De todos los días del año, de todos los carros de la ciudad y de todas las mujeres que tenían que defender su tesis, fue a María Lionza a quien se le quemó el motor un 11 de enero a las 8:53 de la mañana.

María Lionza era, por encima de todas las cosas que una mujer podía ser, curiosa. Con el pelo desordenado, ropa de mil y un colores y una sonrisa más grande que su cara de donde salía la risa más fuerte que jamás alguien habría oído.

A pesar de ello, o tal vez por ello, era la mujer más hermosa y única que Enrique, el conductor de la grúa que María Lionza había llamado, había visto en su vida.

Supo mientras se despedía sin ganas de ella que podía decirle Lola, que su número estaba anotado detrás de la tarjeta que metió en el bolsillo de su overol y que, si no le molestaba esperar, podría entrar a verla exponer. Cualquier otro hombre habría entendido la invitación como un mensaje de alta connotación sexual, como el ofrecer un café a las ocho de la noche, pero Enrique estaba muy ocupado dejándose sorprender por la honestidad y apertura de sus facciones que no tuvo tiempo de ser ningún tipo de hombre.

Además, que Lola le hubiese dado su número tenía más que ver con que iba a llevarse su carro que con querer un café nocturno.

Tuvo que decir que no por mil y un razones lógicas que no le convencieron del todo internamente, y así como Enrique se llevó el carro de Lola, Lola se llevó su corazón.

Le escribió no más de dos mensajes a los tres días, cuatro horas y cinco minutos preguntándole si prefería recoger el carro en el taller o que él se lo llevara hasta su casa. La muchacha fue hasta el taller, pulcra, brillante, con la mirada llena de estrellas y una sonrisa bailando en sus labios. Mientras tanto, Enrique no hallaba dónde deshacerse del aceite que chorreaba de sus manos.

La chica, siempre pendiente, siempre perspicaz, le preguntó cómo planeaba llevarle el carro si ella tenía la llave.

–Soy muy hábil con las manos –dijo Enrique simplemente.

–Eso queda por verse –comentó, ladeando la cadera en un gesto de coquetería.

Sus palabras lo habían dejado mudo y tardó momentos en recuperar la cordura para cambiar el tema al estado del carro y al pago por las reparaciones. Mientras Lola escribía ceros y ceros en un cheque, le mencionaba que había defendido su tesis con honores. Cuando se despidió y no le quedó más que verla marcharse en su carro recién arreglado, Enrique tuvo que convencerse de que estaba feliz por ella, de veras.

Pero no pudo evitar sentirse insignificante para lograr algo con tanta mujer.

Esa noche tomó café y se quedó dormido en el sillón.

A la mañana siguiente se despertó a duras penas y no tenía intención alguna de levantarse hasta que chequeó su teléfono celular. Tenía un mensaje de María Lionza, a quien había guardado entre sus contactos como "Lola" con un corazón junto a su nombre. Tremenda tontería, si se lo ponía a pensar. El mensaje era solamente un "¡gracias por todo!" con un beso y una hilera de emoticones que no entendería ni con un diccionario de ellos, aun así la efusividad de la mujer entró bajo su piel y se sintió lleno de energías para enfrentarse a la semana entera.

Dicha efusividad también lo impulsó a responderle sin pensarlo previamente y mientras se arrepentía de su muy cursi respuesta, le llegaba otro mensaje de ella.

Sin darse cuenta, estuvieron escribiéndose hasta muy entrada la noche. La muchacha tenía un perro, dos loros, sin fin de ratones en la cocina, una vida social muy ajetreada, tres clases de yoga que ella misma impartía y, además, estaba soltera. Lola era una mujer realizada que necesitaba un hombre capaz de llegar a su nivel, no un enclenque que necesitase ver vídeo tutoriales en internet para quitar las manchas de la ropa.

De una manera u otra, Enrique se ofreció a sacar los ratones de la cocina, o a al menos ayudarla a poner unas cuantas trampas. Lola le dijo que pasaría por él al día siguiente para comprarlas.

"Es una cita", decía el último mensaje que le envió esa noche a Enrique. El muchacho gritó al techo, despertando al gato del vecino, y durmió con los zapatos puestos.

Con los mismos zapatos y ansias incrementadas por mil, esperó al otro día a Lola, quien lo buscó en el Volkswagen que había reparado. Una visión hermosa era ésa, ver a la muchacha manejando el escarabajo. Dentro del carro, tan cerca de ella, descubrió que no existía enamoramiento alguno que enmascarase la estruendosa voz de Lola (quien podría cantar bien si no lo hiciese tan cerca y tan jodidamente fuerte). Ello no logró evitar que cantase con ella, que gritase y que bailasen juntos en los asientos del carro viejas gaitas que oía su abuela y nadie más.

Se tragaron un par de luces rojas, esquivaron una patrulla y visitaron tres tiendas diferentes antes de encontrar las trampas correctas. A medio camino cayó en cuenta de que iba a casa de Lola y cruzó los dedos para que ambos estuviesen solos así no más colocaran las trampas, no se creía listo para conocer a la familia de la mujer que lo tenía loco desde hacía menos una semana.

La muchacha lo hizo subir las escaleras hasta su apartamento sin importar cuánto pesaban, luego descubriría que le tenía miedo a los ascensores. Enrique no se quejó, pudo mirarle el culo libremente por tres pisos.

Al llegar al espacioso y seguramente carísimo apartamento, Lola saludó a su señora de servicio y le gritó a su hermano menor desde la puerta. El niño era básicamente un ermitaño y no saldría a menos que oliese comida, le dijo Lola. El perro dormía sobre un sofá y los loros repetían los gritos de la dueña además de una que otra obscenidad.

–Déjame ponerme más cómoda –dijo Lola, dejando al muchacho solo en la sala con miles de fotos y millones de rostros. Enrique sintió su cara arder y sus manos sudar.

Tal vez le ofrecería un café en la noche.

O tal vez no, pues ponerse cómoda para Lola parecía ser un par de cholas de playa, un trapo amarrado en la cabeza y una braga corta y vieja sin franela (ni ropa interior) debajo. Dios bendito.

Manos a la obra, pensó Enrique. Movieron muebles y electrodomésticos de izquierda a derecha, de arriba para abajo, para colocar las trampas hasta donde sus manos alcanzaron y lo que salió de toda grieta y orificio no fueron seres de la especie de los roedores, sino cucarachas. Voladoras.

Enrique iba a quitarse un zapato y aplastar las que pudiese cuando contra su cara chocó una sartén. Lola había agarrado lo primero que había visto y a gritos golpeaba a las cucarachas con la sartén como un gato ciego de tres patas jugando tenis. Por el impacto, Enrique perdió el conocimiento poco después de haber terminado tal línea de pensamiento.

Despertó ya escondido el sol y lo primero que vio fue a una señora mayor golpeándolo con ramas de palma y recitando cánticos desconocidos. Asustado, trató de levantarse para encontrarse cara a cara con el suelo. Había dormido en un sillón que olía a perro. Lola lo ayudó a levantarse y recordó que estaba en su casa, matando cucarachas.

También recordó el sartén.

La señora se presentó como la madre de Lola y lo invitó a cenar con ellos. En la cena también conoció al hermano, una criatura que seguro llevaba días sin ver el sol, y supo de Lola había terminado de espantar a los insectos con sus alaridos. La chica solamente se disculpó una vez y no parecía realmente arrepentida, pues contaba cómo Enrique había caído al suelo muerta de la risa. No le molestó en lo más mínimo, su ojo morado no sería más que otra herida en la guerra que sería amar a esa mujer.

Definitivamente, Lola era una mujer para morirse.