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Pecado sorteado: Orgullo


–¿No sería maravilloso que las rosas vivieran por siempre? –susurró Fritz al oído de Myrthas con un lento siseo que provocó un escalofrío por todo el frágil cuerpo de la joven. Por su parte, ella no supo responderle de momento, pero devolvió a su compañero una mirada de divertida confusión.

La música inundaba el salón. La pequeña orquesta de cuerdas se dedicó a interpretar un nuevo vals. Fritz pasó su mano por la estrecha cintura de la muchacha mientras que con la diestra, unía su mano a la de ella. Sus ojos grises, fijos en los de Myrthas, no demandaban una respuesta de parte de ella a sus anteriores palabras. Tan sólo quería desahogar ese pensamiento, iniciado, quizás, por el vestido rojo de Myrthas, por su piel brillante y pulida, casi de porcelana, por su cabello negro cual ónix u obsidiana, por sus labios rojos y ojos tan verdes como la más hermosa de las primaveras. Y con todo ese despliegue de frescura y belleza, cual primera rosa de temporada, las miradas que atraía de parte de los demás invitados desde su llegada a aquel palacete, fueron numerosas y diversas. Las mujeres examinaron a Myrthas con envidia mal disimulada y sonrisas fingidas, los hombres, sonrientes también, translucían que quizás, de tener oportunidad de estar a solas con la joven, no lo dejarían pasar, además de cuestionarse sobre si ese hombre que la acompañaba sería en verdad su esposo o prometido, dado el contraste de ambos: él, pálido, delgado, con mirada cansada y cabello un tanto descuidado al igual que su barba, como si pasara más noches en vela que con su pareja. Pero la muchacha tan sólo tenía ojos para ese caballero, sin importarle lo demás.

Myrthas volvió a sonreír sinceramente. Una sonrisa brillante. Posó su mano sobre el hombro de él y ambos comenzaron a bailar de nuevo con la sincronía del resto de los invitados.

–A veces dices cosas que… -comenzó Myrthas después de varios giros y su cabeza terminara al lado de la de Fritz; fue evidente para él notar que a la joven no le faltó el aliento para poder acabar la frase.

–¿…son locuras? –concluyó Fritz por ella, con el mismo tono suave con el que acostumbraba hablar.

–No, no locuras –repuso ella-. Simplemente no puedo…

Un nuevo giro hizo que continuaran bailando y sin hablarse hasta el final de la pieza, la cual terminó varios minutos después entre efusivos aplausos. Y mientras aquella algarabía de risas se extinguía poco a poco y un nuevo vals nacía, Myrthas y Fritz salieron de aquel salón, buscando algo de tranquilidad en alguno de los amplios y solitarios balcones del viejo edificio señorial, propiedad de una pequeña organización fundadora de un club, al que Fritz había accedido poco tiempo atrás debido a su nuevo empleo.

Hallaron uno, más al sur de la finca, ubicado frente a un jardín y una fuente. No había luna, aunque de igual modo, Fritz no habría mirado a nada del exterior. El objeto de sus atenciones le sujetaba la mano suavemente y ella, a su vez, paseó la vista sobre cada detalle de la fuente –dos querubines de mármol-, a los árboles y flores diversas que apenas se veían por la tenue luz del interior de donde se encontraban.

Tomaron asiento sobre una banca de piedra, el uno frente al otro. Ella volvió a sonreír, aún sonrojada por el baile.

–¿Te has cansado? –preguntó Fritz, sin soltar su mano -¿deseas que nos vayamos ya?

–No, no es necesario –respondió Myrthas rápidamente-. Estoy bien. Todo es encantador: la música, la gente, el salón, incluso esta vista. Y tú, no podría estar más contenta contigo…

Se hizo un silencio, en el cual, entre algunas caricias y un beso, Fritz contempló a Myrthas, más como si pretendiera descubrir algo que lo preocupara; había comenzado a sonreír a su vez, pero se detuvo.

–Hace tiempo que no acudíamos a algún baile como éste. Y tal y como la última ocasión, no pasas indiferente…

Myrthas rió, apenada. Pero la mirada de él se había oscurecido al continuar:

–Y temo que pueda terminar igual que aquella ocasión… Por eso, querida mía, si de verdad no te encuentras bien, no aparentes fortaleza, yo comprendo perfectamente si…

–No soy tan frágil como piensas, Fritz –Atrás había quedado la sonrisa. Myrthas interrumpió al joven, retirando su mano de la de él, lanzándole ahora una mirada severa-. Parece que no te alegraras por mí y no me desearas otra cosa que volver a ese mal. Y en lugar de pasar una velada tranquila, te dedicas a recordarme algo tan desagradable…

–Me preocupo, eso es todo –respondió él, bajando la mirada, algo abatido-. Nunca pretendí causarte molestias. Me disculpo…

–Es algo tarde –dijo Myrthas, con voz cortante-. Mide tus palabras la próxima vez. Hace unos momentos me hablabas sobre las rosas y ahora sobre cosas nefastas. Así que, dime, ¿para qué me has traído hasta aquí?, ¿para decirme algo de verdad importante o desearme cosas tan malignas?

Se puso de pie, lanzando a Fritz todavía una mirada de enojo.

Fritz lanzó un suspiro. Levantó sus ojos hasta el rostro de ella.

–Nada importante –aseguró, con una sonrisa penosa-. Volvamos al baile.

Myrthas se dio la vuelta sin decir nada más y comenzó a avanzar por el pasillo que momentos antes habían recorrido para llegar al salón principal. Fritz, por su parte, tardó unos segundos más en seguirla.

Se puso de pie lentamente. Volvió a suspirar mientras miraba el cielo nocturno por un momento y luego cerraba los ojos. Todo parecía estar en calma. Ningún ruido podía escuchar, salvo el de su propia respiración y los latidos de su corazón. Y entre aquella oscuridad, sus pensamientos recobraron el orden.

–No debo alterarla mientras esté sana… -pensó.

"Se está corrompiendo…"

–De ninguna manera –susurró el joven, con una repentina convicción en su voz.

Todo estaba bien. Posiblemente, se había preocupado en vano, eso era todo.

Abrió los ojos y siguió a Myrthas con paso seguro. Recorrió el pasillo alfombrado y en poco tiempo estuvo también en el salón de baile. Buscó a su compañera con la mirada.

Avanzó lentamente entre aquella gente ajena a sus pensamientos, mirando a todas direcciones, hasta que finalmente, en la segunda planta, cerca de la baranda, vislumbró un amplio y brillante vestido rojo como una señal. Myrthas estaba ahí, dándole la espalda. Con una bebida ámbar en su mano derecha y frente a ella, tres muchachas y un caballero, conversaban con la joven alegremente.

Fritz siguió avanzando hasta las escaleras, pero antes de que pudiera dar dos pasos seguidos, unos gritos se escucharon. La gente de la planta baja levantaba la mirada a un punto sobre el que el muchacho acababa de mirar, pero Fritz, sin relacionar su antigua acción y más por instinto, elevó sus ojos hacia Myrthas y de inmediato, vio cómo su peor pesadilla se hacía realidad mientras su piel pasaba de pálida a gris.

–¡Myrthas! –exclamó con desesperación contenida al ver a su compañera tendida en el suelo y los invitados comenzaban a conglomerarse alrededor de ella.

Pero lejos de quedarse quieto, Fritz subió de prisa los escalones, tropezando un par de veces, pero volviendo a ser dueño de sí y cuando por fin estuvo en la segunda planta, avanzó hasta Myrthas, apartando sin cuidado a la gente. Se inclinó hasta ella, sosteniendo medio cuerpo entre sus brazos.

–Myrthas –le susurró suavemente mientras medía el pulso de una de sus muñecas-. Abre los ojos, por favor…

Pero era inútil y lo sabía.

–Caballero –le dijo un hombre a sus espaldas-. Yo soy médico, puedo ayudarla si usted permite que llevemos a su novia al Hospital Real…

–Es mi esposa –aclaró Fritz, mirando a aquel hombre muy serio mientras aún sostenía a Myrthas-. Y no, no es necesario llevarla a un hospital. Yo también soy médico. Con llevarla a casa, será suficiente.

Su interlocutor asintió, algo contrariado. Juzgó que enfadarse más por algo tan trivial como el estado civil, no venía a cuento ante un desmayo. Pero no era momento de discutir prioridades. Se hicieron voces entre los presentes:

–¡Preparen un coche! ¡Pronto!

–¡Ayuden al caballero a llevar a su esposa!

Entre servidumbre y voluntarios, además de Fritz mismo, levantaron a la joven del suelo y la transportaron hasta el exterior del recinto, donde un carro tirado por dos corceles negros ya esperaba a la pareja.

Abordaron pues, Fritz, Myrthas y el médico. Fritz había accedido sin mucha convicción a que aquel hombre elegantemente vestido y de apariencia juvenil, les acompañara para cerciorarse de que no había peligro.

–Mi nombre es Henry Stern –se presentó aquel, mientras recorrían las oscuras calles-. Soy interno en el Hospital Real y por tal, si de verdad, usted necesitara un tanto más de ayuda para auxiliar a su esposa, no sería ninguna molestia de mi parte…

–Créame, no será necesario –replicó Fritz, con una sonrisa amarga-. Aunque se lo agradezco.

–Entonces, ¿esto ya ha ocurrido antes? –preguntó Henry, con interés.

–Sí –respondió Fritz vagamente.

–¿Y a qué se deben estos desvanecimientos de su esposa?

Fritz miraba a Myrthas fijamente, como si hubiese caído en trance o posiblemente, no hubiera oído la pregunta. Guardó silencio casi un minuto y justo cuando Henry creía que el joven no le iba a responder, Fritz dijo por fin, con voz distante:

–Son accesos de debilidad. Ella ha estado delicada desde hace algunos años atrás, después de casarnos. Sólo yo sé cuidarla y tratar su mal. Mi nombre es Fritz Morgen, por cierto. Ella es mi mujer, Myrthas Morgen.

Henry escuchó aquellas palabras, mientras miraba a la joven y al muchacho respectivamente y entre más meditaba lo dicho por Fritz, más preguntas le nacían:

¿Qué era exactamente ese mal? ¿Cómo lo trataba? Y sobre todo, si eran marido y mujer y ese hombre era médico como él, ¿cuál era la edad de ambos?

Se veían jóvenes. Muy jóvenes. A Henry le había costado siete años de su vida ser médico y a sus treinta y dos años, no llevaba ni un lustro ejerciendo, pero por su buena capacidad y aptitud, su estancia en el Hospital Real había sido inmediata. Ahora bien, aquel médico que tenía delante, aunque de apariencia cancina, no debía superar los veintidós años, quizás… Y ella, ¿diecinueve? ¿Veinte, tal vez? Algo no terminaba de convencerle, pero debido a lo preocupante de la situación, no preguntó más.

El recorrido terminó un par de minutos después, en medio de un tenso silencio. El coche hizo alto delante de una casa de dos plantas y que a Henry le pareció que debía tener años sin ser habitada debido a lo descuidado del jardín exterior. Luego de esta rápida observación, entre el cochero, Fritz y Henry, transportaron a Myrthas hasta el interior de la casa y de ahí a un dormitorio en la planta baja que indicó Fritz. Una vez recostada, el cochero salió, esperando las órdenes de Henry, pero el médico se había quedado en la habitación de la enferma un momento más.

Le pareció que la muchacha estaba todavía más pálida que antes ¿O sería un efecto de luz?

De ser así, la luz de la lámpara que ahora la iluminaba, lo hacía terriblemente: ¿o acaso no parecía ahora que sus ojos estuvieran hundidos? Y eso era algo que sólo ocurría horas después de…

Henry entonces se apresuró a poner una mano sobre la frente de Myrthas. No tenía fiebre. O lo que era peor, estaba fría. Su mano bajó hasta el cuello y con el índice y medio, se proponía encontrar el pulso.

–Caballero –exclamó Fritz, cerca de él, haciéndolo retirar su mano de Myrthas.

Luego de haber encendido algunas luces, Fritz había salido a otra área de la casa un momento sin ningún objeto o justificación y ahora sin anunciarse, volvió luego rápida y silenciosamente a donde su esposa y Henry estaban.

–Muchas gracias por su ayuda y su preocupación –dijo el joven, dirigiéndose a Henry-. Y me disculpo si fui grosero con usted.

–No se preocupe por eso –replicó Henry a su vez, con media sonrisa-. Comprendo perfectamente. ¿Está seguro de que no necesita mi ayuda?

–Absolutamente –aseguró Fritz.

–Entonces, me retiro –dijo Henry, dando una última mirada a la muchacha. Luego, tendiendo la mano a Fritz, añadió-. Le dejaré una tarjeta con las direcciones del Hospital y mi domicilio, por si gusta acudir a por ayuda, no lo dude. Estoy a su servicio.

–Se lo agradezco y espero no sea necesario…

Henry sacó del interior de su bolsillo un lápiz y un libro pequeño donde escribió en seguida su nombre y las direcciones prometidas. Luego, arrancando la hoja, la tendió a Fritz, el cual la tomó, dejándola en su mano mientras el médico volvía a despedirse.

Fritz le acompañó a la puerta. Vio a Henry abordar el coche hasta que se alejó al doblar una calle metros adelante. Y cuando el silencio reinó, el joven entró a su casa, borrando de su rostro cualquier rastro de tranquilidad o amabilidad. Sin mirar la hoja de su mano, la rompió en pedazos, esparciendo los fragmentos por el suelo de madera mientras avanzaba a la habitación donde Myrthas se hallaba.

"Por lo menos sabes dónde está el Hospital Real… Y no has olvidado el nombre de ese doctor…"

–No lo necesito –dijo Fritz con voz seca.

Llegó hasta la cama y examinó a Myrthas atentamente. Y sin más, puso manos a la obra.

De un cajón del buró del lado derecho de la cama, sacó varios instrumentos médicos y frascos vacíos que fue colocando en la superficie del mueble de forma mecánica. Luego, poniéndose de pie, salió del dormitorio para ir a otra habitación en la planta baja.

Al lado de la cocina, abrió y cerró tras de sí otra puerta, en cuyo interior, una especie de laboratorio improvisado, ya había una lámpara encendida, al igual que un mechero bajo un matraz que calentaba un líquido verdoso y transparente que despedía numerosas burbujas, señal de que estaba próximo a entrar en su punto de ebullición.

Fritz volvió a manipular más cajones, frascos, líquidos… Puso en el mechero otra sustancia violeta que despidió un aroma dulce a los pocos minutos de haber aumentado su temperatura.

"No deberías añadir más de dos onzas esta vez…"

–Son tres… -respondió Fritz, sin apartar la mirada de dos tubos de ensayo y un tercero que manipulaba con su mano.

"O mejor… No deberías estar haciendo todo esto de nuevo…"

–Tres onzas… -susurró Fritz.

El joven salió de la habitación con rapidez como quien recuerda algo de súbito. Recorrió un pasillo iluminado con una nueva luz y llegó hasta una estancia donde había dos baúles abiertos, uno cerrado y numerosos libros esparcidos por el suelo y otros muebles de forma descuidada. Pero Fritz se acercó hasta un diván, de cuya cabecera tomó un grueso volumen muy viejo. Abrió las páginas sin mucho cuidado mientras sus ojos recorrían renglones y párrafos a gran velocidad y murmuraba nuevamente:

–Alcanfor… Respirará… Extracto de… Siete gotas… Siete… Dos, tres onzas…

Leyó rápidamente un par de páginas más sin parecer convencido. Luego, cerró el libro, dejándolo ahora sobre una mesa a varios pasos del diván. Abrió un segundo volumen de características parecidas al primero y hojeó ahora las viejas páginas de manera frenética, esta vez en silencio.

"No creo que esté ahí tu respuesta…"

–Cuatro onzas –concluyó Fritz, con enfado.

Dejó el libro sobre la mesa sin cerrarlo y volvió a la habitación donde ahora hervía una tercera fórmula sobre el mechero.

Fritz retiró del fuego el pequeño matraz con ayuda de unas pinzas y vació el contenido sobre un vaso graduado. Ahí mismo, vació también los tubos de ensayo con ayuda de un agitador de vidrio. Complacido, advirtió que la medida llegaba a las cuatro onzas.

Un minuto después, tomó el vaso y lo llevó hasta la habitación donde se encontraba Myrthas. Lo colocó sobre el buró y de nuevo, manipuló los instrumentos que momentos antes habían estado guardados.

"Se ve tan tranquila… ¿no lo crees?"

Fritz miró brevemente el perfil de Myrthas. Recostada, con su cabeza sobre la almohada, parecía un ángel o aquella princesa que durmió por tantos años, a la espera de un beso que le volvería a despertar.

–Sí… –susurró tristemente.

Volvió a su tarea.

"Déjala ir…"

El joven sintió un nudo en su garganta, pero continuó trabajando.

"Déjala ir…"

Una lágrima resbaló por la mejilla de Fritz. Y no abandonó su labor.

"Déjala…"

–Pero es tan bella… Tan magnífica… -dijo, con voz ahogada mientras se le nublaba la vista.

"Por piedad, Fritz… Déjala…"

–Sé que puedo hacer un poco más… Puedo…

Más lágrimas caían de su rostro y goteaban en el suelo. Le temblaban las manos. Se aflojaron sus rodillas.

"Fritz…"

–¡CÁLLATE YA, MALDITA SEA! ¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE!–dijo, soltando los instrumentos. Se cubrió las orejas con ambas manos mientras cerraba los ojos y continuaba gritando-. ¡ES MÍA! ¡ELLA ES MÍAAA!

No volvió a escuchar aquella voz grave y madura. Fritz se limpió los ojos con ayuda de las mangas de su camisa. Luego, cuando dejó de temblar, continuó con su tarea y se dijo por última vez:

–Es mía…

O-O-O-O

Un mes después.

Myrthas avanza por los pasillos de la casa. Va de la cocina al comedor, canturreando. Está de buen humor. Fritz, por su parte, está en la estancia. Hacía tiempo que no acomodaba los libros desde la mudanza, así que, aprovechando su día de descanso, comenzó la mañana quitando el polvo de los muebles y tratando de dar un orden a la habitación que le fuera más conveniente.

Myrthas ya se había acostumbrado a ver todos esos libros e instrumentos que su esposo empleaba para su trabajo, aunque no comprendía el uso de todo aquello. Tan sólo, lo que pedía, era que Fritz terminara todo ese arreglo de una vez, tal y como ya lo había hecho con el pequeño laboratorio ubicado al lado de la cocina.

Llevaban viviendo en aquella casa dos meses y entre su trabajo y otros acontecimientos, Fritz no había tenido tiempo de ocuparse de varios deberes hogareños, como por ejemplo, contratar a un jardinero que quitara todas las hierbas secas del jardín frontal. Pero eso no era urgente.

–Querido –llamó Myrthas desde el comedor-. Ya está servida la comida.

–Voy en seguida –respondió Fritz, sin abandonar su labor.

Abrió dos de los baúles y dentro, colocó varios de los numerosos libros. Las repisas y el librero, aunque amplios, ya estaban casi llenos, así que el joven decidió que esos últimos volúmenes, los que usaba más, ocuparían los baúles. Y en aquel momento, al abrir el tercer baúl, cuya llave guardaba en el bolsillo de su chaleco, se topó con un montón de papeles que revisó rápidamente tan sólo para cerciorarse de que estaban completos: lo primero que vio fue un retrato. Su padre, el respetable doctor Wagner Morgen, muerto ocho años atrás. Suyos habían sido todos aquellos libros que ahora Fritz guardaba. Otro retrato, de Myrthas. Fritz lo examinó a conciencia. No podía negar que en aquella fotografía, la joven lucía esplendorosa, es decir, no estaba tan delgada como ahora y pese a que el retrato estaba a blanco y negro, era fácil adivinar que su piel debió tener colores lozanos. Ahora, quizás, esos tonos grisáceos de la imagen, eran los que tenía siempre. Pero eso era lo de menos. Seguía siendo bella ante sus ojos y él aún la amaba como entonces. Quizás más. Fritz sonrió orgulloso.

–De no ser por mí...

El resto no eran más que documentos. Y Fritz sabía lo que decían cada uno de ellos con sólo mirarlos y su sonrisa se ensanchaba conforme los iba repasando: un certificado de matrimonio de hacía seis años. El juez que los casó de modo civil había dicho que se veían muy jóvenes para sus edades (se presentaron ante él con quince y dieciséis años respectivamente), pero, dado que Myrthas había huido de casa y Fritz ya no tenía más familia, consideró que el honor de la muchacha debía ser restituido con el apellido de su marido.

Dentro del baúl también había constancias y recetas de médicos y hospitales advirtiendo la presencia de la tisis, más recetas de diversos laboratorios, más cuentas de hospitales, hasta llegar al recibo de los servicios funerarios y un certificado de defunción a nombre de Myrthas Morgen de cinco años atrás. Si por Fritz hubiera sido, habría tenido ese papel enmarcado y colgado en medio de la sala. Pero no quería perturbar a Myrthas. Algún día, se lo explicaría.

Acomodó los últimos libros, pues, dentro de ese baúl que cerró con llave, la cual escondió dentro de un jarrón que colocó hasta el fondo de un compartimento del librero.

Suspiró tranquilo. Miró a su alrededor. De verdad le gustaba la casa. Esperaba poder quedarse un tiempo más ahí. Además, todo estaba bien. Su trabajo en la morgue del Hospital Real le permitía hacer todas las pruebas que quisiera. Y lo que era mejor: no se había topado con el entrometido de Henry Stern. No le había agradado ese sujeto; había sido el primero y único en mirarlo de forma extraña cuando le dijo que era médico. Porque lo era. Su apariencia no tenía nada que ver con el conocimiento. Fritz había memorizado todos los libros que su padre le había heredado, así que, a su ver, ser médico no era más que presentar un documento donde constataban sus estudios. Había comprado dicho documento años atrás e incluso, su acta de nacimiento tenía más años de los que en realidad tenía. Formalidades para que lo dejaran ejercer en paz.

–Fritz –insistió Myrthas, sacándolo de sus pensamientos.

–Voy, ya voy, querida.

O-O-O-O

El Hospital Real ofreció un nuevo baile un tiempo después para sus beneficiarios y médicos.

Myrthas lucía un nuevo vestido rojo y como siempre, levantaba comentarios de exclamación entre los presentes. Estaba un tanto más delgada desde el último baile, pero gracias a su marido, recuperó el color y la fuerza. Hasta donde ella sabía, él la había curado de la tisis y sus recaídas. Era maravilloso tener un médico en casa.

Fritz, a su vez, henchido de orgullo, la miraba.

"Definitivamente, cinco onzas es la medida…"

La abrazó mientras comenzaban a bailar nuevamente y le susurraba al oído:

–Es maravilloso que las rosas vivan por siempre…