No suelo escribir historias de este tipo, pero tenía curiosidad si era capaz. He creado una historia de ficción, mezclada en parte con mis experiencias personales.

Javier 12 años, su hermano Nacho de 10 y la hermana pequeña de 7 años que se llama Carlota. La familia se componía de su padre que se había quedado viudo hace dos años, ella era muy religiosa. El padre de familia trabaja de en el ministerio de justicia, tenía el sentimiento de rectitud muy desarrollado y era estricto. Con su sueldo podía mantener a sus hijos y una asistenta que estaba todas las mañanas en casa y la mayoría de las tardes.

Era martes y Javier subió a la planta superior. En el dormitorio principal estaba su padre duchándose en el baño anexo al dormitorio. Entró y buscó la cartera de su padre. Tal y como sospechó, la había dejado sobre la mesita de noche junto con unas llaves y gafas. Dentro de poco saldría desnudo de la ducha después de secarse y se vestiría como lo hacía desde que Javi tenía uso de razón.

Abrió la cartera y cogió dos billetes, uno de 50€ y otro de 20€, aun así, quedaban más de 150€. Rápidamente la dejó tal cual la había encontrado. Salió de la habitación y entró en la habitación de su hermano. Cogió la hucha con forma de lata que tenía y metió allí rápidamente los billetes. Seguidamente fue abajo a reunirse con sus hermanos a ver la tele. Tan pronto su padre terminara de ducharse se agregaría y como la asistencia había dejado comida hecha se pondrían a cenar. Hoy le tocaba poner la mesa y a Nacho recogerla.

Álvaro Martínez se dispuso a pagar en la caja el miércoles por la mañana y se encontró que le faltaba dinero. Estaba bastante seguro que había más, pero no le dio más importancia en ese momento y pagó con su tarjeta. No obstante, intentó hacer memoria dónde había gastado ese dinero que serían unos 50€. Ya echaría un vistazo al final de la semana si se le ocurría volver a ello. No le dio más importancia. Los niños en el coche, estaba armando demasiado jaleo como para preocuparse de ello. Hubo un momento que entre Javi y Nacho parecía un episodio de South Park por las palabrotas que soltaban. Les dio un capón a los dos y les advirtió que no quería escuchar tacos o en casa sacaba la correa. Surgió efecto.

Viernes por la tarde

Nacho y Javier se estaba peleando para ver quién recogía la mesa. Su padre se había acostado para la siesta. La mesa estaba aún sin recoger. La pelea fue a más y Nacho empujó a Javier, de tal manera que se calló y se golpeó contra un mueble y se hizo daño.

Cabrón de mierda. Te vas a enterar.

Coño. No haberme empujado. Ahora te jodes. Estuvieron corriendo rodeando la mesa y los sillones del salón.

Justo en ese momento entró el padre en el salón seguido de la asistenta que había estado con la niña ordenando la ropa y jugando con ella. Se puso a levantar la voz y aunque se pararon al cabo de unos segundos Nacho se alejó otra vez y Javi le siguió. De esa manera desoyeron la advertencia de su padre.

Pero qué os acabo de decir. Que os estéis quietos.

Se reanudó la carrera. Como Nacho se vio casi alcanzado por su hermano decidió saltar sobre un sillón después otro sofá y consiguió evitar ser apresado por su hermano.

Maricón, ven aquí.

Chúpamela. Contestó Nacho mientras seguía cambiando de sillón. Javier sabía que no debía subirse sobre el tapizado y no lo hizo en todo el tiempo. Mientras el padre estaba gritándoles. Finalmente, Javi cogió del pie derecho a Nacho, con la mala fortuna que perdió el equilibrio y se cayó sobre la mesa de cristal. Instantáneamente se rompió el cristal y Nacho se fue al suelo.

Nacho, estas bien. Exclamó su hermano que estaba al lado. Y le miró si tenía algún corte. Nacho se había dado un golpe y después un segundo golpe contra el suelo. Los cristales se habían roto, pero en trozos muy pequeños de tal manera que no le pudieron hacer daño. Nacho casi lloró del susto, pero estaba perfectamente. Javi le ayudó a levantarse. Le abrazó un momento. Hasta que su Nacho protestó. Un instante después estaba Ana la asistenta y su padre junto a él. Sólo había sido un susto y una mesa rota.

Inmediatamente su padre le dio un par de azotes a Javier y le envió a su cuarto. Allí se quedó hasta que su padre le llamó media hora más tarde. Mientras tanto se había asegurado que su hijo milagrosamente no tenía ni un arañazo. Les advirtió a los dos no volver a comportarse así otra vez. Les amenazó con la correa.

Estuvo indulgente. Javi pensó que iba a subir a su habitación y le iba a zurrar con la correa o con la mano, como había hecho en otras ocasiones. Había tenido mucha suerte. Pero incautó su hucha de la que dependía para salir con sus amigos. No supo por qué, pero prometió tener más cuidado y se mantuvo sin moverse mientras su padre les echó la reprimenda. Su hermano dijo simplemente que era culpa de su hermano. A lo que el padre le contestó que se callara o iba a cobrar de verdad. Por suerte el seguro de hogar cambiaría el cristal y a su padre le importó menos. Por lo que todo se quedó en que los niños habían alborotado un poco y tenía que recoger cristales.

Sábado por la mañana

Javier salió con su bicicleta y sus amigos por el parque. Al cabo de unas horas volvieron y se retiró a su cuarto, hasta la hora de comer.

Qué te has hecho en el brazo. Mostraba el antebrazo con una abrasión importante y en la rodilla.

Me he caído, pero no me duele. Dijo quitándole importancia al asunto. Su hermano se impresionó. Tenía todo el antebrazo rozado con el suelo y se imaginó que tenía que doler un montón. Sabía que si era algo importante, se quedaba sin bicicleta durante semanas.

Entonces después de comer que te lo cure Ana. Javier asintió.

Sábado por la tarde.

Su padre se estaba tomando el café mientras tenía una conversación por videoconferencia con una compañera de trabajo con quien congeniaba muy bien.

Nacho y Javier estaban jugando a la Play. Poco después Nacho se enfadó con su hermano, porque le ganaba constantemente. Finalmente se enfrascaron en otra discusión. Fue subiendo de tono hasta que se fueron insultando. Llegó un momento que Nacho empujó a su hermano. Se cayó. Se levantó y le propinó una bofetada, pero tuvo cuidado de no pasarse de fuerza. Era consciente que su hermano era más pequeño que él. El golpe no era fuerte, pero al ser con la palma de la mano sonó mucho más.

Casualmente su padre había terminado su taza de café y fue a por más a la cocina que estaba justo al lado del salón. Oyó el sonido y entró. Nacho vio a su padre y se echó a llorar.

Qué ha pasado aquí.

Javi me ha pegado. Dijo su hermano.

¡Me estaba defendiendo!

Nacho, vete a tu cuarto. Tú jovencito, quédate aquí. Ahora vuelvo. Tengo que terminar una conversación y ahora hablamos tú y yo. Dijo amenazante.

Eso sólo podía significar que iba a haber tormenta o incluso un tornado.

La conversación se prolongó un buen rato, porque la compañera se llevaba muy bien con Álvaro. Era un placer para él mantener una conversación. Hubiera sido una excelente aspirante a esposa. Pero ella estaba casada. Conocía a su marido y también quedaban de tarde en tarde a veces se agregaban otros amigos más.

Después de una media hora. Subió a la habitación de Nacho para ver cómo estaba. La bofetada que le había dado su hermano, realmente no tenía ninguna importancia. Había sonado, pero su hermano había controlado la fuerza. Y Nacho era un gran actor, ni siquiera tenía las marcas de los dedos en la mejilla, por mucho que este asegurara que le dolía mucho.

Después le dijo a su padre que necesitaba comprarse un juego nuevo para la Play en la que habían estado jugando. El eterno problema con los juegos de la Play, pensó el padre.

Y por qué no te lo compras tú con el dinero que tienes en la hucha.

Es que, es que,… no tengo mucho.

Cuánto tienes. Has mirado. Preguntó su padre. Lo mismo tienes lo suficiente como para un juego. O te lo compras a medias con tu hermano.

Eso no, es un maricón. No le gustan los juegos buenos. El padre le mostró el dedo índice en señal de advertencia por decir tacos.

Álvaro le insistió en abrir la hucha con la llave que tenía guardada en su cuarto. Aunque al principio su hijo no mostró mucho entusiasmo. Empezaron a salir billetes y contó unos 380€ sin la calderilla.

Cómo has conseguido todo este dinero.

No lo sé. Yo no tenía tanto cuando lo conté. Dijo sorprendido.

Cuando lo contaste la última vez.

Cuando lo abrimos la última vez lo hicimos juntos, creo que eran 30€.

Su padre insistió en averiguar por qué tenía tanto dinero. Nacho no sabía nada.

Cogió el dinero y se dirigió a la planta baja. Le preguntó a Ana si ella sabía algo de lo sucedido. Evidentemente no sabía nada. Estaba confuso, sabía que su hijo no podía tener tanto dinero. Había pasado unos dos meses y medio cuando contaron el contenido de la hucha y probablemente serían unos 30€. Pero los 350€ que tenía en ese tiempo. Quizás había una relación entre desaparecer ese dinero y el aparecer en la hucha de su hijo. Pero cómo había llegado hasta ahí. Nacho aseguró que no había metido ningún billete en los últimos meses. Y se fijó muy bien si decía la verdad. Álvaro se convenció. Asoció que había una conexión entre el dinero que estaba desapareciendo de su cartera y el que tenía en la mano.

Javier estaba aún en el salón esperando. Dio un salto para ponerse de pie. Le mostró los 350€ y le preguntó si él sabía algo de cómo había engordado la hucha de su hermano. Javi tragó saliva y contestó a su padre bajando la cabeza.

He sido yo, Papá.

¿Cómo?

He sido yo.

Vete a tu cuarto inmediatamente y espérame allí. Me vas a dar una explicación, verdad. - Le increpó.

Sí, Papá.

Pues más vale que sea convincente. Dijo gritándole.

Álvaro se hubiera abalanzado sobre Javier y le hubiera destrozado a golpes. Su propio hijo robándole el dinero en su casa. Dónde se ha visto eso. Había decidido hace tiempo no pegar inmediatamente a los niños. Mejor se tranquilizaría y actuaría después. Quizás su hijo estaba siendo extorsionado por algún compañero de clase. Javier era un chaval demasiado cerrado como para decir si eso sucedía. Sin embargo, desde hacía meses se había distanciado más de su padre. Quizás le pasaba algo. No hablaban como antes. Algo le estaba pasando a este niño, pensó. Quizás se había lanzado a la droga. No, imposible, demasiado pequeño para eso. Para qué querría el dinero. Había entrado quizás ya plenamente en la adolescencia. Querría comprar algo caro, pero qué puede comprar un casi adolescente por 350€. Qué iba a comprar por esa cantidad y que no pudiera enterarse la familia. Porque ese tipo de compra se notan. Y por qué lo había escondido en la hucha de su hermano. Y si fuera el dinero de Nacho y Javi para que no le pegue ha cargado con la culpa. Estaba más confuso que antes.

Una cosa era segura, tenía que explicar el dinero. Y por robar lo tenía muy claro, le iba a dar más de 40 correazos. No se imaginaba otra manera de conseguir dinero. Más vale que no se olvidara de esta lección. Tenía con frecuencia delincuentes que habían empezado jóvenes robando y habían ido a peor. Al final eran los padres los culpables por no haber puesto freno a la situación desde el principio.

Javier estaba mirando desde su cuarto a través de la ventana. Estaba tremendamente triste, estaba llorando. Su plan se había venido abajo. Le dolía aun el brazo. Su hermano le había ayudado a ponerle alcohol y aquello quemaba en lugar de aliviarle. Por mucho que los dos soplaron para quitar la quemazón. Se sentía destruido y desesperado. Su padre subiría en cualquier momento y le daría la paliza de su vida por robar, por pegar, por mentir. Se sentía morir por dentro. Siempre era igual. Su hermano se iba de rositas. La puerta se abrió y su padre llegó, ni siquiera se molestó en llamar antes. Llevaba una correa en una de sus manos y se sentó sobre la cama tranquilamente a un metro de él que estaba de pie. Depositó la correa junto a él sobre la cama, la había seguido con su mirada desde que la vio. Próximo a la ventana le miró, aún parecía estar furioso. Decidió empezar a conversar, estaba entre un espacio entre su mesita de noche y el escritorio. A veces su padre mostraba indulgencia si pedía perdón adecuadamente y le razonaba bien las cosas, pero esta vez no iba a ser así, estaba seguro. Él se limpió las lágrimas y se puso firme frente a él a una metro y medio de distancia.

Bien. Puedes empezar a hablar cuando quieras. Dijo serio y tranquilo sin quererse mostrar agresivo. Su curiosidad era mayor que su enfado.

Papá. No estoy llorando. No tengo miedo. Y no tengo miedo que me pegues. Quiero que se sepas que Nacho y yo a veces nos enfadamos. A veces me dice cosas feas y me insulta constantemente. No está aquí, pero no me importa pedirle perdón a él y a ti, por haberle pegado. - Dijo nervioso mientras se limpiaba la cara.

A veces se comporta como un gili. Su padre mostró el dedo índice levantándolo un poco en señal de advertencia por decir una palabrota.

Iba a decir como un gilipuertas. Pero es mi hermano. Aunque no lo creas le quiero. No dejaría que nadie le pegara. Y le he defendido cuando ha tenido problemas con sus compañeros de colegio y eso que tenían toda la razón de pegarle.

Y eso cuando fue.

El curso pasado cuando estábamos en el mismo colegio. En San Estanislao de Kostka

¿Por qué fue?

No voy a chivatear a mi hermano. Lo siento Papá.

Bueno, no es lo quiero saber. Sugirió igualmente serio. No quería desviar la conversación a otra cosa.

Papá, te odio porque pegas a mi hermano, pero me doy cuenta que él se equivoca y se porta mal. – Se limpió las lágrimas otra vez- Y… , y , siento que tengo que defenderle de ti, pero me doy cuenta que lo que hace está mal y que no aprendería. Pero tengo problemas con eso. Y entonces me insultó y entonces yo le castigué con una torta.

Hijo eso lo entiendo, pero yo soy el que castigo, no puedes tomar la justicia por tu cuenta. Te castigaré por eso. Y seguimos hablando.

¡Vale! ¡Estoy dispuesto! Dijo mientras tragaba saliva y estaba tieso como un palo.

Se dirigió para ponerse sobre el regazo de su padre. A veces su padre castigaba por partes. De esa manera no le dolían las manos después.

Quítate el pantalón

Qué. Dijo sorprendido

Ya me has oído. Quítate el pantalón.

Lo ves Papá. Me estas humillando constantemente. Me pegas delante de mis hermanos. Me pegas sin pantalón. Eres injusto.

El pantalón. Y no te lo voy a pedir otra vez, o lo vas a lamentar. Dijo firme y en un tono agrio. Sabía Javier que lo decía en serio. Empezó a quitarse el pantalón lentamente. Lo dobló sobre la almohada de la cama. Se quitó su polo, lo dobló y lo colocó sobre el pantalón. Se quitó el calzoncillo también y lo puso allí. A esas alturas estaba muy nervioso. Notó ganas de vomitar, pero consiguió reprimirlas. Nunca le pedía su padre que se quitaran la ropa interior, y no se lo había pedido antes que se quitara el pantalón. Notó que volvían a brotar lágrimas de los ojos.

Estoy dispuesto a todo, Papá. Aquí estoy. Dijo con una voz quebrada.

Javier era tímido. Igualmente era muy vergonzoso en lo que a la desnudez se refería. Hacía años que no le gustaba que le viera duchándose. No entendía lo que le había pasado para desnudarse. Era una caja de sorpresas.

¿A qué viene esto? Pensaba que estaba en una sauna acaso.

Papá. Estoy listo. No puedo más. Terminemos. Dijo mientras lloraba y se puso de rodillas. Se sintió avergonzado sin ropa y sabiendo lo que le esperaba. Pensó que podía entrar cualquiera por la puerta y se moriría de vergüenza. Se estaba arrepintiendo de lo que había hecho. Se sintió más humillado.

El padre un poco confuso, le agarró del brazo con la mala fortuna que tocó la parte que tenía abrasión, le dolió tanto que gritó. Aparte de la abrasión tenía un golpe. Le cogió, le puso sobre sus rodillas y le dio cuatro azotes fuertes, que le molestó la mano. Y le permitió levantarse después. No estaba llorando ahora. No acababa de entender lo que estaba pasando. Lloraba antes de pegarle y cuando le había castigado por lo de su hermano. Cuanto menos extraño, pensó. El mundo al revés. Javier le dolía su culo, pero podía soportarlo. Le dolía el brazo, porque su padre le había agarrado del brazo con fuerza al principio.

¿Estás bien? Javier asintió. Te he castigado por haber pegado a tu hermano. Tienes algo más que decirme verdad.

Javier parecía más lúcido ahora que antes. Se tomó unos segundos y comenzó a hablar.

Perdóname Papá. Lo siento mucho. Te he robado. Sé muy bien que está mal. Lo siento de verdad. Bueno, no lo siento de verdad. Porque tenía que hacerlo.

Se estaba poniendo nervioso otra vez y se confundía, pensó Álvaro.

Pero es que tenía que hacerlo.

Javi, no entiendo eso. Explícamelo. Requirió tranquilamente, con la esperanza de saber qué pasaba.

Preferiría no tenerlo que explicar. Papá. Prefiero mejor que me castigues. Contestó mientras inclinaba la cabeza.

Haz el favor y dime por qué lo has hecho.

No quería hacerlo. Y no quería tenerlo. No. La verdad es no necesitaba el dinero. En realidad, no lo quería. Pero lo tuve que coger. Me hacía mucha falta. Javier se paró un momento, porque estaba a punto de llorar, aspiró por la nariz, tenía mucosidad.

Álvaro le dio todo el tiempo del mundo para que se recuperara y le tendió la mano, pero Javier se negó a dejarse tocar, más bien se apartó. No hizo nada porque pensó que le tenía miedo.

Papá. La explicación no va a gustar. Y no quiero decirla. ¿No me puedes castigar antes? Javier sospechaba que su castigo iba a aumentar si le decía que tenía que odiarlo y cogerle dinero.

Cada vez entendía menos lo que estaba pasando por la cabeza de su hijo.

Francisco Javier Martínez Mendieta, me guste o no, quiero la explicación. Y la quiero ahora. - Su padre gritó y le miró con mirada amenazante. Al cabo de un momento su hijo comenzó a hablar. No solía decir el nombre completo de Javier, excepto cuando las cosas se ponían feas.

Papá. Tengo que odiarte, tengo que robarte. Tengo que hacer como si no me importas. Pero no puedo. Me importas, de verdad. Cuando se murió Mamá, tú eras lo que me quedaba. Es que quiero odiarte y no puedo ahora. – Volvió casi llorar un momento- Y lo intento, pero sólo lo consigo, a veces. Pero me siento muy triste, me siento muy mal. Y me pongo a llorar como antes cuando has entrado en la habitación. Sobre todo, cuando te veo cómo estas con mis hermanos.

No entiendo nada. ¿Por qué me robaste?

Porque tengo que irme de la casa y necesito dinero. Contestó sollozando.

¿Cómo que tienes que irte de la casa?

Sí. Tú dijiste que tú no me debes de importar. Y que dijiste que me tenía que ir bien lejos. Que es mejor irse bien lejos en estos casos.

¡Qué estás diciendo niño! ¿Cuándo he dicho yo eso? Dijo molesto.

Papá. Estábamos viendo una peli y te pregunté. -Volvieron las lágrimas-. Te pregunté. Qué debo hacer cuando quieres a alguien mucho y no te corresponde. Y tú me dijiste, que si después de intentarlo varias veces, lo mejor es hacer como si no está. Y yo al cabo de un tiempo no pude. Pero no puedo Papá. No puedo. Y lo intento. Te sigo queriendo, aunque sea a ratos. Como a Mamá. Volvió a llorar con más intensidad y se puso de rodillas. El sentimiento del recuerdo le superó su compostura.

Me estoy volviendo loco, pensó para sí. Pero qué se estará inventando el niño este. Y encima delante de mí de rodillas llorando. Se volvió a armar de paciencia.

Y cuándo he dicho yo eso.

Eso fue en después del cumpleaños de Carlota. Y como no estaba seguro me lo repetiste. Y a la semana siguiente me volviste a decir lo mismo gritando. Y que lo mejor es pillar puerta y cuando más lejos mejor. Y después me volviste a recordar otra vez y te pusiste como ahora muy enfadado. Y entonces lo entendí.

Empezó a recordar y no estaba seguro de que le había dicho tal cosa. Era de locos.

Eso te lo estas inventando. Dijo escéptico, nunca le hubiera dado tal consejo a su hijo.

Javier se levantó y cogió del cajón de su mesita de noche una biblia. Era con la que había hecho la primera comunión. Su madre se la había comprado un tiempo antes de hacer la comunión, junto con otros preparativos. Poco después falleció.

Le puso la biblia en la mano de su padre.

Papá. No sé cómo se jura. Es con la mano derecha o izquierda.

Era casi patético su hijo desnudo delante suya y con una biblia humedecida con una lagrima que le había caído sobre la tapa, se disponía a jurar. Los pelos castaños despeinados estaban parcialmente apelmazados del sudor. Le recordó a la melena de su mujer que tenía el mismo color. Estaba abstraído por la situación y casi no oyó lo que estaba diciendo, hasta que contestó.

Es con la izquierda sobre la biblia, pero da igual.

Papá. - Dijo mientras le estaba mirando a los ojos- Desde que entraste en mi habitación. Todo lo que te he dicho es verdad. Se limpió las lágrimas otra vez. - De verdad. Tú me dijiste que te ignorara. Estuvimos viendo la película La Jungla de Cristal 1. Y en el intermedio me lo dijiste, estabas molesto porque había muchos tiros. Lo sé. Y me lo explicaste. Y un tiempo después lo recodaste y me lo dijiste otra vez gritando, y yo te lo prometí. Que no me despierte nunca esta noche si miento.

Dijo mientras se limpiaba la cara con la mano derecha.

Y a la semana siguiente llegaste muy tarde a casa y tan pronto me viste. Me dijiste que lo mejor cuando alguien por mucho que quieras no le importas es olvidarse de él. Y me dijiste que lo tuviera en cuenta o me iba a enterar. Estabas más enfadado que ahora.

Papá. Lo juro de verdad.

Ahora se acordaba él también de parte de lo que estaba diciendo. Sí recordaba alguna de las preguntas que hizo, pero pensó que se trataba de una chica de la que se había enamorado y que no le estaba prestando atención. Y sí recordaba muy bien la segunda vez de la que hablaba Javier. Le había mandado una aspirante a novia suya al paseo y estaba muy decepcionado por eso. La muy paranoica, le había amenazado con denunciarle por acoso, por haberle insistido y preguntado por qué no quería saber nada de él. La mujer decidió que no merecía explicación alguna y se tomó la pregunta como acoso. Encima le insultó. Aparte que estaba muy enfadado consigo mismo y el mundo, seguidamente recordó que aprovechó para recordarle a su hijo lo que le había dicho. Que lo mejor era olvidarse de la persona. Por mucho que la quisiera. Que le tenía que dar igual. Se llevó las manos a la cara por un momento por un momento. Recordó que le gritó y le amenazó si no obedecía. No había sido su mejor momento como padre y no se controló. Y antes le había castigado por defenderse de su hermano. Menudo padre estaba hecho.

Pero hijo. ¿Y tú pensaste que me refería a mí? Yo estaba convencido que se trata de una novia de tu colegio y me estabas pidiendo consejo.

Estaba tan acongojado que asintió con la cabeza. Hubo una mirada mientras asintió que le recordó a su hija Carlota.

Pero cómo puedes pensar que no me importas. Cómo puedes pensar que yo te iba a dar un consejo para que me ignorases o me odies. ¿Estás loco? Cómo puedes pensar que quería que te fueses.

Dijo mientras le intentó coger de los brazos. Se apartó ligeramente.

Papá. Yo sé que no me quieres. O me quieres mucho menos que a mis hermanos. Y no me importa que me pegues por decírtelo. Dijo con vehemencia llorando y mirándole.

Álvaro lo cogió y lo abrazó delante suya. Estaba templando cuando lo abrazó.

Tranquilo que no te voy a pegar. Te lo prometo. Aun así, se separó poco después.

Y entonces por qué no quieres estar conmigo. O no quieres hablar conmigo. Dijo mientras se separaba más. Y le alzaba la voz mientras le miraba ofendido que dudaba de su palabra.

Por supuesto que quiero estar contigo. Eso te lo estas inventando.

Este chico estaba exagerando con esto de hablar. Aunque es cierto que no recodaba cuando había mantenido una charla con él. Quizás hacía ya un tiempo, pero no merecía tanta importancia. Se lo estaba tomando todo a la tremenda. Aunque no recordaba cuando fue la última vez que hicieron algo juntos. Tal vez fueran celos.

Papá. La última vez que hablamos solos fue hace un mes cuando me castigaste, por manchar el coche con caramelos. Que no fui yo. Y la vez anterior estuvimos hablando cuando me castigaste por sacar malas notas. La vez anterior, me pegaste porque me había manchado la ropa cuando íbamos a visitar a los abuelos.

Javier puso las dos manos sobre la biblia y volvió a jurar. No lloró, pero le miró a los ojos a su padre con determinación.

Papá. No me tocas nunca. No me hablas nunca. Dijo serio, su mandíbula le temblaba un poco.

Javier cuando os vais al colegio os doy un beso a todos. Cuando vuelves os saludo a todos.

Eso no cuenta. Lo haces todos los días. Eres como un ordenador, que hace las mismas cosas. No piensas. No me has tocado. Me muero de envidia cuando acaricias a Nacho la cara o le pasas la mano por el pelo, o le haces cosquillas, a mí no. O cuando coges a Carlota todos los días en brazos y juegas con ella o con Nacho y a mí no. No me has abrazado durante meses.

La verdad es que no le había prestado atención a esos detalles. Su hijo sí. Y parecía que hasta llevaba contabilidad o llevaba un diario mental.

Javier creo que estas celoso, pero te juro que te quiero. Incluso puede que más que a tus hermanos, por ser el primer hijo que tuvimos tu madre y yo. Te quiero muchísimo.

Papá. La única manera que tengo que me toques es cuando me pegas. Sabes que no me gustan los caramelos y confesé ser yo para que estuviéramos solos un rato. Y me tocaste. Dándome unos azotes. Porque los caramelos no salen bien del asiento. Es la única forma que me queda para que me toques, además que tengo que parezca que no me importa como tú dices. Siguió con furia contenida.

Su hijo le estaba matando. Estaba a punto de llorar él también. Esto era como si le estuvieran clavando un cuchillo. Y era verdad, nunca le gustaron los caramelos. Estuvo encrespado y ni siquiera reparó en ello, cuando Javi le mintió diciendo que era él. Nunca le habían gustado los caramelos. Estaba angustiado por el error que cometió.

Papá. No te creo. Pon la mano y júramelo. Cogió la biblia y se la sujetó para su padre. Su padre puso la mano izquierda sobre la biblia y levantó la derecha. Quería hacerlo lo más solemnemente que podía, para demostrarle que era verdad.

Juro o prometo que te quiero. Lo juro ante Dios. Que me muera esta no...

A Javier se le cambió la cara y le quitó la biblia debajo de la mano de su padre rápidamente y la tomó con ambas manos y la abrazó para que no pudiera tocarla su padre.

No puedes jurar Papá. No quiero que te mueras. Te odio un poco, nada más, pero no como para dejarte que te mueras. No quiero que te mueras. No quiero que te pase nada.

Álvaro ya no pudo más. Le cogió y lo sentó sobre su regazo ofreciendo un poco de resistencia. Le abrazó y no le soltó y le besó. Le juró que era lo más preciado que tenía. Que le quería con locura. Que no tuviera ninguna duda. Ni ahora ni nunca. Daba igual lo enfadado que estuviese con él que lo iba querer siempre.

Álvaro puso biblia sobre la cama y con su mano también juró que lo que había dicho era verdad. Lo hizo de la manera más solemne que pudo abrazado a su hijo.

Poco después Javi se convenció. Estuvo llorando rato largo porque finalmente supo con certeza que su padre lo quería. Entonces también él le abrazó con fuerza. Álvaro le besaba durante el llanto desconsolado. Meses de incertidumbre se había resuelto.

Gracias Papá. Gracias por quererme. Estaba desesperado. Me sentía tan mal. Teniendo que hacer cosas que no quería. Dijo entre sollozos.

Álvaro casi no podía aguantar más, también estaba a punto de romper a llorar, no pudo evitar que las lágrimas cayeran por su mejilla. Ahora recordaba que su hijo hacía mucho tiempo que no le abrazaba así. Un rato después finalmente se calmó y estuvo sollozando un poco. Álvaro lo mantuvo abrazado sin soltarlo y Javier estaba medio acurrucado medio sentado sobre su regazo como cuando era más pequeño. Escuchaba su respiración porque su cabeza estaba apoyada cerca de la suya. Cuando su respiración se ralentizó comenzó a preguntarle.

Una pregunta. Por qué guardaste el dinero en la hucha de tu hermano.

Por. Por …Porque sabía que era el último sitio donde hubieras buscado. Te fías más de él que de mí. Entonces si hubieras descubierto que alguien te roba. Hubiera buscado en la mía y en último lugar en la de Nacho.

Si había dudas sobre su historia, constantemente le estaba clavando otra evidencia.

Javier. Siempre te he querido y siempre te querré. Hagas lo que hagas. Tenlo por seguro.

Javier le abrazó otra vez. Parecía querer recuperar todos los besos y abrazos que se había reprimido haberle dado o echado de menos respecto a sus hermanos.

Vístete, por favor. Y por cierto, con lo vergonzoso que eres. Cómo es que has desnudado.

Javier se vistió lentamente igual que se lo había quitado. El pantalón no se lo había puesto cuando contestó.

Papá. Estaba desesperado. Estaba dispuesto a todo. Te acuerdas del cura que me firmó la biblia que tengo que estaba en mi colegio.

Claro. Un tipo muy inteligente. Me habló muy bien de ti. Es jesuita, fue amigo de tu madre. Me cae muy bien, nos hemos hecho amigos de alguna manera.

Sí. El tío mola, nos llevamos de …..- Iba a decir de puta madre, pero reaccionó y siguió con – de maravilla. En catequesis nos enseñó el cuadro del Sacrificio de Isaac. Estaba desnudo como Isaac cuando lo iba a matar su padre. Explicó que Isaac estaba dispuesto a morir. Yo también. Habías descubierto el dinero para huir. Qué podía hacer. Sacrificarme.

Pero yo no te iba a matar. Te iba a castigar.

Su hijo estaba exagerando sin duda. Estaba imaginándose como sacrificio humano. Si no recodaba mal, era un cuadro de Caravaggio. Pero se tenía que haber puesto la cosa muy difícil para él. Tenía que evitar que esto volviera a suceder. Javier no debía de volver a tener dudas sobre él. Quizás debería de regalarle algo. Visto lo visto, el mejor regalo debería de ser pasar un tiempo con él.

Se aproximó a su padre cabizbajo.

Papá. Te he robado. Te pido perdón. Estaba hecho un lío, de verdad. Pero cuando te robé sabía muy bien que te estaba robando, aunque no necesitaba el dinero. Y no quería robarte. Y ahora no lo quiero. De verdad que fue así.

Eso es verdad. Contestó suspirando.

Papá. Me tienes que castigar. ¿Ya no vas a confiar nunca más en mí, verdad?

Seguidamente se echó sobre el regazo de su padre, dispuesto a recibir el castigo.

Menudo dilema. Era cierto que era un hurto en toda regla. Sabía muy bien lo que hacía. Pero lo hacía cegado por una idea equivocada. En circunstancias normales le hubieran llovido cuarenta correazos por lo menos. Pero no era una circunstancia normal en absoluto.

Tenía que pensar un poco. Los atenuantes eran muy a tener en cuenta. Este niño se lo había pasado mal y se lo había hecho pasar muy mal por su culpa, por un estúpido malentendido. Las lágrimas que derramó no eran de cocodrilo. Y los argumentos eran más que ciertos y tan sólidos que le abochornaban. Estaba dudoso si pegarle o no. Intentó recordar el derecho romano de casos como el furtum famelicus, al menos eso lo dominaba. No como su familia.

Javi. Me has robado. Sabiendo muy bien lo que hacías. Dijo con determinación.

Le bajó el calzoncillo para empezar a azotarle con la mano. Le puso la mano encima del omóplato izquierdo. Javier se sujetó con su mano a ella. Era algo nuevo para Álvaro. Parecía un gesto dulce.

Álvaro le azotó. Le golpeó, pero no se esforzó en golpearle con fuerza, mucho menos de lo que acostumbraba. Se dio cuenta que era más cómodo ver los glúteos de su hijo sin ropa que lo protegiera. Así le era más fácil saber por el color de la piel, qué fuerza le estaba administrando. Le costaba mucho menos dejar su marca en la piel, pero no tenía intención de infringirle más dolor. Después de veinte azotes paró, de los que apenas se podían distinguir los dedos o palmas, no como los primeros cuatro que le había dado al principio. Su culo presentaba el mismo color que sus mejillas un tono rojizo y no quería seguir en absoluto. No debía de dolerle mucho. Ya le había dolido demasiado otras cosas dentro de él. Le subió el calzoncillo otra vez para arriba y le pidió levantarse.

Los glúteos le escocían poco, estaba confuso, porque su padre no acostumbraba a ser tan delicado. Se tocó mientras se levantaba. Podía soportar sin ningún problema castigos como este todos los días, los cuatro primeros le habían dolido más. Se dio media vuelta para que su padre no pudiera ver su parte delantera. Su padre quiso decirle algo, pero le interrumpió.

Perdón. Papá. Que ahora no puedo. Dios. Dijo mientras se giró.

Estaba intentado ocultar su erección.

Voy a ponerme el pantalón, si no te importa.

Ahora tenía los colores de la cara más rojos que su culo. Su padre sonrió levemente cuando se dio cuanta y le animó.

Papá. Que no es lo que parece. No soy gay.

Que tonto eres. Claro que no. Termina de vestirte. Dijo sonriendo. - Es una cosa natural, no te avergüences. Ya no me acordaré dentro de 5 minutos.

Al terminar su padre le pidió que se acercara.

Javier. Eres un chico muy muy inteligente y muy fuerte como has demostrado. Estoy mucho más orgulloso de ti de lo que crees. Espero que hayas aprendido la lección que no se debe robar a nadie. Confío en ti, porque has sido honesto reconociendo lo que ha pasado. Y te perdono.

No lo olvidaré te lo prometo. Javier normalmente se hubiera tenido un fuego en el culo durante un buen rato.

Por qué me has pegado sin pantalón ni nada, si a los demás no se lo haces.

Porque tú eres mucho más fuerte que los demás y así te duele más. Además, voy hacerlo con todos a partir de ahora.

Ven aquí. Dijo mientras su padre se arrodilló con una pierna ante él y empezó a hablar. Le cogió ambas manos con las suyas.

Javier. Te pido perdón por todas las cosas que te he hecho. Las he hecho sin saberlo. Jamás hubiera imaginado que te estaba perjudicando tanto, que te había hecho tanto daño. Ha sido un terrible terrible malentendido. Siento que te hayas sentido tan mal. Tu madre estaría muy orgullosa de ti. Y yo lo estoy mucho mucho más.

Me hubiera vuelto loco si te hubieras ido de casa. Todavía me estoy sintiendo mal, solamente pensado lo que podía haber pasado por mi culpa. Recuerda siempre que tu padre siempre te querrá.

Ambos se abrazaron un rato. Álvaro notó que su actitud había cambiado. No se apartó como antes ni se mantuvo a una pequeña distancia. Sí es cierto que Javier había estado esquivo todo el tiempo, ahora le estaba mirando y aprovechando para abrazarle. Tal vez su hijo le mostró que el adusto había sido él.

Javier a petición de su padre, se puso una camisa y un pantalón nuevo para cenar. Su padre le invitó al baño suyo y le peinó con cuidado. Eso le recordó a su madre que le peinaba cada vez que podía. Le volvió a abrazar, para recompensarle por el mal trago que había pasado durante tanto tiempo. Le ofreció que si quería le afeitaba, aunque se lo dijo como cumplido, por haberse comportado como un hombre. No tenía huella importante de bigote, como tampoco pudo apreciar apenas vello púbico. Lo rechazó. Sospechó que su hijo no había entendido el gesto y se lo explicó que se había comportado como un hombre. Le cogió de la cintura y se fueron andando el pasillo para bajar. Álvaro paró un momento, volvió a su habitación y le devolvió la hucha a su hijo.

Cuánto dinero tienes.

Javier abrió la hucha que no tenía cerrada con llave y sacó billetes por valor de 10€.

¿No cierras con llave tu hucha?

¡No ¡Yo confío en vosotros! Dijo con naturalidad. ¡Quizás no confíes ahora en mí! Dijo apesadumbrado.

Eso es todo lo que tienes. Javi se le quedó mirando, aunque no esperaba respuesta.

Y sí que voy a confiar en ti.

¡Tengo 220€ más en un cajón de la mesita de noche!

Pero 230€ creo que es mucho. Cuánto me has robado. Di la verdad. No te voy a castigar por ello. Ya has sido castigado. No te voy a castigar dos veces por lo mismo. – Álvaro les daba dinero a los niños para que se compraran chucherías, juegos, pero no le había dado tanto a Javier para que ahorrar tanto.

Son míos, Papá. Aquí no hay nada robado. El dinero es de los juegos que he tenido que vender para conseguir el dinero. He vendido casi todos. Si no, no hubiera podido irme.

¿Y por qué los pusiste en dos sitios?

Papá. ¿Tú podrías todos los huevos en una cesta? Él sonrió.

¿Entonces tenías 580€?

No. Tenía 550€, 30€ son de Nacho. No quería quitarle nada a Nacho. Nacho me quiere, pero a ti tenía que odiarte, bueno, ya no. ¿Recuerdas?. Me faltaban sólo 50€, para irme.

600€ y te ibas. Dijo extrañado.

Si, 600 son suficientes para empezar una nueva vida. Contestó convencido.

Álvaro sonrió, pero se le escapó una carcajada, aunque intentó disimular. Se lo hubiera comido en ese momento con esa cara de felicidad que tenía. Qué contradicción comportarse como un hombre y parecer tan infantil en otros momentos.

¡No creas, no creas! La vida está muy cara. Bromeó. Vamos abajo.

Había estado cerca pensó Álvaro.

Antes le llevó al botiquín para curarle el brazo, a pesar que se ofreció Ana, que había sido auxiliar de clínica. Su padre insistió.

Te pongo la pomada, pero tienes el brazo muy inflamado. Después con la venda no te rozará nada y no dolerá.

De acuerdo. Dijo Javier. La voz la tenía alterada del esfuerzo de llorar de antes. Le molestaba incluso la pomada que le ponía sobre la piel.

Lo tienes muy irritado. Te dije antes que te lo curases y no me has hecho caso. –Dijo preocupado.

Sí me lo curé, Papá.

Nacho se acercó. Y miró cómo le curaba y le sopló como antes cuando le echó el alcohol, pensando que le dolería.

Yo le ayudé, Papá. Dijo preocupado por su hermano. Javi, tenía los ojos ensangrentados de haber llorado y la cara con mucho rubor, típico de haber llorado. Su voz también la notó tomada por el esfuerzo.

¿Con qué lo habéis curado?

Con el frasco y el líquido ese. - Era alcohol. Se imaginó lo que eso debería de haber escocido.

Eso tiene que escocer, un huevo. Su padre puso cara de circunstancia.

Me dolió mucho. Pero aguanté. Dijo Javi.

Si, y gritaste como un cerdo. Hasta lloraste un poco. Dijo su hermano para bajarle los humos.

¡Mentira! Protestó Javier. Su padre le miró atentamente.

Bueno, pero casi nada. Agregó.

Se fueron a cenar al comedor y Nacho se acercó a su hermano. Mientras empezó a poner la mesa. Hoy le tocaba a él.

¿Te ha pegado mucho? Era una pregunta con una respuesta obvia, antes había visto la cara de Javier. Era muy pálido. Por los colores de la cara, se lo tenía que haber pasado muy mal. El tener una camisa de color fuerte y estar peinado, no alteraban esa realidad.

Su hermano asintió con la cabeza mientras ponía la mesa.

Escuché un poco a través de la puerta. ¿Y te ha hecho bajarte los pantalones?

¡Y los calzoncillos! Contestó por Javier, el padre que escuchó la conversación mientras pasaba cerca de ellos y siguió hasta la cocina. Nacho le miró asombrado entreabriendo la boca, Javier asintió a su hermano para confirmarle.

¡No me voy! Le dijo Javi a su hermano bajito.

Nacho abrazó a su hermano. Estaba agradecido por esa noticia, le hubiera echado mucho de menos. Aunque a veces era un abusón. Hoy se sentía culpable de alguna manera, que por su culpa había su padre descubierto que Javi guardaba el dinero en su hucha. Aparte que le preocupaba su hermano. Le había salvado de varios castigos últimamente. Quería protegerlo también un poco. Pero lo que más le alegraba era que no iba a escaparse de casa.

Gracias por no irte. Ojalá hubiera podido hacer algo. –Le abrazó otra vez. No quería que te lo pasaras tan mal. Déjame que ponga la mesa por ti. - Que su padre le hubiera castigado sin calzoncillos era muy impactante para él. Odiaba los castigos.

Gracias. Una ayuda viene bien. Y le pasó la mano por el pelo tan bien peinado como el de él, era un presumido del peinado. ¡Eres un maricón! Dijo sonriendo.

Y tú, un cabrón. Contestó mientras siguió poniendo la mesa. Estaban bromeando.

El padre estaba cogiendo el salvamanteles del armario mientras observaba a los niños. Soltó un suspiro de impotencia. No aprendían a no decir palabrotas. Y Carlota iba por el mismo camino. No tenían remedio. Ojalá fueran una familia como otra cualquiera.