En mi defensa, crear un mundo tan extenso como lo es Maöh y en general el universo «Her Heart», así como tener muchas ideas asechándome hasta en mis sueños, es demasiado tentativo para resistirme. Y si bien sólo serán capítulos únicos, todos los que estaré subiendo son derivados del universo de esta saga, incluyendo sus variantes tales como «Her Magic» —una nueva historia ambientada en el siglo XXI que es como una secuela indirecta cuatrocientos años después— o Universos Alternos.


Hechicero & Quinta Princesa.

Universo; Her Magic.

Yuudai Ayugai era antipático por naturaleza, aunque la realidad era que su conducta desagradable y altanera había dado inicio desde que comenzó a ser tratado como un «Hechicero», cuando «Usuario» era la palabra correcta para describirlo y no era algo tan asombroso en sí, al menos no en su reino natal. Arrogante, presuntuoso, bocazas, hablaba como si tuviera la razón en todo e insultaba las habilidades de los demás como si su vida dependiera de ello, negándose a mostrar incluso la más pequeña muestra de simpatía, respeto, dolor o temor —aun cuando sus piernas temblasen y sintiera que en cualquier momento se vendría abajo—. Su vocabulario era ácido para un chico como él y la forma de tratar a los demás era indiferente, cruel y sarcástica, altanera y prepotente, dándole una reputación de odioso, desagradable y sinvergüenza. El maltrato verbal era parte de su rutina diaria y la razón de ello radicaba, mayoritariamente, en la embriaguez que el dinero le causaba y su aberración patológica a los que eran más débiles que él.

Ciertamente a Yuudai se le había subido la fama fácilmente y justas razones debía tener, pues era el Usuario más cotizado en el antiguo Imperio de Manyphureyzön además de ser el mejor alumno de la Academia de Magia de Sphelle, graduado a los catorce años y comprado recién salido de la Academia. Y aunque la razón de su excelencia académica y mágica era un problema —ya que los Bendecidos eran escasos—, ingeniosamente había conseguido convencer a los demás de que era un Usuario de Hechizos y que, por ello, podía imitar los demás tipos de magia. No era mentira, hasta cierto punto, por lo que no tardaron en creerle y apenas demostrada su cotizada capacidad, el dinero no tardó en llegar por montones, con ricachones deseando que compartiera su conocimiento sobre la magia y caprichos esperando a ser satisfechos.

Y es que en Maöh era normal que cualquier cualidad especial intentara ser comprada con dinero y objetos materiales: asesinos a sueldo, peleadores callejeros, acróbatas, cirqueros, profesionistas…, cualquier persona que podía hacer algo que el resto no, o que lo hacía mejor, era comprado para satisfacer diferentes necesidades. A los Usuarios les había tocado una época en la cual su don era escaso, qué decir de los Bendecidos, quienes ya no eran considerados siquiera como una minoría —siendo menos del 10% de la población total con la mitad o más residente de Sphelle— y Yuudai no podía más que agradecerlo profundamente. Los ricachones compraban sus conocimientos y habilidades mágicas para enseñarles a sus hijos, parientes, amigos o a ellos mismos sin importarles la edad, sólo la capacidad que tenían. Su vida estaba garantizada mientras pudiera usar magia y sobreviviera a la envidia de algunos Mundanos que no aceptaban que él y los suyos estuvieran por encima de todos ellos, a excepción de la realeza. Y de los Dragones, pero ya pocos creían en ellos. Podía hacer, decir y tener lo que quisiera gracias a su magia. Y aunque el costo de dicha vida había ido caro, estaba complacido. No le importaba su familia, de la cual fue alejado desde niño. Si vivía o moría a él le daba igual.

Mientras tuviera libertades ilimitadas, dinero y estatus, lo demás podía irse al diablo. Y por esa ideología que tenía Yuudai, es que éste era un chico antipático y odioso. Un «chico genio» despreciado como persona y cotizado como «Mago» y nada más. Como un libro, un objeto, inclusive, cuya única labor era proporcionar conocimiento. Y no es que le importara. Él era consciente de su posición y no le importaba; incluso consigo mismo era lo suficientemente indiferente como para soportar una vida solitaria y conformista.

Pero las cosas cambiaron cuando conoció a la llorona, irritante, tonta y absurdamente insegura mocosa, Suyin Shen, su discípula número 8 —recién comenzaba, no es que no lo contrataran—, junto a sus seis hermanastros, princesas y príncipes del reino de Abser. De los mayores, Shaiming, Ling, Sying y Xin Shen no se quejaba; al mayor le temía tanto como le respetaba —aunque jamás lo admitiría—, con Ling era indiferente; la joven era bastante… aburrida; guapa pero aburrida hasta la muerte, y con los otros dos no tenía ningún problema; casi podía considerarlos compañeros, pues tenían casi su edad y se sentía… cómodo tratando con ellos. Al enérgico Kuying sabía controlarlo y, de hecho, era muy bien portado con él luego de explotarle algo en la cara —esforzándose en no herirlo o Bao Shen lo mandaría a colgar—; Jin era irritante, pero en el fondo lo escuchaba y se esforzaba en aprender, pues quería demostrar que no era un bastardo inútil como la quinta hermana. Pero ella, justamente ella, la quinta princesa y la bastarda de los Shen, era un tormento.

No es que Suyin fuera molesta en el sentido de ruidosa, o hiperactiva, u orgullosa, o aburrida o intimidante. No era como sus hermanastros, más bien, y en eso radicaba el problema. Suyin era insegura y tímida hasta la muerte, siempre se disculpaba, era tremendamente torpe, boba y nerviosa, no podía parar de sonrojarse, de sudar y de hiperventilarse cuando eran sus sesiones particulares —los domingos por la tarde—, lloraba por cualquier cosa, sólo abría la boca para disculparse, llorar y gimotear y no paraba de temblar. Era muy buena lectora —y no es que la estuviera halagando o que la hubiese espiado como para saber eso—, pero tremendamente penosa de leer en voz alta, pues incluso para disculparse su voz se quebraba y sus ojos lagrimeaban sin control. Su cara siempre estaba roja cuando él estaba presente y cuando sonreía… ¡oh dios, cuando sonreía o hacía el absurdo intento de hacerlo, Yuudai deseaba impetuosamente borrar su cara!, porque era simplemente nauseabundo. Sí, nauseabundo y grotesco. Y cuando los ojos de la princesita bastarda brillaban contentos porque respondía algo bien —ignorando sus tartamudeos irritantes que tomaban diez malditos minutos de la sesión— o cuando le agradecía porque gracias a él su padre la había halagado durante la cena familiar junto al resto de sus hermanos, Yuudai recordaba el repertorio de hechizos que se sabía para borrar su existencia de la faz de Maöh. ¡Debía ser un delito agradecerle con esa repugnante carita sonrojada, de ojos brillantes y lágrimas de alegría! Sí, sí, debía ser un delito que personas como ella existieran.

¿Por qué tenía que existir Suyin, o, mejor dicho, por qué tenía que ser una de las Shen? Yuudai realmente la odiaba. Si no fuera por la jugosa paga que Bao Shen le daba todos los domingos por enseñarle a sus siete hijos el uso de su magia, Yuudai se hubiera largado a la primera semana, o al menos se hubiera negado a enseñarle a la bastarda. Era como si incluso el rey supiera que su hija no tenía remedio y por ello había decidido pagarle al chico el día escogido para Suyin. Ingenioso, lo confesaba. Digno de un rey… ¿o de un padre que se preocupa por la hija que tuvo fuera de matrimonio, quizá? Oh, qué va.

La pregunta más importante no era por qué Suyin existía o por qué el rey Shen se preocupaba por ella si era una bastarda de poco provecho, cuya madre jamás había conocido y de la cual se había rumorado muchas cosas. Yuudai más bien sentía curiosidad del por qué odiaba tanto a la chiquilla —que tenía sólo diez años— y por qué sólo a ella. Jamás había odiado de esa manera a nadie, mucho menos a sus discípulos anteriores ni a los seis hijos del rey Shen —bueno, cinco, considerando que uno era hijo bastardo por parte de la reina—, entonces ¿por qué a Suyin sí? ¿Era acaso por esas genuinas sonrisas que ésta le dedicaba a pesar de estar tan roja como un jitomate y parecer que se desfallecería en cualquier momento? ¿Por su color de piel distinto a los Shen? ¿Por su carita contenta cuando llegaba el domingo y el reloj marcaba las 2:00 de la tarde? ¿Por esa vocecita chillona que le daba la bienvenida con quebradiza emoción —o miedo— y se despedía de él con tristeza? ¿O era por esa amabilidad nauseabunda con la cual le compartía su merienda, o le preparaba/compraba dulces? ¿Quizá era su fealdad —aunque fea no era— y su repugnante personalidad? ¿O el dolor que escondía detrás de un «estoy bien» que escuchaba ocasionalmente cuando los sirvientes le preguntaban si no le dolía su caída o cualquier otra cosa que creaba una sombra de tristeza en su morena carita? No. No era eso. Quizá sí, en parte, pero no enteramente.

Lo cierto era que Yuudai odiaba que Suyin, aunque sufriera y estuviera sola y supiera que era un estorbo, se esforzara dos… no, seis veces más que los demás para estar al nivel de sus hermanos, sobre todo de Shaiming, y así poder ser considerada como parte de la familia por Fei, la madre que la repudiaba secretamente. Odiaba que Suyin sonriera estúpidamente cuando algo le dolía y, en lugar de llorar —como siempre lo hacía por cualquier banalidad—, se esforzara aún más y se tragara el llanto. Shaiming, Ling, Sying y Xin se lo decían a menudo, no entendía por qué, y Yuudai veía en ellos admiración y cariño a su hermanastra menor. Cariño que Fei no sentía y ellos sí, cariño que Bao sentía honesta y genuinamente, cariño que Kuying confesaba sentir a la hermana de su misma edad que no era su melliza, y que incluso Jin sentía, por más que lo negara. Y era raro. Suyin era un estorbo. No era grácil como Ling ni decidida como Xin. No era bonita —o quizá sí—, no hablaba más que con sus hermanos, su padre y la gente del castillo y contadas frases, además. Siempre terminaba hecha un desastre, con su cara sucia y las lágrimas marcadas en su piel olor chocolate, con sus ojos rojos, llorosos e hinchados y su nariz colorada y mocosa. Se hacía ovillo y pedía disculpas, temblaba, se hiperventilaba y todo el maldito tiempo parecía esforzarse en no ser notada o en dar lo mejor de sí incluso al caminar. Él, Yuudai Ayugai, por otro lado… no hacía nada más que fanfarronear y humillar a los demás usando a su favor lo único en lo que era bueno.

Qué raro. ¿Acaso estaba celoso de Suyin? No, no podía ser verdad. ¡Ella no hacía nada bien mientras él era un genio en la magia y podía superarla fácilmente!

«Deja de perder el tiempo», se dijo mentalmente, sacudiendo la cabeza. Restaba poco menos de una hora para iniciar con la sesión de la chiquilla. Odiaba que ésta le viera preocupada cuando llegaba serio al dojo del castillo y rompía a llorar pensando que era por ella. La verdad, así era, no lo negaría, pero no quería escucharla llorar. Le irritaba terriblemente.

Así que Yuudai decidió que antes de ingresar al castillo Shen, que era como su segunda casa, pasearía un momento por los alrededores. Cada que llegaba antes de tiempo Suyin lo esperaba, removiéndose inquieta y tratando de formar una sonrisa que terminaba siendo más bien una mueca extraña; sonreír no se le daba a menos que fuera algo espontaneo. Pero al menos la chica era buena en algo; nunca llegar tarde a ningún lugar… aunque esa vez no deseaba verla antes de tiempo.

Ignorando las miradas de la gente, que cuchicheaban maravilladas con su presencia —a pesar de llevar dos meses visitando el castillo y no destacar de no ser porque lo habían visto hablar con Shen—, Yuudai caminó holgazanamente por las calles, con sus manos sobre los bolsillos de su pantalón, observando los puestos con indiferencia. Había música, murmullos y sonidos variados, a los cuales estaba comenzando a acostumbrarse, aunque no del todo. El Distrito Central de Abser era diferente a la ciudadela de la Academia de Magia en Sphelle y sus viviendas eran otro tema del cual podría discutir por horas enteras si tuviera con quien hacerlo, pero el joven Ayugai no se sentía cómodo de recordar su hogar con gente que recién estaba conociendo. Tampoco es que le sirviera hacerlo, ciertamente.

—No puedo creer que esa cría sea la quinta princesa —consiguió escuchar el reproche que atrajo de forma inmediata su atención.

Yuudai se detuvo, fingiendo observar a su alrededor y después detener su mirada sobre el vitral de la librería a su izquierda, prestando más atención a aquel insignificante Mundano a unos metros de él que no paraba de revisar varios libros antes de devolverlos a la mesa fuera del local. El sujeto hablaba con su acompañante, una mujer despreocupada de su apariencia que le resultaba inusualmente familiar… de hecho, los reconocía. Eran sirvientes del rey. Los sirvientes que se encargaban de Suyin, más específicamente.

Quizá Suyin quería un nuevo libro. Yuudai había escuchado que el rey le compraba libros y cuadernos a su antojo, más que ropa o accesorios costosos. Incluso en gustos era simplona y como una rata de biblioteca. ¿Acaso los libros de la biblioteca real le aburrían o eran demasiado complicados para su reducido intelecto?

—Sólo llorando y pidiendo disculpas… ¿por qué tenemos que hacer esto? —Continuó renegando el sirviente—. Seguro ni leer sabe…

—Qué más da. Nos han asignado a esa niña y tenemos que seguir sus absurdas peticiones… y sus llantos estúpidos también —suspiró la mujer, pareciendo encontrar lo que buscaba—. Eh, lo he encontrado. ¿Qué diablos querrá con libros de mitología…?

¿Mitología? Yuudai no pudo evitar mirar de reojo el libro en manos de aquella mujer. Por lo que consiguió diferenciar… sonrió. Una sonrisa espontánea e incluso cruel. A la cría le interesaba la mitología; si antes no había podido ser más friki, en ese momento lo era, pensó mentalmente. ¿Acaso sus lecciones introductorias tenían que ver con ello? La sesión sobre el origen de Maöh y la creación de los reinos recién había terminado dos semanas atrás. Suyin debió de haberse interesado bastante en el Clan Dragón como para investigar por cuenta propia en lugar de preguntarle a él… Yuudai se sorprendió un momento ante su descubrimiento. De hecho, si recapitulaba los últimos dos meses, la niña jamás lo había interrumpido, a diferencia de él, que la presionaba sin reparos y siempre buscaba la forma de terminar cuánto antes con la sesión…

El muchacho sacudió su cabeza, decidiendo que ya era momento de dirigirse al castillo. La satisfacción de ver a los tensos sirvientes que no tardaron en reconocerlo mientras caminaban a unos pasos detrás de él pudo haberlo hecho sonreír, pero se sentía incómodo de hacerlo. Especialmente luego de lo escuchado.

Sólo él podía insultar a esa niña…

«Espera, ¿qué?», Yuudai se sorprendió de su pensamiento. Venga, que eso había sonado como un abusador posesivo celando a su objeto de burlas y maltratos. Él era consciente de que, efectivamente, era un maldito abusador que disfrutaba haciéndole la vida imposible a Suyin —sólo porque ella había comenzado—, pero ¿celarla? Eso era… perturbador.

Y el malestar se intensificó cuando la vio sentada fuera del dojo, jugando con sus piernas cubiertas con su hanfu tinto con detalles amarillos, con sus manos sobre su regazo y su cabello recogido con una trenza, ladeando su cabecita como si se tratase de un péndulo. Su mirada parecía estar en todas partes y cuando Yuudai notó que ella lo vio atravesar el portón del castillo y encaminarse hacia el dojo, atravesando el patio delantero, su nerviosismo aumentó, pues su cuerpecito comenzó a temblar —lo sabía, podía notarlo a pesar de la distancia— y sus manos se removían exasperadamente inquietas.

—Hemos traído lo que nos ha pedido, princesa —interrumpió el odioso sirviente, pasando presuroso a su costado—. Mire; es sobre el Clan Dragón —sonrió falsamente, dirigiéndole una furtiva mirada a Yuudai. Parecía querer matarlo con la mirada o intimidarlo para que no hablase.

Suyin parpadeó curiosa, asintiendo con una leve inclinación de cabeza, murmurando algo. Yuudai estaba comenzando a sospechar que ya había traumatizado a la niña y por eso ésta no hablaba en su presencia. Temió por su trabajo y sus jugosas pagas… aunque el hecho de que no fuera despedido todavía lo tranquilizaba. Suyin ya era insegura y tímida hasta la médula. Como si alguien notase algún cambio en su actitud cuando él estaba cerca.

—Con su permiso —murmuraron ambos sirvientes, dedicándole una pequeña reverencia antes de partir presurosamente. Suyin asintió nuevamente.

—Oe —gruñó Yuudai, encaminándose hasta estar parado frente a ella. Suyin tembló, desviando la mirada—. Si querías saber más sobre el Clan Dragón pudiste decirme —le recriminó, arrebatándole el libro. La niña abrió la boca, sin nada qué decir—. Estas mierdas te pudrirán tu poco cerebro.

Ni bien terminó de hablar, el muchacho tiró el libro hacia el suelo, dejando que algunas hojas se doblaran, pisoteándolo y chasqueando la lengua con enfado. No se suponía que le diría aquello ni mucho menos que la maltrataría ni bien comenzada la sesión, pero sentía que debía hacerlo y así lo había hecho. Suyin frunció su boca, asintiendo, apretando débilmente sus manos sobre su muslo, arrugando su hanfu. Yuudai rodó los ojos, entrando al dojo y esperando que hiciera lo mismo, pero, en su lugar, la niña se encaminó hacia su libro, abrazándolo mientras se obligaba a retener el llanto. Y apretó el libro contra sí, hincada en el terroso suelo, viéndose más diminuta y patética de lo que ya era.

—Lo siento —susurró, con voz quebradiza.

—Sólo entra y comencemos con esto cuánto antes —gruñó Yuudai, fulminándola con la mirada.

Suyin inclinó la cabeza apenas unos centímetros, encaminándose temblorosamente hacia el interior del dojo. Dejó el libro a un costado de Yuudai, curioso por la acción, y se hincó, con su espalda enderezada y sus ojos llorosos, moqueando. El Usuario no tardó en continuar con la lección introductoria sobre las magias, confundido de la presencia de aquel libro estrenado con maltratos, mientras la Shen guardaba sepulcral silencio, atenta a sus lecciones.

A Yuudai no le gustaba comparar, pero Suyin le recordaba bastante a Shaiming, serio y atento a sus lecciones a pesar de los seis años de diferencia que había entre ellos dos, y a Ling, mirándolo fijamente como si fuese una muñeca de porcelana inmóvil sobre sus rodillas. Los tres hermanos Shen ya mencionados eran los más dedicados a las lecciones de entre todos sus discípulos, lo admitía. Pero sólo Suyin lo irritaba con sólo posar sus grandes ojos de animal a medio degollar sobre él, evitando el contacto visual en cuánto Yuudai dejaba de hablar. Le daba asco su mirada, su actitud, su presencia y no entendía por qué.

Suyin era vagamente parecida a sus hermanos a excepción de su piel y ojos, pues tenía el mismo color de cabello y ese lunar heredado de Bao sobre su nariz, y aun así él sólo la odiaba a ella. No era cuestión de realeza y de eso Yuudai estaba seguro. No era resentimiento a los Shen. No era envidia ni celos… quizá no tanto. Entonces ¿qué era? ¿Qué tenía ella que lo hacía odiarla con todo su ser?

—¿Qué mierda hace este libro aquí? —Terminó refunfuñando, durante la comida, harto de su presencia.

Suyin bajó la mirada, titubeando. Yuudai maldijo haberle hecho hablar…

—E-es para… Yuudai —susurró la Shen, encogiéndose en sí misma, encorvando su espalda y bajando su cabeza hasta no ver más que su regazo—. Creí… que… uh… uhm… yo…

Basta. Yuudai no quería seguir escuchándola. No quería continuar escuchando el resto de su respuesta. Y aunque con palabras no lo expresó, el muchacho lo dejó claro chasqueando la lengua, mirando hacia el exterior. Suyin guardó silencio, incapaz de parpadear siquiera. Las lágrimas en sus ojos escozaban hasta que resbalaron traviesas y rebeldes por sus morenas y sonrojadas mejillas. Había hecho enojar a Yuudai de nuevo.

—Se termina la sesión —anunció el muchacho, levantándose rápidamente. Suyin no replicó; ella jamás lo hacía y jamás lo haría.

Yuudai odiaba la facilidad con la que se dejaba pisotear. Odiaba su amabilidad, su bondadoso corazón que no podía odiar ni tomar resentimiento. Odiaba su forma de ser. Odiaba todo de ella. Sí; aunque no entendía por qué sólo a ella, él la odiaba y tenía tantas razones para hacerlo que dudar de ello había sido una tontería. Como extra, Suyin era débil y él aborrecía a los débiles.

Yuudai ya se inventaría una excusa para terminar antes la sesión. No quería seguir viendo a Suyin y nada ni nadie lo iba a obligar a seguir viéndola hasta dentro de una semana. Tampoco es como si Bao pudiera replicarle algo, de hecho; él sabía lo que hacía al menos en cuanto a sus métodos de enseñanza que, se creía, eran iguales para todos los hermanos. Y mientras Suyin no abriera su torpe boca, todo estaría bien.

—Lo siento —volvió a susurrar la niña.

Yuudai no pudo más que resoplar, antes de tomar el aire que dejó escapar.

—… dame ese libro —ordenó, antes de salir del dojo. La niña le vio con penosa curiosidad—. Es mío. Dámelo —exigió, tendiendo la mano hacia Suyin.

Pero ella sólo se quedó allí, inmóvil sobre sus rodillas, estática.

Yuudai resopló nuevamente y salió dando pisotones pesados y cabreados, maldiciendo a Suyin por todo y por nada. Se dirigió rápidamente hacia los aposentos del rey, ignorando a los sirvientes del castillo, y dejó a la niña que intentaba carburar que habían aceptado su obsequio tan rápido como lo habían desechado, para recibir su paga y largarse cuanto antes a su casa.

Bao Shen sonrió al verlo atravesar el pasillo que conectaba su habitación, suponiendo que la clase ya había terminado y que el joven iba por su dinero. Era curioso; muchas veces se retiraba hasta dos horas antes que con el resto de los Shen y se le veía más cansado y malhumorado que de costumbre. Suyin realmente debía de estarse esforzando como para no necesitar de las cuatro horas de sesión. El rey Shen se sentía orgulloso tanto de su hija como de su mentor. Hacían un gran trabajo.

O eso creía él, ingenuo y optimista.

—Gracias por esto, Yuudai —murmuró el hombre, genuinamente agradecido.

El muchacho torció la boca, no deseando contestarle. Tendió la mano en su dirección y esperó por el fajo de Huibuan que se le había prometido. Bao sonrió, pidiéndole con la mirada que lo siguiera.

Yuudai era excéntrico y poco convencional, si se lo preguntaban a Bao. Por eso lo había escogido de entre varios de los mejores Usuarios de la generación graduada del año 2005 de la Academia Mágica de Sphelle. Era joven, con mucha energía, sabiduría y ganas de conocer el mundo más allá de su reino. Era dedicado, centrado, exigente y un gran ejemplo a seguir para sus hijos más jóvenes. No era tan paciente ni educado, pero reconocía su lugar y sabía cómo actuar frente a sus clientes. Un chico excepcional y poco común, sin duda alguna.

Y la relación que tenía con Suyin ayudaba a ésta a abrirse al mundo que la había despreciado por su origen. Al menos Bao lo veía de esa manera, sintiendo cariño y admiración al chico que había hecho que los ojos de su hija brillaran, sus mejillas se sonrojaran y su autoestima herido y hundido se irguiera, deseando ser tan bueno como su mentor. Deseando hacerlo sentir orgulloso y que sintiera que todos sus esfuerzos habían valido la pena.

—Eres una gran persona, Yuudai —confesó Bao, para sorpresa del muchacho—. Han pasado sólo dos meses, pero has hecho por mis hijos más que cualquiera. Hablo especialmente por Suyin.

Yuudai farfulló, cruzando sus brazos frente a su pecho. Bao sonrió, consciente de la vergüenza que sus palabras le causaban a su Hechicero… es decir, el Usuario a su disposición. El Shen recordaba que Yuudai odiaba el término «Hechicero», «Mago» o semejantes.

—No es para tanto, viejo —masculló Yuudai, olvidando las formalidades. Mientras nadie los escuchara, Yuudai sabía que podía hablarle a Bao como quisiera.

—¿Qué dices? —Bao se giró para encararlo, mostrándose sorprendido—. ¡Claro que es para tanto! Mi hija se ve mejor gracias a ti. Eres su primer amigo —sonrió, acariciando los despeinados cabellos de Yuudai.

El muchacho resopló, quitándose la mano de Bao de su cabeza. Él y Suyin no eran amigos, aunque sabía que sería inútil decírselo. Bao continuó caminando mientras él se llevaba las manos a la nuca, torciendo la boca.

—Sólo dame mi dinero, viejo.

—Sí, sí —rió Bao, con su voz desprovista de burla.

Ninguno de los Shen tenía veneno en sus palabras, jamás se enojaba, jamás ofendía o humillaba ni hablaba con sarcasmo o cinismo. Eran honrados, bien educados, carismáticos —excepto Suyin—, de modales excepcionales y personalidad tranquila. Eran alegres, reían, sonreían sin miedo, ayudaban y mantenían en alto sus valores. Eran un gran ejemplo para su reino. Yuudai aborrecía tanta perfección, o más bien se sentía abrumado. Bao era una persona simple y sencillamente inigualable. No había podido negarse a servirle tanto por dinero como por su carisma nato. Y por miedo a ser sentenciado a muerte por rechazarlo.

Luego de llegar a la habitación de los reyes, Bao le entregó un fajo de billetes a Yuudai, quien se había acostumbrado a acompañarlo a su habitación o a ir a visitarlo cada domingo desde hace dos meses. No le preocupaba si había rumores, aunque éstos jamás habían sido escuchados por sus entrometidos oídos. Bao Shen amaba a su mujer, Fei, con todo su ser, y jamás la engañaría con nadie, mucho menos él. Yuudai solía preguntarse por qué había nacido Suyin si Bao adoraba a Fei, aunque supuso que no era relevante ni tampoco de su incumbencia.

—Gracias, Yuudai. Te estaremos esperando mañana —comentó Bao, sonriéndole con calidez.

El chico asintió, metiendo el fajo de dinero en el bolsillo de su pantalón, saliendo de la habitación con destino a la salida del castillo. Bao se despidió con la mano hasta que la silueta del Ayugai desapareció de su vista.

Mientras Yuudai se acercaba a la salida, no pudo evitar ver a Suyin, caminando con la mirada gacha, seguramente buscando un lugar donde llorar. Aún abrazaba el libro maltratado y moqueaba, luciendo patética. Tan patética como siempre, desde que la vio tras su padre, mientras Bao presentaba a su familia y a su futuro mentor en la magia.

Y era extraño; ¿cómo ella podía considerarlo su amigo si sólo la hacía más miserable de lo que era? El chico torció la mirada, no dándole importancia a su duda. No tenía intenciones de tener una respuesta ni quería seguir pensando al respecto.

—Sólo somos el Hechicero y la Quinta Princesa del castillo Shen.

Lo demás no importaba. Ni su aberración, su odio desmedido y su repudio, ni su extraña naturaleza, demasiado gentil, demasiado tímida y demasiado sumisa. Ellos no eran amigos. Ellos sólo estaban conviviendo por un único fin, aún si Bao veía otro motivo en ello.

Y mientras Yuudai recordara eso, todas sus dudas y comentarios ajenos podían irse al diablo.


Por si no se notó, Yuudai y Suyin son dos de los protagonistas de «Her Magic», aunque creo que el término «antagonista» le va más a Yuudai. Justo como Izayoi en «Her Heart», es Suyin quien le da el título a la historia. Aunque no es algo que deje muy explícito que digamos... oh, en fin. Espero les guste este proyecto.