El monstruo que llevo dentro

Este fic participa en el Reto #11: "Seres fantásticos" del foro El Rincón Creativo.

Mirando hacia atrás, uno podría indicar que el primer indicio de que algo andaba mal con mi cuerpo ocurrió aquella primera noche en la que tuve la pesadilla. No estoy hablando de una pesadilla cualquiera fácilmente olvidable, sino de la madre de todas las pesadillas, la más aterradora, la más intensa y real que había tenido alguna vez, y tendría jamás. La pesadilla que convertiría el resto de mi vida en un pozo negro de incertidumbre, y me obligaría a dejar atrás todo lo que había llegado a conocer alguna vez. Mirando hacia atrás a aquel tiempo en que desperté sudada, confundida y con el corazón reverberando dentro de mi pecho como una máquina descompuesta, incluso yo misma podría señalar aquella noche como el primer escalón en el derrumbe de toda mi vida.

Pero qué fácil es decirme a mí misma ahora lo que tendría que haber hecho en su momento, o lo que debería haber visto con más claridad. Una vez que el tiempo ya pasó, una vez que el destino ya echó sus cartas sobre la mesa, y una vez que mi futuro se deshizo en añicos frente a mis ojos, es sencillo mirar hacia atrás y reflexionar sobre mis acciones y sugerirme a mí misma como lo podría haber hecho mejor. Cuando ya es tarde, es inmensamente más fácil mirar hacia atrás y decir: '' ¿cómo diablos no me di cuenta?''

La realidad es que en el momento no sabía lo que sé ahora. Quizás de haber tenido una idea aunque fuera, una noción de lo que iba a ser de mí en un futuro cercano, mi desenlace habría sido distinto. Quizás, de haber estado más atenta, de haber prestado más atención a mi propia vida, habría logrado parar el tren antes de que se descarrilara por completo. Pero no lo sabía, e incluso las pistas que recibí de mi propio cuerpo eran cripticas, ambiguas, y parecía que solo yo las notaba. Como la pesadilla que me atormentó durante meses.

Nunca me había quedado muy claro exactamente qué sucedía en el sueño, ya que los sucesos ocurrían muy deprisa, y nunca duraban el tiempo suficiente como para que pudiera averiguar de qué se trataba. Como flashes de una mala película en cámara rápida. Sin embargo, siempre parecía dejarme sin aliento, y con el cuerpo paralizado sobre la cama.

De lo poco que estaba segura, es que había un par de ojos rojos. Siempre eran los mismos: rasgados por líneas negras, y con una expresión de furia, como si la criatura, fuera lo que fuera (porque definitivamente la cosa no era humana), hubiera salido directamente de los pozos más profundos del infierno. Ojos que no daban clemencia, porque no la han conocido en toda su existencia. También podía notar un vistazo rápido de colmillos, aunque no sabría decir de que animal exactamente, y unas garras que atravesaban piel humana como si fuera papel.

Lo había visto demasiadas veces. Las garras rasgando la piel de un abdomen, y dejando tras de sí un camino de sangre que se escurría hasta el suelo, perdiéndose en algún sitio.

Y luego estaba el grito.

Siempre oía el mismo grito. Un sonido agonizante, tortuoso y que podía sentir en mi propia piel, como si fuera el mío propio. Era el grito de quien está a un paso de no estar vivo, quien no es humano, y con un profundo odio hacia sí mismo. Un alarido de sufrimiento tan oscuro, que me helaba hasta los huesos, y juro que me dolía en mi propia alma al escucharlo noche tras noche. Desesperadamente quería ponerme las manos sobre las orejas, tal y como hacía cuando era niña y me asustaba de los truenos en noches de tormenta. Pero no podía encontrar mis manos, no podía encontrarme a mí misma cuando estaba a merced de ese grito.

Desde esa primera noche en adelante, la pesadilla casi no me dio tregua. Al principio aparecía en noches tan apartadas entre sí, que casi había logrado olvidarme de mi problema nocturno. Por semanas de corrido, no había rastro de ese grito,pero cuando parecía que por fin lograba relajarme y dejar atrás los malos sueños, de repente volvía con la misma fuerza de siempre. Siempre volvía… y con el tiempo, su vuelta fue más y más regular, hasta que las noches se plagaron de garras y dientes y ojos rojos, y regueros de sangre hasta el suelo. Y del grito que me dejaba despierta hasta la madrugada, incluso después de escapar de los confines de mi subconsciente.

Fue un suplicio, y sin embargo, estúpidamente no le dediqué demasiadas preguntas o consideraciones en su momento. Por más aterradora que fuera la pesadilla, mi decisión de lidiar con la situación consistió en echarla por debajo de una alfombra imaginaria en mi cabeza, y esperar a que desapareciera por sí sola. Porque lo necesitaba. Desesperadamente necesitaba que desapareciera por arte de magia, de un día para el otro.

Ilusa, lo sé. Me dije a mí misma que alguna comida me estaba cayendo mal, o que una película de terror espeluznante se me había quedado atascada en la memoria y causado turbios sueños a la hora de dormir. Me dije a mí misma una cantidad enorme de excusas, y me convencí de que estaba todo bajo control. Al fin y al cabo, ¿por qué pensaría algo más, de un peligro tan incongruente como un sueño?

Una pesadilla no podía alcanzarme, no podía herirme mientras estuviera a salvo en mi mundo humano, completamente apartado del universo incomprendido de los sueños. Los monstruos que me habían perseguido durante semanas en mi cabeza, tan solo eran amenazas sin forma real, sin substancia, y me dije a mí misma que no debía tener miedo a lo que no podía tocarme. Por más noches en vela que pudiera haber en mi futuro, decidí no sucumbir ante una mísera pesadilla, e ignoré por completo la amenaza. La ignoré hasta el punto en que ya no pude evitar ver lo que mis ojos me mostraban.

Poco a poco, la línea entre ambos mundos comenzó a emborronarse, y lo siguiente que perdí fue la cordura.

Plumas.

Siempre había plumas. Sin importar adonde fuera, o lo que estuviera haciendo, constantemente parecía haber un pequeño camino de plumas negras a mis pies, ásperas y feas, como las de un cuervo. Aparecían en mi dormitorio, en mi escuela, y en lugares cerrados donde no parecía haber ni siquiera una ventana por la que pudiera ingresar un animal. Las plumas no diferenciaban el lugar, simplemente aparecían como por arte de magia, y flotaban hasta el suelo con delicadeza. Me rodeaban hasta dejarme atrapada en un círculo negro, y parecían llevarse consigo todo el aire en la habitación.

Despertaba en una cama de plumas. Abría cuadernos en la escuela y estas volaban entre sus hojas. Se entremezclaban con mi pelo, y cuando me cepillaba, estás se quedaban atascadas entre las cerdas.

No fue hasta el día en que alguna persona (por mi vida no puedo recordar quién era) hizo un chiste sobre mi ejército de plumas y por poco pierdo la cabeza. No recuerdo el chiste en particular, no recuerdo ni siquiera si me dio gracia, lo que sí recuerdo, fue esa sensación del estomago bajándose hasta mis pies. De repente sentía que estaba a punto de vomitar lo que fuera que había desayunado ese día, y es posible que lo haya hecho. A ese nivel de malestar me encontré en el momento en que me di cuenta que todo era más real de lo que parecía.

Por alguna razón, el hecho de que las plumas no estuvieran exclusivamente en mi cabeza, me hizo sentir más como una demente que el hecho de habérmelas imaginado durante semanas, y me dio más miedo del que estaba cómoda admitiendo en voz alta. Me dio tanto miedo, que ese día corrí a casa, e intenté quemar todas las plumas.

¡Pero eran tantas! Miles, miles y miles, y siempre parecía haber más. Sin importar cuántas de ellas lograra acumular entre mis manos y arrojar a la basura en un ataque de ira, estas volvían a aparecer esparcidas por el suelo, como si se burlaran de mí, y de mis intentos por hacerlas desvanecer de mi vista. Volvían por más, como si quisieran algo de mí, algo que yo no podía dar.

Mantuve en secreto lo que me pasaba, porque parte de mí no estaba preparada todavía para querer explicar nada en voz alta, y la otra parte de mí, no estaba dispuesta a admitirme que había algo mal que yo no pudiera arreglar por mí misma. Tal y como hice con la pesadilla, me encargué de la situación de las plumas sola, y me dediqué a sufrir en silencio, hasta poder encontrar una solución más permanente. Me dije a mí misma que haría tantas fogatas fueran necesarias y me reiría de cuantos chistes hiciera falta con tal de pretender que todo estaba bien, aunque fuera un rato más.

No es que no quisiera la ayuda, pero sabía cómo sonaría mi situación si se la intentaba explicar a alguien más. "Me persiguen pesadillas y plumas" era un escenario extremadamente extraño para mí, y que incluso me costaba creer que podía llegar a ser verdad. ¿Qué es lo que veía exactamente? ¿Qué peligro había en mi vida? Ninguno que pudiera explicar ni siquiera para mí misma, así que, ¿había algún peligro en verdad? ¿O simplemente estaba pasando por un mal momento que se terminaría evaporando por sí solo?

Era tan fácil decirme a mí misma que no había pruebas reales de que algo en mí en verdad estuviera mal, y que yo simplemente estaba estresada o cansada. Como una cobarde, decidí creerme que así era, porque era más fácil, y porque pensar de cualquier otra manera haría la situación más real de lo que yo quería que fuera, y mierda… yo solo deseaba ser normal.

Pretendí todo el tiempo que pude, y lo pretendí bien. Nadie tomó en serio las plumas, y la pesadilla fue una tortura solamente para mi conciencia, de la que cual nadie nunca se llegó a enterar. Incluso cuando empecé a mudar de piel, la gente tardó un buen tiempo en darse cuenta.

Primero vino la picazón, ese espantoso picor en cada zona de mi cuerpo donde había piel, y me hacía querer rasgarme profundamente con las uñas. Pero apenas me rascaba, capas de piel caían al suelo, y lo que quedaba atrás era piel dura, más áspera y pálida que la mía. El cambio fue gradual en mí, pero por más que me esforzara en mantenerme quieta, no podía evitar rascarme, y sacar a luz la nueva piel.

Lo oculté con la mayor cantidad de prendas de ropa que pude, hasta que el cambio llegó a mi rostro, y ya no lo pude ocultar más. Mis amigos lo notaron brevemente, pero antes de que pudieran hacerme preguntas, me escondí en mi casa, y no volví a salir. No hasta la noche en que mi vida entera se fue por el retrete. Pero me estoy adelantando a los hechos.

Antes de la fatídica noche, me convertí en una ermitaña. Convencí a toda persona que intentó verme, que había caído con una gripe bastante fea y contagiosa, y evité todo contacto con el mundo exterior. Debo haber hecho una muy buena actuación por teléfono, o quizás no le importo a demasiada gente, porque lo cierto es que, casi no tuve resistencia a la hora de evitar otras personas. Me dejaron ser, y en el silencio de mi propia casa, me fue imposible gritar por ayuda.

Cada vez había más plumas. Cada vez mi piel se volvía más grisácea y fea. Cada vez me volvía más y más un…animal de algún tipo, y sentía mi humanidad esconderse en algún rincón de mi misma, demasiado lejos como para poder alcanzarla. Comencé a comer carne cruda directamente del congelador, la sangre chorreando hasta el suelo y manchando mi ropa. Pero estaba tan ida que apenas me daba cuenta de lo que hacía hasta que ya era demasiado tarde como para frenarme a mí misma.

Me enloquecí. Sola en esa casa, evitando al mundo entero, enloquecí.

Y entonces llegó esa noche.

Ya me había sucedido algunas veces de tener ciertos "apagones". En un momento estaba peinándome o duchándome, y en el siguiente me encontraba a mí misma destrozando algo en mi dormitorio como una posesa. Como si mis acciones las realizara estando dormida, o como si alguien tomara el mando de mi cuerpo por un tiempo, alguien que no era yo.

Esa noche fue algo así, solo que infinitamente peor. Ya no recuerdo exactamente que había estado haciendo antes, alguna acción repetitiva en mi día a día y sin importancia, cuando de repente… apagón. No me había sentido especialmente enferma, ni débil, y estaba igual de tensa que siempre, intentando frenar un cambio en mí, y tratando de convencerme de que era posible volver a ser quien era. Pero me tendría que haber dado cuenta que no se puede volver hacia atrás. Para el momento en que me di cuenta que la situación se me había ido de las manos, ya no era yo misma.

Lo primero que noté al despertar fue el sabor metálico de sangre en mi boca, y enseguida pensé que había terminado incursionando a la cocina por comida mientras estaba dormida. Pero no fue hasta que abrí los ojos, y me di cuenta que definitivamente no estaba en mi cocina.

No estaba ni siquiera en mi casa. Aquella sala con paredes rojas no era la mía, la alfombra bajo mis pies descalzos no me pertenecía, y jamás había visto ninguno de aquellos muebles en mi vida.

¿Qué diablos hice?, recuerdo haber pensado, con una alarma en la cabeza sonándome fuertemente, e indicándome que no me gustaría la respuesta.

Me levanté lentamente entonces, y de forma cautelosa intenté buscar una salida. Pero en ese momento, y en toda mi estatura pude ver que el empapelado de las paredes no era rojo, sino que estaba ensangrentado desde el suelo hasta el techo.

Una ola de nauseas me embargó, y recuerdo mis pies moviéndose sin que mi cerebro diera ninguna orden clara, solo sabía que necesitaba huir de allí mismo, irme corriendo tan lejos y tan rápido como pudiera. Fui hacia atrás horrorizada, pero entonces mis pies chocaron contra algo en el suelo, y caí directamente sobre un cadáver.

Para ese momento, mis recuerdos se vuelven un poco confusos, y ahora tanto tiempo después, no estoy muy segura del rostro sin vida que me miraba con ojos abiertos, no recuerdo sus facciones, ni siquiera si era hombre o mujer. Mi mirada no se enfocó en nada más que no fuera el abdomen de la víctima, desgarrado completamente como si un animal enfurecido hubiera descargado su furia por completo, y un escalofrío me embargó la piel. Sentía que había visto aquella escena antes.

No podía estar segura exactamente que había ocasionado la muerte de aquella persona tirada en el suelo, pero en mi cabeza, en el rincón más oscuro y turbio de mi cabeza…podía ver unas familiares garras despedazando piel. Podía ver regueros de sangre corriendo hasta el suelo, y un par de ojos rojos con líneas negras…

¡Pero no podía ser! ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué iba a comparar un asesinato, con una estúpida pesadilla que me atormentaba solamente a mí? ¿Estaba siquiera considerando que la pesadilla pudiera hacerse realidad? ¡No, imposible!

Las nauseas volvieron con más fuerza aún cuando noté mis pies empapados por un líquido, que solo podía ser sangre, y tambaleándome, me puse de pie. Corrí ciegamente, intentando buscar algo, o a alguien que pudiera ayudarme a comprender la situación, pero no había nada allí, ni nadie capaz de ayudarme. Estaba sola en una casa con un cadáver, y si no me creía una loca antes, en ese momento definitivamente sentí que se me habían cortado cada uno de los cables.

Fue entonces cuando una imagen frente a mí me hizo parar en seco, y tuve tanto miedo que por poco vuelvo a caer al suelo.

Justo en frente a mí parecía haber un… monstruo. Sé que suena estúpido, imposible, y daría lo que fuera por estar equivocada, por querer achacar mis problemas como psicológicos, y resolverlos con un paquete de pastillas. Pero se que tengo razón, se lo que vi, y sé lo que sigo viendo cada día de mi vida. Había un monstruo cubierto de plumas negras, con cierta forma de mujer, pero más grotesca, menos delicada, y alta con una amazona en cuentos mitológicos. Tenía un pico en su cara, y alas a su espalda de gran tamaño, tan oscuras como la noche. Observé a la criatura, y no tuve dudas de que aquel monstruo no podía ser menos que malvado, y el causante del asesinato.

De repente me pareció que ser el foco de atención de aquella…criatura, mujer pájaro, arpía, o lo que malditamente fuera, me parecía el peor lugar del mundo en el cual estar, y desee que no me notara. Lo desee con todas mis fuerzas.

Intenté moverme de mi sitio lentamente, como una presa intentando huir de su depredador, pero su cuerpo se movía al mismo ritmo que el mío, con los mismos pasos, y aquellas gigantescas alas se balanceaban de un lado a otro, como si fueran a levantar vuelo en cualquier instante, y cortar aquella distancia entre las dos. Estuve a punto de intentar correr, pero vi sus ojos, y no hubo musculo en mí con la fuerza suficiente como para moverse.

Esos ojos, esos mismos que me persiguieron durante tanto tiempo en mis pesadillas, me miraban con una mezcla de furia y locura. Me taladraban desde el otro lado de la habitación, y en un instante de puro horror, comprendí que eran los míos. Comprendí que aquel cuerpo era el mío...y entonces grite.

Tiré mi cabeza hacia atrás y caí de rodillas al suelo gritando con una desesperación que nunca había sentido en la vida, porque de repente lo supe. Supe que yo había matado a quien sea que estaba tirado en la sala con paredes rojas, y supe que me había convertido en algo tremendamente espantoso, que odiaría para siempre. Supe que de alguna forma, yo ya no era yo, y en su lugar me había convertido en ella: la mujer con alas y plumas negras, que asemejaba la mismísima muerte. Grite y grité, hasta que el sonido reverberó por la sala, por la casa entera, por el mundo, y entumeció todo lo que tenía por dentro.

Creo que desde esa noche no dejo de gritar. Me veo en mi reflejo, y mi alma se destroza un poco más, la mente me entra en un cortocircuito, y me odio a mi misma con tanta fuerza que tengo miedo de explotar en una nube de miles de plumas negras.

¡No sé en qué diablos me he convertido, solo sé que quiero volver atrás! Lo he intentado, dios sabe que lo he intentado con todas mis fuerzas, pero mi cuerpo no vuelve a cambiar. Se queda así, grotesco y horrible.

A veces despierto con otro cadáver entre mis garras, con sangre fresca corriendo por el suelo, y otro grito en mi garganta. No muchos me ven, y los pocos que lo han conseguido, ignoraron mi presencia como si el problema fuera de ellos mismos, una alucinación que puede ser echada bajo la alfombra imaginaria en sus cabezas. Pero soy real, por más que me gustaría no serlo, sé que soy real. Soy un ser que va dejando muerte a su paso, y lo peor de todo, la mismísima punta del iceberg en mi vida destruida es que...lo he empezado a aceptar.


Esta historia me costó escribir muchísimo más de lo que pensaba, me bloqueé muchísimas veces, y a pesar de que me gusta mucho la historia en sí, aún así no me termina de encantar el resultado final. Creo que lo podría hacer mejor, pero necesitaba terminarla de una vez por todas, así que me obligué a seguirla hasta el final y pasar a otra cosa.