19. Protegida.

Kazuo se preparó para lo que pudiera suceder cuando abriera la puerta e ingresara a su habitación, donde Ko seguramente seguía durmiendo o donde quizá estuviera esperándolo, sollozando o sólo observando su entorno con la inocencia perturbadora que ella había mostrado desde el inicio. A sus espaldas estaban Kotaro y Yayoi, bastante nerviosos. El hombre no quiso imaginarse cómo serían sus reacciones cuando les mencionara que se iría terminando la semana, pues primero debía recuperarse lo suficiente para el viaje que se avecinaba.

La puerta no tardó en deslizarse, dejando ver el interior de la habitación del guardaespaldas. Los rayos del sol, y la frescura de la mañana, causaron una reacción en Ko, acurrucada en la cama, con la camisa del hombre cubriendo lo suficiente para no mostrar su desnudez abiertamente. Kotaro carraspeó, desviando la vista, mientras Yayoi hizo una mueca de repudio. Kazuo, en cambio, se encaminó hacia ella, estoico como solía ser, ignorando el dolor, el ardor de su cuerpo, y los amargos momentos pasados la noche anterior.

La chica entreabrió sus ojos, dejando escapar un pujido resignado. Frotó su ojo derecho, mirando a Kazuo acercarse a ella, y tan pronto lo hubo reconocido, su expresión cambió radicalmente, levantándose de golpe para verlo, hablarle con una enorme sonrisa y sus ojos brillando felices.

—¡Kazuo! —Alzó las manos, deteniéndose antes de lanzarse a él, cuando un rugido estridente la sorprendió por un momento, tanto o más que a los tres muchachos dentro de la habitación—. Uh… comida…

El hombre asintió, girándose para ver a Yayoi.

—¿El desayuno está listo?

—¿Ah? ¡¿Vas a darle de comer?! —Kazuo le miró de mala gana—. L-la comida que te traje ayer… uhm, la comida sigue afuera, seguramente.

—Tráela, entonces.

Kotaro miró a Yayoi, buscando su consentimiento, antes de salir de la habitación y recoger la bandeja con comida abandonada la noche anterior. Estaba fría, obviamente, pero, conociendo a su princesa, no se esperaba mejor trato hacia una mujer, una enemiga que había osado entrar al territorio de la Kuro, de osar pisar su santuario y contaminarla con su existencia. Porque la misoginia de Yayoi era grave… muy grave, como para considerar una desgracia al hecho de que en su reino hubiese mujeres, y peor aún, una ofensa hacia su persona el que una desgracia, una inmundicia, pisara su lugar…

Kazuo tomó la bandeja en sus manos, girándose de nuevo hacia la chica. Ésta miró con ojitos suplicantes la comida, gimiendo por los rugidos de su estómago, ansiando tener la comida ya con ella. Pero, cuando el guardaespaldas le entregó la bandeja, Ko no pudo con ella una vez sopesado su peso, provocando que el hombre, por mero reflejo, detuviese la bandeja con todo y comida, acercándose peligrosamente a ella. Y a pesar de ello, tanto Kotaro como Yayoi notaron que Kazuo no se veía en lo absoluto molesto.

En realidad, sus ojos miraban fijamente a Ko… con una extraña expresión en su rostro.

«Supongo que no es lo mismo un plato con pasteles que una bandeja con comida…»

Kazuo se hincó delante de la semidesnuda chica, acomodando la bandeja en su rodilla, para, posteriormente, y con una amabilidad perturbadora para los conmocionados Kuro, darle un bocado directamente en la boca a la chica. Ésta gustosamente se acercó a la verdura fría, devorándola con avidez, sonriendo bobamente con sus mejillas sonrojadas y el agradable sabor de comida en su paladar, ignorando la frialdad de la comida. Porque comida era comida, a fin de cuentas.

Kotaro se quedó boquiabierto por la acción de Kazuo, por verlo actuar de un modo que jamás en su vida imaginaría que vería, temiendo que el hombre se hubiese vuelto loco o algo semejante por culpa de la chica. ¡Por todos los cielos, estaba alimentando a una chica como si fuera su…su niña! Yayoi apretó los dientes, gruñendo por lo bajo, odiando a esa chica por todo lo que osaba hacer frente a ella, viendo la situación de otro modo, para nada fraternal. Y debía admitir que odiaba a Kazuo también. Lo odiaba más que a nada en el mundo por todo y por nada, al menos en ese momento. Pero Kazuo, él, a diferencia de los primos Kuro, no sentía especialmente nada al alimentar a la chica. O tal vez sentía demasiadas cosas para poder comprenderlas. Lo único que podía hacer con claridad en ese momento era alimentarla, acercar la comida lo suficiente a ella, para que pudiera engullirla, ignorando, además, las miradas clavándose en su espalda…

Después de alimentar a la chica lo suficiente para acallar su ruidoso estómago, Kazuo se enderezó, mirándola con su habitual superioridad, dejando la bandeja en el suelo. La chica alzó su cabeza hacia él, mirándole fijamente con sus adorables e inocentes ojos, comprendiendo que la situación no se prestaba para tontear ni nada semejante. Tenía que ser seria. Lo podía sentir y saber al ver los ojos de Kazuo, al ver a Yayoi cruzada de brazos, al ver la seriedad de Kotaro. Podía ser demasiado torpe aún, pero era consciente de lo necesario.

—Te haré unas preguntas. Te aconsejo que las respondas, por tu bienestar.

—¿Uhm?

Kazuo sabía que ella, con aquella expresión, parecía confundida por repetir la misma rutina que el día anterior, pero ahora, con Yayoi y Kotaro presente, las cosas iban a ser claramente diferentes. O al menos, esperaba que lo fueran. Pero, con verla a los ojos, sus inocentes ojos, algo le decía que no iba a conseguir verdaderas respuestas a sus dudas. Algo le aseguraba que sólo sería un problema más con el cual lidiar. Porque ella no sabía lo que sucedía. No sabía quién era. No sabía qué hacía… la chica no sabía nada. Y en caso de saber algo, ¿qué tanto podría ser?

—¿Quién eres? —Le preguntó el hombre, breve y directo, mirándola con frialdad.

—… uh… —Ko ladeó la cabeza, encogiéndose de hombros—. ¿Ko?

Kazuo la fulminó con la mirada, maldiciendo haberle llamado de esa manera… Yayoi y Kuro se mostraron notoriamente confundidos.

—¿Qué hacías con esa mujer? —La chica negó con la cabeza, en sinónimo de no saberlo—. Runa. ¿Qué hacías con ella? ¿Sabes por qué te abandonó? —Ko ladeó la cabeza hacia el otro lado, arqueando sus cejas y entreabriendo su boca, para posteriormente hundirse de hombros. Kotaro y Yayoi no salían de su estupor—. ¿De dónde eres? ¿Manyphureyzön, Nahretzu…?

—Caverna —contestó Ko, interrumpiéndolo.

Kazuo guardó silencio un momento, secretamente sorprendido de que Ko le respondiera. Al menos era consciente de su alrededor a pesar de aparentar lo contrario.

—¿Y antes de la caverna?

—Uh… —La chica le miró aturdida. Y luego, pareciendo agobiada, se hundió de hombros.

—… ¿qué hacías en la caverna?

Ko le vio con ojos llorosos, temblando. Su respiración se había acelerado y Kazuo era consciente de que sus manos se aferraban fuerte y desesperadamente a las sabanas, como si contuviera el dolor, el sufrimiento que comenzaba a atormentarla. No entendía por qué actuaba de esa manera cuando el día anterior no había reaccionado como tal, aunque lo atribuía a su interrumpido interrogatorio. En esos momentos Ko ya no podía seguir evadiendo el tema, tenía que hablar, aunque Kazuo comenzaba a pensar que ya estaban estancándose; Ko no se sentía cómoda respondiendo sus preguntas ni recordando, o intentando hacerlo. Si eso seguía, en cualquier momento…

Pero tenía que hacerlo.

—Bien. Cambiaré de pregunta —anunció, esforzándose mentalmente para lo que se avecinaba—. ¿Quién es Shin?

El nombre recién pronunciado consiguió un reflejo inconsciente en la chica, quien no pudo contener aún más las lágrimas en sus ojos. Kotaro vio, conmovido, las lágrimas empapando las mejillas de la chica, con sus ojos brillando esperanzados. Yayoi torció la vista.

Pero, para la propia sorpresa de Kazuo, Ko se encogió de hombros, pareciendo confundida por los sentimientos que repentinamente la asechaban.

—¿Shin?

—… ¿quién te puso ese sello? ¿Fue esa persona? ¿Fue Runa?

—¿Qué demonios…? —Yayoi no pudo evitar interrumpir el interrogatorio, mientras Ko mantenía sus ojos clavados en el frívolo ojo de Kazuo, tratando de entender, de recordar, de… algo. Cuando el hombre le miró de reojo, la princesa se encaminó a él, ansiosa y confundida—. ¿De qué va todo esto? No entiendo. ¿Quiénes son Runa y Shin? ¿Cómo los conoces?

—No interrumpas, Yayoi.

—¡Necesito saberlo! ¡Ella es una intrusa! Si no me respondes, voy a correrla…

—Dame un momento. Sólo eso, Yayoi. No responderá si la intimidas.

La princesa bufó, cruzándose de brazos.

—K-Kazuo… uh… ella…

Cuando Kazuo volvió la mirada a Ko, sin entender la mirada de Kotaro, ésta sollozaba, intentando tomar aire, apretando fuertemente su pecho, arañándolo, intentando detener el dolor. La enorme cicatriz en éste comenzaba a sangrar con sus desesperados arañazos, obligando a Kazuo a interferir, aparentemente tranquilo, aunque en el fondo maldecía por haberla orillado a ello. Y ante las miradas de los Kuro, el hombre se acercó a Ko hasta sostener sus manos con rudeza, alarmado de que su herida sangrase y ella, mientras lloraba y forcejeaba, temblando y jadeando, dejase ver las marcas en su cuerpo que no pudo retener. El dolor de Ko, al parecer, era demasiado, y esas marcas mancharon su piel como si retuvieran la magia que en ella emanaba desbocada, en caso de sellarla. Kazuo no podía estar realmente seguro de ello y por eso mismo estaba en busca de respuestas.

Respuestas que no llegarían pronto, por lo visto.

—¡No, no, no! ¡No! —Chillaba Ko, forcejeando, gritando con miedo. Kazuo se vio obligado a tirar de ella, abrazándola, ignorando a sus espectadores. Por lo poco que sabía de Ko, la chica se tranquilizaba cuando se sentía segura. Él no era precisamente un hombre de fiar, pero su presencia la reconfortaba, de eso estaba seguro. Si ella lo sentía cerca, si ella descubría que era él, dejaría de forcejear.

Y Kazuo no se equivocó, pues la chica dejó de pelear con él cuando la abrazó con fuerza, rodeando su menudo cuerpo entre sus fuertes brazos, aferrándose fieramente a su camisa, temblando con fuerza, con desesperación, llorando con un desgarrador llanto que, por un fugaz instante, derritió su corazón y el de los Kuro. Fuese lo que fuese que dañaba a la chica, debía tratarse de algo realmente terrible. Desvelarlo sería difícil… en caso de querer hacerlo, a pesar de las reacciones de Ko que le hacían sentir compasión por ella.

—… ¿q-qué fue eso? —Interrumpió Yayoi, sintiendo una oleada de ira recorriendo sus venas.

Kazuo le miró de reojo, sin dejar de abrazar a Ko, ya más tranquila que antes.

—… tiene un sello. Por ende, no recuerda nada. Intenté averiguar sobre ella, pero no sabe siquiera quién es. Quien la ha dejado… parece querer ocultarla de algo… o alguien.

—¿Y esa persona es…Runa? —Se arriesgó a preguntar Kotaro.

Kazuo asintió, no muy convencido de hacerlo.

—Probablemente.

—¿Y quién es Shin?

La chica se aferró aún más a él, como si el mero hecho de mencionar ese nombre fuera la razón de su sufrimiento. Kazuo los miró sin nada qué decir, para posteriormente ver a la chica, sobando su cabeza.

Ko era una chica peculiar, extraña, si se lo preguntaban. Confiaba ciegamente en él, un asesino, un monstruo que no había dudado en asesinarla —y como prueba estaba la herida abierta en su pecho—, pero el nombre de una persona la desarmaba de miedo y dolor, algo que él no pudo causarle en esa magnitud. Podía dejar que él hiciera lo que quisiera con ella, a pesar de ser lo bastante fuerte como para defenderse satisfactoriamente, y sufría como ninguna persona debía sufrir a su edad, como nadie debería sufrir, sin siquiera saber la razón exacta del porqué.

Sí, era obvio que Ko era totalmente diferente a él y esa era la razón de su excentricidad. Kazuo jamás podría entenderla. Al menos no mientras continuara rechazando la curiosidad que emergía gracias a ella.

—Tenemos que atender primeramente su herida —fue lo que dijo, al cabo de unos minutos de tenso e incómodo silencio.

Yayoi arrugó la frente.

—No hasta que…

—Llama al puto médico para que la atienda.

—¿Por qué debería?

—Porque tienen que cuidar de ella.

La mujer frunció severamente el ceño.

—No. Tú la trajiste, tú encárgate de ella. —Y eso significaba que, de alguna manera, Yayoi estaba dándole permiso de quedarse en Shomra, en el castillo. O quizá sólo era uno de sus arranques irracionales cuando discutía con él.

—No puedo. Si la llevo conmigo…

—¿Cómo que «llevarla contigo»?

Kazuo maldijo en voz baja. Había olvidado ese pequeño detalle… maldición. Sería realmente difícil decírselo ahora que Yayoi estaba encrespada por la presencia de la chica, cuya cercanía era demasiado incomprendida, y aunque no dudaba que sería capaz de convencerla de dejar a Ko en el reino, poder irse de buenas a primeras sería el verdadero problema. Después del reciente encuentro con aquellos tíos, Yayoi no dejaría que él se fuera, temiendo dejar a Shomra desamparado, y aunque ambos eran más que conscientes del inminente resultado, Yayoi no era la clase de persona que simplemente se rendiría así sin más. Lo obligaría a seguir en el reino, a defenderlo hasta el final, y ni siquiera cuando su vida estuviera por finalizar, ella dejaría a Shomra en manos ajenas. Antes muerta, eso era seguro, tan seguro como que incluso él se vería forzado a arriesgarse por un trabajo que creció en responsabilidades hasta volverse un verdadero estorbo en su vida.

Kazuo suspiró, sintiendo que Ko volvía a tranquilizarse para alejarse de él apenas lo suficiente para mostrar sus llorosos y confundidos ojos.

—Sabes que este momento llegaría, Yayoi. De cualquier forma, debemos atenderla primero. Después…

—No atenderé a una completa extraña en mi reino. Tú la trajiste, y si te vas a largar, vete con ella. No la quiero aquí.

Kotaro intervino, sujetando a Yayoi del hombro, dedicándole una sonrisa lo más sincera posible.

—Yayoi, está herida. Si le damos tiempo, ella responderá y demostrará que es de fiar. Kazuo la trajo aquí por una razón, después de todo. Confiemos en ellos.

—… él aún no ha dicho por qué la trajo.

—… responderé cuando haya sido atendida. Yayoi, esto va en serio.

—Yo también voy en serio.

El guardaespaldas cerró los ojos, dando un gran respiro.

—Vas a atender a esta puta cría si no quieres que te arranque la lengua, princesa de mierda. La información que ella tiene podría salvarte el puto trasero y a tu reino de mierda, ¿me entendiste? Ahora mueve el culo o te obligaré a hacerlo; no estamos para perder el tiempo en tus estupideces —gruñó, con la paciencia por los suelos y la ira recorriendo sus venas.

Yayoi le vio con los ojos bien abiertos, frunciendo el ceño, ofendida, resentida.

—Dame su nombre. Sólo su nombre y lo haré.

—Princesa…

—No puedo llamar a Zen y decirle que una desconocida necesita ser atendida. No pienso hacerlo. No voy a tomarme esa molestia por alguien cuyo nombre ni siquiera conozco.

Kazuo le vio de reojo, severo e irritado. Yayoi lo encaró con dolidos ojos, orgullosos y necios como sólo ella sabía ser. Y él supo que ella no iba a ceder y que, entre más se tardase, Ko más sufriría. Así que tuvo que ser él quién cediera.

—¿Cuál es tu nombre? —Preguntó Kazuo, sosteniendo el mentón de Ko con toda la amabilidad de la que disponía. Ella moqueó, viéndole con suplica—. Sólo necesito un nombre. Sé que lo recuerdas.

—… uh…

Necesito saberlo. Haz memoria… p-por favor —susurró Kazuo, desviando sutilmente la mirada.

Justo la gota que derramó el vaso.

Yayoi apretó fuertemente los puños, interrumpiendo los jadeos y moqueos de Ko.

—La quiero fuera de mi reino cuando termines de perder el tiempo haciéndole preguntas —ordenó, con fingida serenidad—. Es una orden.

—Princesa…

La puerta se abrió con fuerza desmedida. Kazuo miró de reojo como la mujer salía de la habitación, reprimiendo esas tremendas ganas de desahogarse, cerrando la puerta con la misma fuerza desmedida que antes. Luego volvió la vista a la jovencita que le veía con lágrimas en los ojos, temblando, con sus manitas fuertemente apretadas a la altura de sus muslos, esforzándose en recordar a pesar del dolor.

Kotaro dudó en ir tras la mujer, a diferencia de Kazuo, a quien poco le importó los sentimientos de ésta, más enfocado en su labor con Ko. Y cuando el joven se iba a retirar, la balbuceante voz de Ko hizo acto de presencia, deteniéndolo.

—Iza… Isa-ya… I… yo… ma… —Balbuceó la chica, sujetándose fuertemente la cabeza—. Isa… Iyo…

—¿Isa…qué? —Preguntó Kotaro, confundido. La chica balbuceaba demasiado. No le entendía.

—¡Iza …! —Bramó ella, exasperada, disminuyendo su tono de voz—. I… yo… Iza… yo…

—¿Izayoi?* —Inquirió Kazuo.

La chica parpadeó sorprendida, asintiendo inconscientemente. Kazuo arqueó una ceja.

—Sí. Iza-yo-i… Izayoi. Izayoi.

—Ve por Yayoi —ordenó Kazuo, sin mirar a Kotaro. El joven parpadeó confundido—. Tenemos un nombre. Ve por ella; tenemos que atender a esta cría.

El muchacho frunció deliberadamente el ceño, dando varias zancadas hacia Kazuo.

—¿Cómo puedes ser tan insensible? ¿Cuál es tu problema, maldita sea? La princesa… la princesa acaba de perder los estribos… y… y actúas como si nada te importara… ¡¿es que no te das cuenta de cuánto la has herido?!

—¿Debería importarme?

—Tú, cabroncete…

—Mi trabajo es proteger a Shomra, proteger a su reina y nada más. Heridas como las que mencionas están fuera de mi jurisdicción; ¿quién soy yo para detener que ella se siga hiriendo sola? El dinero que paga, de cualquier modo, ni siquiera solventaría que lo intentara.

—¡Eres un bastardo! —Bramó Kotaro, dispuesto a atacar a Kazuo.

Pero sus sombras se vieron evaporadas, para su propia sorpresa, viendo, con los ojos bien abiertos, a la chica, con su ojo brillando y su sombrío rostro reluciendo una mirada que no parecía pertenecerle a ella y que heló hasta lo más recóndito de él, desarmándolo totalmente.

Esa chica usaba magia de Nahretzu. Pero… algo le decía que no sólo usaba dicha magia. Sí. Su cuerpo inmovilizado, paralizado, se lo gritaba.

La protegida de Kazuo era…

—No sigas perdiendo el tiempo —ordenó Kazuo, de nuevo.

La fría mirada de la chica se desvaneció, y ella, con esa desconcertante inocencia, le vio con curiosidad. Kotaro tembló, sudando frío, apurándose en salir.

Estaba aterrado.

Cuando Kotaro salió sin decir palabra, Kazuo se apartó de Izayoi, viéndola con seriedad. Ella en ningún momento despegó su mirada de él, como si lo escudriñara, y mientras lo hacía, posó su mano en su herida, sintiendo un espeso líquido salir en constantes gotas. Era una sensación desagradable, pero no dolía más. Ya no le dolía.

—Dices llamarte Izayoi, ¿cierto? —La aludida asintió—. Dices no recordar nada. ¿Ni siquiera a Shin?

La chica oprimió su pecho, ignorando la sangre fluyendo con más consistencia, y negó con la cabeza.

Kazuo meditó un momento, ignorando la mirada interrogativa, preocupada y confundida, que la chica le dirigía. Tenía que hacerla hablar a cualquier costo; formular mejor sus preguntas, obligarla a hablar de alguna manera, presionarla, forzarla a recordar… pero ¿cómo? Con ese sello presente era muy poco probable que lo consiguiera. Debía deshacer el sello…

Sin embargo, estaba en Shomra, un reino aislado de las demás Potencias, con una princesa que odiaba a Manyphureyzön y rechazaría todo intento de contactar con dicho Imperio. ¿Qué opciones tenía? ¿Cómo iba a descubrir sobre la chica? Kazuo no quería irse sin antes haber atado cabos, o, al menos, tener un ligero indicio. Si se iba en ese momento, sin saber nada, ¿cómo iba a vengarse de haberlo metido en un meollo del cual no había querido ser parte desde el inicio?

Si se iba y dejaba a Izayoi sola, ¿cómo iba a asegurar que estaría bien?

Kazuo negó con la cabeza. No, no y no. No debía seguir en su rol de guardián con ella, no debía tratarla como su protegida ni debía empatizar con ella. Había aceptado protegerla, se arrepentía y por ello buscaba dónde botarla. Nada más. No estaba preocupado por ella, sino por él, por su reputación, por su vida, por su trabajo como asesino, como hombre solitario, sinvergüenza y descorazonado. Por lo tanto, en cuanto curaran esa herida antes de que se tornara riesgosa —aunque, si era una Bendecida, disponían de más posibilidades para atenderla antes de que se viera en verdadero riesgo—, la dejaría, con o sin respuestas, y continuaría su vida, ya fuese planeando y realizando su venganza o simplemente haciendo las cosas a su manera; deshaciéndose de todo el que él consideraba que era un peligro, sin importarle pruebas ni argumentos y sin planear nada elaborado.

De cualquier modo, Kazuo siempre consideró que debía deshacerse de Runa. Hacerlo como venganza o por mero gusto no cambiaría el destino de esa mujer.

Incluso si ésta lo había salvado.

∞ • ∞ • ∞

Kotaro alcanzó a Yayoi luego de salir de la habitación de Kazuo, sujetándola fuertemente del brazo, obligándola a detenerse y encararlo. Sus sonrojadas mejillas y sus ojos llorosos calaron en lo más hondo del muchacho, quien la soltó, sintiendo su corazón resquebrajarse.

—¿Te sucede algo, Yayoi? —Fue lo único que se le vino a la mente—. ¿Te…te sientes mal?

—Ella… ¿por qué tiene que estar ella aquí? ¿Por qué Kazuo me desobedece? —Susurró Yayoi, hundiéndose de hombros—. ¿Por qué me desobedeció en…en la regla más importante? Y encima… encima se burla de mí y… y…

—¿Estás molesta porque trajo a Izayoi?

Yayoi arrugó la frente.

—¿Izayoi?

—Ese es su nombre, probablemente.

—… lo consiguió, ¿huh…?

Kotaro asintió con la cabeza.

—Kazuo me dijo que viniera por ti. Él… ese idiota insiste en que la atendamos. Está herida, Yayoi; tenemos que hacerlo.

—¿Y luego qué? —La mujer se cruzó de brazos—. ¿Dejarla estar de un lado a otro mientras lo seduce y él se deja seducir por ella?

—Creo que estás haciéndote una idea errónea.

—Yo los vi. Y sé que tú también puedes verlo. Ellos…

—Kazuo no es esa clase de hombre. No aquí, Yayoi, contigo como su clienta.

—Él se va a ir. —Yayoi apretó sus puños, viendo a Kotaro con resentimiento—. Yo ya no seré su clienta. Quizá ya ni siquiera lo sea. Y aun siendo su clienta, él… él la prefiere en vez de a mí…

—… siento que ella sabe más de lo que aparenta. Por eso él… él sólo está haciendo su trabajo, princesa.

—¡¿Kazuo haciendo su trabajo?! ¡Por su culpa caso morimos! —Gritó la mujer—. ¡Si él realmente estuviera haciendo su trabajo, habría asesinado a esa…!

Kotaro la tomó dulcemente de los hombros, abrazándola.

—Entiendo que sigas sensible por… lo de aquella vez, pero ella no tuvo la culpa, Yayoi. Kazuo dijo que había otra persona. Runa; ella seguramente es la asesina, no Izayoi.

—¿Cómo puedes asegurarlo?

—Porque, de haber sido ella la asesina, ¿crees que estaríamos aquí, hablando, luego de aquella desventura? ¿Crees que Kazuo seguiría con vivo, siendo quien más convivió con ella? —Yayoi hundió los hombros. Kotaro suspiró, alejándose de ella y tomándola de las mejillas con gentileza—. No te pediré que la aceptes en el reino. Pero dale tiempo. Deja que agarre confianza y entonces hablará. Ella no es tonta; nos entiende, y hace lo posible por ser recíproca a nosotros. Pero estamos demasiado tensos para ser pacientes y eso es lo que la reprime a ella. La estamos intimidando, forzando, presionando… estamos obligándola a hablar. Dime, Yayoi, ¿tú hablarías si fueras ella?

—Claramente. De otro modo…

—Si ese hombre, Daisuke, volviera aquí y te presionara a que accedas cederle Shomra, ¿lo harías de buenas a primeras, Yayoi?

—… ¿p-por qué me pones ese ejemplo…?

—¿Lo harías? —Insistió Kotaro. Yayoi negó con la cabeza sin pensarlo dos veces—. ¿Ves? Es lo mismo con ella. Nosotros no somos sus enemigos, pero si queremos que hable y se sincere con nosotros, debemos demostrarle que está a salvo. Aún desconocemos la razón del por qué estaba con la asesina de Manyphureyzön, aún no sabemos nada de ella. No podemos juzgarla sin antes conocerla. Además, ¿viste a Kazuo, cierto? ¿Viste sus reacciones, viste la forma en que él se dirigía a ella?

—… sí. —La princesa desvió la vista al suelo—. La defendió y… la trató… distinto…

—Sé que no te gusta, pero debes intentarlo. Tal vez Izayoi sepa por qué sucedieron esas muertes y… y quién sabe, tal vez ella consiga que… Kazuo se quede más tiempo… si demostramos que vamos a aceptarla y queremos saber lo que ella sabe, la razón de su sello y por qué… —Kotaro guardó silencio, dudando si decirle a Yayoi sobre sus incertidumbres. Y optó por no hacerlo, no por el momento—. Y que queremos saber cómo es que Kazuo terminó cuidando de ella. Estoy seguro de que él no se irá tan fácilmente y Shomra estará a salvo por más tiempo si nos damos la oportunidad, ¿sí?

Yayoi asintió, dubitativa al principio. Luego aseveró la mirada.

—Aun así, no confío en ella. A la primera cosa sospechosa que note en ella, la sacaré de Shomra, la sacaré a patadas, sí, y yo misma lo haré, nadie más. —Kotaro asintió, sonriendo resignado.

Digna actitud de su princesa cuando no quería admitir su derrota…

—Bien, entonces, ¿qué le parece si vamos por Kazuo e Izayoi y los llevamos con Zen?

—… me iré adelantando —contestó Yayoi, torciendo la boca—. Los espero allá. Lo que menos quiero es ir y encontrarla… revolcándose con… ugh… ni hablar.

Kotaro sonrió, nervioso.

—D-dudo que realmente intente eso con Kazuo…

—Ya viste cómo es de aventada. No me fío de sus intenciones hacia Kazuo.

—Yo pensaría más bien lo contrario…

Yayoi se sonrojó furiosamente, captando la indirecta.

—S-sólo date prisa.

El muchacho asintió, escondiendo una sonrisa orgullosa queriéndose apoderar de sus labios. No iba a presumirlo arrogantemente, pero era él quien influía bastante en las decisiones de la princesa y que ésta hubiese accedido a sus recomendaciones ante un tema demasiado delicado para ella era una buena señal. Así fuera un par de días o una semana, que Izayoi se quedara un poco más en Shomra, bajo el cuidado de ellos tres —confiando en que Kazuo no podría irse si la usaban a su favor—, significaba que Yayoi podía ser comprensiva con las mujeres, a pesar de su conflicto con éstas. Con algo de suerte la chica desvelaría aquel secreto resguardado celosamente bajo su sello y Kazuo se quedaría con ella hasta que él o Yayoi se hartaran de cuidarla.

De cualquier modo, al menos por ese tiempo otorgado, ella estaría bien. Y Kazuo sufriría teniendo que soportarla y cuidarla porque él la había traído, porque era su responsabilidad, y porque, como parte del reino, con Izayoi tenía una doble responsabilidad que tanto el trato con Yayoi como la razón de haber aceptado semejante disparate se lo ordenaban.

Kotaro sonrió satisfecho con ese pensamiento; satisfecho y maldoso. Definitivamente valdría la pena la estadía de la chica, tuviera información relevante o no, se convenció fácilmente, olvidando información que Kazuo había mencionado, por su propio bienestar.

Y aunque temeroso del peligro que ella escondía —en caso de ser un peligro real y no un mero reflejo de seguridad para su guardián y ella— y de esa mirada penetrante, helada y aterradora, como una bestia al asecho de su presa, él buscaría la forma de cuidarla y de no dejar que nadie la dañara ni la expusiera a ningún peligro, tanto como esperaba que lo hiciera Kazuo.

Porque no quería volver a ver esa mirada en su vida nunca más. Porque al ver esos ojos fijarse en él, Kotaro sintió que su mundo se congelaba y un terrible sudor frío lo empapaba con terrible horror.

Era como si viera… como si algo indescriptible hubiese hecho acto de presencia, protegiendo a su guardián, al hombre que la cuidaba, protegía y por la cual se arriesgaba a pasar por situaciones que por Yayoi, si actual cliente, jamás pasaría, ni siendo obligado a ello.

«Por un momento parecía un monstruo…».

Kotaro supo que esos ojos violetas jamás podría olvidarlos, porque esos ojos le recordaron, muy vagamente, una mirada que causó en él la nostalgia, miedo y dolor que nunca antes había sentido.

Y era raro, pero Kotaro recordaba esos ojos frívolos, asesinos y aterradores.

Pero esos ojos no buscaban intimidarlos. Esos ojos eran así. Ella era así… aunque el joven no supiera de quién se trataba.