Soy de los hombres que piensa que los placeres simples son los mejores, yo tengo el mejor, el más simple: mi trabajo. Es muy tranquilo, la paga no importa mucho, lo mejor es que siempre hay clientes, y éstos colaboran conmigo. Recuerdo cuando llegó una chica muy hermosa, según leí, tenía 20 años, y 25 años de diferencia no son nada, al menos es lo que mi trabajo me ha enseñado, además de que tratándose de amor, nada importa.

Era un domingo cuando llegó con su familia; su madre era muy agradable, su padre parecía del tipo celoso. Negociamos sus peticiones y cuando por fin llegamos a un acuerdo, nos dejaron solos. Ella tenía una expresión tímida, así que para romper el hielo comencé con una pequeña broma sobre su cabello, de esas que no son muy graciosas pero fomentan confianza.

Mientras nos preparábamos para comenzar, la charla surgió; le hablé sobre mi vida, mis estudios y de lo mucho que me gusta mi empleo, se comenzaba a sentir una calidez entre ambos. Mientras avanzábamos para terminar el trabajo, llegó el momento en el que –como cualquier cliente- tuvo que ser desnudada y me pasó algo que nunca antes, me enamoré de su cuerpo. No sabía qué hacer, estaba emocionado, la confianza que ya habíamos creado obligaba a pecar, obligaba a que yo me liberara de mi ropa también. Actué. Comencé acariciando su cadera, a pesar de que mis intenciones eran obvias, todo parecía permitido. La tomé en mis brazos y ambos nos recostamos, comencé a besarla, acariciaba sus muslos. Su abdomen, rígido y plano, bien cuidado y un ombligo hermoso. Lo besé también, por si fuera poco, lo lamí, saboreé su esencia.

Despacio, bajaba caminando en su vientre, dando besos en lugar de pasos; al mismo tiempo, acariciaba sus senos. Mis labios llegaron hasta la flor de su sexo, mi lengua danzó dentro, yo lo disfrutaba tanto como estaba seguro que lo hacía ella.

Húmeda y yo listo, comenzamos a hacer el amor. Fue la mejor experiencia que jamás había tenido. Me dejó gobernarla, ambos lo gozamos. Al terminar, lloré mientras le explicaba la imposibilidad de volverlo a hacer, pero había un gesto en su cara que me estremeció, así que le propuse que se quedara. Así fue.

Sin embargo, ¡muero de la tristeza! Ha pasado algo catastrófico, alguna vez lo contemplé, pero pensé que no sucedería jamás si todo era perfecto. Ha comenzado a perder partes de su cuerpo. Paulatinamente, la naturaleza la llama y me pregunto si algo hice mal, si he sido pecador para merecer esto. Pronto la perderé y no podría vivir si ella.

Esta es sólo una carta en la que plasmo mi historia y mi despedida. Nos entregaremos por última vez, pero ahora al calor de las llamas, como debió ser en un principio.

Adiós.

René Silva

Empleado funerario