Este fic participa en el Reto #9: "Pecados capitales" del foro El Rincón Creativo

Ella

Han pasado los años, no sabría decir cuántos, pero aún recuerdo aquel instante.

Su madre la acompañó hasta la puerta de clase y la sentó en el único pupitre vacío del aula. Ante sus ojos nos encontrábamos lo que para ella debían ser una veintena de niños desconocidos. Todos observándola. La mujer se despidió de su hija con un beso en la mejilla deseándole suerte, pero la nueva alumna no dijo nada. Solo levantó la mirada del libro de matemáticas para observar, con ojos suplicantes, como la espalda de su madre desaparecía tras la puerta.

Lo primero que hice fue burlarme del sonido de su apellido, en voz alta; quería que todos me escucharan y sonreí complacido cuando las risas por mi comentario no tardaron en sonar por toda la clase. La nueva alumna estaba de pie, frente a la mesa del profesor, intentando resolver sus dudas y nos observaba a todos confundida. Nunca supe si fue por vergüenza o desinterés, pero ni si quiera me miró cuando reparó en mí como el artífice de la burla. Su única reacción fue volver al asiento para seguir con los ejercicios.

Pronto se convirtió una de las mejores estudiantes de la clase. Creo que no me hubiera importado si todo hubiera quedado ahí, pero era mucho más. Dibujaba bien, era la mejor en idiomas y estaba por encima de todos en música. A pesar de ser una chica no temía rasparse las rodillas, como las demás, cuando nos obligaban a jugar fútbol en educación física y, por las tardes, la veía en clases de baile mientras yo tenía que ir a clases particulares.

Pensaba que hasta ahí llegaría todo, que solo sería una racha. Pero en secundaria fue ella la única que consiguió dos medallas deportivas para nuestro centro y la única ganadora de concursos interescolares de redacción y poesía.

Lo que más me molestaba es que lo hacía sin aparente esfuerzo. Por un lado, nunca recibí constancia de que se encerrara en casa a estudiar para un examen como lo hacía yo. Y, por el otro, siempre era amable con los demás, siempre estaba ahí para ayudar y prefería evitar los conflictos, porque era siempre la que acababa llorando la mayoría de las veces por nuestras continuas burlas.

Nunca olvidaré cuando le planté en su cara el libro de las fiestas de nuestro pueblo. En él habían publicado mi poesía rechazando la suya. Quería que me tuviera en cuenta, que la vergüenza y el enfado anidaran en sus ojos, para así deleitarme con ello. Pero en lugar de eso, solo me sonrió y me felicitó por mi trabajo tras leerla admitiendo que era mejor que la suya. Entonces, me di cuenta que ella no era consciente de lo buena que era en todo lo que hacía, que si lloraba era porque la hacíamos sentir sola y pequeña. Saberlo me complació.

En los años siguientes las burlas hacia ella cambiaron por la persecución. Su actitud de chica correcta de capital había desaparecido, adaptándola a los modos de comportamiento del pueblo. No se callaba nada, si tenía que pelearse se peleaba; y eso, junto con las hormonas de la adolescencia que hicieron su aparición en nosotros, los chicos, calmó un poco las cosas.

Al contrario de lo que decían de mi, nunca había sido demasiado guapa. Tenía los ojos pequeños, las paletas y la nariz demasiado grandes (parecía una rata) y un pelo con mechas rubias nada favorecedoras. Pero lo compensaba con una esbelta figura y una personalidad alegre (si no la enfadabas). A eso había que añadir que solo había cinco chicas en la clas,... no había mucho donde elegir. Como se suele decir, en la ciudad de los ciegos el tuerto es es rey.

Pasaron los años y no pude evitar sentirme feliz cuando me enteré que la acosaban en el instituto.

Yo, por mi parte, seguía juntándome con mis amigos del colegio e íbamos a las zonas VIP cuando salíamos de fiesta. Por la suya, se la veía con los inadaptados y raritos de la zona. Nunca llegué a sobresalir notablemente en nada, más allá de alguna que otra buena jugada en los partidillos de fútbol; pero lo compensaba con la atracción que ejercía sobre las chicas, aunque no en ella.

Cuando me contaron que por peleas con sus amigas y diferentes situaciones de acoso dejó a un lado sus estudios y tuvo que repetir un año, me burlé. La chica aplicada ya no era tan aplicada y no tenía nada que ofrecer. Para colmo, había engordado, siempre iba desarreglada, vestía con chandal y con su pelo, cortado a capas, parecía una cebolla. Además, sus nuevos amigos no eran mejores, no gozaban precisamente de buena reputación.

Comencé la univeridad y me saqué la carrera que me debía sacar para tener una buena posición económica, no era la que yo deseaba. Ella hizo lo mismo con una carrera de menos prestigio, y poco más supe de su vida, excepto por las pocas veces que la veía cuando volvíamos al pueblo por vacaciones.

Por lapsos de meses tuve que ver como año tras año se hacía más y más atractiva a los ojos de la gente que nos rodeaba. Ahora tenía el pelo largo, por debajo de la cintura de un brillante color miel, el tamaño de sus dientes se había disimulado con la pubertad, nunca tenía acné o una mancha en la cara, sus ojos los hacía ver rasgados haciéndola parecer exótica; y su tez, ahora pálida, contrastaba con el marrón oscuro de su mirada. Había perdido todos los kilos ganados, mostrando una silueta alta, esbelta y curvilínea de vientre liso. Casi nunca mostraba su piel, o las largas piernas en verano o los hombros en invierno. Encima, me habían dicho que no hacía ejercicio. Sin sacrificio se había vuelto una chica preciosa y elegante. Además estaba estudiando en otra ciudad y apenas se la veía por el pueblo, por lo que sus pocas apariciones la hacían ver inaccesible, un rasgo más de atractivo para los demás.

Su comportamiento era abierto y sincero. Se expresaba con gestos delicados al hablar o vehementes cuando quería enfatizar sus palabras. Desde lejos veía como las amigas reían por sus comentarios irónicos y su sentido del humor inteligente. Siempre con el uso perfecto de las palabras correctas.

También me fijé en cómo hablaba con chicos, mayores o pequeños, de cualquier tema con total libertad. Dudaba siquiera que supiese del poder que residía en su capacidad. Ella no era mínimamente consciente de la atracción que ejercía sobre ellos. Tendría a todos a sus pies si ella quisiera, pero nunca llegó a confirmarse que mantuviera alguna relación amorosa con alguno.

Solía realizar comentarios entre mis amigos infiriendo su homosexualidad, aunque ellos los descartaban. De alguna forma, pensaban que por su físico simplemente se mostraba inalcanzable y yo estaba de acuerdo, pero supe ver más allá. Ella era impenetrable, sin embargo, la causa de ello residía en su personalidad. Cuando algún chico intentaba algo se cerraba y sonreía escéptica, como si no se lo creyera. Si, inaccesible. Era la palabra que la definía, aunque habría que matizar: emocionalmente inaccesible. Dudaba que alguien hubiera observado tras su máscara tal y como yo lo había hecho. Quizás solo lo supiéramos ella y yo, quizás incluso, ella misma no fuera consciente.

Siempre me habían dicho que era atractivo y, poco tiempo después, me serví de ello para entrar en un reality de televisión. Había ejercido como modelo, tenía un club de fans en Instagram, fama, un buen trabajo relacionado con mi carrera, un coche deportivo y ganaba dinero solo por salir de fiesta. Ella en cambio, no había conseguido acabar la carrera, volvió al pueblo, estaba sin trabajo y la mantenía su madre.

Por fin había demostrado lo que siempre había pensado de mí mismo, había conseguido el reconocimiento que siempre había deseado, había pasado por encima suya. Ya tenía todo lo que quería.

Era sábado por la noche, tirado en el sofá cambiaba continuamente de canal buscando algo que me entretuviera hasta la hora de dormir. Ya habían pasado once meses, mi momento de fama se había disipado. Sólo me llamaban de pequeños tugurios como un personaje famoso de segunda. Y yo me aferraba a esos resquicios de notoriedad. Ahora me pasaba los días acudiendo a un trabajo que en realidad odiaba mi único consuelo era que seguramente ella estaría peor. Entonces, de repente la vi. Estaba en un programa de televisión hablando sobre la repercusión que había tenido su libro. Al parecer iban a hacer una serie sobre él y sería la actriz protagonista.

Hablaba con la presentadora mostrándose resuelta y sonriente, haciendo gala de su inteligente sentido del humor, de su peculiar forma de ver el mundo mediante bromas y exponiendo aquellas cuestiones de las que nadie se atrevía a hablar con una lógica y un carisma irrefutables. A partir de entonces, salió en muchos otros programas de cada vez de mejor audiencia.

Durante los meses siguientes la vi en revistas de moda, en las noticias como juez en congresos de literatura, vallas publicitarias ... nunca quise ver su serie a pesar de que todo el mundo hablaba de ella. Esa sensación de caído en desgracia se cernió sobre mí como en los años de colegio.

Eran vacaciones de invierno, Navidad. Salía de un comercio local cuando una voz femenina me llamó a mi espalda.

- ¡Josh! ¡Josh! - Al girarme la vi corriendo hacia a mi. Estaba despampanante. Desee con todo mi corazón ella hubiera llevado un chándal y pantuflas, el pelo sucio y la cara desmaquillada. Verla como un ser humano normal, hecha polvo. Pero no fue el caso.

Parado en mitad de la acera miré de soslayo la bolsa con la barra de pan y mis chanclas con calcetines. Mierda. Al detenerse a dos pasos de mí tenía la respiración algo agitada.

- Hola, Victoire - saludé con cierta repulsión. Hasta el nombre le venía que ni pintado.

Sonriente me acompañó charlando de vuelta a casa, ignorando gran cantidad de diferentes llamadas.

En todo momento fue amable y habladora, sin mostrar indicio alguno de conocer lo desagradable que me resultaba su presencia. Se veía como una simple chica que deseaba saber de un antiguo compañero de clase. Rememoramos viejos tiempos, se reía de sus momentos ridículos y restaba importancia al nefasto comportamiento que tuvimos con ella. En ningún momento hizo referencia a su trabajo y cuando le pregunté por él lo mostró como algo tedioso y agitado. No podía negar que había sido una grata conversación.

Al volver a casa quedé lánguido de vergüenza. Victoire había sido abierta conmigo sin dar relevancia en ningún momento a su posición respecto a la mía. Mientras que yo, como un miserable, me había deleitado con sus caídas y desgracias.

Por primera vez en muchos años me planteé el motivo de mi animadversión hacia ella ¿Por qué? ¿Acaso había realizado ella alguna acción directa contra mi? Intenté rememorar y recordar pero no había razón, ni motivo plausible alguno

¿Por qué, entonces?

Lo único que Victoire me había hecho era ser como era, y eso ni si quiera se podía considerar una agresión personal. Mi fijación hacia ella tendría que deberse a su mero ser, a toda la perfección que este irradiaba. Entones lo comprendí. De pronto, asimilé que mi recelo irracional hacia ella era un reflejo, una consecuencia; por un anhelo hacia su perfección que yo tanto ansiaba, y siempre me había sido inalcanzable.

En cambio ella la atesoraba y la mostraba sin siquiera esforzarse en por ello. Ni si quiera sabía que era perfecta, no se esforzaba por serlo, tal y como lo había intentado yo, y eso me había desquiciado aún más.

Era un iluso, toda mi vida había creído que esto era una carrera, que yo era alguien a quien tenía en cuenta. Toda mi vida le había hecho la competencia, pero el único que competía era yo.

Solté el pan y me acerqué corriendo a la librería más cercana. Su último libro, el de su autobiografía, había salido a la venta el día anterior y yo adquirí el último ejemplar.

En casa lo leí con una avidez desesperada. Nunca había leído más libros que los imprescindibles, así que no hubiera podido decir nada sobre la calidad de su redacción o el uso correcto del vocabulario. Pero lo que diría a aquellos que me preguntaran es que me atrapó desde el principio.

Viví toda su nefasta infancia, habitando con ella en cada una de las casas de los desconocidos que la habían criado porque no pudo vivir con su madre hasta su llegada al pueblo. Victoire había sufrido la desesperanza, el abandono, el abuso, el miedo, robos, humillaciones, ... y la lectura siempre había estado junto a ella, como su único refugio.

Quedé estupefacto al leer cual fue su primera publicación original, aquella con la que arrancó como escritora. Era para un foro de Internet cuyo tema eran los siete pecados capitales y a ella le tocó la envidia.

Su historia se basaba en una repentina compresión de un momento concreto de su infancia. Un chico de su clase le enseñó la poseía que le habían publicado en el libro de las fiestas del pueblo. La poesía era buena y se alegró realmente por él, pero muchos años después, al rememorar aquel momento; supo lo que su compañero realmente pretendía y el sentimiento que lo dominaba.

Conocer la existencia de la envidia a través de la actitud de ese chico, le ayudó a reconocerla en sí misma cuando la sintió, tras enterarse de que, ese mismo compañero, gracias a su exagerado concepto de sí mismo; alcanzó su momentánea fama sin realizar ningún esfuerzo y sin tener ningún talento.