Hablarle en jueves


Lo miro disimuladamente. Lleva una sudadera azul, le hace verse más delgado de lo normal. Mira al vacío de la ciudad, mientras se pierde en sus pensamientos.

Pienso en hablarle, quiero conocerlo. Como cada jueves que voy a la universidad, que me lo topo en el transporte. Me atrevo a verlo directamente, pero al instante regreso a mirar de frente.

Él está a lado mío, respirando con tranquilidad, ignorante de que alguien lo piensa. Suspiro y tomo fuerzas, intento no divagar entre las consecuencias que me traería hablarle. Entonces, lo hago.

–Oye…–Él me ve–. Que eres muy guapo–. Parpadea dos veces, y veo como se sonroja–. Perdona, eso sonó algo atrevido.

–Oh qué va. Gracias–. Me sonríe.

Bajo la mirada y me levanto. Es hora de bajar.

Al siguiente jueves lo vuelvo a ver, esta vez con una sudadera roja, que le queda mejor que la azul. Sus ojos se ven más claros, color miel.

No pienso hablarle, me come la vergüenza y en lugar de sentarme a su lado, me quedo de pie. Después de unos minutos me mira y me causa gracia su disimulo. Se ve mucho más atractivo con esos gestos de indiferencia forzada.

Al siguiente jueves lo busco por los asientos pero no lo veo. Excuso su ausencia con alguna banalidad diaria. Me pierdo en la ciudad, respirando tranquilo y desinteresado en lo que veo.

–Eh, qué estás muy guapo–. Escuchó a mi derecha y atiendo a la voz. Es él, esta vez con una sudadera negra–. ¿Puedo sentarme?

Le sonrió a su mirada–. Anda, está libre.

–Ahora está ocupado–. Dice, mientras me regala una sonrisa.

–Y me alegro que lo esté–. Le digo, con completa verdad.

Después de todo, las consecuencias fueron buenas.


20 de Febrero de 2016.