Antes de procesar que el dependiente estaba, pues, muerto, Fabricio notó que podía ver las entrañas del que supuso era o había sido hasta hace poco, juzgando por el color de la sangre, el dependiente. Tres largas huellas de garras paralelas y diagonales iban desde su hombro izquierdo hasta el lado derecho de su cadera y habían calado tan profundo en el cuerpo que podía, más que ver, oler las entrañas que se colaban junto a los girones de piel de las heridas. Una vista para romperle el corazón a cualquiera y de manera bien literal, pues la mitad del corazón retozaba en un charco de sangre junto al cuerpo.

Fabricio era todo un morboso, sí, pero era Eunice la que se estaba riendo mientras él solamente quería vomitar.

Eunice se había dejado caer al suelo, apoyando la espalda en el mostrador y su cuerpo perdiendo toda tensión como un títere al que le habían soltado las cuerdas. Risas tan temblorosas como ella salían en un patrón irregular de sus labios, su mirada perdida y líquida. Óscar, por otro lado, batallaba con su teléfono y las comunicaciones, ninguna llamada le entraba y ninguna salía. Mientras con su mano derecha tecleaba frenéticamente con su pulgar, con la izquierda se jalaba el flequillo más largo que el cabello a los lados de su cabeza.

Fabricio respiró hondo, contó hasta diez pizzas imaginarias, se asomó de nuevo por encima del mostrador y vomitó.

Encima del cadáver.

Si existía una manera de empeorar el hedor, que ahora podían apreciarlo con propiedad, era ésa y solamente ésa.

Se sentó abatido junto a Eunice, levantando las rodillas y apoyando los codos encima de éstas. Una botella de agua se posó frente a él y, extrañado, miró a quien pertenecía la mano que la sostenía en su cara. Óscar le ofreció, además de la botella plástica, una sonrisa débil y un gesto de su hombro. Fabricio aceptó la botella y se fijó que su amigo tenía dos más bajo el brazo, de las cuales una se la lanzó encima a Eunice bruscamente, riendo cuando rebotó en su cabeza. La muchacha la agarró y, a manera de bate, le pegó con ella detrás de la rodilla.

–¡Cómo se te ocurre! ¡Tengo la verga (7) abierta y me vas a dar! –gritó Eunice. Óscar sólo rio y se sentó frente a ambos, abriendo la última botella para él–. Ya que andas tan colaborador, abre la mía.

–Jódete.

–Huevón.

Óscar le hizo el favor de todas formas. Fabricio abrió la suya propia y le costó más de lo que esperaba con las manos temblorosas.

–¿Saben cuál es la mejor parte? –preguntó Fabricio luego de tomar un profundo trago de agua–. Todavía quiero pizza.

–No te culpo –dijo Óscar–, el tipo parece una de triple queso con salami y extra salsa.

Eunice los miró a ambos fijamente para decir con voz trémula: –Los estoy juzgando como nunca antes.

Lo cual era mentira, pues ella era peor que sus amigos juntos. Igual no dijeron nada al respecto y el silencio los devolvió a la realidad. Tres muchachos en medio de la nada, sin manera de comunicarse, ubicarse o movilizarse dentro de una gasolinera con un cadáver cuya causa de muerte era obviamente lo que había rajado la puerta de un automóvil. Fabricio pudo haber pensado en su familia o en su novia pero lo único que lo ocupaba en esos momentos era morir con hambre, siendo honesto consigo mismo.

Óscar, por su parte, estaba más tranquilo de lo que cualquier persona en su lugar lo estaría. Su suerte era tan mala que seguro saldría vivo y victorioso de su horrible noche para enfrentarse a sus padres al día siguiente, lo cual era legítimamente peor que morir desgarrado y abandonado en medio de la carretera como los juguetes y mascotas indeseadas.

Eunice, en cambio…

–No quieren saber –dijo Eunice a la nada. La muchacha suspiró y volvió a reírse entre dientes, el aire saliendo de entre las hendiduras en un patrón azaroso. Se volteó a ver a los muchachos y sus ojeras jamás habían estado tan marcadas como ésa noche –. Estamos en una contrarreloj para morir.

–Si te vas a poner con ésas –refutó Fabricio–, desde que nacemos lo estamos. Y si me disculpan —Se levantó bruscamente y caminó a zancadas hasta el congelador, abriéndolo, agarrando una pizza congelada y metiéndola bajo su franela–, voy a agarrar una de éstas y la derretiré con mi calor corporal.

–Haría un comentario sobre tus tetillas frías pero me has quitado las palabras de la boca.

–Además de que debe haber algún microondas o algo –comentó Óscar.

En ese instante, como si hubiese sido obra de sus palabras, todas las luces se apagaron para dejar las LED de emergencia brillado lastimeras en los bordes de las ventanas y marcos de las puertas. Se levantaron de golpe y quedaron de piedra.

–Tenías que hablar e invocar al socialismo (8), ¿no? –espetó Eunice en dirección a Óscar –. Para la próxima espero que digas algo como muerte, pobreza y condenación a ver si así nos volvemos ricos y felices de repente.

–El dinero no compra la felicidad –comentó Fabricio frotando la pizza congelada bajo su camisa como quien alaba al santo del día. Para algunos rincones oscuros de la red, habría sido más que erótico.

–Pero sí la pizza –añadió Óscar encendiendo la linterna de su móvil y apuntándola a la cara de Eunice, encegueciéndola por momentos hasta que movió su mano para iluminar una pared descubierta, sin estantes ni anaqueles y con la pintura gastada. El muchacho empezó a hacer figuras con sus manos y a jugar con las sombras que producían por la luz. Ni Fabricio ni Eunice dijeron palabra alguna, la última habiéndose unido a la actividad.

Por momentos, parecieron niños escondidos en el ático para estar despiertos más allá de su hora de dormir y no un trío de adultos heridos y acompañando a un cadáver despellejado a sus espaldas. El cómo habría de explicar siquiera el comienzo de la historia sería una duda que dejaría sin responder en los tiempos que vendrían, si es que vivía para, valga la redundancia, vivirlos.

Las risas y bufidos de ambos muchachos eran lo único que les evitaba sumirse en el silencio, aun así el ruido era tan bajo que le permitió a Fabricio distraerse del espectáculo que sus amigos montaron en ese momento, donde un cocodrilo trataba de devorar un conejo o lo que sea que Óscar estuviese haciendo con las manos. Un zumbido llegó a sus oídos, las moscas habían empezado a revolotear el cadáver para posarse en él. Más cerca de la grotesca escena, pudo ver la etiqueta manchada en la derecha del chaleco que vestía el cuerpo, obviamente parte de su uniforme.

Hola, me llamo GUSTAVO.

Un placer, pensó Fabricio con amargura. Lo menos que podría hacer por la memoria del ya no tan desconocido Gustavo sería espantarle los insectos pero no tendría punto, eventualmente volverían para comérselo y tal vez poner huevecillos. Con algo de suerte, viviría lo suficiente para ver a las moscas construir una metrópolis entera entre el hígado y un pulmón, con una autopista en los intestinos. El hombre se veía lo suficientemente adulto para tener un hijo o dos (incluso tres, con la tasa de natalidad venezolana y el precio de los preservativos en mente); tendría posiblemente esposa a la cual podría o no estar engañando y viviría con la madre de ella. Tal vez no tuviese nada de eso sino un novio esperándolo ansiosamente en un cuarto de alquiler que pagaban con un sueldo que a duras penas les alcanzaba para llegar a fin de mes. Quién podría saber realmente.

Pero estaba allí, no siendo, junto a ellos, quienes tal vez dejasen de ser pronto. La pizza bajo su ropa se volvió imposiblemente más fría.

Tenerle miedo a la muerte, había dicho Fritz Perls (9) cuando Fabricio no estaba ni en planes de nacer, era temerle a la vida misma y con eso estaba y estaría de acuerdo hasta su último aliento; sin embargo su posición nunca habría evitado que soltase tremenda maldición a los cielos y más allá al oír el estruendo que provino por encima de su cabeza, desde el techo del local. Uno de los bombillos, aunque apagados por no recibir electricidad, cayó frente a sus pies quebrándose en docenas de pedazos. En su lugar había quedado una grieta retorcida del largo de un brazo en el techo.

Eunice, ni lenta ni perezosa, dio un par de zancadas hasta llegar al lado de Fabricio con un chillido, arrastrando a Óscar con ella jalándolo del brazo. Se enganchó del codo de Fabricio y los apretujó a ambos a sus costados como sardinas enlatadas. Con tal cercanía, el olor a sangre seca encima de Eunice era mucho más difícil de ignorar, de igual manera los tres entrelazaron sus brazos como pudieron y se apoyaron en el mostrador detrás de ellos, mirando en toda dirección que sus ojos alcanzasen. Todo un reto, pues con Óscar habiendo guardado su móvil, la única fuente de luz eran las LED de segunda mano que tenía el local en situaciones de emergencia.

Y vaya emergencia.

Con un ligero carraspeo, Óscar llamó la atención de Fabricio y Eunice, señalándoles con la barbilla el ventanal por el cual se veían las estaciones de gasolina y la carretera además del carro en su lamentable estado. También se veía el poste con el anuncio luminoso de PDV balanceándose de un lado a otro. El balanceo era cada vez más amplio y siguió por poco menos de un minuto hasta que la base del poste cedió, dejándolo caer terriblemente cerca del carro.

El suspiro de alivio que soltó Óscar fue descomunal mientras que los otros dos muchachos se sobresaltaron de tal manera que chocaron sus cabezas una contra la otra, con la pizza congelada escabulléndose al suelo. Al girarse para sujetarse la cabeza, Eunice se fijó en la manija de acero oxidado que reflejaba la luz de emergencia, pertenecía a una puerta junto a los refrigeradores de alimentos congelados y probablemente diese a la trastienda.

–¿Quién se atreve? –preguntó mirando a la manija y afianzando su agarre en los brazos de sus amigos, no quería soltarlos.

–Tu vieja –respondió Óscar–, ni siquiera sabemos si está con llave.

–¿Por qué tendría llave en horario de atención a clientes? –insistió Eunice entre dientes.

–Es una estación veinticuatro siete –comentó Fabricio–, en algún momento tienen que cerrar el depósito. Y ese momento incluye los peores posibles para hacerlo.

–O sea, éste.

Ambos muchachos afirmaron la aclaración de la muchacha con un "sí" lleno de desgano al mismo tiempo. Al final, muy lentamente y en puntillas, se acercaron los tres a la puerta y se pegaron contra ella. Era de acero igual que su manija y, a pesar de la insistencia de Óscar, no se abrió.

–Se los dije –espetó Fabricio. Eunice le pisó un pie. Y le chitó para que se callase.

Golpes secuenciales se oyeron desde el techo, uno y dos, uno y dos, como una marcha andando desde donde estaban los muchachos frente a la puerta hasta más allá del mostrador. Eran pasos. Curioso, pensaba Fabricio, porque no habían sido escuchados antes a menos que…

–Quiere que se oigan –murmuró Eunice con la vista hacia arriba.

–¿Quién? –le preguntó Óscar, mirando en la misma dirección.

–Tu viejo –chilló la muchacha con los hombros temblorosos y los ojos cuales platos– ¿Qué más va a ser sino lo que sea que jodió tu carro, al tipo aquel y lo que me queda de vida?

Fabricio hizo un último intento contra la manija y contra el destino pero fue derrotado, necesitaban la llave para abrir la puerta y resguardarse, ni afuera ni en la misma tienda con ventanales de cristal ninguno de ellos estaría seguro a descubierto contra eso, fuese lo que fuese. La llave tomaría tiempo que desconocía si tenían buscarla.

Debía reducir sus opciones a menos que "en cualquier lado", y pensó. En una gaveta, en la caja registradora, bajo una baldosa, dentro de un bolsillo. Por supuesto.

–La tiene Gustavo –dijo Fabricio ignorando la riña de sus amigos. Ante la mirada confundida con la cual le respondieron, aclaró señalando al frente–, el tipo.

–Te refieres al cadáver desmembrado al que le vomitaste –precisó Eunice.

También conocido como la capital de Mosquilandia. Fabricio asintió. Si bien no necesariamente tenía que estar en él, debía estar guardara por el mostrador. Y uno de ellos tenía que separarse e ir a buscarla.


7. Verga. Modismo zuliano utilizado como comodín en todo tipo de oraciones y cuyo significado varía dependiendo del contexto en el cual es manejado. Posee poca relación con su homónimo referente al falo.

8. Sistema socioeconómico donde el poder o parte de él recae en la sociedad. Su aplicación ha dejado dudosos y discutibles resultados en Venezuela.

9. Friedrich Salomón Perls (1893, Alemania–1970, Estados Unidos), psicoterapeuta. Creador de la Terapia Gestalt.