REGALO.

Universo; Her Magic.


Samed, ni bien llegó el amanecer del 25 de diciembre, saltó directo sobre el durmiente Ryo, cuan luchador de lucha libre sin misericordia contra su adversario, sofocando así al pobre cumpleañero en cuanto los treinta kilos del niño se impactaron contra su estómago.

—¡Feliz cumpleaños, Ryo! —Festejó Samed, riendo, tumbado de pecho sobre Ryo.

—¡Sa-Samed…! —Jadeó Ryo, habiendo creído que estaba siendo atacado más que abrazado… o algo por el estilo. De hecho, parecía y casi aseguraba que era más lo primero que lo segundo.

Y eso se comprobó al fulminar al niño con la mirada, gruñendo por lo bajo.

—¿Ryo, estás bien…? ¿R-yo…? ¡Waah!

Suk se despertó bruscamente tras el chillido de Samed, perseguido por toda la habitación por el iracundo cumpleañero, mientras bastantes amenazas y palabras muy severas de por medio eran gritadas a todo pulmón. Pero lo que terminó de despertar al chico fue ver a Ryo jalar del cabello a Samed, el cual chilló adolorido, haciéndolo levantarse rápidamente para ir al rescate de Duendecito.

—¡R-Ryo, no le hagas daño a Samed…!

—¡Samed me saltó encima! ¡Él me hizo daño primero! —Rugió Ryo, crujiendo los dientes.

Suk se detuvo, levantando ambas manos mientras intentaba retroceder, sintiendo que lidiaba con una peligrosa bestia de aspecto humano. Un gorila, por ejemplo, de cabello verde como el pasto bajo la sombra de un árbol y ojos tan brillantes como el cielo despejado en una tarde de primavera.

Samed se liberó del mayor, viendo a Ryo con ojitos aguados, sin nada qué decir. Más bien esperaba su regaño, que ciertamente se merecía. El muchacho bufó, torciendo la mirada, sabiendo de antemano que sus intenciones no habían sido malas en sí, sólo no se habían ejecutado adecuadamente, desistiendo a todo intento de ser severo con él. Con aquella encantadora mirada era imposible enojarse con Samed.

—… lo siento, Ryo —susurró Samed, al ver que Ryo no hacía nada—. Quería darte una sorpresa…

—Y vaya que lo hiciste —bufó el aludido, antes de suspirar, suavizando su tono de voz—. En fin… sé que no lo hiciste con malas intenciones. Sólo recuerda que yo no soy tus hermanos como para aguantar cada locura que se te ocurre para darles «una sorpresa de cumpleaños», ¿bien?

—Pero mis hermanos no tienen sorpresas de cumpleaños… ellos no tienen cumpleaños, de hecho —contestó Samed, sin entender que Ryo ya le había disculpado a su manera.

Suk sonrió, encantado todavía con la inocencia e ingenuidad del menor. Luego, cayendo en la cuenta del día, se encaminó tímidamente a donde Ryo, sonrojándose por sus intenciones.

—R-Ryo… —le habló, ignorando, con gran vergüenza, la mirada interrogativa del aludido—. F-feliz cumpleaños, Ryo…

El chico abrazó, a su torpe y vergonzosa manera, a Ryo. Fue algo fugaz, pues apenas sintió la calidez del cuerpo ajeno, Suk retrocedió, enrojecido furiosamente de su moreno rostro, ocultándolo mientras chillaba una especie de disculpa aguda e inteligible. Ryo sólo se quedó inmóvil, con los ojos bien abiertos y un traidor rubor en su morena cara, ignorando la curiosa y contenta mirada de Samed —sutilmente avergonzado por la vergüenza que sentían sus dos amigos— y carraspeando en un intento, inútil y absurdo, de agradecerle a Suk el cariñoso gesto. Y uno demasiado tranquilo y menos eufórico también, comparado con el de Samed.

—G-gracia-gracias Suk… —consiguió balbucear, desviando la mirada a todos lados menos a sus amigos.

—N-no… no hay de… de qué, R-Ryo —susurró Suk, tratando de sonreír.

Samed ensanchó su sonrisa, con sus mejillas sonrojadas y sus ojos brillando, tomando la mano de Ryo para atraer su atención. Luego, cuando el avergonzado chico reaccionó a su tacto, lo envolvió en un fuerte abrazo, aferrándose con sus delgados bracitos y sus pequeñas manos al pijama de Ryo, dejando que el aroma a tierra mojada y flores silvestres invadiera su olfato.

El niño amaba el olor de Ryo; ese aroma a naturaleza que le recordaba tanto a sus hermanos y su hogar. Pero amaba aún más sentir a Ryo con él, abrazarlo y disfrutar de su compañía. Obviamente, con Suk era aún mejor, y sería todavía mejor si Oshin estuviera presente. Eso sin duda.

—… S-Samed, ya… ya me abrazaste mucho rato… —murmuró Ryo, aún avergonzado.

Pero Samed le ignoró, cerrando los ojos para disfrutar mejor del momento.

—Feliz cumpleaños, Ryo —susurró, apegándose más a él—. Muchas gracias por dejarme estar a tu lado y festejar este día.

—¿Q-qué tonterías dices? Vamos, ya suéltame, Samed, e-estás actuando muy sentimental…

Suk sonrió enternecido, pareciendo superar su reciente vergüenza. Ver a Ryo y Samed juntos era la vista más encantadora y hermosa que pudiera existir. Era tierna, fraternal, conmovedora… era simplemente perfecta. Jamás se cansaría de ver a aquel par juntos y mejor aún, tan juntos, considerando lo arisco que era el Ezakiya en cuanto al contacto físico y los momentos emotivos. Parecía que temía mostrarse sentimental con Samed, pero al mismo tiempo aceptaba los sentimientos del niño y, aunque solía apurarlo o presionarlo para que se apartara, sus brazos siempre lo envolvían y su rostro siempre se suavizaba.

Como en ese momento, notó el Yin, al ser Ryo quien cedió inmediatamente y terminó acariciando el cabello de Samed, para posteriormente hincarse y ser él quien le regresara el gesto.

—Sabía que lo harías —rió Samed, aferrándose al cuello de Ryo—. Te gustan mis abrazos, Ryo.

—C-cállate, mocoso —refunfuñó el Ezakiya, ocultando su sonrojada cara en el cabello del niño.

Suk no pudo evitar tomar una foto del encantador escenario frente a sus ojos. Era necesario, lo exigía, no podía negarse a sucumbir al encanto de aquel abrazo y aquel gesto de cariño absoluto, recogiendo sigilosamente su teléfono móvil para cumplir con su misión espía… aunque no se imaginó que el flash de la cámara lo delataría ni bien tomó la foto.

—Mierda… —susurró, viendo, con un sudor frío recorriendo su rostro, cómo Ryo le miraba fijamente, con el ceño fruncido y sus mejillas intensamente rojas tanto de la vergüenza como de la ira.

—Suk…

—N-no es lo que crees, R-Ryo… e-es…

Samed, aturdido por aquella luz, sólo sintió como Ryo se apartaba de él, y vio como iba acercándose intimidante al temeroso Suk. Luego, como cambiando de roles, el perseguido pasó a ser el Yin, quien terminó aprisionado en la esquina de su cama, pataleando para apartar a Ryo, mientras su móvil lo mantenía pegado fieramente a su pecho.

—¡Te dije que nada de fotos, Suk!

—¡No dejaré que borres esta foto! ¡Esta no, Ryo, por favor!

—¡SUK!

—¡Waah, Samed, ayúdame!

El aludido miró hacia sus amigos, sonriendo alegre, aunque la escena frente a él no era algo que ameritara una sonrisa como la suya, despojada de burla, y no tardó en acercarse a Ryo, sujetando su cintura.

Ryo se sobresaltó por el toque, mirando iracundo a Samed.

—¡Samed, suéltame! ¡¿Por qué tiendes a hacer cosas tan extrañas, huh?!

—Vamos Ryo, no es para tanto. Suk sólo quiere un recuerdo, ¿verdad? —Sonrió el niño, tirando de la camisa de Ryo con su escasa fuerza física.

Suk asintió frenéticamente, apretando teclas al azar, aprovechando que Ryo estaba distraído.

—¡Habíamos acordado que nada de fotos comprometedoras de ti y de mí!

—¡Sólo es un abrazo! ¡No es comprometedor! —Renegó Suk.

Ryo le fulminó con la mirada, antes de mascullar por lo bajo, apartándose de su amigo, y empujado a Samed con su trasero, de paso. El niño cayó de sentón, ignorando el gruñido de Ryo, quien sólo atinó a encerrarse en el baño para darse una ducha de agua fría que apaciguara su temperamento.

—Gracias Samed —suspiró Suk, aliviado—. Me has salvado.

—¿De nada? —Contestó Samed, levantándose.

—¡Más te vale que esa foto no siga en tu celular, Suk, cuando salga de aquí! —Amenazó Ryo.

—¡Ya no estará en mi celular, pero sí en la galería de Oshin, Ryo! —Contestó Suk, antes de dedicarle a Samed un guiño hasta cierto punto cómplice.

—… ¡SU-SUK YIN, MÁS TE VALE QUE NO LO HAYAS HECHO O…O VAS A PAGARLO CARO!

Suk huyó ni bien la amenaza fue dictada, dejando sólo a Samed. Minutos después, el móvil de Ryo sonó, anunciando la llamada de Oshin.

Samed intuyó qué sucedería después, así que sólo contestó, sonriendo bobamente.

—Buenos días, Hermana Princesa. Ryo se está bañando. ¿Quieres que te ponga en altavoz?

—¡SAMED, NO TE ATREV…!

Pero Samed sí se había atrevido a hacerlo, pues ni bien escuchó la respuesta de Oshin, se sentó afuera del baño con el teléfono en mano y en altavoz.

El cumpleaños 18 de Ryo sería inolvidable para el muchacho, eso era seguro, y la tradición de avergonzarlo jamás desaparecería, el Ezakiya podía jurarlo. Así estuviera en Nahretzu o en Sphelle, jamás se libraría de la vergüenza causada por sus seres queridos y más aún, por Oshin. Eso lo corroboró una vez más cuando su mejor amiga, desde el altavoz del teléfono, no tardó en expresar con voz chillona y emocionada cuán encantada estaba de aquella foto que Suk le había enviado como la única forma de mantener su recuerdo presente —pues el chico sabía que en su celular corría peligro—. Luego la joven heredera recordó que era cumpleaños de Ryo y el resto Samed ya no lo escuchó. Estaba más ocupado huyendo por su vida cuando la severa y amenazadora mirada del cumpleañero dictó su sentencia tras abrir la puerta, empujándolo, y dándole tiempo suficiente para huir, pues de esa manera sería más divertida la cacería.

Ryo juró, tras colgarle a Oshin —sabiendo que se arrepentiría después—, que tanto Samed como Suk iban a pagar muy caro por su osadía, incluso cuando el niño no había tenido verdadera culpa en nada. Él sólo expresaba su cariño, pero ser cariñoso había sido su sentencia tanto como haber descubierto sus discretas intenciones fue la sentencia de Suk.

O como Ryo prefirió llamar a la obvia agresión hacia sus amigos y compañeros de habitación, su «regalo» de cumpleaños. Y eso que aún faltaba el regalo de Navidad…