Una sombra oscura se deslizaba rápidamente por el oscuro bosque, los animales nocturnos huían de su camino para después volver a salir y mirar en la dirección por donde había desaparecido la sombra. A medida que se adentraba más y más en el bosque más oscuro se volvía. De pronto hizo una pausa en su camino, alzó la mirada al oscuro cielo de la noche, y se sentó. Tras pronunciar unas palabras ininteligibles, volvió a levantarse y se perdió en la espesura. Tras su marcha, el bosque volvió a quedar en silencio y recobró la calma y tranquilidad características de la noche.

Era noche cerrada en lo profundo del bosque apenas se filtraba la débil luz de la luna en el cielo por entre las ramas de los árboles. El silencio reinaba por todos lados, no pasaba ni la más leve brisa. Todo estaba en la más absoluta calma. La luna estaba cerca de alcanzar su cenit en su ascensión a los cielos. Justo cuando llegaba a la cúspide, el cielo se iluminó por unos instantes.

Por un momento la noche se volvió día. Los animales nocturnos corrieron a sus guaridas a protegerse de la claridad de la que rehuían toda su vida. La luz permaneció por unos instantes tras los cuales se fue debilitando hasta devolver a la noche su oscuridad. De la luna descendía un haz luminoso que iba bajando hacía el bosque. Dentro del haz se podía entrever la figura de una muchacha.

La figura fue bajando hasta un pequeño claro. Cuando los pies tocaron la roca que cubría aquella parte del bosque, absorbió la luz en su cuerpo y quedó suspendida en el aire durante unos instantes. Se rebeló como una belleza inimaginable. Sedoso cabello plateado que le caía sobre la espalda, brillantes ojos plateados en los que se podía descubrir la luna, y un largo vestido blanco con adornos hechos en fino hila plateado que resplandecían en medio de la oscura noche.

Se levantó una suave brisa que acarició a la muchacha. Aquel tenue contacto hizo que dejara de estar suspendida en el aire, poniendo por fin los pies en el centro de un círculo de piedra. En este se hallaba grabada una estrella de cinco puntas con una media luna detrás suyo, con una inscripción en el borde del círculo.

La joven miró a su alrededor esperando ver aparecer a alguien, y se dio cuenta que en aquel bosque no había nadie que pudiera haberla invocado. Ningún animal podía invocarla, solo sus servidores podían llamarla, y ninguno de ellos huiría de su señora. Sin embargo debía haber un motivo por el que estuviera en la Tierra, en esa hermosa bola azul que divisaba desde su palacio en la Luna.

No podía irse de vuelta a su hogar sin saber el misterioso motivo por el que había sido invocada. Se convertiría en un misterio que le carcomería la cabeza por días, quien sabía hasta cuándo. Su única solución era llamar a sus asistentes para que la ayudasen a resolver aquel misterio. Creó en su mano dos bolas de luz que apenas una vez creadas salieron de su mano y se internaron en el bosque en distintas direcciones.

Mientras esperaba, se paseó por los alrededores del círculo de invocación buscando por quien la había invocado, sin resultado alguno. Finalmente se sentó encima de una roca con aspecto de trono. No tuvo que esperar mucho tiempo hasta que vio aparecer por entre los árboles la oscura figura de un gran can, que fue saltando los obstáculos que suponían las raíces de los árboles, troncos caídos…Cuando llegó a la altura de la joven, realizó una reverencia.

-¿Me habéis mandado llamar mi señora Selene?- dijo con voz gutural el lobo. A la luz de la luna se podía distinguir el pelaje grisáceo de su lomo. En sus palabras imprimía el profundo respeto que tenía para con su señora.

-Así es Tsuki. También he llamado a Yue- dijo con voz pausada Selene. Su voz era suave y hermosa, con un toque dulce, como toda ella. Sonaba muy armoniosa.- Os contaré los motivos a los dos al tiempo, mi buen amigo.

Tsuki realizó nuevamente una reverencia y fue a sentarse al lado de su ama a la espera de Yue. No pasó mucho rato hasta que Tsuki captó el batir de alas que anunciaban la llegada de Yue. Su sombra apareció recortada por los árboles y de vez en cuando se la podía ver gracias a los rayos de luz que se filtraban por entre los árboles. Se trataba de una pequeña lechuza gris cuyas alas batía con fuerza y de forma rápida. Al llegar al claro se posó en una rama cercana enfrente de Selene.

-Lamento la tardanza mi señora, pero me hallaba lejos de aquí- dijo haciendo una reverencia a la gran dama. El lobo Tsuki fue a reunirse con ella.- Espero podáis perdonarme.

-No hay nada que perdonar Yue. Lo entiendo perfectamente- le tranquilizó. Se puso de pie y entró nuevamente en el círculo.- Os he llamado porque alguien me ha invocado, pero cuando he llegado no había nadie. Quiero que me ayudéis a resolver el enigma.

Ambos compañeros se miraron con perplejidad. Ninguno parecía saber nada. Tsuki se adelantó ante la atenta mirada de Yue. Selene le miraba intrigada.

-Os puedo decir que no he visto a nadie. Esta noche he estado merodeando por la zona- habló con voz clara. Después pareció dudar y volvió a hablar.- Aunque una sombra esquiva se ha estado paseando esta noche. Podría haber sido ella.

-Yo también la vi, estaba saliendo del Templo. Pensé que se trataba de un fiel que iba de forma tardía a adoraros- dijo Yue desde la rama del árbol.

-Pues iremos allí a ver qué es lo que encontramos- fue la decisión de Selene. –Vosotros me acompañareis. Vamos, el camino hasta el Templo es largo y solo tenemos hasta el alba.

La diosa emprendió el camino franqueada por sus acompañantes. Se internaron dirección sur. A medida que avanzaban los árboles se encontraban más distanciados y dejaban entrar la luz de la luna llena iluminando el camino a seguir, un camino que se conocían. A su paso los animales nocturnos dejaban de lado sus actividades para ver pasar a la divina comitiva.

Al cabo de un buen rato, llegaron a un claro presidido por una enorme cascada que llenaba continuamente el caudal del río. Se acercaron a la pared abrupta en la que estaba esculpida de forma perfecta una escalera que llevaba hasta la cima del acantilado. La escalera estaba en perfectas condiciones y todos los escalones estaban iluminados por velas. El ascenso fue rápido al llegar a la cima se podía ver como el Templo de Selene presidía el acantilado.

El templo estaba hecho de mármol blanco que resplandecía bajo la luz de la luna llena e iluminado por cientos de velas que cada noche se encargaban de encender los sacerdotes. El acceso al templo se llevaba a cabo a través de las escaleras, flanqueadas por sendas columnas, que llevaban al atrio. Desde allí se accedía al interior del templo que contaba con columnas a ambos lados hasta llegar al altar desde donde una estatua de Selene de pie, sosteniendo en su mano derecha el astro que protegía. Delante de la estatua se hallaba el altar y enfrente de este, en el suelo el mismo círculo de invocación del bosque.

Tsuki y Yue se adelantaron. Yue únicamente sobrevoló la sala rápidamente hasta posarse en la luna que sostenía la estatua. Tsuki por su parte se tomó la tarea más en serio y se dedicó a olfatear cada centímetro del suelo hasta llegar al altar, donde se detuvo.

-Mi señora venid a ver esto- dijo Tsuki señalando el círculo de invocación.- Alguien a abandonado a un cachorro humano.

-¿Qué dices Tsuki?- preguntó Selene perpleja acercándose a donde se encontraba el lobo.

Cuando llegó al centro de la nave se dio cuenta de que lo que decía Tsuki era verdad. Corrió el tramo que le faltaba y se arrodilló en el suelo para ver mejor al infante. Se trataba de una niña con un incipiente pelo rojo como el fuego. La cogió en brazos con mucho cuidado, aguantándole bien la cabecita, como la experta madre que era, y se levantó. Se encontraba dormida ajena a la visita divina y a su abandono. No debía de tener más que unos pocos meses.

Enseguida se ganó el cariño de Selene, la veía tan pequeña e indefensa que no tenía ganas de soltarla. El bebé se despertó y, lejos de llorar, tendió sus pequeños bracitos hacia la cara de Selene riéndose de algo que solo ella sabía. Tenía los ojos dorados y su risa era como escuchar un millar de campanillas.

Aquel gesto conmovió a Selene. Alzó a la niña en brazos por encima de su cabeza. La luz de la luna que entraba por un tragaluz le daba de pleno. Su piel canela centelleaba bajo la luz y en sus ojos centelleaba el fuego del sol.

Estaba claro que no era una niña normal, era especial y aunque ignoraba el porqué de su abandono, estaba segura que su invocación se debía a aquella niña. Su deber era hacerse cargo de la niña, no tenía la menor duda. La criaría junto a sus hijos mellizos. Tendría un futuro.

-¿Qué vais a hacer con ella mi Señora?- preguntó Yue que había descendido sobre el altar, curioso.

-Se viene conmigo Yue. Mi pequeña Ascua- dijo embelesada y sin apartar los ojos de la niña.- Será mejor que vuelva a casa. Intentad averiguar algo acerca de la niña y comunicádmelo. Si no, no os preocupéis.

Tsuki y Yue hicieron una reverencia indicando que habían entendido las órdenes. Mientras Selene entró en el círculo sin apartar los ojos de la niña. Volvió a aparecer el misterioso haz de luz procedente de la luna y ambas ascendieron por él. Selene volvía a casa y Ascua estaba por descubrir su nuevo hogar.

Cuando llegaron al palacio en la luna les esperaba un hombre de pelo moreno, ojos azules y sonrisa de ensueño. Iba vestido con un traje plateado y camisa blanca. Cuando vio aparecer a Selene se acercó a recibirla pero se paró de golpe al ver el bulto que llevaba en sus brazos.

-¿Qué llevas ahí Selene? ¿Es lo que creo que es?- preguntó abrazándola y besándole la frente.

-Endimión es nuestra nueva hija, Ascua- dijo con dulzura la diosa mirando con gran cariño a su marido. Este enarcó una ceja esperando saber más.- Me invocaron pero quien quiera que lo hiciera desapareció. Fuimos al Templo y allí la encontramos. Es una niña especial. Lo he visto. Aquí tendrá una familia que la querrá mucho más de lo que podía imaginar.

-Como desees Selene- se separó de su esposa y realizó una reverencia. Después volvió a abrazarla.- Es tarde. Será mejor que descanséis.

-Tienes razón pero antes llevaré a la niña a la habitación de Diana.

-Te acompaño.

Se deslizaron por los pasillos del palacio. No se toparon con nadie. Sus pasos resonaban en el suelo pero la niña miraba curiosa a su alrededor. Los grandes vitrales mostraban la Tierra como una enorme bola azul, hermosa y frágil. A la mitad del pasillo se detuvieron ante una gran puerta blanca con el símbolo de la luna tallado en el medio. Endimión abrió la puerta y entró en silencio, Selene le siguió. No encendieron las luces para no despertar a la durmiente Diana.

La luz apenas entraba en la habitación y dejó en la gran cuna a Ascua durmiendo con Diana. Ascua levantó sus bracitos, no quería dormir. Selene viéndolo le puso un dedo sobre la frente y poco a poco Ascua cayó en un profundo y dulce sueño.

Ascua creció con sus hermanos adoptivos a los que quería sobremanera. Sabía que no era la hija de Selene y Endimión, pero no le importaba. Jamás preguntó quién era ni como había llegado a la luna. Se contentaba con ser feliz y contar con una familia que la amase.

Aprendieron de Yue el conocimiento que este poseía del mundo humano y el divino. Tsuki, en cambio, les enseñó el arte de la caza así como la compasión para con sus víctimas y el equilibrio que debía haber en la escala alimenticia. A menudo organizaban partidas de caza, siempre vigilados por Tsuki. Diana se hacía más fuerte por la noche, cuando brillaba la luna en el cielo estrellado. Mientras que Ascua y Febo lo hacían cuando el sol iluminaba el firmamento.

Este hecho preocupaba sobremanera a Selene, no por el hecho de que ambos se sentían atraídos por el hecho de compartir la fuerza del sol, sino más bien porque no paraba de preguntarse quién era realmente la misteriosa niña que encontrara en el bosque. Poco antes de encontrarla y tras dar a luz a Febo y Diana, su hermano Helios, dios del Sol, desapareció sin dejar rastro, dejando como su sucesor a su recién nacido sobrino. Pero el signo que debía tener como futuro dios del sol, no le había aparecido más que la mitad. Y estaba segura que esa niña estaba relacionada con su hermano.

Pronto los mellizos cumplirían los novecientos años reglamentarios que les otorgaba la mayoría de edad y les serían traspasados los deberes de los dioses a través de un ritual. Diana y Febo estaban muy emocionados ante el inminente día. Ascua estaba ansiosa por ver el ritual, sin embargo también estaba triste. Ella jamás tendría nada parecido. Era una simple humana que tenía el gran honor de vivir con la diosa Selene en su palacio de la luna.

A medida que se acercaba la fecha, más distante y huidiza se volvía Ascua. No podía soportar el ajetreo que se vivía en el palacio y decidió viajar a la tierra, al lugar donde había nacido. Viajó directamente al Templo dedicado a Selene. No era la primera vez que lo visitaba, ya había acudido en otras ocasiones en busca de alguna pista que dijera quien era. Alguna pista que hubieran obviado Yue y Tsuki. Como en ocasiones anteriores, no encontró nada.

Salió fuera del Templo mirando al horizonte desde el acantilado. Era una vista preciosa en esa época del año. Los árboles teñidos de marrón, rojo y amarillo, la hacían sentirse parte del paisaje. De pronto oyó un hermoso canto, un canto que le infundía fuerzas y se llevaba su tristeza. Se sintió hechizada por su música, jamás había oído nada como aquello, le llegaba al alma empujándola a buscar el origen de aquel canto.

Se adentró en la espesura del bosque. Anduvo durante mucho tiempo embelesada por tan magnífico canto, tanto que el sol y la luna se pusieron en varias ocasiones. Apenas fue consciente del paso del tiempo, hechizada como estaba. Finalmente y tras mucho andar se encontró ante una verja de oro que pareció sacarla de su ensoñación.

Ascua miró en todas direcciones tratando de encontrar algo que le resultase conocido. Pero aquel lugar estaba envuelto en una intensa niebla que se tragaba todo más allá de ella y las verjas. La canción seguía sonando con más intensidad. Procedía del interior de la verja. Con mano trémula tocó la verja. Sintió un fuerte calor en su mano y una luz la cegó. Para cuando se recobró, se abría ante ella un magnífico jardín. El más bello que había visto. Todas las plantas, árboles… conocidos parecían hallarse ahí.

Ascua recorrió el jardín, buscando incansable al responsable de tan magnífica canción. Su oído privilegiado de cazadora experta la llevó a lo que parecía ser el centro del jardín. Allí se alzaba un magnifico roble y, en lo alto del árbol, pudo ver un ave cantar. No era ninguna a la que hubiese dado caza o que hubiese estudiado. Se trataba de un magnífico pájaro rojo, del tamaño similar a un cisne, y en sus plumas resplandecía el fuego del sol.

Con gran habilidad se encaramó al árbol y fue subiendo hasta llegar a lo alto de todo. El ave no salió volando, sino que se quedó en su lugar dejándole un hueco a la joven. La miró con curiosidad con sus grandes y profundos ojos dorados, iguales a los suyos. En ellos observó, como años antes hiciera Selene en los suyos, el fuego del sol.

"Hola Ascua. Te he estado llamando" oyó en su cabeza una voz que supuso era la del ave.

-¿Cómo sabes mi nombre? ¿Qué eres? No había visto nunca nadie como tú- dijo con inocencia.

"Soy Soleil, el ave fénix que sirve al sol" dijo desplegando las alas sin llegar a darle y volviendo a plegarlas. "Y te conozco desde que eras un bebé. Te he estado observando desde entonces."

-¿Sabes quién me abandonó?- preguntó esperando encontrar una respuesta tras tantos años de incógnita.

Soleil la observó durante largo tiempo antes de contestar.

"Fue una de las sacerdotisas de mi señor" contestó. Después añadió. "Corrías un gran peligro y yo mismo aconsejé a mi señor que debía ocultaros. Y qué mejor que con su hermana Selene. Diosa de la Luna y madre de mellizos de tu misma edad."

-Dices tú señor. ¿Quién es?- tras pronunciar estas palabras se lo pensó un momento. Por fin ató cabos.- Acaso es Helios mi padre. Pero por qué, por qué se ocultó, que fue de mi madre…

"Pequeña Ascua, como tú has dicho mi señor es Helios y también es tu padre"- no apartó los ojos de Ascua cuyos ojos se humedecían por momentos. "Cuando tu naciste, se produjeron en el sol una serie de anomalías que tuvo que sofocar. Vuestra madre murió en el parto y su única opción era entregaros a su hermana. Lejos de preocuparla prefirió no contarle nada. Se puso al frente de su ejército solar y partió al frente. Nunca más supimos de él."

Ascua no pudo reprimir el llanto y se puso a llorar. No quería que Soleil la viera de esa manera y descendió entre sollozos y se sentó a la sombra que le ofrecía el roble. Sin embargo Soleil también descendió y se colocó a su vera esperando que dejase de llorar. Para ello empezó a entonar una dulce canción.

La canción dio sus frutos y dejó de llorar. Levantó la cabeza y se abrazó al fénix. Parecía una niña pequeña que se abraza a un preciado juguete.

"No llores pequeña. No llores por los que ya no están y alégrate por los que viven. Vuelve a casa joven diosa" Soleil alzó el vuelo, y se perdió en el horizonte próximo al sol.

El jardín desapareció ante sus ojos y se encontró de vuelta en el templo, en su entrada al pie de las escaleras. Parpadeó unas cuantas veces hasta que se pudo ubicar. Era de noche y la luna brillaba con fuerza. Había llegado el día del ritual de sus hermanos adoptivos. Entró en el templo y se situó en el círculo de invocación para volver a casa.

Allí la esperaban Diana y Febo con rostros preocupados por el tiempo transcurrido desde que se fuera. Ambos estaban vestidos con sus mejores galas.

-Ascua ¿dónde estabas? nos tenías preocupados- dijo Diana acercándose y abrazándola.- Madre hasta mandó a Tsuki y Yue a buscarte pero no encontraron tu rastro. Oh estaba muy triste, no paraba de murmurar tu nombre. Creía que te había perdido como al tío Helios.

-Tranquila Diana. Creo que perdí la noción del tiempo. Lo siento- dijo Ascua bajando la vista.

-Me alegra verte Ascua. Vamos será mejor que te prepares para la ceremonia- dijo Selene apareciendo por el fondo de la sala. Ascua se lanzó a abrazarla. La diosa la acunó como cuando era niña.- Lo tienes todo preparado en tu habitación. Yo te ayudaré.

Ambas salieron de la habitación ante la atenta mirada de Febo que no se había movido pero cuya cara reflejaba alivio.

Apenas tardó un cuarto de hora en estar lista. Vestía un hermoso vestido verde esmeralda y bordado dorado. Cuando volvieron a la habitación esta se había ido llenando de gente importante. Tsuki y Yue también se encontraban al lado de Endimión y de los mellizos. La sala entera estaba atenta a la llegada de Selene y por ende Ascua tuvo una gran entrada que no pareció importar demasiado a sus hermanos que la aplaudieron.

Ascua se posicionó enseguida al lado de Diana tratando de pasar desapercibida. Selene se adelantó a presidir tan magno acontecimiento.

-Amigos del Sol y la Luna bienvenidos. Hoy hace novecientos años nacieron Diana y Febo los mellizos de la Luna y el Sol. Nos hemos reunido aquí para transferirles las responsabilidades que implica ser un dios. Tras la desaparición de mi homólogo y hermano Helios, se produjo un desequilibrio en el cielo, desequilibrio que hoy llega a su fin. Diana hija mía acércate.

Diana se acercó al centro de la sala donde se encontraba su madre. Esta hizo aparecer un báculo con el símbolo de la Luna grabado en la parte superior. Era el mismo símbolo del círculo de invocación. Selene lo cogió con las dos manos y lo mismo hizo Diana.

-Por el poder de la Blanca Luna y las sombras de la noche traspaso tu poder a tu nueva ama. La corte Lunar es testigo de tu aceptación en tu nueva responsabilidad. Báculo Lunar de ahora en adelante responderás ante Diana, la nueva Señora de la Luna- pronunció Selene. El hechizo hizo efecto pues al terminar se iluminó y pasó su brillo a Diana.

Selene soltó el báculo y se pudo contemplar como Diana tomaba un aspecto más majestuoso y maduro. Se volvió más bonita. Toda la sala se inclinó ante su nueva señora. Cuando se levantaron nuevamente Diana se posicionó a un lado pero sin volver a su anterior puesto.

-Y ahora demos la bienvenida a Soleil, segundo al mando de mi hermano Helios y el encargado de transferir el poder del Sol a Febo.

De la nada apareció una bola de fuego tras la que se materializó Soleil que se colocó en una percha colocada donde anteriormente se encontrase. En su cuello portaba un báculo en miniatura.

"Febo, heredero de mi señor Helios, acércate. Ascua, hija del señor del Sol, acércate" ante aquella revelación, todos los presentes se quedaron estupefactos mirando a Ascua, a la que creían una simple humana.

Selene fue la única que no se sorprendió pues hacía ya tiempo que sospechaba de la identidad de la joven. Ascua se acercó algo intimidada por todas las caras que la miraban. Cuando llegó al centro y miró a Febo este se mostraba incrédulo y no apartaba la vista de su hermana.

"Tomad en vuestras manos este báculo símbolo del poder del Sol" el báculo que portaba en forma de colgante se desprendió de su cuello y se transformó en un báculo similar al que portaba Diana en esos momentos. Ambos pusieron las manos con determinación en el mango. "Por el poder del fuego eterno del sol, quedan aquí establecidos tus nuevos señores. Señores del Sol y reyes fénix. Ante la corte de la Luna Blanca, hasta ahora su hogar, toman consciencia de sus nuevas responsabilidades."

El fuego les envolvió por completo durante unos instantes. Poco a poco el fuego se fue apagando mostrando a los presentes a los magníficos nuevos dioses del sol. El fuego les había sustituido la ropa por otras más majestuosas, incluyendo una corona. El báculo se había dividido en dos. Todos se arrodillaron ante los nuevos dioses del sol.

"Ahora vuestro hogar será el resplandeciente palacio solar. Os están esperando desde hace mucho tiempo" fue lo último que dijo Soleil antes de desaparecer en una bola de fuego.

Tras la ceremonia Febo y Ascua fueron a despedirse de su familia, pues debían partir con presteza a su nuevo hogar, un hogar que llevaba abandonado desde que desapareciera el anterior dios Helios. Selene se sentía muy orgullosa de sus hijos, especialmente de Ascua, la niña abandonada hija de un dios. Tras la despedida, ambos partieron a su nuevo hogar, donde reinarían para siempre.