Capítulo 10 – Las Brujas de Montalegre

Como era de esperarse, una de las primeras referencias sobre brujas en el diario que había encontrado estaba asociada a la localidad portuguesa más conocida por éstas: Montalegre. De hecho, todos los viernes trece, el pueblo organiza un evento llamado "Noche de las Brujas" para celebrar esa misma tradición.

En una tarde lluviosa de sábado, en que ni mi mujer ni mi hija quisieron salir de casa, fui hasta allá. No había autopistas que llevasen hasta Montalegre, por lo que tuve que usar estradas locales. Durante gran parte del camino, la estrada era amplia y bien cuidada, pero algunas decenas de kilómetros antes de llegar a la villa, se tornó estrecha y llena de curvas. La recorrí despacio y con mucha atención, subiendo y bajando colinas cubiertas de pinos y eucaliptos.

Finalmente, después de una última subida, me encontré con Montalegre. Construida sobre una colina que se erguía sobre una extensa meseta vacía y débilmente arbolada, era una visión impresionante, especialmente en un día gris como aquel. En su punto más alto, entre una mezcla de edificios antiguos y nuevos, se erguía el castillo medieval, su masiva torre de homenaje pareciendo capaz de resistir al propio Apocalipsis.

Según el diario, las brujas de la región sólo se encontraban después de anochecer. Estábamos casi en invierno, por lo que no tenía que esperar mucho, y decidí hacerlo en un café local.

Aproveché la oportunidad para buscar más información sobre el lugar donde el diario decía que las brujas se reunían y direcciones más precisas. El empleado me explicó cómo llegar allí y cómo sería el camino sin hacer preguntas o plantear cualquier dificultad. Sin embargo, un cliente sentado en una mesa cercana, un hombre ya de cierta edad con un sombrero y un bastón colocados en la silla a su lado oyó la conversación y dijo:

– ¡No vaya allí! Es el lugar donde las brujas se reúnen de noche. Si saben que alguien estuvo en su lugar de encuentro, le lanzan un hechizo. Si están de buen humor, sólo le dan una cagalera, si no, le dan una enfermedad que lo debilita y lo mata. Así fue como murió un vecino mío. Le dio curiosidad y…

La advertencia de aquel señor no me disuadió de ir en busca de las brujas. Por el contrario, sólo me confirmó que estaba en el camino cierto.

Pagué y volví a mi coche. Me dirigí, entonces, hacia el este de la villa, entrando en la carretera que atravesaba aquel lado de la meseta. Allí, en aquel día gris, no era difícil ver por qué la región había ganado su reputación de sobrenatural. Una ciénaga flanqueaba la carretera. Aquí y allá, crecía un árbol y, de vez en cuando se veía una laguna, pero contenía sobre todo piedras y maleza, entre las cuales se erguían pequeñas elevaciones. Según el diario, el punto de encuentro de las brujas se escondía detrás de una de éstas.

Aparqué junto al inicio de un sendero que, según el empleado de la cafetería, me llevaría hasta allí, y empecé a seguirlo. Casi de inmediato, estuve feliz de haber llevado mis mejores botas de montaña. El camino era irregular, lleno de piedras y barro. Con cualquier otro calzado habría quedado con los pies empapados y doloridos.

Me tomó poco más de una hora llegar a la pequeña elevación que buscaba. Detrás de ella, encontré un pequeño arbolado, con media docena de árboles y algunos matorrales. En el espacio vagamente circular entre ellas, encontré las cenizas de una reciente hoguera. No había duda de que estaba en el sitio correcto.

El sol ya se encontraba detrás del horizonte, por lo que no debía faltar mucho para que las brujas llegasen para el encuentro de esa noche. Me escondí detrás de un matorral espeso, situado en el lado del claro opuesto al del sendero, y esperé.

Pasó otra hora hasta que empecé a oír alguien llegando. La noche ya había caído en pleno, y el cielo estaba nublado, por lo que allí, lejos de cualquier iluminación pública, poco más lograba ver que negro. Oí la persona entrar en el claro venida del sendero, y, poco después, el sonido de troncos de madera a ser arrojados al suelo. De repente, una pequeña llama se encendió y, instantes después, una hoguera ardía vivamente. Junto a ésta, ahora podía ver a una mujer ya de cierta edad. Estaba toda vestida de negro, incluyendo un pañuelo que le cubría la cabeza.

Durante unos minutos, se quedó allí de pie, esperando. A continuación, una segunda mujer, más joven, pero envergando ropa similar, surgió venida del sendero. Apenas tuvieron tiempo de intercambiar saludos cuando una tercera y una cuarta se unieron a ellas. Los dos últimos elementos del grupo tardaron un poco más, pero cuando llegaron, las seis formaron un círculo alrededor de la hoguera. Entonces, se quitaron la ropa, y pude verlas bien por primera vez.

La más joven tendría poco más de veinte años, mientras que la más vieja hace mucho habría pasado de los ochenta. Al contrario de lo que cuentan algunas leyendas, no vi ninguna marca fuera de lo normal en sus cuerpos.

Desnudas, empezaron a danzar alrededor de la hoguera, cantando algo en una lengua que no reconocí.

Su danza duró una media hora, sus cuerpos retorciéndose de forma caótica, pero, al mismo tiempo, bella y casi hipnotizante. Hasta las brujas más viejas mostraban una agilidad y flexibilidad extraordinarias, hasta sobrenaturales.

Cuando terminaron, se postraron, orientadas hacia la hoguera. De repente, de entre las llamas, saltó una pequeña criatura de piel roja viva. Tenía orejas puntiagudas, entre las cuales crecían dos pequeños cuernos, y un hocico agudo, lleno de dientes como agujas. Pequeñas alas, claramente incapaces de soportar su cuerpo en un vuelo constante, le salían de la espalda.

A ella le siguieron, en una rápida sucesión, otras cinco. Inmediatamente, todas ellas se unieron a las brujas y retomaron la danza. No podía imaginarme cuál era el propósito de ese ritual.

Había una evidente similitud entre aquellos seres y los evocados por el culto que yo encontrara en el convento de San Francisco, en Viana do Castelo. Sin embargo, en aquel momento no me di cuenta de eso. Estaba demasiado preocupado en averiguar si aquellas eran o no las Brujas de la Noche. Si me hubiese dado cuenta, tal vez algunas muertes que ocurrieron más tarde podrían haber sido evitadas.

De repente, una de las criaturas salió del círculo de danza y empezó a olfatear el aire. Pasados unos segundos, se volvió hacia sus compañeros y dijo:

– No estamos solos.

Un escalofrío subió mi espina dorsal. Claramente estaba hablando de mí.

Las brujas y los restantes diablillos interrumpieron su danza y canto. Yo me preparé para escapar, pero era demasiado tarde.

– ¡Sal de ahí! – dijo el primer diablillo con una voz estridente, en la dirección del matorral detrás del cual me había escondido. – Y ni pienses en huir. Mis hermanos y yo vemos bien en la oscuridad y somos más rápidos de lo que parecemos. Sin duda te alcanzaremos. Y no te va a gustar lo que vamos a hacer después.

La criatura emitió una risa cruel.

Con una mezcla de miedo y curiosidad, salí de detrás del matorral, y me acerqué a la hoguera.

– Es peligroso andar por aquí después del anochecer – dijo una de las brujas, una de las más jóvenes, con una sonrisa socarrona. – Y más aún mirar nuestros rituales.

– ¿Ustedes son las Brujas de la Noche? – le pregunté, yendo directo al grano.

Después de todo, qué más podía decir.

Al escuchar el nombre, los diablillos roznaron y las brujas escupieron a la hoguera.

– No nos confundas con esas zorras – dijo una de las brujas más viejas.

– Nosotras somos devotas del Cornudo, el Diablo, Belcebú. Es el que nos da nuestros poderes – explicó una bruja de la mediana edad. – Las Brujas de la Noche salieron de repente de la nada y nadie sabe de dónde viene su poder o a quién sirven. Pero no son como nosotras.

– ¡Zorras! – gritó la bruja más vieja. – Aparecen de la nada y se creen mejor que nosotras. No van a los Grandes Conventículos, no respetan a nuestro maestro, ni siquiera nos reconocen como hermanas.

– ¿Cuál es tu interés en ellas? – preguntó uno de los diablillos.

A pesar de ya estar acostumbrado a hablar con criaturas extrañas, dudé durante un segundo. Había algo inquietante en aquellos seres. Sin embargo, al final les conté la historia de las muertes, de los trasgos y del bulto negro en la casa abandonada.

Durante algunos momentos, nadie dijo nada. Creo que no sabían bien cómo reaccionar.

Por fin, el diablillo que me interrogó dijo:

– Vete de aquí. Y sólo te dejamos ir porque quieres interferir en los planes de las Brujas de la Noche. Pero no vuelvas.

Sin decir nada más, así lo hice. Ya en el sendero de vuelta al coche, oí a las brujas y los diablillos a retomar su canto.

Durante gran parte del camino, al contrario de lo que era habitual, no pude pensar en lo que acababa de descubrir. Las carreteras estrechas y llenas de curvas requerían toda mi atención en el oscuro. Sin embargo, cuando llegué a carreteras mejores, mi mente comenzó a divagar.

Aquellas no eran las Brujas de la Noche, eso estaba claro, pero el desprecio que mostraron por ellas, y el hecho de que las consideraban como una otra ceita fue un descubrimiento importante. Por desgracia, eso no respondía al misterio de quién eran las Brujas de la Noche, lo que pretendían y dónde encontrarlas. Sólo lo adensaba.

Cuando llegué a Braga ya era casi hora de la cena. Llamé a mi mujer y a mi hija a preguntar si querían comidas de Burger King. Quería compensarlas por mi ausencia.