Geryk Rompetormentas había vivido más de cincuenta veranos e inviernos, había visto caer más hombres ante su espada que soles en el horizonte y sembrado más miedo que grano para el pan.

Estaba listo para colgar su armadura, dedicarse al campo y a la mujer con la que quería despertar todas las mañanas, a los hijos que vio crecer desde lejos y al ganado que le daría sustento. Dejó su bélico legado en manos de su ahijado, entregando su escudo a futuras generaciones de valientes, y se acostó a dormir por tres días con sus noches.

Abrió sus ojos y, con su esposa al lado, comenzó una nueva vida igual de dura pero más tranquila.

Transcurriendo entonces diez años de leños cortados, huevos empollados, lana trasquilada y risas ante la hoguera. En ningún momento pensó en unirse a otra guerra, pues dar vida resultó ser más gratificante que quitarla, así fuese en pequeños gestos como ayudar a una yegua traer a su potrillo al mundo o plantar el árbol del cual comería cuando diera sus frutos.

Geryk era feliz.

Al menos, la mayoría del tiempo.

En sus sueños, un águila gritaba su nombre mientras planeaba sobre las montañas oscuras, dibujando un mapa en el cielo que lo guiaría a un reino cuyo nombre susurraban leyendas casi olvidadas. Geryk, ven por la gloria, levántate y anda, encuéntrame.

Tantos años oyendo al animal resultaron en su imaginación volando más alto que la parlanchina águila, ya que no había otra explicación para oír a sus ovejas repitiendo tales palabras.

Luego de descubrir que también escuchaba el susurrar de los labios de su caballo preferido, se acostó pensando en cómo le comentaría a su esposa de su situación. Tal vez visitasen al curandero del pueblo vecino, tal vez lo dejase emborracharse en la taberna más cercana. Alguna solución tenía que funcionar.

Derrochó cuanta moneda pudo hacia sanadores y posaderos pero no hubo brebaje o licor que calmara sus pesadillas. En algún punto, su esposa lo dejó seguir su camino solitario, negándose a soltar el anillo de oro con el cual se habían prometido. Ahogado en su delirio, Geryk no se dio cuenta de su abandono y le hablaba al espacio vacío, imaginando la voz de su mujer junto a las tantas otras que oía.

Durante su camino, conoció y reconoció figuras que lo acompañaron por cortos trechos de su travesía, nunca encontrándose una con otra y jamás manteniendo una misma dirección por más de tres días. Entre ellos, eran de recalcar Iranon, el príncipe mendigo en busca de Airá; el Don que luchaba contra molinos, junto a su escudero quejumbroso; y a su propio hijo.

Docenas de palomas le he mandado, padre, dijo el primero de su sangre a Geryk mirándolo con ojos que no eran ni suyos ni de su mujer. No eran ojos en absoluto, sino espejos donde podía reflejarse todo lo que veía excepto a sí mismo.

Es imposible, le respondió buscando inútilmente su reflejo, porque lo único que sobrevuela estas planicies es un águila que me habla más que tú.

Su hijo no emitió más palabras las noches restantes, desapareciendo a la tercera. Geryk continuó, ausente de sí mismo y sin hablarles a los viajeros que se encontró luego, cosa que no hizo falta pues con nadie más se cruzó. Ni en su escalada por las montañas nevadas, ni en su caminata por el desierto rojo. Ninguno de los ríos de los cuales bebió, ni por arriba ni por abajo, daban con poblados, solamente las ruinas de tiempos anteriores que decoraban el paisaje le servían como señal de humanidad.

Tanto la barba como las uñas le crecieron, pero la caza mantenía estas últimas cortas y rotas. En la quinta primavera de su viaje, o tal vez la sexta ya que el tiempo no era de importancia para alguien que había dejado de vivir, amanecía todas las mañanas con trenzas y flores a lo largo de sus cabellos. El invierno que lo siguió, su caballo dejó de andar. Geryk, sin pesar alguno, le brindó una muerte veloz y se alimentó de su carne cruda.

Con las flores, las ropas y las barbas entintadas de un rojo que olvidaría lavar, alzó las manos hacia el cielo cuando el sol se levantó. El águila, que lo acompaña dependiendo de si Geryk la recordaba o no, se posó en sus manos huesudas para señalarle con su pico al norte.

Caminaría, entonces, cinco años más con el sol saliendo a su derecha y acostándose a su izquierda. Perdió tanto sus cabellos como sus ropas pero no existía frío o calor que su cuerpo notase. Ya cerrar los ojos le resultaba inútil, pues sus visiones llevaban mucho, mucho tiempo siendo su única compañía.

Que sus esfuerzos hayan tenido algún resultado o no, dependerá de alguien más, pues cuando se encontró frente a frente con unas magníficas puertas de oro y diamantes, con sonidos hermosos y olores suculentos, Geryk despertó.