¡Hola! Bienvenidos a mi contribución del Reto #10: "Amistades peligrosas" del Foro "El Rincón Creativo".

Francamente, no estoy segura de qué tan cuerda es la idea, porque el Servicio Social y otros proyectos personales me están consumiendo el cerebro (xD)

Además, creo que la idea original resultaba un tanto compleja y, entre el límite de palabras y el tiempo con el que contaba, hicieron que todo ocurriera de forma apresurada. De cualquier forma, deseo de todo corazón que la historia sea de su agrado.


((*~* [VIK-0] *~*))

{.ͼͽ.}

"Me hicieron así porque ustedes, los humanos, prefieren interactuar con los de su misma especie".

—Ridley Scott, Prometheus.

PRÓLOGO

Amelia tropezó y necesitó recurrir a una dolorosa maniobra para no irse de bruces contra el suelo. Gimió desesperada, incapaz de sostener sus lágrimas. "¡Mierda!". No lograba distinguir nada entre la oscuridad y el llanto.

Volvió a blasfemar todo su repertorio de groserías, ya que las punzadas estaban obligándola a bajar el ritmo de la carrera y eso tendría un nefasto final.

¿Por qué lo había hecho?

Loeiz siempre fue un especialista cuando se trataba de engañar. Era su ocupación de la vida cotidiana. Amelia sabía que entre las intenciones de su hermano nunca estuvo faltar una y otra vez a su palabra. Ella solía creer que se debía a esa terrible maldición de la versada Lengua Censurada, donde los adultos se obligaban a mentir para garantizar la felicidad de su amada Starfall (colonia que hacía lo imposible posible).

No obstante, las leyes poco tuvieron que ver con la destrucción de Loeiz. Él sólo quedó fascinado por quien le juró un mundo nuevo.

Todos seducían con palabras y traicionaban después. Pero justamente esa abominación jamás debió poseer los —quizá mal llamados— talentos de aparentar, engatusar y lastimar.

Amelia también se engañó a sí misma: VIK-0 realmente hacía más que comprender los sentimientos humanos.

Debió verlo esa noche, mientras los ojos del androide pasaban del abierto cielo de verano al frío hiel del rubí, filoso y duro.

Pagaría aquel error por el resto de su vida, la que de cualquier forma, no sería mucha.

PRIMERA PARTE

[*]

I

Dolía y estaba adormecido a la vez. Tenía el rostro acalambrado y no estaba seguro cuánto aguantaría la sonrisa fingida.

La clase terminará pronto, se repetía Loeiz mientras anotaba rápida y puntualmente todo lo que decía el maestro. En la delgadísima pantalla de su tableta aparecían destellos de luz artificial, a la cual estaba habituado de nacimiento, seguidos por una lluvia de letras; éstas penetraban su mente, como si quedaran grabadas a fuego dentro de su memoria.

—Hace varios siglos —decía el profesor Bemberg con un irreconocible acento—, una robótica capaz de desarrollar un androide (o su contraparte, la ginoide) existía únicamente en la Ciencia Ficción.

Tap, tap. Los dedos acariciaban la superficie a gran velocidad: « Hace varios siglos, una robótica capaz de desarrollar…»

—Sin embargo, nuestros antepasados jamás cesaron en sus intentos hasta fabricar un robot eficiente (llamémosla marioneta animatrónica). ¡Imaginen! —Exclamó el señor Bemberg, levantando todavía más las comisuras de sus labios y aplaudiendo—. A través de algunos comandos específicos y realmente limitados, aquellas máquinas imitaban acciones básicas: jugar ajedrez, alcanzar una pluma, entre otras.

Loeiz, igual que el resto de sus compañeros, ya estaba familiarizado con los viejos autómatas y los antiguos proyectos de Inteligencia Artificial, ya que desde niño sufría una gran atracción por la mecatrónica. No obstante, continuó anotando fielmente.

—Todos aquí saben que las marionetas animatrónicas han ido evolucionando para el confort humano. Hoy en día, nuestros ingenieros las dotan con una asombrosa capacidad mental e iniciativa, siempre apegada a las Tres Leyes de la Robótica, redactadas en novelas de Isaac Asimov y el discurso de John W. Campbell, allá por los años de 1940.

Algunos estudiantes murmuraron por lo bajo. ¡Oh, qué escándalo! Usar la ficción para dirigir los proyectos y desarrollos científicos.

Bemberg casi hizo una mueca cuando los oyó. Pero al último instante, advirtió Loeiz, sostuvo la —dolorosa— expresión de alegría. ¿Se repetiría cuánto amaba su puesto de docente? ¿Veía las cámaras de seguridad colocadas estratégicamente a lo largo de todo el salón? ¿Cuántas tabletas Dream consumiría al día para mantenerse en aquel estado de felicidad embriagadora?

Es probable que el muchacho jamás lo supiera en voz del propio señor Bemberg.

—Los androides y ginoides responden a esos parámetros —continuó, frotándose la sedosa melena gris platinada; evidentemente, no había señales de ancianidad, sino que se trataba de un tono artificial afín a la serie de trajes—. El origen de éstos, claro, puede resultar decepcionante, mas la eficacia utópica persiste.

Loeiz tardó unos segundos antes de transcribir, dubitativo, las palabras. Estuvo tentado a revisar si las cámaras detectaban anomalías en su estado de humor.

Saliendo de clase buscaría el proveedor Dream más cercano.

—Nuestro objetivo del curso —siguió Bemberg después de aclararse la garganta y peinarse con nerviosismo disimulado—, será construir un androide con Inteligencia Artificial.

Exclamaciones de auténtico júbilo. Incluso Loeiz podría habérseles unido, bajado de su nube personal de mal humor.

—Ustedes son el futuro de la robótica y dan forma al mundo actual, por lo que necesitan estar absolutamente comprometidos con su proyecto —El joven amplió su sonrisa eterna nada más oír esto, imaginando que necesitaba mostrar acuerdo—. Los androides y ginoides ya conforman un 45% de nuestra población desde las épocas de la Radiación, así que un error podría significar una gran pérdida en el funcionamiento de Starfall.

»Ahora, jóvenes, antes de terminar oficialmente la clase, recitemos una vez más nuestra lealtad. ¡Todos al unísono!

II

—¡Hola! —Exclamó una voz femenina salida de los parlantes que colgaban junto al umbral de su querido y hogareño departamento.

Ella y su hermano lo adquirieron durante la asombrosa barata de bienes raíces, ¡a un precio tan sensato!

—Por favor, deposite su Tarjeta ID sobre el Lector —mientras decía esto, un compartimiento se abrió y mostró la pantalla touch de un verde que recordaba al pasto artificial que se iluminaba (famoso en esos días).

La joven obedeció las instrucciones, usando movimientos rápidos y decididos.

—Bienvenida, Amelia Keller —dijo el Lector, con un tono más solemne—. Como un civil indispensable de Starfall, suplicamos que declares tu lealtad.

Sin titubear, la chica aguantó la sonrisa mientras decía con un tono más bien alegre.

—Prometo mi entera obediencia a Starfall, principio de todo progreso y diseño de un mundo mejor [1].

La pantalla adquirió un color azulado antes de apagarse.

—Muchas gracias, señorita Keller —la voz era solícita, pero no amable como la que recibía—. ¡Continúe sonriendo, por favor! Recuerde: la estamos grabando para otorgarle la mejor felicidad disponible.

Amelia asintió para sí. Esperó unos segundos, hasta que la puerta se deslizó y cruzó la entrada, siendo abrazada por el fresquísimo aire acondicionado, que también sería para destruir las bacterias del exterior.

—¿Loeiz? ¿Estás en casa, hermano? —Preguntó, oyendo no más que el ronroneo de la máquina. Bueno, todavía no habría llegado de la escuela.

Inhaló con fuerza. Oh, sentía como si sus pulmones se llenaran de un delicioso perfume que le hacía sentir bien, igual a recibir el primer beso tierno del amor.

¡Paz! ¡Bellísima y adorada paz de Starfall!

III

Loeiz intentó apurar la marcha, levantando la cabeza y exagerando la sonrisa, tratando de disimular euforia.

Una mano le cogió el brazo y lo obligó a detenerse. Su fachada estuvo de caer violentamente cuando se giró hacia atrás, temiendo encontrarse a un robot Eudemonía [2].

—Keller Loeiz —dijo la monótona pero agradable voz del profesor Bemberg. El aludido tragó saliva—. Es riesgoso pensar demasiado —susurró, extendiéndole la mano con el puño cerrado; en su palma había unas tabletas Dream. El joven contempló estas pastillas rosas grisáceas, aturdido—. Vamos. Llévatelas. Antes de encontrarte a uno de esos robots.

El hombre sonreía y Loeiz también, pero ambos sentían la misma desesperación.

—Señor Bemberg…

—Tómalas. Recuerda: están observándote siempre. Es mejor ir junto a la corriente.

Dicho eso, el profesor se giró sobre los talones, exhibiendo todavía aquella gran sonrisa forzada. El muchacho lo observó, notando un pinchazo de asco y compasión, hasta que la ancha espalda del hombre desapareció entre la masa de rostros sonrientes.

"Tal vez, nadie es quien dice ser", pensó y se tragó las pastillas rosadas, sin agua. Las notó pasando lentamente por su garganta, sintiéndose más tranquilo con el mundo.

Avanzó a la par de los cuerpos, igual que si hubiera practicado una asombrosa coreografía.

Dos minutos después, al pasar frente a frente de un Eudemonía, éste no se detuvo ni a soslayarlo.

"La vida es una máscara sonriente". El pensamiento lo golpeó de lleno, aunque las Dream evitaban que tuviera el mismo impacto.

Ahora, por otro lado, Loeiz creía en la felicidad.

SEGUNDA PARTE

[*]

I

Quizá algunos hombres jamás encuentran la felicidad al lado de sus semejantes.

Una vez que el efecto de las Dream se pasaba, su vida regresaba a la normalidad, donde Loeiz se sentía fuera de lugar, como una pieza extra dentro del rompecabezas o aquel tornillo que sobra al armar un mueble y no sabes exactamente dónde has olvidado poner.

La inconformidad era la que más dolía. El muchacho tenía la sensación de que algo faltaba: el mundo parecía aburrido e insulso, sin grandes acontecimientos o personas capaces de evocarle las viejas pasiones descritas en las Novelas Prohibidas.

Loeiz deseaba más. Pues, ¿acaso eran las personas quienes se habían transformado en robots sin emociones? ¿Los Dioses (si existían) soñarían con un prototipo de seres vacíos, conectados a una vida artificial y absolutamente material? ¡Cuánta falsedad dentro de las sonrisas y las palabras amables, como si pensaran igual! ¡Nada por descubrir!

Nadie les permitía ser genuinamente felices. ¡Todo eran apariencias! Y amenazas.

Se inclinó hacia el endoesqueleto de su androide, revisando los circuitos y las articulaciones del mismo, asegurándose que estaban en orden; los destellos fríos, como estrellas fugaces, recorrían los cables.

Loeiz tomó su mano e imaginó los dedos de metal ciñéndose en torno a los suyos, gentilmente, como ningún otro ser humano sabía hacerlo.

—Al despertar, el mundo verá tu propósito como un acto ruin —susurró a la máquina—, sin embargo, te necesitan. Igual que yo.

Durante un brevísimo segundo, Loeiz sonrió.

Vida Inteligente Keller Cero (abreviado como VIK-0), sería diferente a los otros androides: cantaría, devolviendo la música hasta su antigua gloria y alegraría su corazón.

Siguió la ardua labor mientras tarareaba una vieja canción de cuna que su madre le había susurrado al oído durante las noches donde sufrió horribles pesadillas; muchos años atrás dejó de oírse, pero hoy daría vida a su creación.

Así, despacio y torpemente, le arrulló con ternura.

VIK-0 los salvaría a todos.

II

Amelia sabía muy bien que su hermano necesitaba las Dream para sonreír y le había conseguido algunas de su trabajo en la Institución Médica Contra la Depresión (ah, esa última palabra siempre le había resultado horrible y de mal gusto). De hecho, su hermano fue la razón por la cual se inclinó a estudiar medicina: quería conocerlo y ayudarlo durante las terribles épocas que sufría.

Golpeó la puerta del taller, enderezándose para mostrarle un rostro agradable al joven. Sin embargo, pasados ya varios segundos desde que tocó, el silencio continuaba. Amelia agudizó el oído, tratando de escuchar algún sonido, una voz, mas todo en vano.

—¿Loeiz? —Llamó, tocando una segunda y tercera vez—. ¿Estás despierto?

La Muerte hubiera respondido antes, pensó mientras sentía un nudo en la garganta. Uno. Dos. Tres. Once segundos. El tiempo se le escapaba a la mujer como una liebre y la sensación de pánico echó sus raíces dentro de ella, firmes y cubiertas de púas.

No podía alterarse. No debía alterarse.

Las unidades de Eudemonía podrían llegar si detectaban altos grados de estrés, lo cual no ayudaría, ¿verdad? Si Amelia se sobresaltaba, correría el riesgo de hacer internar a su hermano al IMCD… durante los últimos años, vio cómo las mentes frágiles se iban rompiendo hasta convertirse en sombras. ¡Jamás permitiría que le ocurriera eso a Loeiz!

Tomó una larga bocanada de aire, notando el relajante inundando su cuerpo, haciéndola entrar en razón.

—Computadora —dijo, sonriendo—. Por favor, hazle saber a Loeiz que estoy aquí afuera.

—Sí, señorita Keller.

Amelia intentó —con todas sus fuerzas— no arrugar el ceño y se acomodó el pelo detrás de la oreja, haciendo caso omiso del sentimiento de aprehensión que le estrujaba su alma.

Unos segundos más tarde, la puerta se deslizó, mostrando a Loeiz. El muchacho, ante la gran admiración de su hermana, tenía una expresión feliz. Resultaba una imagen tan súbita que tardó unos segundos en cobrar el sentido.

—¿Sigues trabajando, hermanito? —Preguntó Amelia, aclarándose la garganta para no evidenciar su nerviosismo.

—Lo siento —se disculpó—. El señor Bemberg quiere vernos totalmente comprometidos, Am.

Ella aplaudió para hacer énfasis de su alivio.

—¡Oh! Me da gusto oírlo —exclamó y metió la mano en su bolsillo—. De todos modos, quería darte las Dream. Te harán mejor, con una sonrisa. Hizo una pausa—. ¿Todo bien?

Pudo ver cuánto se esforzaba el otro en no tirarlas al suelo, igual que ocasiones pasadas.

—Sí, excelente, mejor que nunca. Gracias —dijo, rascándose la nuca—. Las comeré. Lo prometo.

III

Infatigable entusiasmo. Loeiz se aferraba a la esperanza del último resultado. La idea causaba su frenesí: obsesionándolo, consumiéndolo y dándole fuerzas al mismo tiempo.

Recordó a Amelia pidiéndole tomar las Dream, pero… abrasado por el trabajo, ¡se sentía infundido en un glorioso objetivo!

Le daría vida a su robot. VIK-0 se levantaría. Y él tendría lo que siempre había deseado.

IV

Hace días que Loeiz no salía. Estaba enclaustrado dentro de su pequeña burbuja y Amelia apenas tenía tiempo de comprender lo que realmente estaba ocurriendo.

La única vez que se encontraron, sintió una terrible oleada de miedo, al verlo con ojeras y una expresión demacrada, pero ambas comisuras de los labios alzadas, mostrando una hilera de dientes perfectos. Ella gritó y se alejó como si él tuviera una enfermedad contagiosa.

—¡Loeiz! ¿Por qué tienes esa cara?

—Discúlpame, hermana. Starfall quiere que sonriamos hasta la muerte, ¿cuál es el problema? Yo me siento más vivo.

V

Largas pestañas temblando ante el poder de la conciencia. Loeiz acarició el rostro del androide y sintió cómo se estremecía bajo su roce.

¡Finalmente! Aunque el joven ingeniero había construido a VIK-0 (o Vida Inteligente Keller-0) le parecía muy emocionante tenerlo funcionando por primera vez.

El robot abrió los ojos de un increíble color azul que inundó el alma de Loeiz durante un segundo, observando más allá, donde la inmensidad de este extraño Universo parecía menos solitaria.

—Hola —saludó el robot—. Mi nombre es Vida Inteligente Keller-0. ¿Es usted mi creador?

Loeiz jamás había sonreído así en toda su vida.

TERCERA PARTE

[*]

I

La oscuridad penetraba incluso los rincones de la habitación mientras un eufórico Loeiz la obligaba a tomar asiento.

—No estoy segura de qué tan buena idea es esta —musitó Amelia, agitada. Llevó la mano a la boca y mordisqueó sus uñas. Cuando se dio cuenta, la sacudió lejos y observó el improvisado escenario del departamento, donde el androide permanecía dispuesto, haciendo una educada reverencia.

—Sólo guarda silencio y escúchalo —ordenó el menor, lanzándole una fiera mirada.

Amelia tragó y puso ambas manos bajo los torneados muslos.

—De acuerdo —aceptó—, pero hablaremos de esto.

—Viko —dijo Loeiz con amabilidad, algo que nunca le escuchara—. ¿Puedes iniciar?

El robot ladeó su cabeza, deslizando por su frente blanquecina los sedosos cabellos, tan oscuros como el ala de un cuervo.

"Mierda". Amelia soltó una grosería mental, aguantándose un escalofrío que parecía una inyección en la espalda.

¡¿Qué terrible e indecible monstruo creó su hermano?! Ella sabía de los avances de la ingeniería mecatrónica, por supuesto, y a su edad perdió la cuenta de los androides capaces de imitar la apariencia humana. Sin embargo… VIK-0 miraba a sus espectadores, lleno de curiosidad.

Despegó los labios sonrosados. Al instante, una nota grave salió de su boca y congeló a Amelia, igual que si extendiera una mano invisible y le arrancara el alma.

Una voz impresionante se apoderó de la recámara, anegando los ojos de Amelia.

Viko, como se había acostumbrado a llamarlo su hermano, era una criatura terrible, capaz de extraer lágrimas desde el fondo de sus corazones. Y dolía, profundamente… era una herida abierta que jamás sanaría.

II

Tomó la foto y contempló los rostros, esbozando un gesto adorable. En su cama, fascinado con la imagen de Viko, Loeiz esperaba alguna clase de respuesta.

—Su familia es hermosa —dijo, acariciando la superficie—. ¿Dónde están sus padres?

—Mi madre falleció de una vieja enfermedad. Hubo una epidemia de Radiación por una fuga dentro de la ciudad: los terroristas querían exterminar Starfall, pero contuvieron a los infectados. —Viko prestaba absoluta atención—. Mi padre empezó a decir blasfemias contra la ciudad y un día, simplemente desapareció.

El androide parpadeó y sus ojos, azules como las postales del mar, se volvieron oscuros.

—¿Por qué?

Loeiz bajó la mirada y se encogió de hombros.

—A Starfall no le gustan las caras largas —dijo y Viko lo soslayó, deteniéndose sobre la boca del joven, alzada en su perpetua sonrisa.

—Yo no hago eso —declaró, como si acabara de reparar en ello y se tocó los labios, intentando alzar las comisuras, sin éxito—. ¿Por qué no puedo hacerlo?

—Te programé para no ser feliz —contestó Loeiz—. La felicidad es antinatural. Quería que fueras un humano real y, ¿la tragedia no es la mejor amiga del hombre? ¿La tragedia no es la mejor amiga de la poesía y la música?

—Quiere decir —musitó Viko—: me prohíbe ser feliz porque usted no puede estar triste.

Loeiz le sonrió.

—Nos complementamos.

III

—Te lo digo de una vez, VIK-0. Debes alejarte de mi hermano, lo estás contaminando con ideas raras. Lo haces llorar.

—Señorita, ruego su tierno perdón. Loeiz y usted me importan mucho. No obstante, quiero más.

—¿Qué podría desear una máquina como tú? —Preguntó Amelia y se asombró al percibir una expresión herida en la extrañísima mirada, casi humana, de VIK-0.

—¿Es correcto hacer que ame a los hombres tan incondicionalmente cuando estaré destinado a ser un juguete para ellos? —Cuestionó él a su vez, los ojos tiñéndose de un rojo ardiente. Su mirada resultaba lo más inquietante: Reflejaba la parte más artificial del cuerpo, aunque tenían una capacidad de expresión que nunca había visto, ni siquiera en un humano. La chica se peinó un mechón rebelde, sintiéndose nerviosa—. « Yo sé, que a cambio de la compasión de un solo ser vivo, haría la paz con todos. Tengo un amor de tales proporciones en mi interior, que difícilmente se lo podría imaginar. Y una furia cuya intensidad jamás podría creer. Si no puedo satisfacer una emoción, me abandonaré completamente a la otra » [3]

—Qué cosa más horrible estás diciendo —lo amonestó, levantándose de la mesa y fulminando al androide.

—No son mis palabras, sin embargo —replicó VIK-0, ladeando la cabeza igual que un cachorro—. ¿Acaso no reconoce a Frankenstein? No de Shelley. Más bien una película dirigida por un tal Kenneth Branagh. —Hizo una pausa y miró hacia la ventana, pasando por alto la expresión horrorizada de Amelia. ¿Por qué Loeiz había equipado su androide con esas obras sucias?—. Sentirse abandonado es demasiado cruel. Entonces, ¿quién podría resistirse al trago dulce de la venganza?

—Sin ofender —susurró la chica—, pero eres un robot, VIK-0.

—Es así —dijo él y había cierto tono levantado en su voz, como si estuviera preguntándolo antes de constatar—. Luego, no puedo ofenderme.

—Ajá.

Los ojos del androide volvieron al azul profundo y alegre de siempre.

—Muy bien.

—Iré a dormir —declaró Amelia, ofreciéndole la espalda al robot. Éste la siguió con la mirada.

—¿Señorita Amelia? —La llamó gentilmente—. Loeiz me llama Viko.

IV

—No deberías presentar a VIK-0 —pidió Amelia—. Estoy… —la sonrisa cayó un poco y sintió miedo se caer bajo los estándares—… ya sabes, asustada. No me gusta la forma que te mira. Y todas esas citas sobre poesía y novelas… él no es bueno. ¡Loeiz! Te podrían expulsar.

Amelia estiró el cuello, viendo la sala de estar. Viko yacía sentado, mirando la nada. No, en realidad, parecía estar leyendo.

—Los hombres también necesitamos la tristeza —dijo Loeiz y por primera vez, su hermana notó que su sonrisa había caído de nuevo. Frunció el ceño.

—¿Te has tomado las Dream? —Preguntó, inclinándose y sonriendo—. Loeiz…

—Ya no las necesito. Viko tranquiliza mi corazón. Ya no todo es falso.

—¡LOEIZ! —Gritó Amelia; sus nervios se deshicieron mientras alzaba el brazo y lo azotaba contra el rostro de su hermano.

El muchacho recibió el impacto y cayó sobre las baldosas.

Amelia, temblando, observó la marca desigual de sus uñas sobre el cachete del joven.

¡Oh, tanta ira que había sentido! ¡Tanta furia repentina de la cual no conocía su origen!

Y su mundo se destruyó.

V

—Por favor, sonrían. Los estamos observando. Trabajamos por su felicidad. Si continúan así, tendremos que enviar unidades de Eudemonía a sus habitaciones. Les rogamos mantener la calma.

La voz del androide se alzó sobre las bellísimas y apaciguadoras palabras de Starfall. Loeiz sollozó con más fuerza, como si estuvieran despellejándolo. Sin embargo, Viko continuaba la melodía, arrancándole gimoteos.

—Gracias —susurraba entre el llanto seco—. Gracias, Viko.

—¡Por favor! ¡Guarda silencio! —Exclamó Amelia, tallándose los adoloridos ojos—. ¡Cállate! ¡Nos estás matando!

VI

No más eficacia. No más lógica. Sólo un volcán que amaba demasiado y cuyo odio era capaz de arrasar la humanidad entera.

El Vertedero estaba cruzando la periferia de Starfall.

Amelia tropezó y necesitó recurrir a una dolorosa maniobra para no irse de bruces contra el suelo. Gimió desesperada, incapaz de sostener sus lágrimas. "¡Mierda!". No lograba distinguir nada entre la oscuridad y el llanto. Volvió a maldecir con todo su repertorio de groserías, ya que las punzadas estaban obligándola a bajar el ritmo de la carrera y eso tendría un nefasto final.

Se frotó ambos ojos para despejar su visión e ignoró las punzadas.

El tiempo avanzó lentamente, como si ella hubiera activado algún efecto de cámara.

Por fin encontró dónde ocultarse: un viejo refrigerador que podría, con suerte, ocultarla unos minutos de él.

¿Dónde estaba Loeiz? No pensó sacarlo cuando escapó. ¿Había muerto de tristeza?

Le tomó demasiado abrir la puerta y sintió que dos uñas cedían ante las puertas de acero. Gritó, pero siguió forzándola hasta que consiguió el espacio suficiente para entrar a través de un resquicio. Una vez dentro, se sintió con más libertad de gimotear. Tenía demasiado miedo; la adrenalina y el terror le sobrevenían como corrientes eléctricas, empujándola a moverse por mero instinto.

—Señorita Amelia —llamó la voz aterciopelada de Viko, penetrando la oscuridad con una gentileza increíble y demasiado clara, pese a las puertas de metal que los separaban—. Por favor, tenga la amabilidad de salir. De cualquier forma, voy a encontrarla. ¿Señorita Amelia?

La aludida emitió un sollozo y de inmediato se cubrió la boca, tratando de respirar silenciosamente, como si su vida dependiera de ello y es que, así era. Estaba segura de que Viko podía oírla.

Se le formó un nudo en la garganta mientras intentaba relajarse y aguantar los sollozos.

Todo fue inútil.

De pronto, la puerta se deslizó con tanta fuerza que ella escuchó un crujido cuando los luminosos ojos azules la encontraron.

—Señorita Amelia. Qué gusto verla. ¿Por qué se fue de esa manera? Yo todavía quiero cantarle una hermosa canción de cuna.

FIN


[1] Cita de Anatole France.

[2] La palabra "felicidad" viene del griego εὐδαιμονία (Eudaimonia), de ahí el nombre de mis pequeños bots.

[3] Kenneth Branagh, Frankenstein (1994)


A quien corresponda, mil gracias por leer.

¡Hasta pronto!