PRÓLOGO

"En el albor de los tiempos, cuando el mundo empezaba su andadura, lejos, muy lejos… en la luna de resplandeciente cristal, hacía tiempo que los seres celestiales observaban atentos el devenir de aquel incipiente planeta. Los seres celestiales eran ángeles, la corte del Dios Supremo Shain y, bajo ellos se encontraba la cúspide de su creación, la obra más importante. Los ángeles tenían por misión velar por el futuro de aquel mundo.

Todos ellos resplandecían, eran seres de luz, con alas que se elevaban por encima del sol, lejano en el horizonte. Ya habían asumido por completo sus funciones esperando con ansia la llegada del mañana. Pero nadie se afanaba más que la más brillante de todos ellos Wiara, la encargada de cuidar las rosas de la vida.

Shain la observaba oculto a sus ojos, pues se había enamorado de ella. Un secreto que trajo la desgracia, y cambió el transcurso de la historia de un mundo que apenas nacía. Un ángel, celoso de la atención que recibía Wiara de parte de su Señor, cometió la más grande afrenta que podía cometer un ángel, traición seguida del asesinato. Por suerte Shain lo detuvo cuando se disponía a derramar la luz de Wiara.

Una lucha feroz se desató entre los ángeles. Los bandos estaban divididos entre aquellos que apoyaban al que fue, era y sería siempre su Señor, y por otro los que habían erigido como líder a aquel primer traidor. Wiara observó la lucha impotente, sintiéndose culpable por aquel enfrentamiento.

Y cuando todo parecía perdido, Wiara detuvo la contienda cegando con su luz a aquellos diablos. Shain se sirvió de ella para sellarlos y mandarlos a las tinieblas impertérritas del infinito. Sin embargo el poder de Shain había sido debilitado y los diablos pudieron escapar a su oscuro destino escondiéndose por un tiempo indeterminado de la furia de su antiguo Señor.

En su exilio planearon su venganza. Destruir lo que más quería, después de Wiara, su mundo, su maravilloso y bello planeta. Esperaron con ahínco su oportunidad. Así cuando los primeros seres inteligentes nacieron, escondieron en sus corazones tinieblas y se ocultaron entre ellos.

Los ángeles les descubrieron y con conocimiento pleno por Shain, decidieron contraatacar de forma pacifica y silenciosa. Ellos imbuyeron a los hombres con la luz y se manifestaron entre ellos durante un tiempo para darles su poder, antes de que fueran descubiertos.

Y de los ángeles y demonios, los daimones, surgieron los sentimientos como el amor y el odio así como las dos naciones más grandes que poblarían el planeta y que habrían de ser enemigas…"

Desde que tenía uso de razón y había aprendido a leer el idioma de mi maestro, había devorado con ahínco cada uno de los textos que se había traído consigo. De todos ellos, este había sido el relato que más me había gustado. Me parecía increíble y a la vez maravilloso.

Desde que lo leí entendí un poco más el motivo por el que ambos países nunca habían logrado llevarse bien a lo largo de la historia. Además daba sentido a aquella obligación que me habían impuesto al nacer. Era la historia del origen del bien y el mal así como de las naciones de esta Tierra.

Sin embargo, la historia se detenía de manera abrupta. Sentía que estaba inconclusa pero Jalong me dijo que esa era toda la historia, que lo que faltaba era lo que yo estudiaba acerca de los dos países. Sin embargo yo no lo tenía tan claro. Al final, cuando le insistía demasiado, y no sabía que responder…cambiaba de conversación.

-¡Amira!, ¡Amira!-oí como Jalong me llamaba desde la puerta de su habitación. Me hallaba oculta debajo de la mesa, pero no podía engañar a mi maestro.

Enrollé los rollos manuscritos que contenían el saber de su pueblo cuando vislumbré una ilustración. Nunca antes la había visto. Aparecía una joven vestida de blanco y envuelta en un aura extraña de luz en un jardín de rosas azules. Me quedé embelesada… En mi mente se formó la imagen del astro nocturno y a mi flotando ante él…

-¡Amira!-volvió a llamarme. A gatas salí de debajo el escritorio con los papeles. Trate de poner mi cara de niña buena, siempre funcionaba.- Con que estabas ahí pequeña Wira. Es tu hora de música. Pero antes, ven, tengo algo para ti.

Sonreí cuando me llamó Wira, significa Luz en su idioma. Me tendió la mano para ayudarme a salir del escritorio, y traté de acomodarme la ropa que llevaba. Jalong rió ante mi vestimenta. Era todo menos femenina.

Pensaba que si me vestía de hombre no me obligarían a hacer nada que no quisiera. Después de todo, los hombres eran los que ostentaban el poder cuanto abarcaba la vista. Pocas mujeres podían rivalizar con ellos y aún menos era a las que dejaban.

Jalong apretaba con fuerza el puño de su mano derecha, donde ocultaba alguna cosa. Miré sin apenas disimular su mano cerrada. Jalong todavía riendo me lanzó una mirada benevolente y me acarició los cabellos.

-¿Qué vamos a hacer contigo Amira?-no contesté. Tampoco Jalong esperaba una respuesta. Me indicó que me sentase en el futón delante de él y separados por una mesa tradicional.-Mi pequeña niña, se como te gusta mi mundo y sus costumbres… Y me alegro mucho que sea así… Que sientas curiosidad y deseos de saber más… Pero… -cerré los ojos esperando que me diese su veredicto como si se tratase de un juicio.- Intenta pedirme permiso la próxima vez. Se que no has entrado hoy sola por primera vez. No es de buena educación. Solo pídemelo y tendrás las puertas de esta habitación siempre abiertas, ¿de acuerdo?

Su voz suave y pausada, libre de enfado y serena, la que siempre lograba tranquilizarme, en está ocasión sirvió para avergonzarme. Bajé la mirada y la deposité en mis manos apretadas. Sabía que me estaba mirando aguardando esta vez por mi respuesta. No me atrevía a enfrentarlo cara a cara.

-De acuerdo. Lo lamento mucho no era mi intención… Yo solo quería… -mi voz trémula se convirtió en sollozos y mis manos se mojaron por las gotas que se deslizaban por mi cara.

Me embargó una sensación de culpa muy grande y todo el miedo que había pasado durante su reprimenda hizo mella en mí. Jalong levantó mi cara con una de sus manos, su mirada era conmovedora, y me secó las lágrimas que todavía brotaban de mis ojos.

-Tranquila. No pasa nada- me calmó, algo en mi cuerpo hizo que me sintiera mejor.-Se que no lo volverás a hacer, y desde hoy te doy permiso para entrar en mi cuarto siempre que quieras. Solo te pido una cosa. Que no se lo menciones a nadie, ni siquiera a tu padre, ¿está claro?

-Sip-sonreí y le abracé. Por nada del mundo quería perderme el saber de Jalong, aunque eso implicase mentir a mi padre.

-Bien, ahora que te he dicho esto y antes de empezar con la clase de música, te voy a dar un regalo- abrió su puño y sacó un pañuelo, bordado con motivos que había estudiado, y lo colocó en el centro de la mesa.

Hacía aguas en diferentes tonos de azul, el bordado estaba hecho en blanco y plata. Lo desenvolví con sumo cuidado pues entendí que se trataba de algo delicado. Se trataba de una gargantilla de cinta de organza azul con un camafeo, tallado en un cuarzo, que mostraba una rosa azul.

Había visto algunas joyas en los rollos de Jalong, y también en las tiendas de lujo de Liobo, pero ninguna me pareció tan hermosa como esa. Era sencilla pero no por ello se podía subestimar. Era algo que siempre decía. Alcé la vista de la joya y pude ver que no apartaba la vista de mi reacción.

-Amira la rosa azul es la más hermosa, misteriosa y rara de todas las flores que jamás haya existido sobre esta tierra. Al igual que esta rosa eres una mezcla entre exquisitez, seducción y encanto. Simboliza el amor divino, la magia que todos llevamos dentro de nuestros corazones. Es el reflejo del alma. Amira, tú eres única entre un montón de flores, única entre los tuyos. Inalcanzable e imposible.

"Pero recuerda que todo se puede imitar y el resultado es una belleza artificial, una belleza vacía. Como esta rosa, tu lugar no se encuentra aquí sino donde tu corazón y espíritu nacieron. No olvides mis palabras pequeña Mira. Es la mitad de dos, igual que tú y algún día deberás encontrar su otra mitad y entonces estaréis completos.

"Mientras no te separes de este colgante mi fuerza, mi poder y yo estaremos siempre contigo aún cuando ya no esté en este mundo. Es mi regalo Mira para que nunca me olvides ni mis enseñanzas ni a mi. Siempre estaré contigo.

Lo cogió y me lo ató al cuello, de pronto noté un calor que recorría todo mi ser y me sentí mucho más fuerte. Pero esas sensaciones desaparecieron tan rápido como habían llegado. Jalong pareció ajeno a ello, y por mi parte no le conté nada. No sabía que pensaría. Preferí guardármelo para mí, una voz en mi interior me decía que era mejor así.

Sacó de su viejo arcón un koto, una flauta travesera y unas partituras. La clase comenzaba y mientras tocaba apareció de nuevo aquella ilustración en mi mente, al igual que me vi de nuevo flotando ante la luna. No sabía de donde procedían las visiones pero era algo que no me importaba. Me parecían maravillosas.

En aquel entonces solo tenía siete años, y no entendí muy bien lo que me quiso decir. Incluso ahora, con el pasar del tiempo, tampoco lo comprendo del todo. Pero sus palabras están grabadas a fuego en mi alma. Han sido mi salvavidas. Mi confort ante el dolor que supuso su pérdida. Siempre que le echaba de menos, me sentía deprimida o nostálgica, me bastaba con tocar la gargantilla para sentirme parcialmente apaciguada.

Me gustaba el tiempo que pasaba con él era alegre y lleno de sorpresas, no todo era monotonía. A veces simplemente dejaba las clases de lado y permitía que fuera yo la que le enseñara cosas. Pero ese tiempo pasó, y no volverá. Se sumió en una profunda oscuridad.