Muñeca.

Universo; Her Magic.


La Quinta Princesa del castillo Shen de Abser, Suyin Shen, siempre sintió y descubrió por las malas que no podía confiar en su tutor de magia y supuesto primer amigo, Yuudai Ayugai, el mejor Usuario de su generación, por nada del mundo. Sabía mejor que nadie que nunca, se tratase de lo que se tratase, debía confiar en él, mucho menos tan ciegamente como lo hacía. Sabía bastante bien que todo lo que él hacía tenía dobles intenciones, especialmente sus supuestos actos de bondad, y que, si pedía ayuda, era para todo menos algo de provecho. Y, aun así, Suyin no podía dejar de aceptar el ayudarlo con ciega, confianzuda e ingenua bondad, diciéndose, al terminar la tortura a la que era arrastrada por voluntad propia, que Yuudai algún día cambiaría. Que él era bueno en el fondo y sus actos tenían una justificación. Que todo lo que hacía era por algo más que sólo hacer miserable su ya miserable existencia.

Esa ingenua esperanza duró semanas, meses e incluso años, debatiéndose constantemente con su pensamiento más fuerte sobre su tutor.

Y es que, cuando Yuudai llegaba sonriente, fingiendo que Suyin era su amiga y que sólo ella podía ayudarlo en su importantísima labor, la chica sabía que los problemas estaban tras esa encantadora y falsa sonrisa y aceptaba ayudarlo a pesar de la alarma en su cabeza que le gritaba que huyera.

—Suyin, necesito de tu ayuda —era lo que decía el Usuario, acercándose a ella con seriedad, dejando que sus verdosos ojos brillaran con escondida maldad.

En otras ocasiones era más eufórico.

—¡Oe, qué bueno que te veo!

Y en otras ocasiones era obviamente absurdo, sonriéndole con nada más que maldad.

—¡Suyin, qué casualidad de encontrarte por aquí! Verás…

Siempre era lo mismo. No había ocasión en la cual Suyin estuviera a salvo física y psicológicamente. No mientras Yuudai estuviera en Abser, visitando diariamente el castillo incluso cuando las clases dejaron de ser personales y se volvieron grupales, teniendo como obligación uno o dos días de trabajo en lugar de toda la semana.

Y Suyin corría, gritaba, chillaba, pedía una reconsideración de ideas, se tragaba el llanto y bajaba la cabeza cuando curaban sus heridas, mintiendo sobre haberse golpeado por distraída, haberse caído en un descuido, o haberse metido en un lío fuera del castillo por entrometida. Se esforzaba en mentir para no meter en problemas a Yuudai, aunque todo mundo supiera quién era el responsable de aquellos moretones, de su fatiga, de sus heridas, de su silencioso llanto, de su dolor en sus cansados y malheridos músculos, de sus brillantes y emocionados ojos y de su preciosa sonrisa.

Porque sólo Suyin, era verdad, podía ayudar a Yuudai. Ella era sorprendentemente rápida para huir de sus extrañas creaciones con vida artificial, limitada para su suerte, que la perseguían para probar su velocidad, era resistente para durar horas siendo el blanco de los crueles juegos del Usuario, era valiente para, día con día, aceptar ser su conejillo de indias y era, sobre todo, compasiva, para jamás desearle el mal o acusarlo con su padre. Por eso Yuudai la escogía a ella de entre sus seis hermanos restantes. Por eso Yuudai siempre estaba asechándola, buscando el momento exacto para intervenir y arrastrarla a un juego donde ella perdía y se lastimaba y era abandonada cuando ya no podía continuar, cuan muñeca inservible.

Y a Suyin no le importaba si estaba siendo usada por Yuudai. Ella era buena para algo, ella servía, no era sólo un adorno en el castillo porque Yuudai le había dado un uso. No era una muñeca sin razones de vivir en el castillo, no era un juguete de intercambio para simpatizar con reyes de otros reinos ni mucho menos era un estorbo que no tenía el derecho de contaminar, con su mera existencia, la magnificencia del hogar de los reyes de Abser, el segundo reino más grande del Primer Imperio.

Gracias a ese Usuario que la arrastraba al borde del cansancio, del llanto y, en ocasiones, de la agonía, la Quinta Princesa Shen, la muñeca bastarda que nadie quería más que su padre —y hermanos, aunque no lo parecía— tenía un uso del cual sentirse orgullosa. Desde la llegada de Yuudai Ayugai al castillo Shen, Suyin había encontrado una razón de existir, de continuar viviendo, de continuar esforzándose día con día así fuera para mantener su cuerpo intacto de tantos moretones, raspones, heridas y marcas, y de sentirse orgullosa de sí misma por primera vez en su vida.

Y aunque Suyin sabía que no podía confiar en Yuudai, siempre aceptaba ayudarlo, fuese lo que fuese, con confianza ciega e ingenua. Porque, para la muñeca del castillo Shen, Yuudai era el único amigo que tenía y la única persona que la hacía sentir que era más que sólo una hija bastarda cuyo futuro era incierto y, de alguna manera, miserable.


Suyin me da algo de pena; su infancia no fue la mejor y con Yuudai presente todo siempre empeoraba para ella... pobrecita.