Capítulo 7 – Los Cerqueira

Un día, después del trabajo, unos meses después de mi primera visita al Bar de las Hadas, decidí volver allí. Debido al trabajo y a compromisos familiares, ya hacia algún tiempo que no tenía la oportunidad de investigar una de las entradas del diario, pero mi curiosidad comenzaba a ser insoportable. El Bar de las Hadas estaba cerca de la oficina donde trabajaba, por lo que era el lugar ideal para una visita rápida. Quién sabe, tal vez encontrase allí a alguien que pudiera responder a algunas de mis preguntas, o hasta tuviera la oportunidad de visitar los túneles ocultos debajo de Braga.

Como antes, entré en el bar a través de las escaleras situadas detrás de una puerta en el fondo de una pastelería junto al Arco de la Puerta Nueva. Cuando llegué allí, me encontré con una escena similar a la de mi primera visita. Sólo había una diferencia significativa. Sentado al balcón, se encontraba un hombre. Alice había dicho que era raro que alguien de mi raza apareciese por allí, por lo que me acerqué despacio, observando atentamente para asegurarme de que no era sólo una criatura similar a un humano. Cuando tuve la certeza de que no estaba equivocado, me senté a su lado.

Él parecía tan sorprendido como yo al ver allí otro ser humano. Se llamaba Henrique Cerqueira y, aunque tenía conocimiento de ese otro mundo hacía más tiempo que yo, no parecía saber mucho más sobre él. Aun así, intercambiamos conocimientos mientras bebíamos un vaso de esa agua que era la única bebida que existía en aquel bar. Él no solía salir de Braga, por lo que desconocía todo lo que yo había encontrado fuera de la ciudad, pero me habló de otro sitio parecido al Bar de las Hadas en el otro lado de la ciudad, aunque me advirtió de que no era tan bien frecuentado. No había mención de ese lugar en el cuaderno que yo había encontrado, por lo que tomé una nota mental para visitarlo después.

Nuestra conversación se vio interrumpida al cabo de poco más de una hora por una llamada telefónica de mi mujer. Tuve, entonces, que irme a casa, pero no antes que Henrique me diese su número de teléfono móvil y me invitara a ir un día a almorzar a su casa. Tal vez por haber finalmente encontrado a alguien con quien podía hablar de aquel mundo que la mayoría de la gente desconoce y en el que probablemente se negaría a creer, me quedé expectante en cuanto a esta visita.

Por desgracia, sólo pude aceptar la invitación casi tres semanas después, cuando mi mujer tuvo que salir del país por trabajo y mi hija fue a pasar unos días a casa de una amiga.

Me dirigí hasta la antigua parroquia de Dadim, donde se encontraba la casa de Henrique. Esta no fue difícil de encontrar. Siguiendo por el camino que él me había indicado, encontré inmediatamente una casa aislada, un poco por encima de la base de una colina cubierta por un bosque. Al frente de ella, se extendía un valle que nunca hubiera imaginado que existía, pues se encontraba en una depresión que no era visible desde la carretera. Una pared de granito lo delimitaba, junto con la casa, lo que indicaba que todo aquello pertenecía a los Cerqueira.

Me dirigí hasta la entrada y toqué el timbre. Una voz preguntó a través del intercomunicador quién era y, cuando respondí, la puerta se abrió.

Incluso en coche, aún me llevó unos cinco minutos recorrer el camino de tierra que serpenteaba entre bancales cubiertos de viñedos.

Después de una última curva, llegué a la casa. De cerca, era verdaderamente impresionante. Sólo tenía un piso, a excepción de la torre en el lado derecho, que se alzaba un piso más, aunque el ático también aparentaba ser amplio. Toda la parte delantera de la casa estaba ocupada por un enorme porche, cuyo techo se apoyaba en varias columnas de hierro fundido. Detrás de él, ventanas, también de hierro fundido y decoradas con diversas formas, ocupaban casi toda la pared.

Detuve el coche frente a la escalera que subía hasta la puerta principal, donde me esperaba Henrique y el resto de la familia Cerqueira.

– Bienvenido a la Vila Marta – dijo Henrique con una sonrisa, cuando subí las escaleras.

Después, me presentó a su familia. Entre niños y adultos, estaban allí unas veinte personas.

De la entrada pasamos al vestíbulo, donde dejé el abrigo, y de allí al comedor. En él se encontraba una gran mesa, con diez sillas de cada lado. Como invitado, me dieron un lugar en el topo de la mesa, frente a Henrique. A nuestra derecha, en la cabeza de la mesa, se sentó la madre de Henrique, la matriarca de la familia, mientras que los otros se sentaron en los restantes lugares, a la izquierda.

Pasado poco tiempo, una anciana sirvienta, más vieja que cualquiera de los comensales, comenzó a traer bandejas de la cocina. La conversación se inició con las habituales trivialidades sobre empleo, familia y hasta el clima. Después se dirigió, finalmente, hacia el mundo paralelo al nuestro, del que toda la familia tenía conocimiento.

– ¿Cómo encontró el Bar de las Hadas y todos los otros sitios que Henrique me dijo que visitó? – acabó por preguntar a la matriarca.

Le conté la historia acerca de cómo había encontrado el cuaderno que me había llevado a aquellos descubrimientos.

– En nuestro caso, es una herencia de familia – explicó Henrique. – Nadie sabe a ciencia cierta desde hace cuántas generaciones tenemos ese conocimiento.

La conversación pasó, entonces, a ser sobre extrañas criaturas y lugares ocultos de la vista de la mayoría de los hombres. Todos aportaron algo y hasta pude conocer cosas que no figuraban en el diario.

El almuerzo se extendió casi hasta las cuatro de la tarde, hora en la que los comensales se comenzaron a levantar. Henrique me llevó hasta la sala de estar, donde nos sentamos a beber un whisky más viejo que yo. A través de las amplias ventanas, se veían los viñedos en frente de la casa.

Entre bebidas, Henrique me contó como aquellas viñas eran el origen de la riqueza de su familia desde tiempos inmemoriales.

Fue entonces que me di cuenta de algo peculiar.

– ¿Dónde están los trabajadores? – le pregunté, echando la falta de movimiento en los campos. – De seguro que necesitan mucha mano de obra para mantener un viñedo tan grande.

– Aquí, el trabajo se hace de noche – explicó él.

– ¿De noche? – pregunté, confundido.

– Ven – me pidió, levantándose de su sillón.

Henrique me llevó hacia el pasillo y a través de él, hasta la planta baja de la torre. Allí, apartó una estantería llena de libros, revelando un estrecho túnel que contenía una escalera que descendía, en curva, hasta desaparecer de mi vista. Conducido por mi anfitrión, bajé hasta su fondo, donde nos encontramos con una puerta de madera e hierro que ya debía tener décadas, si no siglos. A pesar de su edad, Henrique la abrió sin ninguna dificultad, dando acceso a un enorme sótano que debía ocupar toda el área de la casa.

Cruzamos los estrechos pasillos creados entre bolsas de fertilizante, pipas de vino, botellas vacías y llenas y utensilios agrícolas hasta llegar al lado del sótano opuesto a aquel por donde entramos. Allí, encontramos una pared interrumpida por una gran puerta. Fue hasta ella que Henrique me llevó.

Cuando me asomé entre las rejas, me quedé sin saber qué decir. Al otro lado, se encontraba un pequeño cuarto de la cual emanaba un olor penetrante. En el medio del suelo, casi a oscuras, se amontonaban decenas de pequeñas criaturas, que no tendrían más de un metro de altura. Su piel era de color gris azulado, y pelo negro, largo y enmarañado les descendía por la espalda. Garras terminaban sus manos y pies.

– No se encuentra mano de obra más barata en ningún lado – dijo Henrique, claramente orgulloso. – Un cubo de carne cocida todas las noches y están listos para trabajar.

No sabía cómo responder. Aquellas criaturas no eran humanas, bien lo sé, ni conocía su nivel de inteligencia, pero, de cualquier forma, todo aquello me parecía errado.

Enrique se dio cuenta de mis pensamientos y me llevó de nuevo a la sala, para terminar nuestras bebidas. Aún me quedé allí durante casi una hora. Poco hablamos. Por fin, me disculpé porque estaba haciendo tarde y deje la quinta.

De camino a casa, no podía ignorar mi decepción. Había encontrado a alguien con quien podía hablar de aquel mundo oculto, pero él usaba ese mundo en provecho propio.

Esa noche dormí mal, pues no podía expulsar la imagen de las criaturas atrapadas en aquél sótano de mi cabeza. Incluso en el día siguiente, durante el trabajo, no conseguía olvidarme de ello. Como tal, y a pesar de estar sobrecargado de trabajo, después de la hora de expediente me fui al Bar de las Hadas. Tenía la esperanza de encontrar a Alice para contarle lo que había visto.

Abrí la puerta que daba acceso al bar con cuidado. No me quería encontrar con Henrique Cerqueira. Afortunadamente, no había ni señal de él. Por otro lado, Alice estaba sentada en el balcón casi en el mismo sitio donde la vi por primera vez. Me acerqué a ella y me senté en el banco a su lado.

– Hola – le dije.

– Hola – respondió ella con sarcasmo.

Claramente no se había olvidado de mi salida repentina de la última vez.

Empecé a contarle lo que había visto en la casa de los Cerqueira. Aunque, al principio, ella no se mostró muy interesada, pronto logré captar su atención.

– Por lo que me dices, ellos usan trasgos para trabajar en los campos. No son las criaturas más inteligentes, ni las más agradables, pero no merecen ser tratados así. Vuelve por la noche. Voy a ver si encuentro a alguien para que nos ayude.

Asentí con la cabeza. Después de la cena, le dije a mi mujer e hija que tenía que ir a la oficina a trabajar para poder salir sin levantar muchas sospechas. De hecho, no era propiamente una mentira. Yo debería haber ido a trabajar esa noche, pero no podía dejar que los Cerqueira siguieran abusando de esas pobres criaturas.

Cuando volví al Bar de las Hadas, este estaba casi vacío. Además de uno u otro cliente solitario, solo allí se encontraba un grupo de cinco criaturas, del cual Alice formaba parte. Ella me llamó y me pidió que dijera a los otros lo que había visto.

Mientras contaba, una vez más, qué había visto en la casa de los Cerqueira, observé a mis nuevos compañeros. Uno de ellos, un hombre, debía de ser de la misma raza de Alice, ya que tenía el mismo pelo blanco, cuello largo y ojos felinos que ella. Otro era pequeño, apenas llegándome a la cintura, y tenía piel amarilla y naranja. En contraste, a su lado, se encontraba una mujer muy alta y esbelta, de piel azul y ojos grandes, con varios trazos negros en la cara que no logré discernir si eran naturales o tatuajes. Por fin, en una mesa cercana, se sentaba en una diminuta criatura que se parecía mucho a la imagen popular de un hada. En la espalda, le crecían alas similares a las de una libélula, y pequeñas escamas multicolores le cubrían la parte de atrás del cuello y de los brazos.

Cuando terminé mi historia, todos rápidamente se mostraron de acuerdo en ayudar a liberar a los trasgos. A continuación, Alice nos llevó hacia una de las puertas que llevaban a los túneles, donde los de sus razas habitaban. Desde que había descubierto el bar, los quería visitar. Sólo me hubiera gustado que las circunstancias hubieran sido otras.

La puerta, después de un corto paso, llevaba a un túnel largo y alto con el suelo calcetado, paredes de granito y techo abovedado. Llamas azules, que parecían no emitir ningún calor, ardían en nichos en las paredes e iluminaban tanto o más que luces eléctricas. Una miríada de puertas despuntaba en ambas paredes.

Durante nuestro recorrido, pasamos varias curvas y cruces. Cuanto más avanzamos, mayores se tornaban los túneles y más grande era la multitud que andaba en ellos. En la superficie, sólo durante el verano se veía a tanta gente. Y nunca con aquella diversidad. Perdí la cuenta al número de razas diferentes con los que me crucé.

Finalmente, bajamos por una escalera hasta una enorme cámara rectangular. Esta era atravesada en su centro por una zanja que se unía, en ambos extremos, a túneles más grandes que cualquiera por el que habíamos pasado.

Junto con otras criaturas, esperamos en aquella plataforma. Unos diez minutos después, una luz apareció en el fondo de uno de los túneles. Poco después, de este salió una gigantesca criatura, tan alta como la zanja, y larga lo suficiente para ocupar todo el largo de la cámara. Se parecía vagamente a una escolopendra, con un cuerpo de color rojo amarronado y una miríada de patas delgadas. Sin embargo, no tenía antenas, y su rostro poseía rasgos humanos. Sobre su espalda, transportaba seis vagones de madera.

Usando una tabla, subimos a uno de esos vagones y nos instalamos en un de los bancos de madera e hierro. Poco después, nos pusimos en marcha, entrando en el otro túnel alto que desembocaba en la cámara. Después de todo, Braga tenía un Metro. Los habitantes de la superficie, sin embargo, no lo conocían.

Desembarcamos unos quince minutos después en una cámara muy similar a aquella donde entramos. Subimos las escaleras y volvimos al sistema de túneles. Este era mucho más pequeño que aquel junto al Bar de las Hadas, con muchas menos puertas y bifurcaciones. Por fin, llegamos a una puerta de metal guardada por una criatura alta y musculosa, que nos dejó salir. Estábamos, ahora, en una estrecha cueva natural, la cual solo pude recorrer caminando de lado. Instantes después, más adelante, surgió una luz plateada. Después de pasar un bosquecillo, que disfrazaba la entrada, llegamos al exterior.

Fue con sorpresa que, bajo la luz de la luna, me di cuenta de que estábamos en el valle de los Cerqueira, junto a la frontera entre este y el monte, no muy lejos de una de las paredes de la quinta. ¿Sería por allí que Henrique accedía al mundo escondido debajo de Braga?

Sin perder tiempo, la pequeña hada voló sobre el muro. Regresó unos cinco minutos después.

– Los trasgos ya están trabajando – dijo. – Y no están solos. Los Cerqueira tienen ogrons como capataces.

– ¿Cuántos? – preguntó Alice.

– No estoy segura, pero no muchos.

– Entonces, vamos.

– Espera – le dije. – ¿Cuál es el plan?

– Entrar allí y empatar los capataces mientras los trasgos huyen – respondió Alice, sin parar. – Venid.

El muro que circundaba la Vila Marta y sus campos era de granito y tenía más de dos metros de altura. Si fuéramos todos humanos, habríamos tenido alguna dificultad en subir. Por suerte, uno de mis compañeros tenía garras retráctiles, por lo que llegó a la cima con relativa facilidad. Después, nos ayudó a pasar hacia el otro lado.

No había iluminación en aquellos bancales, y era una de las últimas noches de cuarto menguante, por lo que estaba muy oscuro. No podía ver nada más allá de siluetas difusas entre los viñedos y los postes que los soportaban.

– No veo nada – dije a mis compañeros.

– Nos vemos – dijeron el hada y la criatura que nos había ayudado a entrar casi al unísono.

– Vamos – dijo Alice.

Conmigo siguiendo a los otros ciegamente, subimos hasta el primer bancal. Entonces nos ocultamos detrás de un muro circular, que debía pertenecer a un pozo, y nos quedamos a mirar atentamente hacia arriba. En el bancal siguiente, pudimos ver varias siluetas por entre los viñedos, la mayoría pequeñas, pero una de ellas excepcionalmente grande, probablemente el capataz.

Alice posó una mano en mi brazo.

– Tú no ves en la oscuridad, por eso vas a ayudarme con aquel capataz. Los otros se encargarán de los bancales más arriba.

Agazapados, subimos la rampa de tierra que llevaba al bancal siguiente. Entonces, Alice y yo nos separamos de los otros. Intentamos acercarnos sin ser vistos, utilizando los postes como escondites, sin embargo, la visión nocturna del capataz también debía ser mejor que la mía, pues de inmediato emitió un temible rugido y avanzó hacia nosotros.

Alice me agarró por un brazo y, juntos, nos lanzamos contra él. Al principio, el ser resistió a nuestro ataque, pero acabamos por tirarlo al suelo. Mientras manteníamos el capataz atrapado con nuestro peso, Alice gritó, en la dirección de los trasgos:

– ¡Huyan! ¡Lárguense de aquí!

Las criaturas dudaron por un momento, pero pronto se dieron a la fuga, descendiendo la pared que soportaba el bancal como si fueran gatos.

El ogron seguía luchando y gritando. Alice le dio un puñetazo y, cuando esto no funcionó, otro y otro e incluso otro. La criatura seguía moviéndose, por lo que no había perdido la conciencia, pero ya no se resistía.

– Creo que ya nos podemos ir – dijo Alice.

Cuando llegamos a la rampa por donde habíamos subido, vimos las siluetas de nuestros compañeros correr procedentes de los bancales arriba, acompañados por pequeñas formas que sólo podían ser trasgos. Detrás de ellos, oí la voz de Henrique y de pasos pesados. Habíamos sido descubiertos y estaban por llegar refuerzos.

Corrimos de vuelta al muro. Los trasgos, en su ansia de libertad, nos sobrepasaban, y llegaron al exterior antes de que nosotros empezáramos siquiera a subir.

Después de dejar el terreno de los Cerqueira, no vimos ni oímos ningún otro signo de persecución. Aun así, sólo paramos de correr cuando entramos en los túneles que llevaban al tren viviente. No sabíamos hacia donde habían huido los trasgos, ni si habíamos conseguido liberar a todos. Tampoco valía la pena pensar en ello. Después de aquella noche, los Cerqueira iban a estar de alerta. Nunca más íbamos a salvar a nadie de su quinta.