Toda idea, toda ocurrencia, sin importar cuán grande o pequeña, podía ser dicha en cualquier hora y lugar con la mayor sencillez del mundo. Escribirla, darle presencia en el mundo material, solamente poseía una mínima dificultad requerida para su nacimiento dimensional. Ponerla en marcha, por otro lado, representaba una odisea que jamás vería justicia en las páginas de ningún libro (lamentándolo por Homero) o en los pixeles de ninguna pantalla.

Porque no era asunto de valor, no era asunto de creatividad ni de perspicacia. Tampoco era una batalla de voluntades internas.

Era un asunto de locura.

El poner en marcha algo novedoso, en contra de todo lo conocido y repetible, el hecho de crear, no era más que la demencia misma puesta en acción y en espera de una reacción beneficiosa para las partes interesadas. Qué tan loca sería definida la mente detrás de los hechos iría de la mano de la cantidad de riesgos, qué tanto hay que perder y qué tanto hay que ganar. El miedo como tal no tenía cabida alguna, porque los locos no son cobardes.

Tampoco son valientes, había dictado Eunice tiempo atrás, porque para ser valiente se necesitaba un miedo al cual superar.

Entonces, Fabricio agradecía no estar loco porque vaya que tenía miedo. Mucho miedo. Lastimosamente, de médico, poeta y loco, todos tenían un poco. Así iba el dicho y, aunque Fabricio no estaba de acuerdo con ninguna de las posiciones, estaba seguro de necesitar ese poco de locura para siquiera darle pies y cabeza a alguno de los tantos planes que rebotaban de un hemisferio cerebral al otro.

En la oscuridad en la que se encontraba, ligeramente perturbada por la tenue iluminación del sistema de emergencia, podía darse el lujo de mantener su expresión constipada ante la sugerencia de su amiga y ante su propia mente, que estaba procesando la posibilidad. Entre tentativas y tal vez si esto, tal vez si eso y aquello, miró a Óscar buscando algún deje de apoyo tanto moral como lógico.

Encontró la misma desolación que sentía en la boca de su estómago reflejada en los ojos de su amigo. Suspiró, asiendo la llave de cruz con más fuerza entre sus manos temblorosas.

Fabricio había sido un niño de parque, de calle y de paseos, de columpios, pelotas y raspaduras en las rodillas y si bien había pasado más de una noche en vela con la NES, nunca pasó tanto tiempo frente a ninguna pantalla como otros niños noventeros. Tampoco en su adolescencia ni adultez, pero sabía lo suficiente de cultura televisiva general como para pensar en aquel norteamericano que armaba aviones con un chicle masticado y un clip

–MacGyver (1) –murmuró Eunice; había sonado más como un resoplido que como una palabra con sentido. La muchacha se rascaba la cabeza con ferocidad y Fabricio estuvo tentado a detenerla pero la dejó seguir, tenía más cosas en las que pensar. Óscar por su parte se sentó en el piso entre las piernas de ambos, recostando su cabeza en la rodilla de su amigo y mirando al techo sin fijarse en nada específico, el vaho de su aliento saliendo en formas irregulares de sus labios.

Incluso si estuviesen en algún episodio cancelado de dicha serie, Fabricio no hallaba manera de sumar pintura para casa con la criatura y obtener un resultado favorable. Favorable significando que los tres saliesen ilesos, por supuesto. Además, ver contra qué se enfrentaban estaría la mar de bien pero luego ¿qué? ¿Se pintaban también ellos mismos y hacían fiesta?

Estando más pequeño, había armado la típica broma de colocar un balde de pintura sobre una puerta para que le cayese al próximo desgraciado que la abriera un poco más de la cuenta. También había sido castigado con unas merecidas nalgadas por ello. Las nalgadas no lo desanimaron de seguir con su conducta en aquel entonces y dudaba que funcionasen en el singular dilema que tenía entre manos.

Tal vez un golpe con algo más fuerte, pensó sintiendo el peso de la llave de cruz balancearse en su mano, tenía un depósito entero lleno de todo tipo de herramientas a su alcance. Pero aunque pocas cosas aguantaban una taladrada en el cráneo, no contaban con la asistencia de la electricidad para llegar a mayores y la fuerza bruta era uno de los campos en los que no poseían la delantera.

Fabricio estaba cerca de darse por vencido, ganar una de las batallas no lo acerba a ganar la guerra y ésta ya la veía perdida. Desde su punto de vista, no quedaba mucho más que hacer además de masticar la pizza, cuyo hielo había humedecido el vello de su pecho, y esperar a que el fuego del infierno la calentara lo suficiente para derretir el queso.

Ah, fuego.

Se percató de la mirada de sus amigos dirigida hacia él, ojos cansados pero brillando con curiosidad. Probablemente haya pensado en voz alta quién sabe por cuánto rato. Óscar pareció estar en el mismo curso de ideas, frunciendo el entrecejo y cavilando sobre la situación como si la sugerencia que acabase de oír fuese plausible para más que una teorización.

Eunice, por su parte, era la ausencia puesta en escena, y el escenario era su rostro. La muchacha podría estar deliberando entre algo lógico para el contexto y algo completamente no relacionado con el momento para después comentar una mezcolanza singular entre ambas actitudes. Uno nunca podría llegar a saber qué sucedía en su cabeza, en especial durante los momentos donde sería extrañamente ventajoso.

–Podríamos quemarlo –dijo Óscar titubeante– pero no lograríamos mucho si no sabemos cómo evitar quemarnos a nosotros mismos en el proceso.

–O sin explotar –resopló Eunice–, estamos en una maldita gasolinera maldita, embrujada, lo que sea.

Si bien no había electricidad, las luces de la ocurrencia se encendieron detrás de los ojos de Fabricio. Una idea afloró en su mente, tal recién abierto capullo de riesgos y máxima expresión de estupidez a la inimaginable potencia; énfasis en inimaginable excepto para aquellos cuya mente trabajase patas arriba como la del muchacho.

–Yo espero que no estés pensando lo que estoy pensando.

Y Eunice, aparentemente.

Fabricio sonrió con los labios cerrados contra toda tormenta mental y la miró, pavoneando sus largas pestañas visibles por su tamaño en la poca luz que el lugar les ofrecía. Eunice masculló una serie de negaciones rápidas mientras lo señalaba con el dedo, cual madre regañando a un niño mal portado. Gestos fútiles al verse enfrentados a la terquedad de Fabricio.

Desde abajo, Óscar los miraba expectante tratando de atrapar la mano inquieta de Eunice con la suya felinamente.

–Tal vez no queremos evitar que explote –sugirió por fin Fabricio. Preguntóse, entonces, si debía hablar en caso de ser entendido por la criatura, ¿podría oírlos estando ellos allí adentro? ¿Podría entenderlos? Eran dudas que, según Fabricio, podían quedar sin respuesta incluso después de su muerte. Muerte que aspiraba que ocurriese unas cuantas décadas en el futuro que los esperaba.

Pero antes de eso, debía ocuparse de un presente rodeado de pinturas, aceites y todo tipo de químicos que, bien o mal combinados deberían causar la deseada o indeseada reacción. Todo era asunto de con cuáles lentes leer la historia de su vida para decidirle tono. E incluso quedaba corto, porque el desarrollo óptimo de su todavía-no-llega-a-ser-un plan requería que ellos estuviesen afuera y la criatura adentro, pero el caso contrario era en el cual se encontraban.

Como tal, pues, necesitarían atraerla a ellos en algún momento de la velada y salir ilesos de ello. En el peor de los casos, se encontrarían a Gustavo por los largos caminos más allá de la vida.

–Necesitamos una carnada, un señuelo –dijo.

–¿Quieres también una caña y un sombrero con tu orden? –espetó su amiga encogiéndose de hombros. Fruncir el entrecejo le sumaba más años de los que tenía y aparentaba ser mayor que Fabricio por más del mes y un día que realmente le llevaba.

–Pues yo quiero llegar a mi casa y darle el aprecio merecido a mi inodoro –respondió Óscar abrazando su abdomen, haciendo pucheros. Le temblaba de manera alarmante la pierna derecha.

Definitivamente morirían antes de lograr tener una conversación cercana al concepto de seriedad; siendo sincero, era un concepto que desconocía al pie de la letra pues abrir el diccionario no era su pasatiempo de preferencia.

–Imagínense una trampa para conejos, las cajas con rejillas –comenzó Fabricio gesticulando con las manos mediante una parsimonia que no combinaba con la situación. Ilustrar hacia un público era un don del cual carecía–, nuestro lo que sea es el conejo y este depósito, la trampa.

–Muy bien, le encerramos –Eunice interrumpió–, ¿y luego?

–Podríamos huir –intervino Óscar–, pero lo más probable es que se salga y nos persiga.

–Y es por eso –Fabricio continuó con el mismo tono que llevaba–, que lo que realmente tenemos que evitar es que tenga la posibilidad de salir. Porque encerrarla la retrasa pero no la detiene.

–No sabemos si es capaz de sobrevivir a todo como las cucarachas –comentó Eunice–, y pisarle como a ellas está fuera de discusión.

Los tres sabían con certeza que eran capaces de pensar en mil y un soluciones más, mas el tiempo corría y retrasar sus actuaciones tomaría más páginas de las que tenían disponibles en el libro de sus vidas. Era relativamente sencillo, pensó Fabricio divisando un par de cajas llenas de yesqueros junto a los aceites de motor y se le ocurrió fugazmente que la estación no debía de haber visto pasar a muchos monitores de Salud y Seguridad Laboral en el pasado.

Si todo salía bien, tampoco los vería después.

Fabricio se levantó con cuidado de no pisar a Óscar, interesado en revisar los componentes de los materiales dispuestos a sus pies. Las llaves y la pizza le pesaban entre sus ropas, anclándole a la realidad junto a pensamiento de Mary. Se prometió que se conformaría con los regalos que consiguiese en el futuro y que si iba a arriesgar su vida por callejones fantasmales y portales a dimensiones desconocidas, al menos lo haría por algo que valiese las tantas penas. La asquerosamente fría y pegajosa pizza era un consuelo.

¡TAZ!

Un impacto repentino contra sus glúteos hizo que Fabricio saltara chillando y maldiciendo por encima de las octavas a las cuales podía llegar regularmente. Eunice, quien se reía macabramente, le había dado una nalgada sabiendo que él les tenía un espacio único en su corazón para ser más que odiadas, más que repudiadas.

–Más te vale que sigamos siendo relevantes para la trama –dijo ella mientras Óscar se levantaba y le ofrecía una mano, la tomó y se puso de pie junto ambos cruzándose de brazos.

Fabricio la fulminó con una mirada que resultó ser completamente ignorada por ambos de sus compañeros. Habló, como intento de distraer su enojo: –Con los yesqueros, podemos encender lo suficiente como para que nos vean desde la ISS (2) –Eunice y Óscar se le quedaron observando confundidos, él último arqueando una ceja hasta perderse bajo el flequillo de su habitualmente estrafalario corte de cabello. Fabricio aclaró, sintiendo un deje de pena ajena–. Estación Espacial Internacional.

–Por este tipo de cosas es que tú vas a ser el señuelo –dijo Óscar, golpeando a un Fabricio estupefacto con suavidad en medio de la frente–, sales a gritar por tu vida afuera mientras nosotros dos reventamos el sitio.

–Y antes de que digas que votemos, lo acabamos de hacer –añadió Eunice manoteando al aire y chasqueando los dedos–, en este mismo instante. Dos contra uno. Entonces, allez, allez! (3)

Fabricio ni siquiera estaba seguro de si las llaves que cargaba podrían abrir la puerta de acero contraria a aquella por la cual habían entrado, un diferente punto de acceso podría tener un diferente juego de llaves. Poco después sabría que a pesar de la posibilidad, la realidad estaba a favor de pasar por alto ese aspecto que había olvidado considerar pues el cerrojo cedió cómodamente ante ellos.

Todavía caía la lluvia desde el cielo de una noche que no se había fijado si ya debía de haber pasado o no. Chequeó su teléfono celular velozmente y junto al aviso de que se encontraba fuera de toda cobertura satelital, estaba la notificación de error para la aplicación del reloj. La rápida revisión no le permitió darle la importancia que requería para preocuparlo, pues lo distrajo el empujón que cuatro manos supuestamente amigas le dieron.

Óscar pateó una caja con premura hacia la puerta para mantenerla abierta y Eunice aventó una lata de pintura con la tapa abierta a los brazos de Fabricio. Si había algo que podía atribuirle a sus amigos, era su velocidad una vez que decidían ponerse de acuerdo para hacer algo. Entre sacudones, la pizza se escapó al suelo y rodó un par de metros lejos de él.

Estuvo tentado a dejar todo para buscarla si no le hubiese caído con más peso que la lluvia el hecho de que estaba solo bajo ella y la oscuridad, sin poder ver más allá de tres metros por delante de su nariz y sin más defensas que una lata. El ruido que producían los desastres planificados de Eunice y Óscar acompañó a su desesperado grito de terror interno, el cual en un momento dado se escapó de sus labios con una potencia desconocida.

Afianzando un agarre por el asa de la lata, vertió la mitad de la pintura sobre el asfalto. El alarido que había pegado debía de haber sido lo que requería para atraer la atención de la criatura antes de que la lluvia hiciese de las suyas y se llevase el colorido pigmento que, como jugarreta del karma, resultó ser lo que alguien artísticamente exquisito llamaría salmón.

Retrocedió poco a poco mientras dejaba caer la pintura frente a sus pies, salpicando una mínima cantidad sobre su calzado. Sin embargo, se quedó completamente tieso al ver unas huellas dejar su rastro en dirección hacia él.


1. Serie televisiva de los años 80 protagonizada por Richard Dean Anderson, quien interpretaba al homónimo Angus MacGyver y a su habilidad de salir de todo aprieto de maneras y con herramientas inesperadas.

2. International Space Station.

3. Interjección francesa que se traduce como anda o date prisa.