Aviso: Este fic participa en el Reto #9: "Pecados capitales" del foro El Rincón Creativo.

Wrath

(Ira)

Frio, el suelo estaba frio. ¿Era el suelo? ¿O la mesada? ¿O el capot del auto?

Ya no había mucha importancia.

A fin de cuentas, no importara cuanto lo intentara, siempre sucedía.

— ¡Todo es tu culpa!

— ¿Estás segura que no lo provocaste?

— Escuche que te gusta duro, cuando quieras, avísame y te daré una buena noche.

— Mary, Mary, Mary…la puta de Mary.

No, no era mi culpa. Lo repudie desde el primer día, aunque siempre lo evite y no quise pensar que sucedería algo como eso…sucedió.

No, no lo provoque, ¿qué me atraería de un viejo gordo, sucio y con los dedos llenos la grasa de los autos que arreglaba?

No me hables, ¿quién eres? ¿Qué te da el derecho de hablarme de esa forma?

¿Puta? ¿Por lo que hace mi padrastro y nadie intenta ayudarme? ¿Por qué nunca respondo a las sucias proposiciones que me llegan? ¿Por qué no pude y no pueda dejar que sigan violándome?

He intentado todo, o casi todo. Cuando quise ir a la estación de policía mi madre lo impidió, me amenazo que si lo hacía, me separarían de mi hermana pequeña, Lucille.

Si fuera por mí, hubiese hecho lo indispensable porque ese vil cerdo se alejara de mí.

Pero no podía abandonar a mi hermanita, no puede permitirme el dejar que se la lleven a esas horribles casas hogar, que se mostraban tan hermosas y esplendorosas y que al entrar, no eras más que un ser en la desgracia de Dios. Con un futuro incierto y oscuro.

— Saque otro 10 en mi examen, Mary.

— Bien hecho Lucille, estoy orgullosa de ti.

Con un bostezo, miro el reloj en mi mano, marcando las 10 pm. Indicándole a mi hermana que era hora de que se fuera a acostar, termine de ordenar el living, donde estábamos para luego dirigirme a mi habitación. Mi madre había salido con ese cerdo, no deberían llegar hasta pasada medianoche, así que sin preocuparme por su acoso o por las peleas de mi madre porque estuviera robándome a su hombre, me cambie y me recosté. Sería una noche tranquila.

— ¡Ah!

— Silencio.

No. No. ¡NO! El estaba aquí, estaba haciéndolo de nuevo, desgarrando mi ropa, tocando allí y allá, contra mi voluntad sentí la penetración de este sucio ser dentro de mí.

Intentando por todos los medios no prestar atención al hecho de que estaba siendo ultrajada nuevamente, puedo oír como mi madre golpea la puerta de mi habitación maldiciéndome y rogándole a él que fuera con ella. Ayúdame, rogué en mi fuero interno, pero era algo que jamás sucedería.

Lo único que agradecía era haberle prohibido a mi hermana salir de su habitación si sucedía algo como eso, cerrando con llave, se mantenía allí hasta que yo iba a golpear su puerta en la mañana, para acompañarla a la escuela.

Aun sintiendo como se movía y jadeaba asquerosamente sobre mí, cerré mas fuerte mis ojos y deje que mi mente se fuera lejos, para olvidar lo que sucedía, terminando en la inconsciencia.

Otra mañana, otro día en la escuela, otro día teniendo que soportar a los sabiondos de mis compañeros, otro día en el que esperaba no tener que ser tocada por él.

Manteniendo mi rutina, soportando lo mismo de todos los días, excepto por algo.

— Buenos días, soy la nueva consejera escolar, y esta persona a mi lado, es una asistente social.

— Y eso que tiene que ver conmigo.

— Hemos oído los rumores, y…queremos que sepas, que sea lo sea que esté pasando, estamos aquí para ayudarte.

— No necesito ayuda, estoy bien, la próxima semana tendré 18 años, y podre encargarme de mi misma, y también de mi hermana menor.

Suficiente para responder a la morbosa necesidad de ese tipo de gente, me dirigí a mi casillero para recoger mis cosas y dirigirme a casa. Mi hermana ya debería estar en casa, mi madre debería estar en la peluquería con sus amigas cotillas y el cerdo de mi padrastro debería estar en su trabajo.

Entrando en la casa, vi la mochila de mi hermana tirada en el suelo, con los libros desparramados, dándome eso una horrible sensación de angustia y desazón. Prestando más atención, y antes de llamarla por su nombre escuche unos ruidos, de sollozos contenidos y de…gemidos.

Corriendo escaleras arriba abriendo todas las puertas, siendo la última la habitación de Lucille, lo escuche claramente.

— ¡Hijo de puta! ¡Voy a matarte!

Tomando el pomo de la puerta, haciendo toda la fuerza que podía, no lograba abrirla. Estaba cerrada con llave. No. No. NO. Tengo que hacer algo, no puedo dejar que le haga lo mismo, no puedo dejar que le haga eso. Haciendo todo lo que podía para abrir la puerta, con las lágrimas recorriendo mis mejillas, escuche un bramido y después silencio.

No, gritaba mi mente.

La puerta se abrió, y vi a ese sucio ser. Sintiendo un golpe de adrenalina, me arroje hacia él lanzando golpes a diestra y siniestra sin éxito alguno. Recibiendo, contrariamente, un gran manotazo de su parte, aturdiendo lanzándome al piso de una sola vez. Sintiendo como pasaba por mi lado, en dirección a la escalera.

— Descuida, tu turno será en la noche.

Bastardo, cínico, desvergonzado. Tratando de quitar su persona de mi mente, corrí dentro de la habitación para ver a Lucille. Mi dulce Lucille, hecha un ovillo, sollozando en su cama y con sus hermosos ojos ahora vacios.

— Lucille…

— Yo no quería, intente cerrar la puerta, pero no pude…perdón…¡perdón!

Tomándola en brazos, acurrucándola, le susurre que todo estaría bien, que yo me encargaría de que él pagaría por lo que le había hecho, por lo que NOS había hecho. Esperando el momento en el que quedo dormida, la lleve hasta mi habitación, la acomode en mi cama y cerrando la puerta con llave, corrí en dirección a la escuela, con la esperanza de que la nueva consejera aun se encontrara allí.

Entrando al recinto como si me llevara el diablo, y abriendo la puerta de una estampida, gracias a Dios, allí estaba.

— ¡Mary!, ¿Qué sucede?

— Quiero que me ayude a denunciar a mi padrastro.

Notando la sorpresa y después la calma profesional que aparecía en su rostro, señalándome el asiento frente a ella, el cual tome, vi como tomaba una libreta y lapicera.

— ¿Qué sucedió Mary?

— Mi hermana… —mi garganta se cerraba, y no era el momento, tratando de calmarme, y aceptando el vaso de agua que me entregaba la consejera, proseguí —…él violo a mi hermana.

— ¿Solo eso?—cuestiono, ¿cómo era posible? Acaso no entendía o solo sería como el resto, pero antes de que pudiera hablar, ella escribió algunas cosas en un papel y me lo entregó. Leyendo un numero y una dirección, sin entender—Ve allí con tu hermana, es la dirección de mi apartamento, pero antes, debes decirme TODO, y sabes a lo que me refiero.

Lo sabía, pero creí que no era necesario. No en ese momento. Sentía que debía apresurarme a llegar a casa. Con la promesa muda de que diría todo por lo que pase, sintiendo por fin de que por fin seria libre de esta carga, corrí lo más rápido que me permitieron mis piernas hasta la casa de mis pesadillas. Apenas y tome el pomo de la puerta, escuche un grito de profundo dolor.

— Lucille —gemí ahogadamente. Dirigiéndome hasta mi habitación, con la puerta destrozada, dentro se encontraba mi madre al lado del cuerpo inerte de mi hermana. Hilos de sangre recorrían sus pequeños brazos, mientras su cabeza caía hacia atrás sin vida con una expresión de completa tranquilidad, en una de sus manos yacía una de las navajas que usualmente utilizaba para cortarme. Los ahora sollozos de mi madre me eran apenas audibles, mientras que sentía como un enorme vacio crecía dentro de mí.

— ¡Esto es tu culpa! —grito de repente mi madre, dejando cuidadosamente el cuerpo de mi adorada hermana en el suelo como si fuera romperse. Irónico, ya no podría romperse más. — ¿¡Que le hiciste!? ¡Algo le has hecho! —me recriminaba, mientras en una de sus manos sostenía un trozo de papel, que lanzo hacia mí y que tome al vuelo.

Lo siento Mary, no puedo, me siento mal.

Es mi culpa. Mamá se enojara conmigo.

Y tú estarás triste y no quiero eso.

Te quiero y eres la mejor hermana del mundo.

Pero no quiero vivir con esto.

Con esta…suciedad en mi.

Sucia. Lo entiendo completamente. Madre me lo dijo aquella vez, la primera vez.

Sucio, asqueroso, inmundo. Todas esas cosas me eran poco importantes, comparado a lo que ella representaba para mí. Y ahora ya no estaba.

Y era su culpa.

— ¡¿Me estas escuchando?! —sentí el empujón de mi madre, y como mi cuerpo era balanceado hacia atrás, recomponiéndome antes de que cayera de culo al piso.

— Lo hago…y lo siento por ti madre…— dije quedamente, mientras tomaba una gran bocanada de aire y lanzando un golpe certero. Rebotando la cabeza contra el suelo, ella quedo inconsciente. — Me encargare de ti después de él —.

00.00hs.

La puerta principal se abre, y puedo ver al cerdo entrar por ella, caminando despreocupadamente en medio de la oscuridad, de la cual estaba acostumbrado. Pero no estaba acostumbrado a esto…

— ¡Maldita sea! —grita.

— ¿Duele? — le pregunto angelicalmente, desde una esquina, viendo como se toma el brazo donde un gran rio de sangre está comenzando a brotar desde el hombro hasta casi el final del brazo.

— ¿Mary? Maldita zorra, veras cuando te atrape —intentando inútilmente encontrar el interruptor de la luz, le asesto otro corte en medio de la espalda, escuchándolo gritar y retorcerse de dolor. Antes de que pueda decir algo o reaccionar, tomo el bat que tenía sujeto a mi espalda, y con todas mis fuerzas, lo golpeo desde atrás nuevamente, escuchando algunos crujidos cuando cae al piso.

— ¿Duele? —vuelvo a preguntar, a lo que él solo gira su cabeza con rabia y desesperación, intentando enfocar donde estoy, aprovechando eso, le doy una estocada en el pecho con el mismo bat dejándolo sin aire. — A mi me ha dolido desde la primera vez, y lo acepte. Al igual que el rencor de mi madre. Acepte vivir este infierno, pero ahora ya no tengo porque hacerlo. No tengo nada que perder. Nada.

Tomando uno de los tantos cuchillos que había dejado sobre la mesa, y con él un martillo algo oxidado comencé con mi labor.

Como si fueran estacas clave cuatro chillos en manos y piernas, como si se tratara de una rana a punto de ser disecada. Sin prestarle atención a los gemidos de dolor y a las maldiciones que me profesaba, me dirigí a encender la luz, dejando a la vista a aquel cerdo que increíblemente se había orinado en los pantalones.

Reí, sin poder contenerme, el macho de la casa estaba aterrado y yo era la culpable, ¿lo era?

Unos gemidos de temor llamaron mi atención, la había olvidado, en una silla cerca de lo que ocurría está atada de pies y manos, con los ojos y boca vendados, esa mujer que dijo ser mi madre.

— ¿Qué dices papá? ¿Qué vea lo que merece un horrible ser como tú?

— ¡Estas enferm…!

— Silencio —dije, mientras movía en cuchillo ensartado en uno de sus tobillos. Supongo que el dolor fue tanto, que por eso quedo inconsciente. Bufando, me dirigí hacia mi madre, destapándole los ojos, observando en su mirada el terror, hacia mí y mis acciones.

— Ahora, observa lo que hago muy bien, y nunca lo olvides.

Siempre me pregunte que es lo que podría salir de ese cerdo si le cortaba. ¿Sangre o grasa?

Para mí deleite, y el horror de mi madre, lo desvestía para tener mayor comodidad en mi pequeño proyecto. Al acabar y poniéndole una venda en la boca para evitar que sus gritos se escucharan, empecé, diferentes cuchillos, diferentes profundidad del corte, diferente tiempo que lo mantenía dentro de él. No sé en que momento note la palidez casi mortecina de su piel, estaba sobre él, como si lo estuviera cabalgando.

Que asco.

Levantándome, busque las tijeras de podar en el cobertizo. No preste atención a la sangre de mi ropa, y mucho menos a la vista horrorizada de la anciana vecina. Teniendo lo que buscaba, volví para buscar y cortar el premio de mi madre, por observar todo lo que le hacía a su gordo amante.

— Si lo congelas, podrás guardarlo por años como un recuerdo. ¿No crees, mamá? — Le dije, mientras le pasaba ese trozo de carne por su rostro, lleno de asco, horror y lagrimas. Pobre. Largando una suave carcajada. Deje el miembro de mi padrastro sobre sus piernas, las tijeras de podar sobre la mesa y me dirigi al cuarto de baño.

Un corto baño, para quitarme toda suciedad…para estar al lado de ella. Sali y me dirigi a mi habitación, me vesti con un atuendo común, jeans y camiseta negra. Tome una colcha que tenia guardada y me acerque a ella.

— Lucille — Aun en ese estado, era angelical. Tomando unas almohadas la acomode primero a ella, tapándola y luego me acomode. —Ya no sufrirás mas, y ya no te dejare.

— Tiene cinco minutos —dijo un guardia.

— Gracias —agradeció la consejera.

— Aun vienes aquí.

— Aun creo en ti.

— No deberías.

— ¿Por qué?

— Porque no lo siento.

— Lo sé.

—...—silencio y sorpresa — ¿Qué quieres de mí?

— Nada que tú no seas capaz de hacer — dijo, y le dio un sobre —Tú lo decidirás cuando salgas…Adiós.

— Adiós…

"Soy la Ira. No tengo padre ni madre y broté de la boca de un león cuando yo apenas tenía media hora de vida. Desde entonces siempre ando por el mundo con esta caja de espadas, hiriéndome a mí mismo cuando no puedo herir a otros."

Christopher Marlowe