Esta historia participa en el reto #8: "Liberemos la creatividad" del Foro "El Rincón Creativo"


El gato de Schrodinger

Kid es y fue mi gato. Era un gato de pelo largo color gris plata de la raza del bosque de Noruega, sus ojos eran ambarinos y a veces se tornaban verdes, era una bola de pelo adorable. Recuerdo que cuando llegó a casa no sabía su sexo, creí que era hembra y la llamé Kitty, con el tiempo me fui percatando del error y acabé por nombrarlo Kid, era mi pequeño e insistente niño gatuno. Mi madre no lo quería, era un gato callejero, lo echó varias veces de casa y a los cinco minutos ya estaba otra vez dentro, nadie sabía por dónde entraba hasta que lo atrapamos in fraganti colándose por un imperceptible agujero en la malla de la ventana, fue entonces que lo aceptó pues de todas formas se escabulliría. Pero Kid no era cualquier gato, era "El gato", apenas era un crío y ya era muy inteligente, mi abuela solía mandarlo a despertar a mi tío en las mañanas, entraba a su habitación y maullaba junto a su cama hasta que se levantaba —menudo despertador—; y el hecho de que fuera bien portado sólo lo hizo más atractivo para mi madre quién acabó por apreciarlo. Anoche soñé con él, por alguna razón había caído en cuenta de que al crecer había comenzado a ignorarlo, y queriendo recuperar el tiempo, lo tomé y lo abracé con fuerza, al acariciarlo noté el descuido en su pelaje, no lo había llevado al veterinario y necesitaba asearse, pronto acudí con él para darle tratamiento, y mientras esperaba, lo sujeté contra mi pecho dándole seguridad, estaba asustado, la sala estaba llena de otros animales, en especial un amistoso labrador que lo inquietó. Acunándolo lo acaricié y poco a poco se fue serenando, parpadeaba relajado y tenía una mueca como de una sonrisa, con las caricias su pelaje se fue abrillantando, y yo era feliz y él era feliz en mis brazos. Al despertar vi su foto junto a mi cama. Aún está fresco el último día que lo vi, estaba desnutrido y su pelaje opaco, debía estar enfermo pero yo era demasiado joven para entenderlo. Estaba claro que mi madre no pagaría el veterinario así que para no verlo me ordenó sacarlo, al levantarlo sentí sus huesos y apenas noté el escaso y delgado pelo que le quedaba, cuando lo llevé a la puerta Kid maulló en protesta y me miró como diciendo: "Déjame entrar, estoy cansado, quiero estar en casa". O eso fue lo que elegí creer, porque al recordar, lo que en realidad dijo fue: "¿Por qué me sacas? Esta es mi casa, quiero morir aquí". Ante su mirada desconcertada cerré la puerta, y le di la espalda. En el fondo sabía lo que pasaba, no quería ver que se fuera, no quería verlo inerte ante mí, sólo quería olvidar y pretender que nunca estuvo ahí. Quizá esperaba que al día siguiente todo fuera diferente, que estuviera sano y fuerte, como siempre.

Hoy, al llegar a casa después del trabajo, una cola esponjada trotó sobre las almohadas de sus patas y con un maullido me recibió en la entrada. Este debe ser mi décimo Kid, es un gato gris de pelo largo, un Main coon de ojos verdes. Lo tomé entre los brazos, acaricié su mentón y sus orejas, y él me respondió con un parpadeo y un cariñoso ronroneo. Mi madre dijo: "Adivina quién volvió". Yo sonreí y pretendí no notar que otra vez lo cambió y que este es mi pequeño que insiste en volver, mi pequeño niño de ayer, de hoy y de siempre, porque Kid no es cualquier gato; Kid es un gato inmortal. Kid es "El gato" eterno.