencer por ella para asistir a esas reuniones sociales, si en realidad, la gente no sabía que era a él a quien ovacionaban. Además, ¿no pudieron elegir otro día? Lo solicitó sin compromisos con mucho énfasis.

—No te preocupe, Sabishi Okami (1), prometió que terminaría pronto.

—Kumiko, eso rara vez termina pronto. Además, llamo mucho la atención.

Ella se echó a reír, desdeñando la afirmación con un gesto, al tiempo que le dedicaba la misma mirada de siempre, llena de alegría y adoración. Suponía que él debía mirarla de forma muy parecida, aunque normalmente eso no le importaba, ni siquiera con su llamativo pelo rojo o con esos ojos suyos, a veces demasiado verdes para su propio bien.

—¿Crees que a Fuji le guste la copia del libro? Me siento mal por escondérselo.

—¡Le encantará, ya verás! Aunque quizá se sorprenda de algunas cosas que pusiste en él, ¿no te parece?

—Lo sé, pero es una buena forma de que nos conozca mejor.

—¿No has pensado en lo que dirá la gente cuando sepa quién eres?

—Creo que es el momento adecuado, confía en mí.

—Eso siempre.

Volvieron a sonreírse antes que su esposa volviera a fijar la vista al frente. Incluso con prisa, ella era cuidadosa al volante. Tenía suerte con una esposa así…

Fue entonces cuando ambos vieron la sombra. Alguien había cruzado la calle a toda carrera, sin fijarse en nada a su alrededor.

Su mujer viró con brusquedad, decidida a no atropellar a nadie, pero no pudo evitar el muro de contención. El estruendo lo ensordeció, el golpe fue demasiado duro…

Sí, eso había ocurrido. Ahora lo recordaba.

Alguien se inclinó sobre él, sin previo aviso. Apretó con fuerza lo que llevaba en el regazo, acordándose entonces de su hijo. Su pobre hijo…

—El libro… —musitó, a media voz—. El libro para Fuu…

No podía ni pronunciar el nombre de su hijo. ¿Así terminaría todo? Después de todo lo que tuvo que vivir, ¿estaba a punto de dejarle a su hijo el peor recuerdo de cumpleaños?

Estaba perdiendo la conciencia. A su lado, apenas escuchaba la voz de su esposa, que decía una frase que no lograba comprender.

No quería terminar así. Era un día para festejar, para sentir de nuevo que todo valía la pena, después de años de soledad y tristeza…

Era increíblemente irónico que, ahora que finalmente tenía una familia, viniera la muerte a arrebatársela. Sin embargo, su último pensamiento no fue maldecir a su suerte, o a aquel desconocido que se les cruzó en el camino.

Lo último en lo que pensó aquel hombre fue en la imagen de la mujer que amaba y del hijo de ambos.


Dicen que cuando alguien muere, a veces se queda como espíritu en el mundo de los vivos, debido a que tiene asuntos pendientes.

En el caso de Kenji y Kumiko Kinokaze, no fue así. Ellos fueron al más allá, como cualquier persona sin preocupaciones terrenales, aunque eso fue por ser de buen corazón. Ambos dejaban un hijo atrás, que se sintió perdido y solitario por mucho más tiempo de lo que la gente podía notar, hasta que finalmente halló más razones para seguir existiendo.

Cierto día, mucho tiempo después, algo llamó a las almas de Kenji y Kumiko al mundo de los vivos, pero ignoraban qué podría ser. Sentían una vaga alegría en el corazón, quizá podrían ver a su hijo, asegurarse de que todo estaría bien…

—¡No puedo creer que hayamos hecho esto, Fuji!

El nombre… Ese era su hijo, ¿verdad? Fueron en dirección al sonido, algo fácil siendo apenas algo parecido a cuerpos hechos de brisa. La ciudad era aquella donde se habían conocido, en la misma que se amaron y en la que murieron. Por lo visto, su vástago se quedó allí, lo cual esperaban que fuera lo mejor.

—¿Por qué? ¿Porque apenas entramos a la universidad?

—¡Porque pensarán que nos volvimos locos!

—Ya nos ven un poco raro, Gin–san, ¿qué más da?

Sí, era él. Su hijo, un poco más alto, más maduro, más sonriente… Llevaba del brazo a una pelirroja preciosa, con una sonrisa radiante y brillantes ojos plateados. ¿Eran reales? Por lo visto sí. Ambos parecían especialmente contentos, con expresión de haber hecho una travesura especialmente buena, al tiempo que dejaban atrás cierto edificio…

Sentían que se desvanecían del mundo otra vez, pero en esta ocasión, estaban en paz.

Lo único que los ataba a la tierra ya no existía más.


(1) El término quiere decir, aproximadamente, lobo solitario.


Les doy la bienvenida a un texto que ha salido de mi loca cabeza. Todo por un reto, dicho sea de paso, espero que les guste.

Como dice la advertencia, este texto está basado en ciertos momentos de otra historia, "Telaraña", la cual está terminada desde hace mucho. Como el reto al que me anoté era con mi género favorito, me puse bien cursi y dramática, mostrando gente con vidas felices antes de darles un golpe horrible, para luego volver a mostrar algo de alegría. No sé si les interese saber más, en cuyo caso los remito a la mencionada "Telaraña", pero en caso de que no, deseo que les guste el texto y ya.

Cuídense mucho y nos leemos en otra ocasión.