¡Hola! ¿Cómo han estado? Espero que tengan un buen inicio de semana todos ustedes. El presente relato es el primero de una colección de varios que he escrito en estos días. Todos ellos giran alrededor de dos personajes: Jacob Vane, un detective del área de Homicidios de la Policía de Londres, y Jamie Fallon, un criminal de poca monta perteneciente a la mafia irlandesa.

Si bien no es la primera vez que escribo relatos donde los personajes son gays (en este caso, bisexuales), si es la primera vez que escribo con personajes que yo misma he creado.

Espero, pues, que sea de su agrado esta colección. ¡Un abrazo!

V.


Jacob y Jamie

I

Primer encuentro

Jacob Vane cerró la puerta tras de sí. Dejando las llaves encima de la mesa del pasillo, fue a la sala de estar; tiró el abrigo y las llaves en el sofá. Estaba cansado luego de un largo día en el trabajo; el caso al que había sido asignado había sido difícil y, desde su perspectiva, un tanto asqueroso.

No cabía duda que el conocimiento es poder, más si se usa como arma para obtener lo que quieres. El ejemplo reciente daba fe en ello: Una muchacha de unos quince años de edad había muerto por "accidente", por no decir un exceso de sadomasoquismo. Una muchacha que había sido chantajeada con una calificación baja en la materia de matemáticas por el profesor titular, un maldito pedófilo que organizaba orgías cada fin de semana y las grababa para subirlas a ciertas páginas. Todo por el temor de la muchacha a perder la beca que había conseguido con tanto esfuerzo gracias a su disciplina y a las exigencias constantes de sus padres.

Se metió al baño, se quitó la ropa y se metió a la regadera. Aquél caso le enseñó que hasta la gente más brillante puede ser manipulada por la más astuta para fines un tanto oscuros, y que el miedo a ser descubierto es lo peor que uno debía de revelar a otros.

Cuando salió, se dirigió hacia su habitación con el anhelo de dormir toda la noche. Sin embargo, al encender la luz de su lámpara, se sorprendió al ver que no estaba solo.

Sentado en la cama estaba un hombre rubio más o menos de la edad del policía, de complexión delgada pero con una ligera musculatura; estaba vestido con una camiseta blanca sin mangas y un pantalón negro. Ambos brazos estaban tatuados.

̶ ¿Puedo ayudarle en algo? – preguntó, atento a cualquier movimiento que el visitante hiciera.

El hombre no contestó. Jacob decidió que lo mejor era esperar a que el individuo actúe. Estuvieron los dos así por un buen rato; Jacob empezaba a impacientarse, pero se contuvo para no darle gusto al desagradable visitante, quien no paraba de observarle.

Al final, Jacob decidió que él tenía que actuar, aunque fuera de manera diplomática.

̶ Lo siento mucho, pero debo pedirle que se vaya – dijo –. De lo contrario, me veré obligado a llamar a la policía.

̶ Tú eres un policía – repuso el hombre con frialdad.

El policía le miró escuetamente; a juzgar por el acento, el hombre era un irlandés. Haciendo memoria, el joven concluyó que podría pertenecer a alguna banda delictiva o a la mismísima mafia irlandesa, que recién había alcanzado cierto poder social en algunas zonas de Londres. Si ese era el último caso, entonces la presencia del rubio en su casa se debería quizás a que el grupo delictivo se sintiera perseguido por Scotland Yard luego de la captura de George O'Brien, cabecilla de los Black Crows.

– ¿Qué es lo que quieres? – preguntó Jacob.

El hombre se levantó, sin quitarle la mirada de encima. Jacob se preparó mentalmente para lo que sería un enfrentamiento violento entre ambos. Lo único para lo que no se preparó fue para estas palabras:

– ¿Recuerdas aquella noche en aquél hotel del centro?

Jacob le miró con sorpresa.

Recordaba vagamente haber despertado en un hotel de mala muerte al día siguiente de una salida con sus antiguos compañeros de la secundaria, mas no recordaba qué sucedió después de que se tomara unas cuantas cervezas de más salvo lo que habían comentado sus amigos: Que se había comportado como cualquier borracho, hablando de su vida y amores, y que después salieron todos del bar a continuar la fiesta en casa de un compañero, fiesta a la que nunca llegó.

Ahora bien, fuera de que si era verdad o no haber dormido con ese hombre, la idea no le incomodaba en absoluto debido a su bisexualidad. Lo que sí le incomodaba era que, de ser verdad, había dormido con ese tipo, quien lo miraba de cabo a rabo.

– Francamente no lo recuerdo – confesó –. Han pasado tres semanas desde eso. La única y última vez que me he emborrachado desde ese entonces… ¿A qué viene todo esto?

El rubio se cruzó de brazos y arqueó una ceja. Jacob pensó que lo mejor era escoltar a su indeseable visitante hasta la salida antes de que sucediera alguna cosa desagradable. Éste, sin embargo, se negó a moverse.

̶ ¡Bueno, di de una vez el motivo de tu visita pues! – exclamó Jacob con impaciencia – ¿Piensas matarme?, ¿chantajearme?, ¡¿qué quieres de mí?!

Con la mirada, el rubio le hizo una especie de señal hacia abajo. Jacob no tardó en darse cuenta hacia donde apuntaba la mirada. Sonrojado, exclamó:

– ¡Debe ser esto una broma!

– Amigo, ando caliente desde hace varios días… – espetó el rubio.

– ¿Y eso supone mi problema?

– No.

– Entonces búscate a otro que te haga el favor. Hay mucha gente allá fuera que sería "feliz" de ayudarte. Ahora, vete de mi departamento y no vuelvas más, por favor.

– ¿No te interesa la información que tengo sobre John Saint Anger?

Jacob enmudeció.

El rubio sonrió; había dado justo en el clavo. La policía y Scotland Yard buscaban la forma de atrapar a uno de los líderes más peligrosos de la mafia irlandesa; lo habían arrestado en numerosas ocasiones, lo habían procesado por varios cargos de asesinato, secuestro y homicidio, pero en todo había salido victorioso hasta ahora.

Sin embargo, el policía desconfiaba mucho de él; lo demostró al preguntarle cuáles eran las razones para traicionar a su jefe, si es que era su jefe y si es que le conocía personalmente. Entendía bien esa desconfianza; no era la primera vez que traicionaba a alguien de su gremio a cambio de tomar lo que quiere. De hecho, no por nada se había ganado muchos enemigos dentro de la mafia, pero vamos… Era la mafia. Las traiciones son situaciones normales al igual que el honor.

Aún así, traicionar al mismísimo John Saint Anger era una sentencia de muerte segura, pero a Jamie Fallon le importaba un carajo. No lo traicionaba por rencillas personales. Lo traicionaba por esa verga dura que colgaba entre las piernas del atractivo policía, la misma que le había dado un inmenso placer aquella noche.

Jacob se sorprendió de escuchar ese último punto. ¿Quién diría que…? Bueno, no iba a repetir las mismas palabras que el tal Jamie, pero había entendido el punto.

̶ Acepto el trato – murmuró al final –, pero si me traicionas, créeme que haré lo que sea para buscarte y ver que te condenen a muchos años en prisión.