¡Hola y buenas noches tengan todos ustedes des la tierra del Faisán y el Venado! ¿Cómo han estado? Espero que estén bien y que estén disfrutando el inicio del fin de semana.

Ok, aquí les traigo un relato basado en las versiones de Charles Perrault y de los Hermanos Grimm del cuento de la Cenicienta. Como sabrán, ambas versiones son en realidad un tanto crudas en algunos aspectos, nada que ver con lo que Disney (y otros) nos ha vendido. Y si bien podría tratarse de un replanteamiento de un clásico de la literatura universal, decidí darle mi toque personal con temáticas modernas y con un giro más oscuro.

Este relato participa en el Reto #4 "Había una vez..." del foto "El Rincón Creativo", espacio al que les invito a unirse por si quieren algún reto que les haga explorar los límites de su creatividad.

Ojalá les guste... Y disculpen por la sarta de groserías que van a leer a continuación. ^_^'

¡Un abrazo!

V. B.

P.D: Los corchetes " [ ]" señalan la continuidad de la narración del personaje.


Yo, cenicienta y puta

Érase una vez una grabadora encendida en medio de la oscuridad, asentada encima de una mesa de frío metal iluminada tenuemente con la luz de una lámpara colgando en el techo. A pocos metros de la grabadora, unas manos gentiles se apoyaron en la mesa, como si sostuvieran a su dueña para que ésta no se cayera.

Un suspiro se escuchó en medio de la nada. Una voz femenina, dulce, suave pero llena de amargura y sarcasmo, empezó a contar una historia:

– Me llamo Ophelia, tengo 22 años. Nací en un pueblito pintoresco llamado Crowley, por ahí lejos de Londres. Me mudé a Avignon a los cinco años por la enfermedad de mi madre, una santa ella que no tenía porqué morirse. Pobre… Si viera lo que hizo el perro de mi padre después…

[Pero no: Murió la pobre infeliz. Murió cuando yo tenía ocho años por una complicación en su tuberculosis. Lo peor del todo es que mi papá la lloró dos días antes de contraer matrimonio con la regenta de un burdel de lujo, una tal madame Chantal. Esa puta de mierda tenía dos hijas igual de putas que ella. Por supuesto, ambas eran bonitas y eran las favoritas de los clientes del burdel, pero lo que tenía de bonito por fuera se pudría por dentro.

Esas tres perras me hicieron la vida de cuadritos: Justamente al ocupar la casa, me empezaron a tratar como si fuera su "cenicienta" y su puta sin que les diera motivo para ello. ¿Puedes imaginarte, amigo, que ellas me obligaban a tener un maldito juguete sexual en el coño mientras hacía los quehaceres de la casa? ¿Puedes creer que ellas me obligaban a servir a sus clientes como una puta más? Mi padre, para desgracia mía, no decía nada: esas mujerzuelas se habían encargado de encandilarlo con cada pinche puta de tal forma que no se enterara de lo que yo sufría.]

Una luz tenue brilló en la oscuridad. La narradora había encendido un cigarro; necesitaba calmar su furia ante aquellos grotescos recuerdos antes de continuar con su relato.

– Sufrí, amigo… ¡Sufrí tanto que quería morirme! ¿Qué podía yo hacer, eh?, ¿qué podía hacer una niña de 12 años en esa clase de situaciones? No podía escapar porque no tenía a dónde ir ni a quién recurrir. Estaba sola en este mundo de porquería… Rota, violada, humillada.

[Los hombres y mujeres que pasaban por mi coño eran indiferentes a ello. No les importaba. No se preguntaban qué demonios hacía una niña en un lugar como ese. No… Preferían satisfacer su jodido coño, vaciar el semen en mis genitales… ¡Buscaban su propio placer en una niña!

Estuve así, entre los quehaceres de la casa y la prostitución. Esa era mi vida, mi rutina…

A los 16 años, es decir, hace un año, conocí a mi ex novio, Manny Blue. Ese bastardo era el hijo de un poderoso mafioso irlandés y cliente frecuente del burdel. Mis hermanastras se peleaban entre sí por tenerlo entre sus piernas porque era la "realeza", era dinero, poder, lujos… Y porque era pinche guapo. ¿Cómo lo conocí? Digamos que fue en una fiesta privada allá en París, en una de esas mansiones ubicadas cerca del centro. A aquella fiesta asistieron políticos y empresarios de renombre, todos aquellos que le debían al señor Blue un favor. Por supuesto, en aquella fiesta no podían faltar las prostitutas, así que madame Chantal envió a sus mejores muchachas a ofrecerles el servicio. Entre ellas se encontraban mis hermanastras, quienes se agasajaban con cada joya que caía de las manos de esos desgraciados.

En cuanto a mí, se me había vetado la salida del burdel; ¿por qué?, porque le di un puñetazo a una cliente. Me estaba lastimando los pechos, y yo ya estaba harta de que todo el mundo me lastimara. Ya para ese momento había nacido el deseo de escapar de ese maldito lugar.

Quería olvidarme de todo y rehacer mi vida, sin que nadie me señale y me llame "puta". La supuesta asistencia a esa fiesta iba a ser mi mejor oportunidad para escapar; solo necesitaba una ropa y una peluca para pasar desapercibida en el burdel. Para ello tuve que matar a una de las prostitutas favoritas de mi madrastra.]

Ophelia rió por lo bajo.

– Fue fácil – continuó mientras se llevaba el cigarro a la boca –. Lo único que tenía que hacer era tener sexo con ella. Estábamos en el clímax cuando la asfixié con la almohada. Por supuesto, ella peleó por su vida, pero al final yo gané el juego.

[No necesité asegurarme de que estaba muerta. Solo tomé lo que necesitaba para asistir a esa fiesta, incluyendo la invitación que había entregado uno de los mandaderos del señor Blue el día anterior. El plan que se había trazado en mi mente era asistir a aquella fiesta.

Quería venganza por todas las vejaciones que me habían hecho esas tres mujerzuelas y el inútil de mi padre, a quien ya odiaba con toda la pasión de mi alma. Quería matarlos a todos, uno por uno, de las formas más horribles que me podía imaginar, pero decidí contentarme con la muerte de aquellas vaginas insaciables.

He ahí que yo, caminando sola en la calle luego de burlar la vigilancia del burdel, me encontré con Manny. Él conducía su BMW convertible color azul eléctrico; yo tenía puesta un vestido que me llegaba hasta los muslos y tenía un escote descarado que casi terminaba de exponer mis pechos. Ahora, no sé quién vio a quién primero, si yo a él o él a mí; lo que importaba era que ese momento mágico sucedió.

Él, muy galante, me preguntó a dónde me iba tan sola a altas horas de la noche. "Voy a una fiesta", le respondí con una sonrisa coqueta mientras le extendía la invitación. Manny se presentó a sí mismo como uno de los anfitriones de la fiesta y me ofreció llevarme hasta allá. Le pregunté si no era mucha molestia… Y su respuesta fue un "llegar con una dama como tú a una fiesta de mi padre no es molestia. Es un honor".

Debo confesar que me sentí halagada con aquella respuesta. Ninguno de los hombres con los que estuve había sido tan gentil y generoso conmigo como lo fue Manny...

Durante el viaje a la mansión hablamos cada uno de nosotros mismos. Obviamente no iba a decirle que era una chica que se había vuelto puta por la fuerza a los 12 años o que había sido violada por mi madrastra, mis hermanastras y otras personas más. No, mi amigo, no. Yo le construí una imagen limpia, una imagen de lo que para mí era una persona normal. Cuando me preguntó por la invitación, le contesté que la verdadera dueña de la invitación era amiga de mi hermana y que había tenido una complicación de su resfriado, por lo que pedía disculpas por su ausencia.

Nunca supe si me creyó o no. Y ni me importaba en ese momento. Solo quería estar con él, con mi príncipe azul, aunque fuera por una sola noche.]

– ¿Y a qué hora llegaron a la fiesta? – interrumpió una voz masculina desde el otro lado de la mesa.

Ophelia se llevó el cigarro a la boca. Luego de una calada, la joven respondió:

– Eran las 10 de la noche cuando llegamos, si mal no recuerdo.

– ¿Y recuerdas quienes asistieron a la fiesta?

– Sé que asistieron empresarios y políticos. Que quienes eran lo ignoraba. No me interesaban esos cerdos mientras estaba Manny junto a mí.

Hubo un silencio momentáneo, un silencio que Ophelia agradeció infinitamente. No quería decir ya más nada. No quería hablar más. Sólo quería paz para sí misma. Sin embargo, su interlocutor cortó el silencio pidiéndole que contara el resto de su historia.

– Bueno… Si insistes, amigo… ¿Dónde me quedé?... ¡Oh, sí! ¡La fiesta! La fiesta que lanzó James Blue con motivo del cumpleaños de un político amigo suyo. Manny y yo entramos por la puerta principal. La sala era inmensa; había hombres y mujeres por todos lados con sus copas de champagne en mano.

[Un miedo repentino me invadió cuando vi a dos de mis compañeras entrelazadas con unos hombres. Tenía miedo de que me reconocieran y me acusaran con mis hermanastras, quienes se liaban cachondamente entre sí para deleite de un viejo gordo que se la jalaba en público.

Por suerte Manny no se separaba de mi lado ni un momento. Me traía algunos aperitivos y uno que otro refresquito sin alcohol. Cuando llegaba la hora de bailar, danzábamos animadamente. Ninguno de los dos podía quitar sus ojos del otro...]

– ¿Y tus hermanastras? – inquirió el voz.

Ophelia se encogió de hombros respondiendo:

– Las había perdido de vista en ese momento.

– ¿O sea que no sabías que Candace estaba en el baño?

– ¡Oh, no! No sabía que estaba en el baño… Hasta que se me ocurrió ir. Ahí me la encontré, liándose con una tipeja.

– ¿Y qué hiciste entonces?

La chica sonrió de oreja a oreja.

– Me lié con la vieja a besos de lengua. Candace estaba tan ocupada lamiéndole el coño a la tipeja que ni cuenta se dio de que era yo, su hermanastra, la que agarraba la botella de champaña que estaba en el lavabo solo para estrellársela en la cabeza. Ella cayó inconsciente.

[La mujer, quien estaba ebria, me miró sorprendida. Yo estaba más que decidida a no dejar testigos, así que en un movimiento rápido le clavé con toda mi fuerza el cristal en su cuello y la empujé contra la bañera. La rematé aporreándole la cabeza contra la pared.

Me volví. Candace estaba volviendo en sí, así que agarré la manguera de la regadera y la enrollé en su cuello justo en el momento en que pretendía levantarse. ¡Oh, mi Dios, qué hermosa noche!

Ella luchó. Valientemente luchó contra mí, contra su conciencia por haber dañado mi inocencia, ¡mi vida entera! Y al final… ¡Je! ¡Al final murió! ¡Murió! ¡Murió al fin una de esas malditas!

Minutos u horas después escuché a Florence llamando a la puerta. Era mi oportunidad y no podía desperdiciarla, así que tomé un pedazo grande de vidrio y una toalla para mano. Suavemente, por decirlo de esa manera, abrí la puerta. ¡Je! ¡El rostro de esa puta fue lo mejor! ¡Jajajajaja! ¡Lo mejor! ¡Lo mejor que me ha pasado en vida!...]

Unas lágrimas recorrieron las mejillas de Ophelia. Sí, podía recordar fervientemente ese momento en que cumplió con su venganza contra ella. Contra todos. Era justicia a mano propia por los años de dolor y abusos.

– ¡Finalmente me vengué! – exclamó triunfal – ¡Finalmente hice lo que quería hacer a esas dos! ¡Por fin pude ver cómo esa putona de mierda me pedía piedad mientras yo le clavaba el cristal en el pecho! ¡Al fin la venganza fue mía!, ¡MIA!

Lloró amargamente mientras que el hombre se levantaba de la mesa, apagaba la grabadora y salía con ella de la sala de interrogatorio. Ahí, en el pasillo, estaba el fiscal Louis Valois, quien contemplaba con compasión a aquella muchacha que había cometido por sí sola aquella matanza grotesca, una de las dos que había cometido en suelo francés más una que había hecho en Inglaterra.

– Pobre niña… – murmuró mientras que su colega británica, Cassandra Vane, cerraba los ojos con pesar.

El policía que había interrogado a la muchacha, Phillipe Bremount, estaba profundamente asqueado con todo lo que había escuchado en aquella sala.

– Generalmente no estoy del lado de los delincuentes – comentó mientras sacaba un cigarro y lo encendía –, pero creo que esta vez haré una excepción.

– Trataré de que el juez la recluya en una institución mental – dijo el fiscal –, aunque no sé si la justicia británica hará lo mismo en este caso.

Cassandra no dijo nada. Se limitó a observar nuevamente a la muchacha, quien era consolada por su abogado.

– ¿Se puede justificar una aberración con otra? – inquirió antes de retirarse a descansar.