Quien no haya escuchado en su vida que dar el primer paso era la parte más difícil de hacer algo ciertamente tenía que vivir bajo una roca en el fondo del mar. Más allá de cuán común podía llegar a ser la frase, Fabricio sabía que era demasiado cierta para su propio bien. Y mucho, mucho más allá de cuán cierta era, Fabricio sabía que la dificultad no se hallaba tanto en convencerse a sí mismo de realizar su autoimpuesta tarea.

Sino en soltarse del agarre de Eunice.

La muchacha había quedado muda del miedo y estaba tan pálida que su lechosa piel posiblemente tuviese más sangre por encima que por debajo de ella, corriendo por sus venas. Sus ojos lo veían con una mirada de urgencia y de ellos amenazaban con salir lágrimas que de seguro estaba batallando por contener, así de terca era.

Óscar andaba en las mismas, forcejeando la puerta de cada manera imaginable para abrirla. Patadas, insultos, tarjetas de crédito por la rendija, alambres y la plegaria obligatoria formaron parte de la lista de intentos fallidos de su amigo. A diferencia de Eunice, el chico lloraba a rienda suelta por la frustración y la impotencia. Pero ninguno de los dos se animaba realmente a moverse del rincón donde estaban.

Tenía que admitir que estaba nervioso también. Ansioso, preocupado y con unas ganas de orinar inmensas. Aun así Fabricio se limitó a pasar una de las mangas de su suéter por la cara de Eunice, tratando de quitarle un poco de sucio de su rostro y de distraerla. Sabía que no existía cuartel para discusiones con ella y por tanto dijo absolutamente nada mientras que la chica fruncía su faz y le daba un manotazo para retirarlo. En libertad, Fabricio avanzó a su vez que Eunice hacía la maroma de una pataleta silenciosa.

La ignoró dando pasos lentos y de puntillas, evitando causar hasta el más mínimo ruido que delatase su cambio de posición en dirección al mostrador. La ausencia de quejidos le supuso que Óscar había desistido al fin, pudiendo jurar sentir la mirada de sus compañeros en la nuca. Se le pusieron los pelos de punta, pues Fabricio sentía más que más de dos pares de ojos lo estaban viendo en ese momento.

Tuvo suficiente espacio para ocuparse de no pisar los restos del bombillo en el suelo e incluso pensar en lo ridículo que debía verse desde cualquier ángulo andando como orangután bailarín.

Las peores cosas se le ocurrían a uno en los peores momentos.

Antes de pasar por detrás del mostrador, decidió tentar a la suerte y chequear la caja registradora desde su parte trasera. Maniobrando con cierta dificultad al quedar los botones del teclado dispuestos de cabeza, escuchó la campanilla que indicaba la apertura del cajón. El sonido de la campanilla lo había agarrado por sorpresa, trató de aguantar un gemido mientras tanteaba las secciones del cajón: billetes, monedas, bandas elásticas y un caramelo a medio comer. Nada de llaves.

Siguió tanteado el resto del mostrador al alcance de su mano, tapándose con la otra la nariz y la boca. Seguir ignorando el hedor del cual él mismo era en parte causante se había vuelto imposible. Sin suerte alguna, caminó hasta el otro lado.

Bajo la tenue iluminación de las luces de emergencia, Gustavo no se veía tan mal. Nada que un filtro o dos pudiesen arreglar para una foto en alguna página de citas, cosas peores habían en esos sitios. La poca iluminación, lastimosamente hacía absolutamente nada para distraerlo del ardor de sus nariz, en su lugar parecía producir el efecto contrario.

Se subió el cuello del suéter hasta media cara y con un nudo en la parte trasera se lo ajustó, la tela le olía a sudor y a pizza añejada. Le escocían los ojos y el zumbido de las moscas le estaba causando dolor de cabeza. Cerrando las manos a manera de puños tan fuerte hasta marcar sus uñas en las palmas, se arrodilló entre las piernas del cadáver. Una de sus rodillas se resbaló ligeramente hacia un lado y sintió el vaquero húmedo en la zona, supuso que se había posado sobre el charco de sangre pero no bajó la vista para confirmar.

Fabricio dirigió sus manos, ya abiertas, a las caderas del cadáver y como pudo registró los bolsillos del pantalón. Algo metálico tintineó al son de sus movimientos. Se quedó tieso unos segundos procesando el sonido para luego volver a la acción con mayor premura y entre sus toscos gestos y su apuro algo suave, viscoso, se enredó en su muñeca.

No existiría clase de Biología que Fabricio hubiese visto capaz de igualar la sensación de tener parte del intestino delgado de Gustavo sujeto a su muñeca. Tampoco existirían palabras para darle forma al cúmulo de emociones que apretujaban sus pulmones y le sacaban el aire al muchacho, o para el frío que se asentó sobre sus hombros. Dio con las llaves a la vez que se mordía la lengua para aguantar la bilis subiendo por su garganta y las apretó con la suficiente fuerza para dejar marcas en su piel.

Se levantó con tanta rapidez y falta de coordinación que se resbaló, cayendo de cara encima de los restos del cadáver y sus propios desechos vomitados más temprano.

Gritó.

Disparado por la repulsión, el miedo y de nuevo la repulsión, se alzó por encima de Gustavo y corrió, como quien fuese corredor de los cien metros planos en la Olimpiadas, con las llaves en su mano y agarrando la pizza congelada que había soltado hacía rato.

A su grito respondieron tanto Eunice como Óscar con otro de sus partes desde la puerta, gritos que aumentaron en su intensidad cuando algo impactó repetidas veces contra el cristal de la ventana y éste empezó a quebrarse.

Sí pisó los restos del bombillo en la corrida de vuelta y no le importó. Al llegar junto a sus amigos, Eunice le quitó las llaves de sus inmundas manos y empezó a probarlas una por una. Solamente había cuatro de ellas pero dada la situación le parecieron infinitas a Fabricio. Cuando una entró completamente y el cerrojo cedió, la muchacha junto a Óscar empujaron la puerta con sus hombros. Ambos casi caen al suelo por la potencia de su esfuerzo y por tener a Fabricio quitándolos de su camino. Una vez los tres adentro, cerraron la puerta y le pasaron el seguro.

Ni siquiera dos segundos después, se escuchó el cristal quebrarse completamente al otro lado.

Los tres se mantuvieron presionados contra la puerta un rato, tratando de controlar sus desenfrenados respiros y evitando hacer el más mínimo movimiento. Fingir que la criatura no sabía que estaban allí, luego de que se hubiesen encerrado de manera tan estrepitosa, era una estupidez pero sus cuerpos y sus mentes no se encontraban lo suficientemente coordinados para hacer otra cosa en esos momentos. Carecían de ritmo el uno con los otros y cuando Fabricio inhalaba, Óscar ya estaba exhalando. Eunice estaba tan tiesa que parecía no estar respirando en lo absoluto. Los tres miraban a sus pies, los cuales podían notar gracias a que el cuarto también estaba fluorescentemente iluminado por alargados focos de emergencia.

Fabricio se aventuró a dar media vuelta, un brazo todavía apoyado en la puerta y el otro afianzado en la mitad de su torso sujetando la pizza congelada. Le estaban dando la espalda a un depósito de pequeño tamaño bien equipado, lleno de cajas y estanterías con los mismos productos de los anaqueles en la tienda y algunos más. Había una amplia gama de utensilios de ferretería; podría haber supuesto que su venta iría de la mano con otros productos automovilísticos pero en esos instantes una llave de cruz contuvo toda su atención.

Sus suposiciones siempre habían sido como lanzar una moneda al aire, cincuenta por ciento de posibilidades para que fuesen ciertas y otro cincuenta para que fuesen falsas. Le gustaba jugar así con la suerte. Pero más que una mera hipótesis con dos vertientes, el escenario frente a él y su significado iba mucho más allá de la obviedad y, además, era completamente inútil ponerse a pensar en ello. Le gustaba jugar así con su tiempo.

Tal era su cadena de pensamientos mientras agarraba la llave de cruz y la balanceaba en su mano libre, era pesada, de acero y ligeramente oxidada. Al no ver más similares, dedujo que era para uso del personal y no para la venta. Los botes de pintura a su derecha, en cambio, sí se veían comerciables. Incluso estaba el color exacto de las paredes de su habitación, las cuales necesitaban un retoque pronto.

–¿Cómo es que no te has desmayado todavía con toda la sangre que estás botando? –escuchó a Óscar preguntar, se dirigía a Eunice. Fabricio se volteó a verlos y contempló como ambos amigos montaban cajas sobre cajas delante de la puerta. Se veían pesadas pero no se movió.

–La trama me necesita todavía –le contestó Eunice suspirando. Ella solía decir cosas así, como si fuesen personajes de algún videojuego con malas críticas en alguna revista medianamente conocida. La costumbre había vuelto sus estrafalarios comentarios pan de cada día desde que la conoció en el primer semestre de la carrera, tres años atrás. Desde entonces compartieron la mayoría de los cursos y aparentemente también compartirían las últimas horas. O no.

Fabricio estaba decidido a volver a casa a pintar sus paredes y a comerse su pizza.

El esfuerzo que estaban haciendo Óscar y Eunice pareció centrarlos lo suficiente como para calmarse, quedando Eunice sola sentada sobre una de las cajas mientras recuperaba el aire, agotada. Fabricio se sentó con ella pasándole la llave de cruz a la vez que Óscar se perdía entre las estanterías y sacó el teléfono. Todavía sin señal y la batería agotándose cada segundo. ¿Debía apagarlo? ¿Y si por suerte cogía algún deje de conexión?

Entre los tres, tenían tres medios de comunicación inutilizables al momento. Podrían apagar dos y dejar uno funcionando hasta que se le agotase la batería, luego usarían otro. Por un momento pensó en Gustavo, se asqueó, recordó que llevaba encima tanto restos del cadáver como de sí mismo sobre todo su cuerpo, se asqueó más, y se le ocurrió que el hombre debía de tener un cargador cerca. En algún lugar inalcanzable para ellos en la tienda.

–¿Para qué agarraste esto? –Eunice gesticuló a la llave en sus brazos.

–Para golpearlo en la cabeza o algo –respondió Fabricio sin necesidad de aclarar a qué se refería.

–O para golpearnos entre nosotros, lo que suceda primero –añadió Óscar de repente, apareciendo con un par de botiquines de primeros auxilios y toallas en sus brazos. Fabricio no había visto visión más hermosa en semanas, pensó lamentándolo por Mary pero agradecido de que estuviera lejos y a salvo. La distancia entre ellos jamás se había sentido tan bien.

Óscar siempre había estado una cabeza por encima de él pero en ese momento se vio más alto e inteligente que la vida misma. Era algo que solía hacer, pensar de manera realmente racional cuando los demás perdían la cabeza sin que se diesen cuenta. Estaban heridos, sucios y asustados pero Fabricio fue por comida y un arma mientras Eunice se quejaba y hacía lo que otros estuviesen haciendo.

Mejor ir por una pala y pensar en sus epitafios.

–Esa cosa –continuó Óscar pasándoles los botiquines y toallas–, destrozó mi carro, le arrancó una puerta y descuartizó a un hombre. También es invisible. Yo digo que nos demos por muertos.

Fabricio estaba un paso de buscar la pala.

–No le des tanto crédito –comentó Eunice limpiándose la herida–, fue Fabricio quien arrancó tu puerta.

Fabricio estaba a medio paso de buscar la pala y golpear a su amiga con ella. O de vaciar la botella de alcohol del botiquín entera sobre su cabeza. Por su parte, él trataba de limpiarse la ropa lo mejor que pudiese pero ni con todos los productos de la trastienda juntos podría quitar completamente los restos de su ropa. Al volver a casa, quemaría todo lo que llevase encima.

Al medio del camino metafórico entre Fabricio y volver a casa estaba la criatura. Más fuerte que ellos, suficientemente inteligente y, como dijo su amigo, completamente invisible. Básicamente, invencible para alguien fatalista como Óscar pero Fabricio no era así, él buscaba el lado bueno incluso cuando un día era malo y circular. Así tuviese que golpearlo con el martillo de su insistencia para forzar otro lado en su forma.

Tenían la ventaja numérica, pulgares oponibles y un almacén entero a su disposición. La criatura no podía ser inmune a todo lo que ellos pudiesen idear. Tan solo tenían que atinarle.

–Sería mucho más fácil si pudiésemos verlo –suspiró Fabricio, rindiéndose en sus intentos de quitar más residuos de su ropa.

–Y podemos –dijo Eunice, señalando los botes de pintura.

Fabricio dejó la idea de la pala a un lado.