¡Hola!, ¿cómo están? Espero que estén bien. Bueno, aquí les traigo un relato que se me ocurrió ahorita, aprovechando mi estancia en la biblioteca central de la universidad en estos días lluviosos. Tal vez no tenga pies o cabeza, pero mi intención aquí era retratar cómo sería la mañana de un vampiro en una ciudad... Un vampiro poco común XD.

Este fic participa en el Reto #5: "Rating al azar" del foro El Rincón Creativo, con la categoría "K (más)" asignada por sorteo.

Espero que lo disfruten. ¡Saludos!


La mañana de un vampiro

Era una mañana soleada en la siempre "limpia" y "tranquila" ciudad de Mérida. Léase entre comillas lo limpia y lo tranquila, porque de eso no tiene nada… Bueno, ¿en dónde estaba? ¡Oh, sí! Ya… Yo estaba caminando en medio del sol infernal, insultando a diestra y siniestra mi estupidez de no llevar una sombrilla para protegerme del cáncer de piel, la dermatitis, y quién sabe qué otra cosa.

Me dirigía a la sede de la compañía de televisión de paga a realizar un abono, como si lo merecieran cuando en realidad dan un servicio vomitivo con la velocidad lenta y un personal peor que los discapacitados (con el perdón de los últimos, que culpa no tienen de la situación). Cuando llegué, había una fila que llegaba hasta la esquina de la 61; las personas que la componían estaban paradas en el sol, quemándose con ese gusto tan siniestro que me hace preguntar si los seres humanos son masoquistas, están mal de la cabeza o quieren suicidarse de lo lindo y de forma lenta. Digo, nosotros los vampiros no estamos tan mal como para suicidarnos colectivamente.

¡Oh!, veo que olvidé mencionarlo: Soy un vampiro, uno que puede caminar a la luz del día. Ustedes se preguntarán cómo es que no he muerto por ser un ente de la oscuridad, que porque la luz del sol es nuestra enemiga y yada yada yada… Bueno, supongo que los años de evolución y el aprovechamiento de los avances de la medicina tuvieron muchísimo que ver para que nosotros podamos salir de día finalmente y mezclarnos entre los humanos.

Pero bueno, no nos centremos mucho en mi raza y regresemos a donde estábamos. ¡Ahem! Como noté que me iba a tocar sombra, decidí ponerme en la cola y esperar a que sean las 9 para que abran los de la compañía.

Delante de mí había una señora gorda, de piel morena, con un short azul exasperantemente corto y una blusa de tirantes; aquella se estaba echando "discretamente" unos gases tóxicos de esos que tanto aman las moscas. Recé a todas las divinidades disponibles, desde el Dios Jr, alias Jesucristo, hasta al elefante simpático llamado Ganesha, para que la cola empezara a moverse antes de morirme oliendo esos desechos tóxicos.

Miré el reloj.

Ya son las 9, la hora del show de los pagos. La cola empezó a moverse por una fracción de dos minutos; aquello me frustró. Pasaron veinte minutos desde ese entonces; ni un avance y sí la señora gorda se seguía echando gases descaradamente. Pasaron unos cinco minutos y la cola avanzó otro poquito; otros minutos más y estuve a punto de insultar a la señora por hacerse en los pantalones sin importarle la salud de quien estaba atrás y delante de ella.

Para cuando por fin entré al maldito lugar, eran las 10:15 de la mañana. Ya estaba desesperado; necesitaba salir de aquí a más tardar a las 10:30 o 10:40 para irme directo a la sede de la Secretaría de Hacienda, en donde me esperaban a eso de las 11:05 para mi declaración mensual de impuestos.

Observo a los empleados detenidamente; solo dos atendían a la clientela, una como asistencia técnica y la otra como cajera. Y los demás… Los demás se la pasaban chismeando sobre un tal Arnoldo, Waldo, Ramsay, o como carajo se llame el objeto del chisme. La fila estaba más lenta que mi abuela con su bastón y sus pasitos de pato.

Mi celular sonó. Era mi madre, quien se supone que había llegado a la ciudad de México a esta hora.

– ¡Hola, mamá! – le saludé –, ¿cómo estás? ¿Llegaste con bien?

¡Hola, hijo! – respondió ella – Estoy bien, solo que un poco… ¿Cómo explicarlo? Un poco… Uhmmm… Mira, Constantino, tengo la mala noticia: No he llegado a México. Estoy en Ibiza… En la cárcel.

Mis ojos se abrieron a lo grande. ¿Qué?, ¿qué fue lo que acababa de oír? ¿Mi madre en Ibiza?

Verás… Una amiga humana me había invitado a pasar una noche en Ibiza – explicó –. Ahí conocí a un tío súper guapo con quien… ¡Mmm! ¡Co-!

– Mamá, con el "mmm" ya dijiste todo – le corté mientras me llevaba los dedos a los lados de la nariz. Mi madre y sus choco-aventuras… –. ¿Y cómo paraste en la cárcel?

Oh… Bueno… Digamos que por accidente le… Mordí y… Drené toda su sangre desde el pe-

– No quiero saber los detalles – volví a cortarle, completamente avergonzado.

Las personas que estaban detrás de mí me apuraban. Ya era mi turno en la cola, así que pasé, pagué y me fui corriendo como si hubiera visto un fantasma. Después de unos minutos de discutir con mi mamá sobre sus aventuras a la edad de los 350 años, terminé la llamada y me encaminé hacia Hacienda.

Llegué a la sede, que estaba frente al parque de Mejorada, me registré en recepción y pasé directo a las oficinas. Me senté, suspirando de alivio al ver que eran las 10:55. Me relajé lo mejor que pude y me dediqué a mirar a todos los secretarios y a mis compañeros en el viaje de la declaración de impuestos. Cuando llegó mi turno, me llamaron; el empleado con quien me tocó hacer la declaración era un tipo moreno y gordo, quien me trató cordialmente. Luego de unos minutos, me dieron el comprobante en donde se asentó la declaración.

Saliendo del edificio, me dirigí hacia la parada de autobuses para abordar el que me acercaba al trabajo. Ya pronto sería mediodía y el sol evolucionaría de "rajatablas" a "homicida".