¡Hola! Bienvenidos a mi contribución del Reto #9: "Pecados capitales" del Foro "El Rincón Creativo". Y bueno, hoy presentaré una versión del pecado de Lujuria, refiriendo a distintas versiones de su significado (uwu)

a) Gratificación sexual.

b) La pasión interponiéndose a la razón.

c) La corrupción del cuerpo a través del deseo carnal (?)

Admito que me ha quedado un tanto extraño, ya que me he peleado algo con la idea original, jeje. De cualquier forma, espero sea de su agrado, pese a todo.


((*~* [DESTRUCTIVE] ~*~))

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Amor, que a todo amado a amar le obliga,

prendió por éste en mí pasión tan fuerte

que, como ves, aún no me abandona.

—Dante Alighieri, Divina Comedia (Canto V, 103-105)

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¿Quién podría resistirse a Lord Haut? Ni un alma. Todos lo seguían como girasoles que anhelan, gimiendo y llorando, un beso del sol. Era algo extraño, pensó Yrian mientras fingía unir sus corazones junto al posesivo abrazo de aquel magnífico caballero, quien personificaba la nieve y el reflejo blanquecino de la luna. Hum, incluso su aparición en la sociedad se relacionaba con el hielo… ¿fue coincidencia presentarse durante el invierno más frío, justo al morir la última palpitante luz del horizonte?

Ni los truenos que sacudían la ventana pudieron distraerlo del hermoso sonido de aquella voz. Gemidos y juramentos incoherentes brotaban del muchacho durante cada embestida. Le parecía que un absoluto silencio reinaba el mundo fuera de esa habitación, en la que sólo era consciente de todas las sensaciones físicas y emocionales que experimentaba mientras sus dedos iban y venían, trazando líneas rojizas en la piel desnuda y sudorosa. Lo enloquecía la frenética e impetuosa reacción de sus más primitivos deseos.

¿Únicamente pasión? Sí. Quizá. No. Es sólo que la idea de amar a Lord Haut le asustaba y dolía.

Si volviera el tiempo para encontrárselo, Yrian vería un melancólico fantasma deambulando entre los maravillosos y pomposos eventos que el célebre Duque de Geler ofrecía antes de Año Nuevo.

Lyuben Haut parecía una figura espectral, seductora y mortalmente bella. Recordaba sus ojos incisivos, tan punzantes como la hoja de una navaja; podía besar la rojiza y carnosa textura de sus labios delgados; recorrer el cuerpo fuerte; enamorarse de aquellos ademanes distinguidos y cadenciosos; acicalar su pelo largo, tan blanco que lucía transparente a un lado de las brillantes estelas; dibujaría las facciones angulosas y esculpidas como obras de arte, que pertenecían a una criatura lejos del entendimiento humano… un ser al cual se vedaron las alegrías generales y puras.

Su belleza era indescriptible, arrancaba su respiración y lo sometía a las tentaciones, al pecado. Yrian no hacía más que pensar en la intimidad de sus encuentros, confinándose a nada más que satisfacer las necesidades de su Lord.

Pero, ¿alguien lo culparía? Lyuben doblegaba al mundo sólo a través de su voluntad. Basta decir que incluso el Rey de Geler entregaría su trono cuando este ángel —o demonio— así lo ordenara. Y lo haría por mero capricho de que fuera suyo.

¡Oh! Ese verbo maldito: Poseer. Amaba poseer y, según Yrian, era la única razón de que una chispa inflamara el espíritu del Lord. ¿Cuántos desgraciados cayeron por sus trampas? ¿Quiénes rebelarían el número de los hombres y mujeres que gozaron de ese juego destructivo e insano? Una guerra donde las manos, dientes, lenguas y miembros luchaban incansablemente.

Yrian lo había visto mancillar a jóvenes casaderas, adúlteras e incluso viudas. Lyuben conquistaba rivales y pretendientes, entregándose al mejor postor y rostro. Siempre gobernaba, divirtiéndose mientras hacía creer a otros que tenían el control, gozaba especialmente por la imprudencia de éstas y aquéllos, borrando su meticulosa frialdad para revelar el monstruo.

Sí. El sexo parecía llamarlo como la carne atrae al depredador.

Engatusaba usando tiernas y bellas frases, pervirtiendo sus cuerpos vírgenes, contaminando los votos maritales, destruyendo amores… y sobre todo, poseyendo a las almas desgraciadas que se acercaban a él repletas de esperanza y un amor viciado.

—¿Has amado a alguno de nosotros? —Preguntó Yrian, entre el refugio de la noche, sosteniendo el aliento. Lyuben rió insolentemente.

—¡Qué demencia! —Exclamó, acariciando los pómulos de Yrian con ternura, igual que un maestro hablando a un alumno necio y torpe—. ¿A caso me has escuchado jurar algo parecido? Mi corazón no está hecho para amar. Tomo y rompo, lo sabes muy bien.

Sí. Yrian había sido abandonado y destruido sin misericordia cientos de veces en el pasado (Lyuben tenía una particular facilidad para hacerlo). No obstante, aún le pertenecía a su Lord… hasta después de la muerte y más allá.

—Pero siempre regreso a ti —susurró pensativo Lyuben. Daba la impresión de que no se dirigía a nadie. Yrian esbozó una gran sonrisa, feliz—. Eres la única marioneta a la cual guardo cierto cariño. Te uso, te he amado y te he odiado.

Yrian asió los hombros de Lyuben, clavándole las uñas.

—Bésame —le dijo y cerró los ojos para aguardarlo. Lyuben volvió a reír y se inclinó hacia él.

Exploraron la boca del otro con desesperación, como si su último encuentro hubiera ocurrido centurias atrás y no sólo hace unos pocos días. Los nombres dichos al oído eran murmullos ahogados por el rechinido que la cama profería durante cada embestida; sonidos que le hacían perder el juicio, embriagándole de un placer más grande y casi doloroso. Yrian se sentía extasiado, como la mariposa incinerada que disfrutó del calor y la luz con la que abrasa el fuego. Oh, cuánto disfrutaba la rapidez de los movimientos, prueba de su excitación e impaciencia por el orgasmo.

Durante un segundo, le preocupó que los salvajes movimientos descubrieran lo que tenía bajo la almohada, pero el sexo arrancó cualquier pizca de miedo o racionalidad, transformando el cuarto en una densa bruma.

Yrian deseaba que jamás llegara a su fin.

Porque amaba tanto a Lyuben como para respirar en un mundo donde no le pertenecía sólo a él. La idea de compartirlo había empezado a molestarlo hasta el grado de impedirle respirar a gusto.

Yrian era suyo, entonces ¿por qué Lyuben no podía ser de él?

Lord Haut también debía pertenecerle hasta la muerte. Sólo deseaba convertirse en la última imagen que Lyuben se llevara al Infierno.

Deseaba ser su único pensamiento.

La siguiente embestida tocó un punto sensible en él. Sintió que su interior se contraía, apretando el miembro de Lord Haut. Un grito, parecido al rugido de un animal, brotó mientras las gotas de semen quedaban esparcidas a lo largo de su abdomen.

Magnífico.

Esto ofuscaba el corazón y la mente de Yrian.

El muchacho observó al Lord, quien respiraba jadeante, ofreciéndole una —taimada— sonrisa que parecía adorable.

—Di que me amas, Yrian —ordenó el albino.

—Hasta después de la muerte.

"Lo que, no será mucho tiempo", pensó Yrian al hundir la mano bajo la almohada y apretaba el mango del cuchillo.

FIN


A quien corresponda, mil gracias por leer y disculparme por lo extraño que pudiera haber sido el resultado.

¡Hasta pronto!