¡Hola a todos! ¿Cómo han estado? He estado un poco inactiva debido a que ando ocupada con mi trabajo (estoy traduciendo un par de capítulos de un libro que debo entregar el 15 de marzo). Ahora bien, el presente relato, el cual participa en el Reto #3: "Estás en la Friendzone" del foro "El Rincón Creativo" , ha estado en mi cabeza durante días enteros. En él hablo indirectamente sobre la famosa "friendzone", aunque la situación que presento a continuación no tenga que ver.

En fin, espero que les guste.

¡Saludos!


Bob y el amor.

Me gustaría presentarles a un amigo. Su nombre es Bob, Bob el antropólogo. Tiene cabellos de elote, lentes circulares, vestido con pantalones de mezclilla y camisa de manga corta color rojo; es alto y de complexión robusta, aunque no lo aparente. Es fanático de los libros, los videojuegos, el manga, el cine y la música. Es bisexual de clóset por razones familiares. No tiene un empleo fijo; si bien anteriormente había trabajado como promotor gubernamental de lectura y transcriptor de audios, no duró en ambos empleos por razones diversas. En el primer caso se debía a una cuestión de pagos por parte del gobierno estatal; en el segundo caso se debía a que sentía que lo explotaban demasiado.

Ahora bien, su actual empleo como traductor tampoco le da mucho de comer; como el freelancer necio y testarudo que es, tiene que buscar los medios para subsistir en lo que surgía un nuevo trabajo de aquél rubro. Y ahí estaba él, en uno de los tianguis, o mercado de pulgas como le llaman muchas personas, más populares de la ciudad. De pie y de espaldas contra la pared, con la ropa usada escorada lo más decentemente posible encima de una pequeña manta que abuela Inés había colocado en el suelo.

A su lado estaban la tía Ruta y Galilea, una de las mejores amigas de la primera. Ambas eran abogadas, la primera con un empleo cuyos jefes decidieron joder la vida de todos al retener sus salarios hasta que se les diera la gana, y la otra desempleada y desesperada pero orgullosa.

Bob tenía las ganas irrefrenables de irse de aquella plaza repleta de gente que solo busca pagarte 10 centavos por una blusa, una falda y hasta una taza. No tenía nada en contra de los tianguis; simplemente detestaba el hecho de tener que aguantar la peste proveniente del sumidero y la grosería de los revendedores, quienes son capaces de matarte con tal de apoderarse de un simple pedazo de tela.

Mientras "atendía" el puesto de su tía en lo que ésta y la abuela Inés daban su vuelta, la mente del antropólogo empezó a dar vueltas. Observaba todo y a todos; empezaba a tomar notas mentales sobre el funcionamiento y la estructura de los tianguis, los elementos que se pudieran calificar como típicos y atípicos, y el desarrollo de las relaciones sociales entre los vendedores y los compradores.

Sin embargo, su aplicación de la Antropología era interrumpida por el asalto de un recuerdo agridulce, de esos que quisiera retroceder en el tiempo y volver a vivirlo con un desenlace distinto.

Resulta que nuestro querido antropólogo se había prendado del primo de su mejor amiga, quien había contraído nupcias por la vía civil con su novio y padre de su hijo nonato el día anterior. El problema era que el tipo tenía novia, por lo que decidió no meter sus narices en asuntos ajenos.

Vaya, al parecer el amor o le detesta o, de forma simple y sencilla, le quiere dar a entender que lo suyo era karma por haber mandado a la friendzone a una amiga suya años atrás. Bob quiso pensar en lo segundo por obvias razones, pero recordó que a él lo habían enviado a esa misma zona muchas veces a lo largo de su vida.

Haciendo un recuento, fue un total de veinte veces que había entrado en aquél sombrío lugar lleno de dragones, duendes, brujas, locas y tías Rutas. Las primeras cinco veces fueron en la secundaria, las tres primeras por una amiga suya y las dos últimas por un compañero. Proporción similar fue en la preparatoria, salvo que fueron puras mujeres. Las últimas diez veces fueron en la universidad, todas amistades suyas repartidas entre hombres y mujeres.

En cuanto a aquella amiga a quien él mismo envió a la friendzone, esa persona actualmente tiene pareja en el pueblito en donde trabaja actualmente como maestra de música. Bob le quería mucho, prácticamente como a una hermana, pero ella le veía como hombre. Bueno, las cosas sucedieron por algo; para Bob, la relación entre ambos no iba a funcionar por la diferencia abismal de caracteres, dijeran lo que dijeran sus amigos y familia. M era una persona muy tosca en contraste con la timidez de Bob. Además, estaba el asunto de que no existía, al menos por parte de él, una atracción física. ¿Para qué arriesgar una amistad por algo que de seguro terminaría mal?

– Bob.

Se volvió. Era Eréndira, la prima del nuevo (y efímero) amor de la vida de Bob. Ella sonreía mientras le extendía un sobre envuelto en un lazo morado y blanco. Era la invitación a su enlace religioso en una iglesia muy lejos de casa y a la recepción también bastante lejos de casa El antropólogo se sentía doblemente feliz: Su amiga al fin realizaría su vida al lado de un buen hombre… Y volvería a ver al primo de ésta, aunque fuera de lejos.

Las emociones lo embargaban. Tenía las ganas de preguntarle con toda la indiscreción del mundo si aquél sujeto iba a ir. Eréndira, quien parecía adivinar su intención ya que conocía los sentimientos de Bob, le contó, con cierta pena, que su primo había contraído matrimonio con su novia hace un par de meses. La reacción de Bob, lejos de ser un drama, fue de lo más tranquilo.

– Entiendo – dijo mientras guardaba la invitación con una sonrisa –. Las cosas pasan por algo, supongo.

Con ello se despidió de su querida amiga, con la promesa de no faltar a su boda. Una vez en casa, esperó a que cayera la noche y a que todos estuvieran bajo el influjo del sueño para llorar en silencio al amparo de la oscuridad.