El río del Olvido


.1.


Él estaba persiguiéndome. Yo ya no tenía a dónde huir, así que respondí su pregunta.

(y el latido en mis venas hubiera ensordecido mis oídos...de tener uno)

¿Cómo lo sé? Lo aprendí de los viajeros que cruzaban el río conmigo. Ellos hablan mucho y yo soy su confesora. Antes del juicio.

Safo me dijo que nunca tendrían un juez mujer, ni siquiera en el Inframundo. Seguía siendo un reino de los dioses masculinos.

De mi padre, el Emperador de la Muerte.

Aún así, cuando ellos llegan, yo les doy mi bendición, compongo cantos con lo que me relatan y pongo una corona de flores sobre sus cabezas.

Bailo y me inclino ante ellos.

Les deseo buena suerte y felicidad.

Es suficiente para mí.

Mentira. Es lo único para mí.

Entonces él vino.

Vino.

Él olía a vino. Me dí cuenta por el sol sobre su cabeza, brillando en plateado por los reflejos de su cabello, que era un aliado de Baco.

Pero sus ojos eran ensoñados y en un verso me dije: Lo ha engendrado Morfeo.

(Cuando enloquezco tengo abscesos de claridad importantes)

Esa vez enloquecí de satisfacciones.

El sentirme satisfecha me confundió y asustó, así que quise huir.

No es que tuviera a dónde, claro está.

El principio del bosque es mi límite. Esa colina por allá al otro lado, donde comienza un campo abierto.

No puedo alejarme del río del Olvido. Es aquí en donde nací y fui hija de una nereida.

El padre de todas las criaturas marinas se enfadó porque mi madre no le pidió permiso para amar. Por eso, al dar a luz, ella perdió la vida. Se convirtió en barro.

Y yo hubiera sido barro también, de no ser por mi propio padre, que dejó sus dominios solo por un día, a fin de levantarme del fondo del río en perpetua corriente.

Moldeándome otra vez. Mi padre.

—Una hija mía no conocerá un fin tan miserable. De ahora en más, cuidarás esta puerta del Inframundo y recibirás a cada alma pura que necesite ingresar para tener su juicio. Pasando la cascada, Caronte te relevará. No me decepciones.

No me decepciones.

Nací doncella. Entendí sus palabras y las temí desde un principio.

—¿Quién eres?

Nunca había visto a un hombre vivo hasta entonces. Los que venían hacia mí, para pedir mi guía y contarme sus historias, dándome el pan y el vino de sus familias como ofrenda, estaban pálidos, azules o sangraban por heridas abiertas a causa de espadas. Otros supuraban veneno por la boca o las mordidas de un animal. No faltaban esos a los que tenía que recomponer como un galeno para que pudieran contarme y que mentara sus canciones.

Pero ninguno respiraba. A lo sumo tiraban agua o rojo de sus bocas. Nieve derretida. Arena o algas.

Pensé que eran hermosos hasta que lo conocí a él.

Entonces lo supe. La vida no era solo algo que le daba color y sabor a las plantas, al agua, al viento, al sol y a la música. La vida era lo que a mí me faltaba. Y a ellos.

Era también de lo que él rebosaba.

Tanta vida, que cuando llegó a mí, él moría de ella, hundido en su desesperanza.

—Ya te lo dije. Soy la guardiana de esta puerta. Una hija del Rey de las Tinieblas.

Yo temblaba y no quería que él me viera directamente, por lo que hablé cubriéndome con el manto, disimulando mi rostro lívido.

—Lo sé. Pero cuál es tu nombre.

Y yo, que siempre me consideré tímida y reservada, perdí la paciencia, golpeando su mano, evitando que me acariciara.

—¡No tiene la menor importancia!

Su semblante me hizo ver lo innoble de mi tono, por no hablar de mi respuesta. Aunque acepté mirarlo directamente, traté de ser más dócil. Como con mi padre.

(Sólo ahora sé que comparar a un extraño con él, fue infame)

—Es decir...nadie hasta ahora se ha interesado...

—Para todo hay una primera vez.

Y él sonrió y fui suya desde antes de que terminara de conquistarme.

—Me gustaría escribirte una canción. Me será difícil si no sé tu nombre.

Lo dije solo una vez.

—Eurídice.

Él besó mi mano.

La que pronto sería suya.

—Orfeo.

(Y su nombre, que nunca sería mío, por mucho que se escribiera sobre nosotros, era una melodía mucho mejor lograda que todo lo que yo había compuesto hasta entonces)