Visita non-grata

Cristina Herrera abrió sus ojos. Una sensación familiar la hizo levantarse de la cama y dirigirse a la cocina, en donde prepararía una taza de té… O quizás dos.

El dulce aroma que expedía la bebida caliente invadía sus fosas nasales mientras ella sacaba de la alacena dos pequeñas tazas y las rellenaba con un terrón de azúcar cada uno. Mientras hacía todo eso, un simple pensamiento llegó a su mente, uno nada agradable.

– ¿Qué haces aquí, Aesir? – murmuró mientras se daba vuelta y asentaba una de las tazas en la mesa.

Un hombre alto, de cabello oscuro, ojos castaños, y ataviado completamente de negro había entrado por la ventana del departamento. La mirada que le dirigía a Cristina era una de descontento, de rabia, posiblemente de contrariedad. La aludida le devolvió la mirada con tranquilidad, sin ninguna expresión más que de expectación por la respuesta.

– Estuviste esta noche en la discoteca Dark Blade, ¿verdad?

La pregunta no era pregunta. Era prácticamente una afirmación. Lo que Aesir Aeseryon no se esperó fue que Cristina le respondiera con un "¿y qué si estuve ahí?"

Apoyándose en la mesa con ambas manos, el arcángel replicó:

– ¿Te das cuenta que has echado a perder el trabajo de todo un año? Meses de investigación…

– ¿Y eso a mí qué me importa? – cortó la mujer – Lo que sea que haya tu misión, me tiene sin cuidado.

Cristina dejó la taza vacía a un lado del fregadero y se dispuso a retirarse a su habitación. Ver a Aesir aún le producía cierto dolor en el corazón, un dolor que ella ya no quería sentir más. Alejarse de él e ignorar su entera existencia eran por el momento la mejor medicina para curar el sabor amargo que le supo saber que había sido usada para alcanzar sus fines.

– Lo siento.

Se detuvo mientras que Aesir la miraba firmemente desde la mesa con la expectación de su respuesta. Sin embargo, el arcángel se quedó pasmado cuando escuchó estas palabras:

– Te he perdonado antes.

Y siguió su camino hacia la habitación sin molestarse tan siquiera en voltearse a ver si el arcángel ya se había marchado o todavía continuaba en la cocina mirándola con indiferencia o con desconcierto.

Cerrando la puerta tras de sí, trató de tragarse las lágrimas y recordarse a sí misma que era parte del proceso emocional por el que estaba pasando. Llorar a un individuo que no valía la pena era perder el tiempo, mucho más si se dedicara toda una vida a odiarlo o a proponerse con arruinarle la vida.

– ¿Vino aquí?

Se volvió. Rhahenir estaba a su lado. Viéndola con una mezcla de preocupación y enojo.

– Y se fue – murmuró mientras se dirigía a la cama a recostarse.

Rhahenir frunció el ceño y salió de la habitación para asegurarse de que la visita non-grata se hubiera marchado. Cristina sonrió quedamente mientras se subía a la cama y se acomodaba.

El dragón nunca había sentido simpatía por Aesir; de hecho, él mismo se había anticipado a sus intenciones e incluso había acordado que entregaría toda la información que los ángeles y asociados quisieran a cambio de que éstos protegieran la integridad de su drakae (jinete de dragones). Sin embargo, los ángeles optaron por dejarla a su suerte; "es un sacrificio por el bien de la guerra", le llegaron a decir mientras lo encadenaban.

Ella casi perdía la vida cuando los cancerberos arremetieron contra ella, pero Rhahenir había llegado a tiempo a salvarla. Después de aquél suceso, tanto el dragón como Cristina decidieron hacer las cosas a su modo sin importarles desafiar al mismísimo Jápeto.

Salvar almas de las huestes de Cronos no iba a ser tarea fácil, pero tenía fe en que lograrían tamaña tarea con la ayuda de los Grigori, los ángeles de la tierra con quienes habían hecho gran amistad y compartían el mismo objetivo ante la actitud indiferente de Jápeto y sus ángeles celestiales.

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Aesir frunció el ceño cuando vio a Rhahenir entrar a la cocina. Éste, a su vez, le devolvió el gesto.

– Pensé que te habías ido – fue lo primero que comentó el dragón –. ¿Qué tienes en contra del sueño de la gente?

– Ya me iba.

– Bien, porque realmente me dan ganas de escupirte fuego en esa cara de niño bonito chupa-pelotas que tienes.

El enojo embargó al arcángel. Rhahenir, indiferente, añadió:

– Oh… ¿Te molesté? No es mi culpa. Esa cara tienes.

Aesir quiso responderle, pero eso sería dar pie a discusiones sin sentido. En su lugar, le dio la espalda y se dirigió hacia el balcón para salir de aquél lugar.

– Por cierto – habló Rhahenir con sarcasmo –… Salúdame a esa madrastra tuya a la que te follas… A espaldas de tu padre.

Ya era suficiente. Aesir, sin pensarlo, voló hacia el dragón y lo aporreó contra la pared con una mano rodeándole el cuello.

Rhahenir simplemente sonrió. El conocimiento y la información son el poder; lo estaba comprobando una vez más. Estaba seguro de que Aesir haría cualquier cosa por proteger su secreto, incluyendo matar a aquél que estuviese dispuesto a darlo a conocer al público.

Y el dragón era justamente ese "aquél" que usaría semejante información en dado caso de que la vida de Cristina y la suya peligraran. Eso y muchas cosas que conducirían al arcángel favorito de Jápeto directamente a la ruina, como su traición al último.

Lo bueno era que Cristina también conocía esa información, así que tenía la confianza de que ella sabría cómo hacérselo llegar a Jápeto.

– ¡Suficiente!

Los dos se volvieron. Cristina estaba de pie, mirando con enojo y reproche a Aesir. Éste, indignado, soltó a Rhahenir.

– Vete – añadió Cristina.

– ¡Él me provocó!- exclamó Aesir.

– No me importa. Lárgate de aquí y no vuelvas nunca más.

Aesir, sin mediar palabra y al ver que Cristina no iba a escucharlo, obedeció. Cuando el arcángel se hubo alejado, Cristina se volvió hacia Rhahenir y le reprochó su indiscreción respecto a la mención de ese asunto. El dragón simplemente se cuadró de hombros.