—Mete eso ahí.

—¡No cabe, no cabe!

—Coño, que sí va a pasar, sólo un poco más.

—Es demasiado grande, ¡sácalo!

—¡No puedo hacer yo todo el trabajo! Y gíralo a la izquierda.

—Ahora sí, ¡mete y jala!

Diálogos perturbadores y faltos de contexto de lado, Fabricio e Eunice trataban de sacar a Óscar por la ventana del asiento del piloto y fallando en sus múltiples intentos. El muchacho dormido era pesado y su cuerpo se dejaba caer como títere sin cuerdas. Mientras Fabricio jalaba desde afuera, Eunice empujaba desde el puesto de copiloto y movían al muchacho de lado a lado; eventualmente terminaron ambos con una rodilla bajo el brazo cada uno y la cabeza de Óscar dormitando sobre los pedales, así fuese anatómicamente imposible.

Eunice soltó de golpe la pierna que sostenía y resopló exasperada.

—Esto no va a funcionar. Estoy cansada de manguarear con el culo de Óscar, tengo frío y me estoy mojando el culo porque se cayó puerta y… ¡¿Y por qué coño no lo sacamos por ahí?!

Por algo había sido Eunice la que escribió la tesis de los dos.

La muchacha salió dando tumbos hacia la calle, temblando de frío y con media cara todavía ligeramente ensangrentada, la lluvia limpiando solamente los excesos. Fabricio se movió a su lado y entre ambos jalaron a Óscar por una pierna mientras la otra estaba colgando por la ventanilla contraria. También se hubiese podido abrir la puerta del piloto pero ninguno de los dos se encontraba en un estado donde pudiesen negar el estar de cuerpo presente y mente ausente.

Entre los descoordinados jalones, el forcejeo y un par de tirones de pelo, Óscar estaba a punto de salir. Era como ser estudiante de Medicina, estar haciendo las prácticas en alguna clínica barriobajera y haberse quedado atrapado en la unidad de partos, sólo que ligeramente más higiénico.

Un último jalón y Óscar salió completamente del carro, su cabeza cayendo sobre la puerta en el suelo estrepitosamente y despertando al muchacho, a quien el mundo le daba la bienvenida como a un recién nacido: mojado y adolorido. Seguía siendo mejor que la unidad de partos.

Mientras Fabricio ayudaba a Óscar a levantarse, sentándolo en el asiento del carro detrás de él, Eunice miraba sus alrededores. Frunciendo el entrecejo preguntó la incógnita que Fabricio llevaba en la cabeza por más de una docena de párrafos.

—¿Con qué chocamos?

Fabricio no respondió y Óscar probablemente no la oyó. Preguntó otra cosa.

—¿Dónde estamos?

Nada.

El cuerpo de la muchacha comenzó a temblar con más intensidad, la rabia y la incertidumbre anidándose juntas en la base de un estómago amenazando con hacerla devolver el almuerzo.

—Tenemos que movernos —espetó Eunice, su voz quebrándose con cada sílaba ligeramente. Había visto la estación de servicio, que para su vista sin lentes no era más que un manchón luminoso con un letrero en lo alto, y resguardarse de la lluvia le parecía lo primordial. Mirando a Óscar, hizo otra pregunta: —¿Puedes caminar?

El referido enfocó su vista en ella y chilló, sorprendido de verla bañada en la sangre que la lluvia no había quitado, y asintió al reconocerla pero de su boca salió cualquier cosa menos una respuesta.

—¿Qué mierda te pasó? —preguntó estupefacto.

—Mi vagina cerebral está menstruando, obviamente —respondió de golpe. La cara de asco que puso Fabricio falló en camuflar su risa, produciendo un extraño sonido similar a un gargajo. —Chocaste y me partí la cabeza, básicamente.

—¡¿Qué?!

Óscar se levantó de golpe, sus largas piernas milagrosamente evadiendo la puerta caída y dando trompicones hasta rodear un par de veces su carro, murmurando incoherencias a la par de sus irregulares pasos. Detuvo su andar junto a la puerta del copiloto en el suelo u se dejó caer de rodillas a su lado.

Gritó al cielo como si éste fuese a responder sus plegarias. Eunice lo pateó en las costillas, Fabricio la regañó con la mirada y le ofreció una mano a Óscar. Se dio cuenta en ese momento del estado del vehículo, el cual estaba peor de lo que se imaginaba: falto de una puerta, la capota abierta y abollada además de ambas luces delanteras quebradas. Ni hablar del guardafangos colgando y balanceándose o de la pintura arruinada.

O de la perfecta impresión de garras que iba desde la capota hasta el borde de la ausente puerta.

Eunice le hizo un par de gestos a Fabricio y entre ambos levantaron la puerta y la apoyaron contra el auto. Las marcas continuaban y se volvían más profundas conforme continuaban su daño sobre el metal y no se detenían ni siquiera al borde. Fabricio supo que Eunice estaba atando los mismos cabos que él. Una luz los iluminó desde atrás, era Óscar habiendo sacado su teléfono aparentemente intacto.

—¿Qué rayos jodió mi auto? —preguntó Óscar a la par que Fabricio checaba sus bolsillos buscando su móvil. No estaba, debía de haberse caído al suelo del auto.

—Algún chupacabras desprevenido —respondió Eunice—, o tu ineptitud.

—Tal vez haya sido el destino —devolvió Óscar enojado—, que decidió que estabas muy gorda para más pizza.

—Tu madre no se quejó de mí anoche.

Oooh.

—Déjalo —intervino Fabricio aguantando la risa—, acaba de perder su carro, y su dignidad, pero el carro valía más.

—Tampoco sabemos si realmente puede o no puede seguir rodando —dijo Eunice mirando de reojo el lamentable estado del vehículo—, o si siquiera debería intentarse.

—Mejor pagar reparaciones que uno nuevo —comentó Óscar lastimero. Probablemente estuviese pensando más en sus padres que en su próximamente muy vacío bolsillo—. Hubiera sido mejor morir que lidiar con esto.

En otra situación, Fabricio no hubiese dejado a su amigo decir tales cosas pero de noche, bajo la lluvia en medio de la nada con la dudosa posibilidad de que el auto funcionase y las marcas dejadas por lo que haya sido con lo que había chocado… Tenía más cosas en las cuales pensar o simplemente no pensar del todo.

Óscar se metió hasta el asiendo del piloto y giró la llave que seguía en su lugar detrás del volante. El motor rugió y la luz delantera derecha parpadeó y quedó encendida, el indicador decía que tenía más de medio tanque y la radio también parecía activa aunque solo emitiese estática. Pisar el acelerador, indiferentemente de la velocidad, no tuvo efecto alguno. Como era automático, empujarlo no serviría para ponerlo en marcha como si fuese sincrónico pero al menos, pensó Fabricio, podrían llevarlo hasta la estación de servicio para no dejarlo abandonado y que algo peor le sucediese.

La puerta o la montaban en el asiento trasero o la dejaban en el camino.

Con ayuda de Eunice, Fabricio acomodó como pudo la puerta detrás y juntos empujaron el carro poco a poco. Le preocupaba el esfuerzo que la chica estaba haciendo con la herida todavía abierta pero si era capaz de asistir sin quejarse, y vaya que se quejaba la mujer, entonces no iba a presionar el tema. Tampoco quería empujar solo. A lo que suponía era medio camino hasta la estación, Óscar se les unió al no haber riesgo de que el auto se desviase por su cuenta en la vía a pesar de la lluvia.

Ninguno de los tres muchachos iba a admitir el miedo antes que el otro pero podían leer en sus rostros pensamientos similares. Cómo y en especial qué eran incógnitas que jamás sabrían a ciencia cierta si querrían responder o no. Como mínimo, un teléfono servía, podrían llamar a sus padres o a algún taxi. Tal vez pedir una grúa o una pizza.

Pero antes tenían que saber dónde estaban.

La luz de la estación bañó a Fabricio de nuevas energías, permitiéndole recorrer el último tramo por sí solo mientras Óscar y Eunice fingían ayudar (como si no fuese a darse cuenta). Y el hedor a gasolina no tardó en hacerse sentir, trayendo su alejada conciencia a la húmeda realidad. Le dio la bienvenida el parpadeante aviso azul y rojo de PDV (6), el cual al parecer había perdido en algún momento la amarilla D. No había ninguna persona atendiendo los dispensarios y la condensación de los cristales de la estación le dificultaban ver el interior de la tienda.

Al no ser grande, Fabricio se imaginó que no se estaba perdiendo de mucho. A lo sumo habría aceite de motor, chucherías y un solo baño unisex con alguna jeringa dañada en el suelo. Tal vez vendiesen tarjetas para recargar su móvil una vez que lo encontrase, pues el muchacho jamás tenía saldo. Por encima de todo, el lugar daba aires de que había visto clientes en peor estado que ellos.

Dejaron el auto junto a una estación y mientras Óscar checaba el estado del motor, Fabricio buscaba su teléfono celular. Eunice llenaba el tanque de gasolina y se quejaba con tal de hacer un poco de conversación, sin éxito. Efectivamente, el teléfono había caído en el suelo del asiento trasero, la pantalla estaba quebrada por una esquina y la carcasa se había doblado por atrás, aun así Fabricio sintió un ligero alivio al ver que tenía batería y señal, no mucha pero sí la suficiente.

Tenía dos llamadas perdidas de Mary.

El alivio que tan rápido llegó, tan rápido se fue.

—Se pone cada vez mejor la noche, ¿no? —comentó Eunice por encima de su hombro, ojeando el teléfono ajeno.

—Existe algo llamado privacidad —espetó Fabricio, guardando el móvil en su bolsillo. Lidiaría con él luego.

—No te molestes con llamar —dijo Eunice, alejándose y retirando la bombona de gasolina de la boquilla del tanque con menos cuidado del que se debería tener—, ninguna caerá. También me llamó a mí y no pude devolverle la llamada. Con Óscar lo mismo, cada vez se le amontonan más y más llamadas de sus padres que no pueden ser contestadas, ni siquiera repican, solamente aparece la notificación de "perdida".

Más que agua, a Fabricio le llovían las buenas noticias. Cómo no. Suspiró encogiéndose de hombros y no dijo más, siguiendo a Eunice hasta la tienda mientras Óscar lloraba la gota gorda sobre el motor.

—¿Tan mal está? —preguntó Fabricio.

—No realmente, le gusta exagerar —contestó la muchacha.

—"Exagerar" –enfatizó con dos dedos de cada mano a manera de comillas—, y se le cayó una puerta.

—Corrección: le arrancaste una puerta.

Con el codo, golpeó suavemente a Eunice en las costillas, lo cual fue insuficiente para detener su risa. Con ella, entró a la tienda y el sonido de unas campanillas fue su única bienvenida además de un hedor extraño que no supo identificar. Mucha atención no le atribuyó, tomando en cuenta el tipo de lugar en el cual se hallaban.

Tal cual lo había predicho, los pocos anaqueles que una tienda pequeña como ésa podría sostener tenían chucherías y otras tonterías en su mayoría. También veía algunos productos de primeros auxilios, bebidas y algunas botellas de aceite de motor debajo de todo. Se dirigió automáticamente al único congelador vertical que parecía haber, y pudo admirar junto a los refrescos una considerable cantidad de pizzas congeladas, incluso una con anchoas. El karma era una completa perra y él un hombre hambriento.

Pateó la puerta del congelador con rabia y se arrepintió inmediatamente, suficientes puertas habían perecido bajo su responsabilidad para toda una semana. Fue al intento de pasillo de primeros auxilios para agarrar un par de vendajes y una botella de alcohol, rezando que no fuese tan caro así planeara pagar con el dinero que cargasen los tres en conjunto.

En ese momento, pasaron dos cosas a la vez. Óscar entró, haciendo sonar la campanilla, y Eunice gritó.

La muchacha estaba asomada sobre el mostrador con la caja registradora con la cara más blanca que el papel, Óscar llegó a su lado antes que Fabricio y al asomarse igual saltó para atrás como si se hubiese quemado, soltando una sarta de maldiciones digna del horario televisivo nocturno.

Levemente extrañado, porque tal comportamiento era común en las amistades de Fabricio (un requerimiento, casi), también se encimó sobre el mostrador con tal de saber qué habían visto sus amigos.

Un par de ojos sin vida le devolvieron la mirada con ausencia.


6. PDVSA. Petróleos de Venezuela, S. A. Empresa petrolera nacional.