CAPÍTULO 1


¿Qué tan difícil puede ser, vivir feliz con tu vida?

Imposible, si vives en soledad.


Era otro día normal en la Academia Fortunia. Pájaros cantando sobre la copa de los árboles, el sol de invierno intentando derretir la nieve bajo sus pies, estudiantes revoloteando a su alrededor, algunos alegres por entrar a clases y encontrarse con sus compañeros tras un tranquilo fin de semana, y otros que sólo estaban agotados y sólo querían que comenzaran las vacaciones de una vez.

Kaede sonrió para sí mismo. A él le daba igual, sólo tendría que aprobar el semestre y sería libre. Le caía muy bien a los profesores, lo suficiente para lograr no meterse en problemas. Supuso que deberían al menos ser más estrictos con él, pero daba igual; ni que fuera un delincuente cualquiera.

Entró al gran edificio blanco. La puerta principal era de vidrio, siempre limpia a pesar de todos los estudiantes que apoyaban su mano en ella. Tenía varios pisos con muchísimos salones de clases, otros para clubes y alguna que otra sala de computación y de profesores. Era una escuela abismal, parecida a varias otras de Japón. Pero en su caso debía sentirse afortunado; todos los profesores eran amables, los estudiantes jamás acosaban a otros —algo que sabía que pasaba en otras escuelas—, y el edificio en sí parecía un hotel de lujo. En el patio, justo en el centro de toda esa construcción, había una fuente tan grande que en los recreos se podían ver algunos niños dándose un chapuzón, y sonriendo a los peces que nadaban con ellos.

Apenas en la entrada pudo ver las taquilleras, y dejó sus zapatos en la suya. Miró a su alrededor antes de seguir adelante, buscando otros casilleros para ver si estaban abiertos. Varios alumnos ya habían llegado, eso estaba claro. Pero de sus amigos, parecía ser el primero… o el segundo. En la taquillera de Isami, había unos zapatos. Por lo general era el primero en llegar a clases; después de todo, era popular por el hecho de ayudar a sus compañeros con la tarea. Kaede volvió a sonreír para sí mismo, dirigiéndose al salón donde sabía que estaba su compañero.

Al verlo, no pudo evitar suspirar divertido. El pobre hombre de dieciséis años estaba rodeado por un océano de compañeros de su edad, hablando tan rápido y tan juntos que apenas se les entendía. Kaede escuchó una silla arrastrándose, su distintivo pelo turquesa asomándose por sobre las cabezas de los demás. Se pudo escuchar su tímida voz, un poco abrumada por toda la situación.

—Oigan, chicos… por favor, uno a la vez… —Intentó dar unos pasos hacia atrás para librarse de la multitud, pero sin éxito. Aún faltaban unos cuantos minutos para que comenzaran las clases, por lo que Isami tendría que aguantar a sus admiradores por algún tiempo.

Alguien pasó por al lado de Kaede, empujando a la multitud y separándola para posarse junto a Isami. «Si fueras más alto, sería de gran ayuda», pensó Kaede, preguntándose cómo reaccionaría el recién llegado si lo pronunciara en voz alta.

Los ojos violetas del chico fulminaron a la multitud, y su brazo izquierdo rodeó el cuello de Isami.

—¿Estoy viendo que le están causando problemas a este tipo? —pronunció, haciendo que el resto bajara la voz—. ¡Imposible! Antes de pedirle sus notas, tendrán que pasar por el gran Arata Anami. —Infló su pecho con orgullo, como si estuviera retando a cualquiera que quisiera acercarse.

Instintivamente los alumnos comenzaron a retroceder, pareciendo intimidados. Arata era mucho mayor que ellos; tenía dieciocho años y estaba a punto de graduarse, así que todos los de esa clase recibían respeto de los alumnos más jóvenes.

—Muchas gracias, Anami —dijo el joven chico, inclinándose un poco frente al mayor.

Kaede se rió en voz alta y se acercó a sus dos compañeros antes de que Arata pudiese responder.

—¡Sí, hombre! ¡Qué valentía! —exclamó con sarcasmo—. Eso de pasar por una turba furiosa para salvar a la princesa... Qué heroico.

—Ríete lo que quieras, Masuzoe, pero ten por seguro que no te salvaré cuando una multitud de cerdos se abalance sobre ti.

—Sí, sí, ya entendí —respondió Kaede apenas prestando atención. Arata era el mayor de su grupo de amigos, y le encantaba actuar como tal. A pesar de la mala influencia que era, amaba estar a cargo. Naturalmente, algunos más jóvenes le hacían caso, y uno de ellos era Isami. «Bueno, acaba de salvarle la vida —pensó con burla—. Creo que no estaría mal que le haga caso por esta vez».

Aún faltaba para que comenzaran las clases, así que los tres chicos se sentaron en sus respectivos asientos, formando una especie de triángulo. A pesar de su diferencia de edad, habían sido asignados a la misma clase. Toda su vida había sido así, por lo que no se molestaron en preguntarse qué razón tendría el director, o quien fuera, para ponerlos siempre en la misma clase. Era una coincidencia graciosa, tomando en cuenta la enormidad de esa academia, y el hecho que aún faltaban algunos por llegar.

—¡Y hablando de la reina de Roma! —exclamó Arata desde su asiento, girando su cabeza para ver a una chica.

—Supuse que estarían hablando de mí, y es que los hombres no pueden pensar en otra cosa que en chicas. —Arrojó su largo cabello rubio hacia atrás, y posó su mano en su cadera—. Ojalá te gustaran los hombres, así no tendrías que molestarme a mí.

—Buenos días, Hanako —saludó Kaede, e Isami lo repitió. Hanako saludó a ambos y se dirigió a su asiento, detrás de ellos.

—¡Oye! ¿Y a mí qué? —dijo Arata, cruzando los brazos y fingiendo estar molesto. Hanako sólo lo miró de reojo y se sonrió, divertida por su expresión infantil.

—¿Has visto a los demás? —preguntó Isami cuando la chica se había sentado.

—Ah, sí. —Miró ligeramente al techo, como recordando—. Fuyumi dijo que vendría más tarde, y Shou debe estar por ahí corriendo e impresionado a colegialas…

—¿Alguna guapa? —interrumpió Arata, inclinando su cuerpo hacia adelante y sonriendo.

Hanako intentó ignorarlo, pero se notaba que en realidad estaba conteniendo la risa.

—Y Yuu estaba en su mundo, viniendo hasta aquí. —Todos quedaron callados por unos segundos, hasta que Hanako volvió su mirada al chico pelirrojo que tenía delante—. ¿Un Kaede callado? Esto sí es extraño.

Antes de que Kaede pudiese responder, una chica delgada pasó por la puerta en silencio y se dirigió a ellos, apenas saludando con un ligero movimiento de la cabeza. Arata se levantó de un brinco y extendió su mano.

—¡Imaizumi, tanto tiempo!

—Es demasiado temprano para que estés gritando —respondió, dándole la mano a Arata.

—Una noche dura, ¿eh? —Arata le guiñó el ojo con picardía, pero la chica sólo desvió sus ojos color zafiro y se enfocó en los demás del grupo.

—¿Dónde están los demás? No falta mucho.

—¡No pienso explicar todo de nuevo! —se quejó Hanako, a la vez que miraba de reojo a la puerta y apuntaba a los demás alumnos que entraban por la puerta—. Si no los ves entrando por ahí, es porque aún no llegaron.

—No le hagas caso, Fuyumi —dijo Kaede, sonriendo—. Están por llegar.

Fuyumi sólo removió unos pocos cabellos negros de su cara y se puso unos auriculares, sin responder. No se le notaba cansada, y de hecho no lo estaba, pero el ruido constante le molestaba. Por lo menos, la música bloqueaba la contaminación sonora.

—¡Por favor, canta un poco para nosotros! —La atención del grupo se dirigió a la puerta, donde unos chicos estaban amontonados, impidiendo el paso.

—¡Sí! ¡Oír tu hermosa voz a estas horas viene bien para el corazón!

—Yuu está en problemas —susurró Isami, girándose sobre su asiento. Kaede sólo observó a Arata con atención, sabiendo que querría hacerse el héroe e ir al rescate de la pobre niña.

En efecto, se levantó de su asiento y caminó hasta la multitud de chicos admiradores. Instintivamente, los que estaban más atrás retrocedieron para dejarle pasar. Finalmente logró ponerse al lado de una chica de baja estatura, con cabello corto de color blanco. Dio el mismo discurso de cuando "salvó" a Isami, haciendo que los demás chicos se alejaran bajando la cabeza.

—Qué aguafiestas —murmuró uno—. Yo sólo quería un poco de música.

—Los dolores de tener una buena voz —dijo Kaede, saludando. Él y Yuu solían juntarse en el salón de música. Kaede, a pesar de lo mal que le iba en clase, era un excelente músico, y podía tocar todo tipo de instrumentos. Yuu hacía su acompañamiento vocal, pero sólo cuando estaban solos. Jamás cantaba frente una audiencia, y se sintió aliviada cuando Kaede prometió que no la obligaría a cantar frente a todos si no quería.

Tras el evento, el grupo se quedó charlando, esperando a la profesora. Aún si no quedaba mucho tiempo, iban a aprovechar esos pocos minutos que faltaban.

—¡Chicas, chicas! ¡Tranquilas!

Una vez más, la atención del grupo fue desviada hacia la puerta. Un chico de cabello oscuro estaba entrando marcha atrás, con ambas manos extendidas. Frente a él, del lado de afuera, un grupo de admiradoras intentaban entrar todas a la vez por la puerta.

—¿No irás a rescatarlo? —preguntó Kaede a Arata, que estaba sobre su escritorio con la cabeza apoyada sobre su mano, con expresión aburrida.

—Él puede defenderse solo.

El chico cerró la puerta de golpe y apoyó su espalda contra ella, soltando un suspiro de alivio. Luego sonrió y se dirigió al grupo, saludando a todos. Sus ojos plateados brillaban más que nunca, y estaba sudando de tanto correr.

—¿Y? —inquirió Hanako con una sonrisa pícara—. ¿Alguna ha caído en tus encantos?

—Ja, ja, muy graciosa —rió el chico con sarcasmo—. Ya verás cuando yo consiga novia y tú seas una vieja solterona.

—¡Cómo te atreves! —Hanako dio un respingo, claramente fingido—. Ningún chico se resistiría a este bello cuerpo —replicó rodeando su figura con sus delicadas y cuidadas manos—, y cuando encuentre al indicado, conocerán a la hermosa flor que soy yo.

—Supongo que tendrá que ser alguien guapo, ¿no? —preguntó Kaede, uniéndose a la conversación.

—No somos todas así. —Cruzó sus brazos, indignada—. Además, hay muchos chicos guapos en esta academia. Elegir a uno es imposible.

—Ya cállense —dijo Fuyumi de repente, mirando al frente—. La profesora los está esperando a ustedes.

Kaede se dio la vuelta y se dio cuenta que era cierto. Una mujer joven estaba parada frente al pizarrón, mirando con ojos furiosos a su grupo. Yuu, Arata e Isami ya estaban acomodados con los libros frente suyo, aparentando ser alumnos modelo. Shou, el chico que había llegado último, se removió incómodamente sobre el asiento y procedió a sacar sus libros. Fuyumi ya tenía un lápiz en mano, pero usaba auriculares. Kaede se preguntó si sería capaz de escuchar la clase de esa forma.

—Si no les importa, los demás están intentando aprender. Si no guardan silencio, tal vez quieran seguir su charla fuera de clase.

Hubo algunas risitas provenientes de los otros alumnos. Kaede pudo ver como algunos de sus amigos se ruborizaban de la vergüenza, y él se disculpó en voz alta por ellos.

La profesora sólo levantó su mentón y se acomodó los anteojos, antes de dirigirse a la clase.

—Vaya que es una amargada —susurró Shou a Arata, aunque varias personas a su alrededor lo habían oído. Arata asintió, manteniendo su vista fija en la profesora. A su vez, varios alumnos de su alrededor estaban tratando de contener la risa traviesa. Fuyumi se quitó un auricular de la oreja, mirando a los demás con una expresión de sorpresa, pero se los volvió a poner rápidamente y regresó su atención al libro de texto que yacía en su escritorio.

El grupo habló poco durante el resto de la clase, sólo con los que tenían cerca. El reloj marcó casi el final de clase, a la vez que algunos comenzaban a hacer un ademán para irse.

—¡Hasta que no suene la campana de finalización de clases, nadie puede salir de este salón! —exclamó la profesora, levantando su dedo índice. Varios alumnos suspiraron al unísono y volvieron a sus lugares. Acto seguido, sonó la campana, y todos se levantaron de una vez—. ¡Alto ahí! Hemos perdido unos minutos gracias al grupo de Masuzoe, y otros más gracias a Komukai y otros más que estaban muy apurados por irse. La clase terminará cuando yo lo diga. —Se dio la vuelta para escribir en el pizarrón, mientras los alumnos suspiraban otra vez, más exasperados.

—Tengo hambre… —dijo Yuu, mirando a su regazo. Instantáneamente varios chicos la miraron. Si no hubiera una profesora amenazando con darle dos horas más de clase, habrían sacado sus almuerzos y se los hubieran ofrecido a la pequeña ángel de pelo blanco.

—Ella es todo un éxito con los chicos —dijo Shou, inclinándose a la izquierda para que sólo Arata lo escuchara esta vez.

—Es como tu versión femenina, sólo que los chicos no están tan ciegos como las chicas que te persiguen —bromeó su amigo, sin desviar su mirada de Yuu.

Pasaron unos largos minutos, aunque la profesora estaba tan entretenida con su explicación que no se dio cuenta cuánto estaba alargando la clase. Varias veces algunos alumnos intentaron decírselo, pero la mujer seguía haciendo caso omiso.

Kaede se dio la vuelta, dándole un codazo a Isami para que se uniera a la conversación también. Arata hizo lo mismo con Fuyumi, ya que seguía distraída con sus auriculares.

—Deberíamos escaparnos —susurró Kaede, viendo de reojo que la profesora estaba de espaldas a ellos, escribiendo unas complicadas fórmulas matemáticas. Extraño, pues recordaban que ésta era la clase de ciencias.

—Si veo una más de esas, mi cerebro va a explotar —dijo Hanako, levantándose lentamente de su asiento. Los demás la siguieron, Kaede se puso al final del grupo, lanzando miradas rápidas hacia la profesora para asegurarse que no se diera cuenta.

Por supuesto, varios de sus compañeros se dieron cuenta, pero nadie dijo nada. De hecho, varios los siguieron con el mismo sigilo; era evidente que ellos tampoco soportaban otro minuto de esa estricta profesora.

Cuando se alejaron lo suficiente del salón, Hanako corrió al frente del grupo y dio un pequeño salto de alegría.

—¡Al fin! ¡Soy libre al fin!

—¡Yo también! —Arata se le acercó y juntó sus manos con las de ella, también saltando de alegría—. ¡Estoy tan feliz, Hanako! ¡Hemos escapado de esa cárcel!

—Aún estamos en la cárcel —dijo Fuyumi, sonriendo—. Seguimos en la academia.

—Tenías que arruinar el buen momento, ¿eh? Aunque supongo que tienes razón —añadió Kaede, deteniéndose frente a ellos.

—Pues entonces escapamos del guardia —espetó Hanako, separándose de Arata para mirar al resto del grupo.

A su alrededor, Kaede vio a varios alumnos deteniéndose junto a ellos, muchos suspirando de alivio. Se dio la vuelta, pero no vio a muchos más saliendo. Sabía que esta escapada le traería problemas en el futuro.

«¿En qué estoy pensando? Ni esa señora se resiste a mis encantos», pensó con picardía.

—¿Ahora qué hacemos? —La delicada voz de Yuu devolvió su atención a su grupo de amigos. Arata fue el primero en salir caminando, seguido de Hanako.

—Fuyumi tiene razón, aún no hemos salido de la cárcel. Así que vamos a hacer eso.

—Estoy de acuerdo. —Hanako asintió efusivamente—. Hasta podríamos saltarnos la siguiente clase. No creo que nada suceda.

Exceptuando al indeciso Isami, todos estuvieron de acuerdo con la idea. Sin embargo, aunque el joven no dijera nada, en su expresión se notaba lo mucho que ansiaba salir de la academia y disfrutar de un momento en compañía de sus amigos.


Apenas puso un pie fuera de la academia, Arata saltó de la alegría de la misma forma que lo había hecho al salir del salón. Los demás los siguieron tranquilamente, sonriendo a su despreocupada actitud. Arata era el tipo de persona que no le importaba mucho sus estudios; de hecho, todos sabían que había repetido un año o dos. No le importó mucho, pues así es como terminó conociendo a su actual grupo de amigos. Intentó tomar una actitud sobre protectora con ellos, aunque fuera el menos indicado.

Hanako estiró sus brazos pálidos hacia el cielo, disfrutando de la refrescante brisa de otoño. Sus cabellos dorados ondeaban con el viento, y tuvo que retirar un mechón de su cara para poder ver bien. Ella había sido la mejor amiga de Yuu desde mucho antes de conocer a los demás y, al ser las más jóvenes del grupo, seguían llevándose mejor entre ellas mismas.

—¡Oye, Arata! ¡A ver cuándo te consigues una chica cegata para que dejes de molestarme a mí!

Sus comentarios solían ser hirientes, aunque jamás lo hacía con mala intención. Cualquiera que entendiera ese simple hecho podría ganarse su amistad fácilmente, pues todos ellos la conocían por ser muy leal y carismática.

—Hanako… No seas tan mala con él… —dijo Yuu, caminando hacia su lado. A diferencia de Hanako, la joven de pelo blanco era amable con todos, aunque no dejaba que nadie se aprovechara de esa amabilidad. En su pasado tal vez hubieron algunos que pidieron agotadores favores, pero al conocer a su grupo de amigos, aprendió en quién confiar y a quién darle la espalda. Aunque tuviera sólo catorce años, muchas personas habían creído que era mayor, debido a su madurez.

—Yuu. —Kaede se le acercó y posó una mano sobre su corto cabello—. ¿Quieres ensayar después de clases?

Los ojos de Yuu brillaron de emoción y sus mejillas se ruborizaron. Con una gran sonrisa declaró:

—¡Claro!

Kaede era muy bueno tocando diferentes instrumentos, y siempre ensayaba alguna canción con Yuu en el salón de música, cuando nadie estaba mirando. Al reunirse solos varias veces, muchos en la academia pensaban que había algo entre ellos. Kaede ya no podía contar la cantidad de amenazas de muerte que había recibido.

—Ya están coqueteando, ¿eh? —anunció Shou, acercándose a Kaede y dándole un codazo significativo. Aún así, todo el grupo sabía que no habían sentimientos más allá de amistosos entre ambos, pero no les importaba que bromearan sobre aquello—. Ojalá yo tuviera tanta suerte con las deportistas y las admiradoras, ninguna de ellas podría entender el complejo misterioso de Shou Izawa.

—Oh, vamos. —Kaede entornó los ojos, sonriendo—. Y dirás que no tienes suerte con Yuko.

Shou rápidamente se ruborizó y sacudió la cabeza. Yuko era parte del club de animadoras; una chica con fama de ser muy difícil, aunque muy hermosa. Aunque lo negara, era evidente que Shou estaba enamorado de ella, pero era imposible saber si era correspondido.

Con el fin de impresionarla, Shou entró en el club de deportes y comenzó a entrenar, creyendo el mito de que las mujeres se sienten atraídas por los deportistas. Así fue como el castaño terminó siendo un éxito con las chicas de las clases inferiores; con todas excepto con su objetivo primario.

Escucharon un bufido burlón detrás de ellos, y Fuyumi pasó a su lado con los brazos cruzados.

—Hombres. Siempre pensando en cómo llevar a una colegiala a la cama.

Este comentario hizo que Shou se ruborizara aún más.

—¡No todos somos así!

Fuyumi era una persona bastante tranquila, aunque disfrutaba de molestar a sus compañeros con sus comentarios irónicos. Pasaba la mayor parte de su tiempo sola; el primero en unirla al grupo fue Kaede. Y aunque fue difícil, terminó disfrutando de la compañía de los demás, al menos por un tiempo hasta que otra vez necesitara su espacio.

Isami fue el último en salir, luego de ser perseguido por uno de sus compañeros.

—¿Otra vez el cuaderno? —preguntó Kaede cuando lo vio.

De toda la academia, Isami era el que tenía mejores notas. Jamás se dormía, ni faltaba, ni se salteaba una clase. Siempre estudiaba, tanto cuando había exámenes como cuando no. Sus apuntes eran como una mina de oro para los estudiantes con baja nota, y siempre lo perseguían para tomar posesión de la joya que eran sus apuntes. Al menos se sentía afortunado; jamás lo molestaban sus compañeros pues era sabido que tanto sus cuadernos como su cerebro eran valiosos.

—Otra vez el cuaderno —respondió Isami, asintiendo. Se quitó un mechón turquesa que le molestaba en la cara; de tanto intentar quitarse a sus compañeros de encima ya estaba sudando.

Aunque, por dentro, siempre le divirtió esa situación. Le gustaba sentirse necesitado, y ser de utilidad para los demás. Fue así como conoció a Arata, al ser él la persona que más necesitaba de los apuntes.

—¡¿Qué están esperando?! —exclamó Arata, caminando hasta la puerta principal de la academia—. Vamos a salir y a disfrutar un rato. —Hanako y Fuyumi ya estaban con él, mientras que los demás los siguieron a paso ligero. Isami estaba un poco dubitativo, pero decidió que necesitaba un pequeño descanso tras los minutos extra de la estricta profesora.

Hacía frío, y el grupo lo sentía bien. Poco abrigados, el viento aprovechaba para colarse en cualquier parte de la piel que no estuviera cubierta con ropa. Las manos de Kaede se congelaron al instante, y se las llevó cerca de la boca para calentarlas. Su respiración hacía humo en el aire; Hanako estaba exhalando aire por la boca para comprobar este hecho. Aunque no estaba nevando, el cielo volvía a estar cubierto por una espesa capa gris de nubes. Pronto habría una tormenta, y con suerte los dejarían irse antes de clases.

—Ah, cómo quisiera estar bebiendo una taza de café ahora mismo… Acurrucado en el sofá de mi sala, y cubierto con una cálida manta… —dijo Shou, suspirando. El resto del grupo lo imitó, confirmando que a ellos también le gustaría estar en esa situación.

—Aunque yo prefiero el chocolate caliente —llegó la dulce y tímida voz de Yuu. Arata se dio la vuelta para mirarla y levantó su puño en el aire, con una sonrisa traviesa en la cara.

—¡Entonces vamos! —dijo, recorriendo al grupo con sus ojos púrpuras—. Puedo verlo en sus ojos. Ninguno de ustedes quiere volver con esa bruja. Vamos a escaparnos y a disfrutar del poco tiempo que nos queda de juventud.

—Del poco tiempo que te queda a ti, querrás decir —corrigió Fuyumi, soltando un exasperado suspiro—. Pero… debo admitir que es una buena idea. No aguantaré otro minuto de clase.

Y es que siempre se reunían en la misma cafetería. Una pequeña, cálida, con empleados carismáticos y amables. Quedaba bastante cerca de la academia pero, al estar en horario de clases, apenas había una mesa ocupada. Por lo general era así; un lugar escasamente visitado, pero con la gente suficiente. Si hubiera más clientes, rápidamente se tornaría en un lugar molesto y ruidoso, lo opuesto de lo que se esperaría de una cafetería.

Fue Kaede el que eligió la mesa del centro. Era la más grande, con suficientes asientos para el resto de la banda.

—¡¿Por qué siempre me hacen esto?! —exclamó Arata, rompiendo el silencio del lugar—. Saben perfectamente que odio estar en la cabecera de la mesa.

Todos echaron a reír. Aunque había mesas redondas, también había algunas cuadradas, y cada mesa individual tenía un par de sillas enfrentadas. Esto significaba que, al ser siete en el grupo, siempre quedaba uno fuera que debía sentarse en la cabecera o en una mesa extra.

Arata no estaba realmente enfadado, pero sí era cierto que no le agradaba estar en la cabecera. Los demás sólo decían que debía estar allí, pues era el mayor. Él suspiró, rendido.

—La próxima vez —comenzó Yuu, dedicándole una sonrisa—, yo me sentaré en tu lugar.

Arata se limpió una lágrima imaginaria a la vez que se sentaba en su sitio.

Kaede observó a todos, uno por uno, con suma atención. Se reunían muy seguido, hasta el punto de considerar a sus compañeros como parte de su familia. Y primeramente observó a Arata Anami, el mayor. Pelo anaranjado, ojos color amatista, el adulto que siempre protegía al grupo. Si bien era algo flojo, nadie podría decir que es un tipo aburrido y despreocupado. Al contrario, siempre se preocupaba por el bienestar de los demás, aunque jamás lo demostraría. Bueno, sí era bastante terco, de eso no había duda.

—Admito que me agrada este lugar. El café es excelente.

Kaede se volvió hacia Fuyumi Imaizumi, la delgada mujer de pelo negro y ojos zafiro. Fue difícil que se integrara al grupo, pues era bastante silenciosa. Según ella, no le gustaban los grupos numerosos, y aprecia mucho su espacio personal. Fue tal vez suerte o un milagro el que hizo que se integrara al grupo, pero es que, en el fondo, era una persona interesante y carismática. Cuando quería.

—¡Es cierto! Aunque prefiero el chocolate caliente. El café es para los amargos como tú.

—¡Cómo te atreves!

Y el bromista de ojos plateados y cabello castaño oscuro era Shou Izawa. El impulsivo, tal vez el más parecido a Arata, aunque un poco más inmaduro por su edad. Le encantaba que lo adorasen las estudiantes de los cursos inferiores, sin embargo, su objetivo era una chica difícil llamada Yuko. Sí, le gustaban los retos, pero sabía que sería capaz de conseguirlo. O eso esperaba.

—Bueno, si al café amargo le pones azúcar, se vuelve bastante dulce —dijo Kaede, mirando a Fuyumi—. Tal vez tú seas igual.

Kaede Masuzoe siempre obtenía lo que quería. Defendía a los suyos como nadie, aunque con palabras más que con puños. Sus ojos rubí y cabello pelirrojo destacaban bastante, pero era su personalidad la que ganaba contra las profesoras. Al menos las que no eran tan estrictas que requerían una escapada de clases. Y si bien era bastante alto, tanto como para ser bueno en los deportes, le encantaba la música y los instrumentos.

—¿Ya sabes qué vas a pedir? —se escuchó al final de la mesa, seguido de un «mmm…» pensativo.

El chico de pelo turquesa y ojos café que sostenía firmemente el menú era Isami Saeki, el famoso estudiante modelo. Sus calificaciones eran envidiables, y todos en el grupo sabían que, con ese cerebro suyo, lograría grandes cosas en el futuro: un buen empleo, tal vez una buena esposa, varias riquezas y una vida perfecta. Pero él no estaba tan seguro; era bastante humilde, y aún no se decidía sobre a qué quería dedicarse. De todas formas le tomaba demasiado tiempo elegir una bebida, era normal que le preocupase su futuro.

—Compartiré lo que elijan. —Y por sobre todo, era desinteresado—. Yo compartiré con ustedes.

—¡Sólo elige lo que quieres de una vez! —Se escuchó un suspiro exasperado—. Fuyumi hasta eligió sin ver la carta.

La chica hermosa, de cabellos dorados y ojos esmeralda, era la extrovertida Hanako Saiki. Sabía hacer amigos donde quiera que fuera, pero no se quedaba con ellos mucho tiempo. Fue hasta que conoció a Kaede y los demás que supo que tendría una amistad de por vida. Era increíblemente sarcástica, a veces hasta ofensiva, pero todos sabían que sólo buscaba divertir y no enfurecer. De hecho, la consideraban la amiga más leal, y la vocera del grupo. Sin querer, a veces se convertía en la líder de algunos proyectos. Kaede admiraba su perseverancia, por sobre todas sus virtudes.

—Pues no es el único que tiene problemas —remarcó Arata, señalando con su mirada a Yuu.

Yuu Sekine era una chica joven, la más joven del grupo, de cabello blanco y corto, y cristalinos ojos azules. Por su apariencia, muchos decían que era un ángel. No era una chica demasiado extrovertida, en cambio era tímida, y ese exceso de atención a veces le abrumaba. Pero su grupo le agradaba, pues sabía que para ellos sólo era una amiga más, y que no era ni más ni menos especial que el resto.

—Lo siento… —dijo con su susurrante voz—. Es que hay varias cosas deliciosas aquí.

—¿Quieres compartir, Yuu? —preguntó Fuyumi, quien estaba sentada a su lado.

Yuu sólo asintió, sonriendo.

Kaede se sintió satisfecho. Nada lo separaría de tan buenos amigos que había logrado en la academia. Realmente se sentía afortunado.