Capítulo 6 – El Gato de Campanhã

Como seguidor de la exploración urbana, soy, también, un conocedor del arte urbano. A lo largo de los años, tuve la oportunidad de conocer a varios artistas, con los que me mantuve en contacto. Un día, durante una conversación por chat con uno de ellos, descubrí algo extraño.

Quien conoce la Estación de Campanhã, en la ciudad del Porto, sabe que esta está rodeada por una enorme infraestructura de cemento. Lo que la mayoría de la gente desconoce es que hay oculta una enorme red de túneles de servicio, parte de la cual yo ya había tenido la oportunidad de explorar.

Como era de esperar, los artistas urbanos consiguieron entrar en algunos de estos túneles y aprovecharon las paredes para practicar su arte.

Fue durante una de estas visitas que mi amigo y algunos de sus compañeros se encontraron con algo muy extraño. En uno de los túneles encontraron un gato. Esto no tendría nada de extraordinario, si no fuera por el hecho de que el animal no se movia desde hace meses y repetía constantemente los mismos movimientos.

Después de todo lo que había visto desde que había encontrado el diario, no podía dejar de ir a investigar. Escogí una hora con mi amigo y tomé el tren de Braga hasta Campanhã.

Cuando llegué, él me llevó directamente al túnel. La puerta metálica se encontraba junto a la línea, a unos trescientos metros de la estación, y estaba abierta, dando fácil acceso al interior. Dentro, las paredes y el techo estaban cubiertos de grafittis de estilo variado. De simples "tags" hasta elaborados murales, se veía allí de todo.

Recorrimos el túnel durante varias decenas de metros hasta que llegamos a una parte donde este se abría hacia la derecha. En esa dirección había un ancho pozo, cuyo propósito nadie parecía conocer.

– Ahí es donde está el gato – me dijo mi amigo.

Apunté la linterna hacia el fondo, unos ocho metros más abajo, y pude ver al animal. Realmente parecía un gato común, gris y blanco. Me quedé mirándolo durante unos minutos. Durante ese tiempo permaneció casi inmóvil, sentado en el suelo, moviéndose sólo de vez en cuando a intervalos que me parecieron regulares para lamer una de sus patas delanteras, siempre la misma.

Detrás del animal encontré una puerta de hierro, pero esta estaba oxidada y no parecía que se hubiera usado desde hace años. De hecho, dudaba de que fuera posible siquiera abrirla, al menos no sin destruirla.

– Desde que lo descubrimos, hace cuatro meses, está ahí siempre haciendo lo mismo – dijo mi amigo. – Un gato normal ya habría muerto de hambre.

Tuve que estar de acuerdo. Aquel gato podía no figurar en el diario que encontré, pero merecía figurar.

– He traído una cuerda – le dije, señalando la mochila en mi espalda. – Podemos tratar de verlo mejor.

– Me parece bien.

En ese momento, otros dos artistas que pintaban junto a nosotros se acercaron y uno de ellos dijo:

– ¿Podemos ir con vosotros? También tenemos curiosidad sobre el gato.

– Como queráis – respondió mi amigo.

Saqué entonces la cuerda de la mochila y la sujeté a una viga de cemento situada casi directamente por encima del pozo. Dejé que cada uno de mis compañeros probara el nudo y, como quedaron satisfechos, empezamos a bajar. El artista que me había llamado allí fue el primero en bajar, seguido por mí y, por último, los dos que nos abordaron.

Durante todo esto, el gato se mantuvo tranquilo, lamiendo sólo la pata un par de veces. No se mostraba sólo indiferente a nuestra presencia, era como si no estuviéramos allí.

Caminamos alrededor de él, mirándolo atentamente, pero, físicamente, nada lo distinguía de un gato común. No fuera por su extraño comportamiento y el hecho de estar en ese pozo nadie le habría prestado atención.

Inspeccioné, también, la puerta oxidada y confirmé que estaba tan encajada que era imposible moverla.

Finalmente, la curiosidad llevó a uno de los artistas que se juntó a nosotros a que intentara tocar el animal. Para nuestra sorpresa, su mano atravesó el gato como si no hubiera nada allí, mientras éste permanecía inmóvil, como si nada estuviera pasando.

Retrocedimos. No sabíamos lo que era aquella criatura o lo que podía hacer. Después de todo lo que había visto antes, yo era el menos sorprendido de los cuatro. Mis acompañantes parecían aterrorizados.

– ¡Es un fantasma! – dijo uno de los hombres que se habían unido a nosotros.

Como yo podía dar fe, era una buena posibilidad. Sin embargo, no dije nada. Ellos ya habían sufrido un gran susto, no había necesidad de agravar la situación.

– ¿Que hacemos ahora? – preguntó mi amigo. – ¿Se lo decimos a alguien?

Antes que respondiésemos, el hombre que había intentado tocar el gato comenzó a gritar desesperadamente.

– ¿Qué te pasa? – preguntó su compañero, pero él siguió gritando.

Sus gritos eran tan intensos que me hacían doler los oídos. Comenzó, entonces, a correr en círculos alrededor del pozo, como si estuviera tratando de escapar de algo, pero sin saber a dónde ir. Finalmente, intentó subir por la cuerda, pero se cayó al final de un poco más de un metro, quedando sentado en el suelo y apoyado en la pared.

Nos arremolinamos en torno a él para tratar de calmarlo y entender lo que pasaba, pero él no paraba de gritar.

– ¡Mirad! – dijo mi amigo de repente, señalando a la mano del caído.

Parte de esta ya no tenía piel, mostrando los músculos debajo. Ante nuestros ojos, estos desaparecieron, dejando sólo los huesos. Por fin, hasta estos se desvanecieron.

El hombre, finalmente, dejó de gritar.

– ¿Estás bien? – le preguntó el amigo.

Al no obtener respuesta, intentó tocarle, pero contrajo la mano cuando el cuerpo del caído se vació como un globo. Finalmente, desapareció por completo. Lo que quiera que lo hubiera consumido, lo hizo tanto de fuera hacia dentro como de dentro hacia fuera.

Presas del pánico, mis dos acompañantes sobrevivientes treparon la cuerda de vuelta al túnel y corrieron hacia el exterior. Con más calma, los seguí, echando un último vistazo al gato, que continuaba como si nada pasase.

Solo volví a hablar con mi amigo, días después, por webchat. Él aún no estaba totalmente recuperado de lo que había visto, por lo que sólo le di un poco de consuelo y no le conté sobre las cosas igualmente extrañas que había visto antes y las muchas descritas en el diario que yo había encontrado.

Sin embargo, él me contó algo muy interesante. Después de nuestra visita, él intentó visitar de nuevo el túnel, pero descubrió que su entrada había sido sellada con cemento.

¿Quién lo había hecho? ¿Habría sido la organización de la que Alice me había hablado durante mi primera visita al Bar de las Hadas? ¿Y cómo habían descubierto la existencia del gato?

Como siempre, una de mis exploraciones había traído más preguntas para atormentarme. Por desgracia, estas solo aumentaban aún más mi insaciable curiosidad, conduciéndome cada vez más en dirección a conocimiento que ningún ser humano debería tener.