Después de tanta espera, por fin he decidido subir la historia con la cual he estado trabajando por más de dos años y de la cual me siento muy orgullosa. He corregido y pulido cada detalle hasta que he considerado que es necesario para subirla. Así que; aquí está. Espero la disfruten tanto como yo disfruto escribirla.


HER HEART; SHOMRA.


0. Asesino de Maöh.

—¡Esto no era parte del trato! —chilló el hombre, cubierto con su propia sangre, oscura y diluida por la lluviosa noche, mirando a su verdugo con odio y temor. Su rostro, contorsionado y empapado con lágrimas y lluvia, lo hacía lucir cuan miserable animal a medio degollar, patético y desagradable.

Sin importar quién era o había sido antes de esa noche, el líder del clan Fang en esos momentos no era más que un hombre cualquiera; un moribundo cuyo final estaba justo frente a él, mirándole con su frívolo ojo plateado, carente de emoción alguna. Un monstruo sediento de sangre, reconocido como el temible y famoso Asesino de Maöh, quien, con su espada en sus manos, de más de metro y medio de largo, manchada con sangre que lentamente era lavada por la débil lluvia, se acercó nuevamente a su presa —la que no dejaba de temblar con sus manos cubriendo la enorme herida de su costado, gimiendo de dolor y jadeando angustiado en un vano intento de tomar aire y continuar una charla sinsentido—, para terminar con lo comenzado. Era obvio, por el estoico rostro del asesino, que no mostraba ni la más mínima señal de reconsiderar sus acciones, ni mucho de sentir remordimiento ni compasión por su dueño, desangrándose lamentablemente como el miserable hombre, arrogante, patético y absurdo, que era en el interior.

Porque era hora de cobrar su verdadera cuota.

—¡Te lo ruego…! —jadeó el sujeto, intentando huir—. ¡Esto…esto no era parte del trato! ¡Te pagué…ya…ya te pagué! ¡No me mates! ¡No quiero morir!

El filo de la enorme espada brilló bajo la lluvia, silbando con agudo horror, salpicando borbotones de sangre al enterrarse en la carne, vulnerable y pálida del cuello del hombre, mientras éste gritaba, ahogándose instantes después con su propia sangre inundada en su garganta. La cabeza no tardó en caer del cuerpo, rodando por el lodoso patio hasta las botas negras de cuero de su verdugo. Ajeno al horror en la cabeza decapitada, e indiferente a la reciente atrocidad cometida, el asesino comenzó a caminar lejos de la mansión Fang, teñida de rojo en sus interiores, en el patio, en cada pared y cada lugar que una vez fue habitado por gente que en esos momentos yacía inerte, asesinada brutalmente, desmembrada y con miradas llenas del más puro horror habido y por haber, hacia su próximo y aún desconocido destino.

Su gabardina negra, húmeda y desgastada, hizo parecer al hombre, de oscuro cabello azul, como una sombra más que como una persona, con sus dos bailarinas vainas a sus costados meneándose con sutileza, mientras la vaina más grande, en su espalda, donde depositó su enorme espada, se movía sólo cuando Kazuo lo hacía.

—¡¿P-papá…?! ¡¿Padre?! ¡¿PADRE?!

Y mientras Kazuo se alejaba con andar sereno, perdiéndose en la oscuridad cuan sombra que traía consigo muerte y destrucción, el desgarrador llanto del joven Fai Fang, el único que no pereció en las garras de aquel demonio disfrazado de humano, sonó cuan atronador rugido en medio de la noche, maldiciéndole, y jurando con cada lágrima derramada y lavada con la lluvia, que vengaría la injusta muerte de su padre a cualquier costo. Incluso si le costaba su vida hacerlo.

Lo juraba en nombre de su masacrado clan.

Era normal que nadie aceptase los términos que el Asesino de Maöh especificaba con sus contratos, confiando en ellos mismos lo suficiente como para creer que podrían domar esa fiera de aspecto humano, actitud frívola y estoico rostro, apuesto y, a su vez, misterioso, o que creyesen que se trataba de una broma de muy mal gusto para acobardarlos, incluso para orillarlos a pagar más con tal de callar la osadía con la que actuaba, indiferente hasta cierto punto, arrogante sin duda alguna. Y sólo cuando ya habían hecho daño con sus decisiones, cuando era demasiado tarde para cambiar de decisión, se retractaban, se acobardaban, y le daban el placer a su verdugo de verlos pedir misericordia, de verlos sufrir y agonizar cuando miraban a la muerte a los ojos, llorando, humillándose, destrozando su imagen y su reputación, y mostrando quiénes realmente eran en su interior.

Y eso era, definitivamente, lo que a él le gustaba ver. Lo que lo motivaba a continuar, abusando de sus capacidades, aprovechando sus cualidades, y vengándose de Maöh, del mundo que tanto odiaba desde que tenía memoria.

∞ • ∞ • ∞

Era una agradable tarde de agosto, pese al calor que el verano traía consigo, en una de las concurridas calles del Distrito Negro de Ahzero; el hogar y negocio de trabajadores dedicados a las actividades ilícitas que el Imperio de Manyphureyzön, desde hace doscientos años —el inicio de su tregua incluso antes del Tratado de Paz—, regulaba a su favor. El cielo despejado y de un brillante azul, y el cálido clima del verano, hacía lucir al Distrito como uno más del reino, armonioso, agradable y atractivo, apoyado por los deliciosos y habituales olores de las tradicionales comidas hechas de pescado y verduras cocidas, aprovechando que la hora de la comida se acercaba. Los murmullos de hombres y mujeres que iban y venían de un lado a otro realizando trabajos o buscando conseguir uno, resonaban por todas partes, con una que otra discusión de por medio y risas bobas y falsas de aquellas prostitutas que buscaban un dinero extra por parte de sus adinerados clientes.

Fai Fang no tardó en sentir asco de la vulgar vida a la que se había visto arrastrado al seguir las pistas de su presa. Mirar a las prostitutas, con exuberantes curvas y ajustados vestidos ataviados de joyas falsas, le producía una sensación de repudio sólo superado por su deseo de venganza. Había estado buscando a Kazuo por un par de meses y ahora que sabía dónde se localizaba, no iba a perderle de vista así tuviese que ir hasta el fin del mundo. Sólo restaban unos metros para llegar a su destino; el prostíbulo preferido del hombre, el más lujoso y, además, el único de calidad del reino —o eso había escuchado Fai durante su exhaustiva búsqueda—, por lo que no iba a mandar todo su esfuerzo a la basura. No estando tan cerca de su ansiado cometido. No tratándose del Asesino de Maöh.

El joven de cabello pardo y ojos grises se inmutó de la ostentosa fachada de su desagradable destino, y presuroso entró, sin olvidarse de su porte elegante, hacia su interior, ignorando a la atractiva mujer en la entrada, esbelta y de marcadas curvas bajo su ajustado kimono que a justas cubría sus pechos y muslos, con el único objetivo de encontrar al hombre que lo había dejado en la miseria.

—¡Muy buenas tardes, señor! —le saludó la vulgar prostituta, encaminándose a él, e intentando, con indiscreta coquetería, tomar su brazo, arrimando sus senos en el proceso—. Veo que es nuevo por aquí. ¿Le puedo ayudar en algo?

—Deja de joder, asquerosa puta.

El hombre de cabello azul y despeinado, con gruesos mechones que caían por su rostro —siendo uno de ellos el más llamativo por su curva hacia arriba, aun en contra de la gravedad—, ocultando su ojo derecho, mientras el resto era sujetado con coleta baja hecha desganadamente, se encontraba recostado en el cómodo sillón de la más alta calidad que el prostíbulo podía costear. Tan pronto dejó de leer su libro de cubierta negra que llevaba en sus manos desde su ingreso un par de horas atrás, ignorando a las exuberantes mujeres a su alrededor —atentas a cualquier necesidad que tuviera y embelesadas de su espléndida vista—, clavó sus frívolos orbes plateados en el invitado no deseado que interrumpía su descanso. Y sin siquiera levantarse de su lugar, bastante cómodo al parecer, el asesino retuvo con su libro la espada que fue lanzada cuan proyectil hacia él, pasando por alto el horror expresado en aquellos gritos que las mujeres que le acompañaban en su merienda, hipnotizadas con su presencia, intentaban ahogar con ambas manos.

Fai no tardó en atravesar la puerta hacia la habitación de Kazuo, tumbando a la temerosa mujer que murmuraba incoherencias con temblorosa y chillona voz, sacándosela así de su camino. Las demás prostitutas, alarmadas, yacían abarrotadas contra una de las esquinas del salón, con las manos en sus rostros y los ojos bien abiertos, enmudecidas del pánico. El aspecto de Fai Fang era de lo más común en el reino; cabello pardo hasta la nuca, piel pálida, ojos grises, una estatura inferior al 1.90, vistiendo un qipao negro con rojo, destacando del resto de los recurrentes al prostíbulo por la lujosa decoración en la vaina de su espada, y en ésta misma, presa en las manos de su supuesta víctima, pero aun así Kazuo le reconoció de inmediato, levantándose lentamente de su lugar para encararlo. Era una molestia, ciertamente, ya que no se imaginó ser perseguido por el crío al que le había perdonado la vida por orden de su anterior cliente. Tampoco se esperó que éste fuese tan temerario como para buscar venganza. Nadie en su sano juicio lo hacía, y que un chiquillo que no superaba la mayoría de edad lo hiciera era estúpido. Demasiado estúpido.

—Por fin te he encontrado, hijo de puta… ¡y haré que pagues por la muerte de mi padre…!

La lujosa espada con joyas impregnadas en el mango se enterró en el muslo del joven, atravesándolo, acallando así su voz. Fai cayó de rodillas al suelo, gruñendo y gimiendo con lágrimas en sus ojos, cegados por la ira, el miedo y la impotencia. Y cuando vio que Kazuo se encaminaba a donde él, una parte de sí tembló de terror, de un indescriptible horror con tan sólo imaginar que terminaría como su difunto padre, como su familia y el resto de sus sirvientes, deseando huir en ese instante, aun cuando su cuerpo no reaccionaba a su mandato. Pero lo que sucedió fue que el asesino caminó de largo, ignorándole, encaminándose a la salida, con las manos metidas dentro de su gabardina y las vainas de sus espadas meneándose al compás de sus movimientos.

—¡Detente inmediatamente! ¡Encárame! ¡Hazme frente! —ordenó Fai Fang, intentando levantarse, sin embargo, el agudo dolor en su pierna y el vergonzoso terror que aún sentía le obligaron a mantenerse inmóvil en su lugar, jadeando—. Al menos… ¡al menos dame la cara, despreciable asesino!

—No sigo órdenes de nadie que no haya pagado por mis servicios —murmuró Kazuo, mirándole de reojo con una mirada cualquiera, y, sin embargo, helada para Fai.

El hombre salió del prostíbulo con pasos ligeros y serenos, escuchando el grito iracundo del Fang, acompañado de sus pasos, torpes y ruidosos, dirigiéndose hacia él, su eterno enemigo, el hombre que le había arrebatado todo en un abrir y cerrar de ojos, por dinero y por diversión. Y lo encaró, por gusto, porque quiso hacerlo, viéndole con su característica seriedad, sin esforzarse en reconocer la mirada del joven; Fai buscaba venganza, sus intenciones eran claras. Todos siempre buscaban venganza cuando terminaba un trabajo, viéndole como el villano, como el monstruo, sin reparar en nada más allá de su autoproclamada realidad, algunos arriesgándose a encararlos y otros sólo perjurando que lo harían pagar caro.

Qué patéticos eran.

—¡Espera allí, Asesino de Maöh! ¡No…no huirás de mí!

—¿«Huir»? —el aludido le miró de soslayo, girándose para encararlo. Fai, con su pierna ensangrentada, torpe y jadeante, se aferraba al marco de la puerta del prostíbulo con una mano, mientras la otra sostenía su espada, viéndole con los dientes apretados, rechinantes, dispuesto a cumplir con su propósito a cualquier costo—. Hablas incoherencias, crío.

—¡Silencio! ¡Tú, bastardo…! ¡Te mataré, lo haré! ¡Vengaré a mi padre!

Fai oprimió su espada con sus temblorosas manos, renqueando hasta Kazuo, cruzado de brazos, viéndole cometer una tontería con indiferencia, con frialdad, tan característica en él. Pero el joven no llegó hasta el asesino, pues flaqueó, desplomándose en el suelo, con un ahogado gemido de dolor atorado en su garganta, repentinamente reseca, y sus ojos empañados, cansados de fingir lo que no era. Cansado de encarar por sí mismo la realidad que jamás imaginó vivir sin su padre, sin su familia.

Kazuo se hincó delante del muchacho, viéndole temblar sin control, con los ojos llorosos clavados en él, suplicando silenciosamente que terminara de una vez con su sufrimiento, aunque sus dientes apretados le reñían, le odiaban, le gritaban que no caería ante él.

—Eso suena divertido —fue lo que dijo Kazuo, antes de enderezarse, mirando con superioridad al devastado joven, quien le miraba con incredulidad e, incluso, y muy superficialmente, decepción—. Sin embargo, no tienes los cojones suficientes para ello, crío. Lárgate si aprecias tu vida. El dinero y vida de tu padre no te incluía a ti.

Fai se lanzó a Kazuo, furioso, cegado por la ira, motivado por el odio renacido de sus palabras, con su espada por delante; así sin más, impulsado por nada más que su orgullo. Y no sintió nada más que odio, más que esa necesidad de vengar a su padre, hasta no haber caído nuevamente al terroso suelo, tosiendo sangre, con su espada enterrada en su costilla, gimiendo de dolor frente a la mirada de los espectadores del Distrito de Ahzero, indiferentes de la riña, o entretenidos con ésta, inclusive. Sus ojos se empañaron nuevamente, derramando las orgullosas lágrimas que no soportaron más con su actuación, y lloró, escuchando los pasos del hombre alejándose de él, sin importarle nada. Ni su orgullo, ni mucho menos morir sin completar su venganza. Estaba tan aterrado como para continuar. Sentía odio, horror, sentía un sofocante dolor ahogándole, se sentía desamparado, abandonado, sin nada ni nadie que pudiese borrarlo; no sabiendo que el hombre que mató a su padre seguía vivo, libre e impune de sus actos. No sabiendo que él era incapaz de detenerlo, débil y patético, como Kazuo se lo demostraba con cruda indiferencia.

—Te mataré… ¡te mataré…! —sollozó, con quebradizo odio. Con un ferviente deseo de venganza, y un insoportable dolor nacido de su soledad. Fai lloró como el chico que era en el interior, escondido bajo una fachada de madurez que se derrumbaba lentamente.

—Suerte con ello, crío.

Kazuo continuó caminando serenamente, con las manos en los bolsillos de su pantalón, sin volver a dignarse a ver a Fai, sabiendo de antemano que su confrontación había llegado a su desenlace. También supo en ese momento que su estadía en el reino había llegado a su fin, pues no tenía intenciones de soportar a un chiquillo berrinchudo durante sus descansos. Mientras conseguía un nuevo cliente, lo más recomendable era viajar a otro lado. Vhenum sonaba como una buena opción; la comida era exquisita, y en la costa, el clima era más fresco. Las prostitutas eran mucho más atractivas, también.

No obstante, Kazuo pronto se decidió en viajar hacia el centro del Imperio, Manyphureyzön, si lo que realmente deseaba era descansar.

Aunque no se imaginó que terminaría viajando hacia allí, no para descansar, sino para embaucarse en la travesía más riesgosa de su vida.

∞ • ∞ • ∞

El clima del verano en Ahzero no llegaba a ser verdaderamente una molestia, no si Kazuo mantenía sus brazos desnudos, con apenas una venda en su brazo izquierdo, como mera decoración, y sus manos metidas en unos guantes negros sin dedos, frescos por el material usado en su fabricación. Ni siquiera el cuello largo de su camisa negra, pegada a su moldeado torso, era una molestia, o su pantalón holgado metido en sus botas de cuero negro, gracias a la tela, negra y ligera, con la cual habían sido confeccionados. De hecho, era cómodo andar con su característica vestimenta, negra cuan sombra, porque le daba un prestigio por sobre todos los demás, tanto trabajadores como habitantes, marcando la barrera entre ellos y él.

Eso sin mencionar que estaba acostumbrado a usar tal vestimenta por ya más de diez años, que ésta se había vuelto parte fundamental de su imagen.

—¡S-señor Kazuo…! ¡Señor, aguarde un momento!

El aludido detuvo su andar, sin dignarse en voltear a sus espaldas y encarar a la joven mujer que corría a él, presurosa y sofocada, para no perderle de vista entre toda la gente que iba y venía por el distrito. Tan sólo se limitó a esperarla, sabiendo que debía tratarse de algo importante, cruzándose de brazos. Cada que las mujeres del prostíbulo lo detenían, corriendo por la calle y gritando su nombre, era porque tenía trabajo por hacer. Todos los prostíbulos que frecuentaban terminaban volviéndose una especie de sede donde los clientes daban con él.

—A-acaba de llegarle una carta. Es de Manyphureyzön, creo…

—¿Qué dice la carta? —le interrumpió, mirándola de soslayo.

La jadeante mujer, luego de tomar aire y luchar contra el sonrojo que se apoderaba de su rostro, continuó hablando. —Requieren su presencia inmediata. Alguien lo está buscando. Se hace llamar Dishi Kuro de Shomra. E-eso es lo que tengo entendido según la carta de Jung.

—¿Shomra?

—Sí, Shomra. Es… es un reino, ¿no?

El hombre asintió, continuando con su caminata sin nada más que decir. La mujer le hizo una pequeña reverencia, inmutada a su falta de modales, antes de regresar a su trabajo, donde Fai, derrotado y humillado, ya se había retirado pese a su herida, tanto física, como emocional.

«El Reino de las Sombras…»

Kazuo apuró el paso, con movimientos rápidos, agiles y livianos, meditabundo. Había escuchado el nombre de Shomra en contadas ocasiones, más nunca se imaginó que realmente existiera, y que, además, quisiera contactar con él. Generalmente sus clientes pertenecían a los reinos más fuertes económicamente. Shomra no sonaba como un reino verdaderamente relevante, ya que ni siquiera pertenecía a una de las Tres Potencias Mundiales, y Kazuo dudaba que realmente pudiera comprar sus servicios… aunque no supiera para qué los querría, exactamente.

Un inusual nudo en su estómago se formó repentinamente, alertándole de algo, obligándolo a aminorar la marcha y a tomar aire para controlar su extraño nerviosismo. Algo en su interior le decía que las cosas iban a cambiar a partir de ese momento, y justo cuando estaba disfrutando de un pequeño descanso tras un trabajo finalizado exitosamente —omitiendo algunos percances menores, bastante habituales cuando cobraba su cuota—, pero, cuando se trataba de trabajo, y obviamente de dinero, cualquier advertencia, incluso suya, podía irse al diablo hasta nuevo aviso. Kazuo se movía por dinero, por avaricia y por nada más. Nada ni nadie lo detendría con su labor, con su eterna venganza y deseo insaciable de muerte y poder, incluso si se trataba de algo fundamental como el sentido común, la lógica, o el orgullo humano.

Además, todo el que contactaba con él estaba destinado a morir en sus manos, incluso si no le contrataba, por el mero hecho de entablar contacto con él, así que no había pierde en lo que hacía, fuera peligroso o no. Sus más de cuatrocientas muertes, de las cuales doscientas eran testigos y curiosos, lo respaldaban. Todo iba salir bien.

Y de no ser así, ¿qué tan grave podía ser el error que pudiese estar a punto de cometer el famoso Asesino de Maöh, reconocido por ser aparentemente invencible y poderoso?

∞ • ∞ • ∞

Agosto estaba en sus últimos días cuando el Asesino de Maöh llegó a su destino, con su cliente, a la posada de varios pisos de altura, cuya estructura era casi idéntica a la de una mansión, ubicada en una de las calles menos concurridas del Distrito Negro de Manyphureyzön. Varias posadas y negocios se encontraban cerrados, esperando el anochecer para abrir, y sólo contadas personas deambulaban por la calle, especialmente prostitutas, trabajadores y sus escasos clientes. El hombre vestía su habitual atuendo negro, con su rostro cubierto casi en su totalidad por su cabello y su cubre bocas, luciendo bastante tranquilo pese a haber llegado al nicho más grande de mercenarios y trabajadores ilegales del mundo, donde él, obviamente, era de los que más destacaban, para averiguar qué querían de él.

En el umbral de la puerta de madera, abierta siempre para los visitantes, diferenció, sin curiosidad ni sorpresa, una figura robusta, cruzada de brazos, a la espera de él. Era un hombre rondando por los cuarenta años, de estatura media alta que vestía ropas negras en su totalidad, siendo su plateado cabello lo que más destacaba de él, de Dishi Kuro, el representante del desconocido reino de Shomra. Bajo la sombra que proyectaba la posada parecía ser otra sombra más, haciendo honor a su reino.

Los ojos cobrizos del hombre se esforzaron en lucir falsamente serenos al ver al hombre de cabello azul acercarse a él, diferenciándolo incluso sin tener referencias de ser él a quien buscaba. Dishi se sorprendió de lo joven y robusto que era, no mayor a los veinticinco años y cercano a los dos metros de altura. Pero lo que más le sorprendió ver fue su helada y estoica mirada clavada en su persona, capaz de arrancarle un escalofrío. Ese ojo no era humano, algo se lo decía.

Cuando el asesino se plantó delante del Kuro, éste le dedicó una pequeña reverencia, tomando aire con el mayor sigilo posible para no demostrar abiertamente su nerviosismo. Y se esforzó aún más en dejar de divagar, mientras carburaba las palabras que debía decirle. —E-es un gusto conocerlo en persona, joven Kazuo. Mi nombre es Dishi Kuro y provengo de…

—¿Qué quieres? —interrumpió el aludido, con sequedad.

—Necesitamos su asistencia inmediata en Shomra —respondió Dishi, irguiéndose—. Nuestra princesa le ha mandado a llamar.

—Estaré cuánto antes. Ahora retírate.

—¿Eh? C-creo que no entiende. Debe ir inmediatamente…

El plateado ojo del hombre se entrecerró apenas unos milímetros, gesto suficiente para que Dishi se irguiera aún más, alejándose un par de pasos, tragando saliva con dureza, como un mero y primitivo impulso de sobrevivencia frente a un inminente peligro. —Estaré cuánto antes —repitió Kazuo, e ingresó en la posada, sin nada más que decir.

Dishi dio un suspiro asintiendo aliviado y derrotado. —Como quiera…

Hacerle frente al Asesino de Maöh, el temido y más famoso asesino a sueldo de toda la historia —más joven de lo que cualquiera se imaginaría— era una locura que se pagaba con la muerte. Dishi Kuro lo sabía bastante bien pese a ser la primera vez que veía al hombre en persona. Continuar vivo luego de conocerlo era increíble, y lo mejor era no hacerlo cambiar de parecer al molestarle. Dishi no tenía intenciones de volverse otro número más en la enorme lista de asesinatos del Asesino de Maöh, cuyo nombre real era una burla cruda y dura a su labor, una tremenda ironía que el hombre, por alguna razón, no cambiaba, porque aún había muchas cosas que el hombre quería hacer antes de morir. Ser asesinado, por supuesto, no era una de ellas.

Ciertamente era normal ver personas que cambiaban su nombre e incluso su identidad completa, enterrando su pasado y quién habían sido antes de su nueva vida, con suma facilidad. Y, sin embargo, el hombre, Kazuo, el temible Asesino de Maöh, no lo hacía. No quería hacerlo. ¿Por qué? Esa era una buena pregunta no sólo planteada por Dishi, sino por muchos más. Y una sin respuesta, además, porque todo acerca de él era un verdadero misterio. Lo único que se sabía de Kazuo era justamente eso; que era un asesino, y el más famoso, temido y peligroso que alguna vez existió en Maöh, ya que ningún otro asesino era más famoso que él, ni reconocido, ni mucho menos aceptado mundialmente en vista de que se trataba de un hombre imposible de eliminar. De ahí en más, no se sabía absolutamente nada sobre él, ni existía persona que lo supiera y siguiera con vida.

—Oh bien… aquí vamos…

Dishi tomó una bocanada de aire, dispuesto a volver a su hogar cuánto antes, temeroso de que Kazuo lo encontrase durante el camino y decidiera hacer honor a los rumores sobre él, pensando en la excusa que usaría cuando regresara y su princesa exigiera saber por qué no lo acompañaba su trabajador. La idea de estar solo con Kazuo cerca era aterradora, lo suficiente para arrancarle un escalofrío al hombre y obligarlo a apurar el paso, quien juraba sin cansarse que aún no quería morir. Y Dishi también deseó, e incluso rezó, que Yayoi Kuro, a quien estaba representando junto a su reino, tampoco tuviera deseos de morir todavía.

Aunque haber hecho contacto con el Asesino de Maöh ya había sellado su destino, sus razones debían ser bastante justificables para sus actos, o bastante estúpidas, quizá. Fuera lo que fuera, ya no había nada que hacer. Sólo ella sabía lo que hacía, y qué podría sucederle… porque ni siquiera el asesino imaginó que las cosas cambiarían drásticamente para él desde el instante en que aceptó un trabajo que atentaba contra su propia naturaleza.

Y gradualmente, ese trabajo cambiaría no sólo su vida o la de Shomra. Sino la de todo Maöh…

∞ • ∞ • ∞

Era el 13 de septiembre de 1584, en la entrada del aislado reino de Shomra.

Kazuo pasó por el puente en pésimo estado, sintiendo la fuerza del río a sus pies, haciendo salpicar agua a una gran altura por toda la superficie de aquel puente de madera casi podrida y rechinante que había sido abandonado desde un tiempo atrás —pues el estado en el que se encontraba dejaba mucho qué desear—, inmutado por el panorama solitario y sombrío de árboles gigantes obstruyendo los pálidos rayos del sol. Con rostro inexpresivo terminó de pasar por el pasaje, no muy largo —una decena de metros cuando mucho, y poco más de un metro de ancho—, adornado apenas por un pequeño barandal a ambos costados, antes de encaminarse nuevamente, y con un terreno más seguro por el cual caminar, a su próximo destino.

Mientras caminaba, el sonar de sus botas hacía crujir el pasto por el que caminaba con paso calmado y sin aparente apuro en llegar. Las vainas a sus costados se movían al compás de sus movimientos, rompiendo el silencio del sitio; la de su espalda se mantenía firmemente a su cuerpo, sólo moviéndose según lo hacía él, a diferencia de las gemelas que se movían con más libertad.

La solitaria entrada del reino le dio la silenciosa bienvenida a quien recién atravesaba el boscoso y terrible paisaje dejado atrás, para abrirle sus puertas al reino de Shomra. A sus espaldas sólo quedó un rastro de soledad cortada algunas veces por visitantes y forasteros que se decidían a llegar al reino, saliendo de éste sin intenciones de regresar, en la mayoría de las veces. Un camino casi abandonado y olvidado junto a su reino desde la muerte de Yu Kuro, el rey de Shomra, un año atrás.

Un camino que volvía a ser transitado con ayuda del actual monarca; la joven princesa Kuro, en una época donde la guerra aún parecía muy lejana.

Y cuando los partícipes del trato que cambiaría sus vidas se reunieron, el rumbo del mundo comenzó a cambiar también.