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Pocas personas hubieran reaccionado como lo hizo Aria Gaos después de aquel día. Estaba feliz de que Lyopolde finalmente te hubiera salido de su agujero, pero estaba preocupada de que a cada dos pasos se pusiera a conversar con la nada.

No sabía si era pasajero, o si a Lyopolde de verdad lo habían vuelto loco al golpearlo en la cabeza. El doctor Gaos afirmaba que estaba bien físicamente, aunque la realidad era que su comportamiento delataba que algo imprescindible había cambiado. Durante aquellos primeros días Aria se pegó a él de forma protectora, estaba segura de que pasaba por esa etapa de negación y conflicto, no se atrevió a decirle ni a recordarle que Zureo estaba más que muerto.

Pero los días pasaban y las cosas se volvían conflictivas, una mañana mientras hacían las compras tuvo la mala fortuna de que Ruco Soria descubriera su estado, las carcajadas recorrieron las calles del pueblo acompañadas de burlas desmedidas, Aria no consiguió callarlo antes de que difamara por todo Balor que el hijo de la forastera se había vuelto loco, que estaba tocado de la cabeza y que se la pasaba hablándole a la nada.

La vida se volvió insufrible desde aquel día, no porque a Lyopolde le dolieran semejantes difamaciones, sino porque aquel arranque de locura había tenido consecuencias secundarias en el lugar menos esperado, la familia Gaos de pronto se vio encerrada y acorralada entre las habladurías, y el prestigio que había ostentado desde que se tuviera memoria había comenzado a tambalearse en una cuerda floja de forma alarmante y peligrosa, solamente por el hecho de que la más joven de sus integrantes hubiera forjado amistad con aquel chico extraño, el forastero, el que había criado a bestia, el ser de ojos indefinidos que no tenía cabida en ese mundo.

Temiendo que las cosas brincaran a otro nivel Aria se aferró a la esperanza de que con palabras suaves Lyopolde finalmente soltara el recuerdo de Zureo, pues de seguir por ese camino ambos terminarían recorriendo un sendero doloroso, no deseaba que al final de cuentas la obligaran a elegir entre su único y mejor amigo y su familia.

─Ya no está─ clamó tomándolo del rostro mientras lo miraba de manera triste.

Aquella tarde trató de convencerlo de que dejara de hablarle al Zureo imaginario. Lyopolde rodó los ojos y posó su vista en un punto fijo, sonrió de forma tímida y dejó que ella lo abrazara.

─Ya no está…─ le volvió a repetir─ por favor Lyo no hagas que esto nos separe.

─ Pero negar su existencia seria como mentirte, y yo te quiero Aria, no quiero decirte mentiras.

─Solamente no le hables─ musitó de forma suplicante, nuevamente le acarició la cabeza sin poder apartarse de su sitio.

Aunque inevitablemente terminaron como un par de exiliados, cada sitio, cada tienda, cada calle que recorrían estaba plagada de burla y desprestigio. Un domingo cerca de la abadía hizo su aparición la gota que derramo el vaso, Ruco Soria, se había presentado acompañado de sus padres y con descaro desmedido bufó a los cuatro vientos "¡Allí va la amiga del loco!". Aún estaba molesto por el hecho de que Aria lo hubiera humillado en el pasado y no había encontrado mejor manera de vengarse que la que el propio y despistado Lyopolode le había proporcionado.

Nunca en su corta vida sintió tanta vergüenza, y cuando decenas de miradas se posaron sobre su persona entendió que por mucho que adorara a su amigo no podría vivir entre tanto rechazo. La mirada que le lanzó su madre aquel día fue lo suficientemente clara, no habría segundas oportunidades. La suerte estaba echada.

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Ajeno al escándalo, Lyopolde tenía otras preocupaciones, sus ojos marrones y tristes se posaron sobre la silueta de Rosa D´Astori. Aquel día sin embargo la anciana volvió a mostrarle una sonrisa convenciéndolo erróneamente de que el tiempo no menguaba su existencia.

─Ven aquí Bambino. Y cuéntame ¿Qué es lo que te acongoja?

─Aria esta distante conmigo estos días─ musitó de manera nostálgica mientras se sentaba a su lado, tal y como solía hacerlo siempre, simplemente sobre el piso, a un lado del sillón de la abuela.

─Habrás olvidado algo.

─ ¿Olvidado?─ clamó ladeando la cabeza.

Durante segundos enteros se quedó perdido, hasta que cierto recuerdo volvió a su memoria.

─Ya pronto es el día─ rechistó de manera apresurada, se riñó a si mismo por casi haberlo olvidado, y entonces, de pronto se sintió como un idiota y malagradecido. No tenía regalo ni mucho menos dinero para comprar uno, pero la experiencia le había enseñado, y había encontrado en el fondo de sus corazonadas la solución perfecta a su dilema.

─Toma esto─ espetó la anciana esbozando una curiosa sonrisa, de manera graciosa le tendió una aguja ensartada con un hilo color naranja.

─Aún no sé si estoy listo─ respondió bajando la mirada con sonrojo.

─Lo estás.─ y simplemente volvió a sonreírle.

Tomó el objeto mostrando ojos fuertes y decididos, era extraño, pero en ocasiones como esas Rosa creía ver en su mirada un color zafiro verdaderamente reluciente. Lyopolde era un chico de naturaleza tímida por lo que raramente sus iris llegaban a mostrar ese tipo de coloraciones.

Tiempo después finalmente llegó ese triste día, aunque Lyopolde nunca imaginó que su mundo cambiaria tan de repente. Esa mañana se levantó temprano, se aseó más de lo que jamás lo había hecho en la vida, y con ánimos desmedidos llamó a Zureo a que lo acompañara. Rosa de D´Astori lo observó marcharse y con un suspiro melancólico cerró los ojos escuchando como su hijo adoptivo traspasaba la rejilla de la entrada.

─Señorita Gaos, ¿hacia dónde giraras la rueda del destino?─ musitó para ella misma entre el silencio. Aquella mañana no preparó su rueca ni sus hilos, abandonó el telar que durante décadas había sido su fiel compañero, solamente se quedó sentada en su sitio, preparando una sonrisa o en su defecto un abrazo de consuelo.

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Parecía un día común y corriente, tan corriente que el doctor Gaos no había suspendido sus labores, le había pedido a Aria que disfrutara de aquella fecha con su madre, pero la chica estaba ausente en ella misma, no había salido a las calles desde el incidente con Ruco a las afueras de la abadía, y para su pesar, desde entonces había cargado con ese malestar en su estómago, ese sentimiento de repulsión y exilio que crecía más y más con el transcurrir de los días. Tampoco había ido a visitar a Lyopolde, ya no sabía si era prudente, le había rogado de manera desmedida que dejara de hablarle a "la nada" aunque él no parecía haber cedido del todo.

Suspiró de forma acongojada, él tampoco se había tomado la molestia de visitarla.

Pensaba en cosas complejas cuando cierto golpeteo resonó en los cristales de la ventana, alguien clamaba su nombre desde la parte externa, rápidamente se sacudió los pensamientos y con curiosidad innata fue a asomar la cabeza por ese sitio. Lyopolde la tomó por sorpresa, estaba parado justo en ese lugar y daba brinquitos de vez en cuando para tratar de ver hacia el interior de la estancia cuya ventana sobrepasaba por mucho el nivel del suelo de la avenida.

─Aria─ La llamó de nuevo.

La chica se debatió entre la indecisión que había mermado en su alma en los últimos días y el deseo de volver a acompañar su amigo, aunque al final aquellos ojos verdes amielados volvieron a llamarla, por extraño que pareciera no podía negarle nada cuando lo miraba con esos ojos de cachorro. Se despidió del Doctor Gaos y salió del consultorio, afuera volvió a respingar con cierta sorpresa cuando el chico se le colgó de brazo y al mismo tiempo la arreó hacia las lindes del bosque, parecía tener demasiada energía así que durante los primeros minutos decidió seguirle el juego sin preguntar demasiado.

─Oye, ¿A dónde me llevas?─ le gruñó de un modo fingido aunque se notaba a leguas que detrás del regaño se escondía su típico tono de cariño.

─Es una sorpresa. Perdona que no haya venido antes, me enfrasque en una lucha a muerte con la cocina de la abuela ésta mañana.

─ ¿Con la cocina?─ espetó con tono incrédulo, abrió los ojos de forma sorpresiva sin poder imaginar que rayos habría estado haciendo, fuera de eso, había otra cosa que la había dejado algo anonadada y era que el chico llevaba casi una decena de banditas en las manos, le había preguntado al respecto pero él había evadido la respuesta con una risita socarrona.

Cuando finalmente llegaron al sitio Aria seguía completamente perdida, Lyopolode la había guiado hasta un par de árboles con numerosos ramales en los cuales había colgado una sábana blanca atada con un ligero nudo corredizo. Era como si hubiera querido ocultar algo a propósito aunque por detrás de la tela se notaba que había colocado una mesita.

─ ¿Qué rayos es esto?─ Clamó perpleja y confundida.

─Es, mi sorpresa claro está.

Aria negó con la cabeza de manera inocente.

─ ¿Y la sorpresa es…?

─ ¡Zureo!─ clamó emocionado interrumpiendo la pregunta.

Y por primera vez en aquel día sintió que se le retorcía el estómago, no sabía cómo expresarlo pero escuchar el nombre del can difunto trajo de golpe a su memoria aquellos recuerdos desagradables de ese día en la abadía, se sintió herida y mancillada, era como si Lyopolde la hubiera herido a traición de mala manera.

Un extraño sentimiento de odio nació en su corazón en aquel instante.

Lo odiaba. Lo odiaba de sobremanera, odiaba a Zureo por haber trastornado la mente de su compañero, por haberle arrebatado la cordura al único ser que le había ofrecido una amistad sincera.

─ ¿Qué rayos estás haciendo?─ escuchó que preguntaba casi en tono avergonzado─ Esto…, perdón Aria no se supondría que sucedería, tendría que haber desatado la sabana.

─Desatado… ¿Quién?─ preguntó sintiendo que en cualquier instante estallaría.

─ ¿Quién?, Zureo─ respondió sin perder la sonrisa─ Esta allá arriba ¿lo ves?, le dije que la desatara, aunque creo que no puede hacerlo─ rechistó rascándose la nuca─ no te preocupes enseguida subo árbol.

Caminó dos pasos antes de sentir que lo empujaban, entonces se viró perplejo y sorprendido, la expresión en el rostro de Aria le dio miedo y por mero instinto dio un salto en reversa. Nunca en la vida la hubiera imaginado dedicándole aquella mirada, esos ojos llenos de odio, literalmente la vio rechinar los dientes mientras tensaba la mandíbula.

─ ¿Aria?─La llamó. Sus ojos verdes ambarinos temblaron amenazando con desteñirse ante ese extraño sentimiento, aun sin saber que ocurría se acercó ella y la tomó tiernamente por las manos, estaba tensa, se deshizo de su cariño de forma brusca haciendo que nuevamente tanto sus pasos como su corazón se tambalearan.

─ ¡Por qué Lyo!, ¡Por qué!... ¡Te suplique que lo dejaras!, te rogué que volvieras a mi lado, pero en cambio parece que has decidido quedarte junto a Zureo, ¡hasta cuando vas a entender que está muerto!, ¡Es un fantasma!, solamente un delirio que te has inventado. Si crees que voy a seguir tolerando esto te equivocas─ gruñó dejando que sus emociones se descompusieran, que el odio y la rabia mermaran en su entendimiento, prosiguió con su reclamo dejando que su boca soltara palabras hirientes.

Dio la media vuelta en ese momento.

─ ¡Espera Aria!, no es lo que parece, no quería lastimarte tan sólo quería…

─ ¡Apuñalarme por la espalda, Lyopolde!─ rugió virándose cuando sintió que la tomaba por el brazo ─No tienes idea de lo que arriesgo estando contigo. Y pensar que te quería.

─ ¿Qué?

─Suéltame. No tienes idea de lo que siento, no quiero volver a verte, ¡Te odio!, ¡Te odio!

─Pero..,

─ ¡Te odio!─ gruñó con todas sus fuerzas.

Y eso había sido todo, había pronunciado dos simples palabras que le taladrarían el corazón durante la siguiente década. Simplemente había salido corriendo dejando a Lyopolde abandonado, sin mirar hacia atrás en ningún solo instante, no se dio cuenta de que sus palabras habían destrozado a un pequeño corazón noble, jamás creyó que se arrepentiría, pero si en aquel instante hubiera dado la vuelta se habría percatado de que aquellos ojos verdes ambarinos cargados de amor infinito se habían desmoronado entrando literalmente en un coma agonizante.

Era un día como cualquiera, pero era un día que Lyopolde jamás olvidaría, un día en el que el marrón del otoño se aferró fuertemente a su alma.

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Continuara...

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