¡Oh, si pudiera ahora

besarte castamente

la boca roja y dulce

para siempre!

Dámaso, A. Versos de otoño.

...

Los árboles del paseo ya estaban empezando a deshacerse de sus hojas amarillentas y secas, y la luz del sol cada día era más escasa. Los coches, que durante el verano habían formado una orquestra de ruidos urbanos, ahora eran tan sólo un fluir ligero en las carreteras de cuatro carriles. La gente también había comenzado a relajarse, así cómo los termómetros, que antes asfixiaban y ahora tendían, más bien, a la moderación térmica.

—El año pasado todo ésto me pareció distinto.

Y es que hacía doce meses que Damaris había llegado a la ciudad, pero aún no se hacía a la idea de los cambios que eso comportó para ella.

—Cuando llegué tan sólo pude ser consciente del jaleo propio del ámbito urbano; los coches y sus motores me parecían ruidosos, la cantidad de gente que transitaba las calles me ponía nerviosa y hasta me costaba respirar en un aire que olía a humedad con tanta intensidad.

Ahora las condiciones eran las mismas, pero después de haber pasado un año en Malva la joven se había acostumbrado y su cuerpo terminó por adaptarse a su nuevo hábitat.

—Y además —añadió su acompañante—, estaba la emoción de la novedad.

Ella se rió.

—Una novedad que, si hubiera llegado a imaginar en lo más mínimo, habría rehuído sin dudarlo.

—Vamos —dijo él.— Tampoco ha sido tan horrible, y me has conocido a mi.

Damaris se giró. Por su cabeza pasó el momento exacto en que encontró a Ryan y no pudo hacer otra cosa que sonreír con melancolía. Cuando le vió por primera vez estaba convencida de que estaba tratando de ligar con ella. «Estás muy equibocado, chaval», le había respondido. Aún con ese primer encuentro, allí estaban, delante de un edificio de cinco plantas sin ascensor, a punto de visitar el que vendría a ser su hogar durante los próximos meses.

—Sí, lo cierto es que ha sido toda una suerte.

Para Ryan también había resultado ser un afortunado encuentro. Si bien los padres de Damaris no habían salido del pueblo en los últimos diecisiete años y tenían la mente cerrada, los de Ryan habían visitado un montón de países y ciudades y, si supieran de su pequeño secreto, desheredarlo sería la primera medida que tomarían.

—También para mi.

Se quedaron mirando el bloque un poco más.

—Qué te parece, ¿entramos?— preguntó Damaris.

—Claro.

Ambos tenían ganas de ver su pequeño y nuevo hogar. Las escaleras eran estrechas y estaban algo sucias pero, a medida que las subían, una sensación de familiaridad les invadió.

El piso era pequeño, pero acogedor. Conforme entrabas, a mano izquierda había una pequeño baño, y a mano derecha la cocina. Un metro y medio más adelante, el comedor, con las cajas de la mudanza, una ventana que daba al patio interior y en la esquina izquierda dos puertas, correspondientes a las dos habitaciones, ambas con cama grande.

Nada más.

—Me gusta éste lugar— dijo Damaris.

—A mi también.

Acordaron por sorteo las habitaciones y decidieron que pedirían comida a domicilio. No habían invitado a sus amigos, pero no por eso no iban a dar un pequeño banquete de inauguración.

...

La camiseta de María estaba tirada por el suelo, con toda probabilidad cerca de su ropa interior, cuando la discusión se sucedió.

—¡Siempre haces lo mismo!— gritaba ella, mientras aún desnuda buscaba con la mirada su ropa.— Me llamas cuando te apetece, hacemos el amor y después me dices que tienes cosas que hacer y me invitas a marcharme.

La receptora de esas acusaciones no se movió ni hizo amago alguno por defenderse. Eso sólo enfureció aún más a María que, habiendo encontrado las bragas y el sujetador, se esmeraba ahora en aguantar el llanto mientras se subía la cremallera de sus tejanos.

—Y encima ni siquiera te importa, claro.

No le importaba, estaba en lo cierto. María era plenamente consciente de su posición.

—Te odio —murmuró, evitando el contacto visual. Se vió obligada a secarse las lágrimas, aunque se hubiera propuesto aguantar y esconder las ganas de llorar que la abrasaban.— Te odio, Uxia.

—Lo sé.

Y eso era lo peor. Ella sabía de su odio, pero le daba lo mismo. Y María se odiaba también a sí misma, porque cuando Uxia volviera a llamarla, acudiría sin dudarlo.

María había recogido ya sus cosas, y se dirigía hacia la puerta. Uxia la acompañó y la despidió a la salida, observando cómo bajaba los escalones con las piernas temblorosas y el llanto suave que las acompañaban.

—Me odias— comenzó. Estaba a cuatro escalones y el sonido ligero de su voz resonó un poco en el edificio, por lo demás tranquilo.— Pero volverás, porque estás enamorada de mí y me quieres, aunque yo no sienta lo mismo por ti.

María se secó las lágrimas y se giró, seria, odiándola con todo su cuerpo.

Fue tajante.

—No volveré.

Después de esas declaraciones, Uxia cerró la puerta. «Volverá, cómo hace siempre», pensó. No le dió más importancia. María, sin embargo, sí se la daba.

Llevaba viendo a Uxia apenas seis meses, y ya había sido la relación más intensa de toda su vida. Y es que cuando la vió por primera vez supo que se iba a enamorar de ella, de su espesa melena roja y esos labios carnosos, de su voz, de sus pechos y de su piel y, en definitiva, de todas y cada una de las partes de su cuerpo. Y tenía razón.

Se quedó de pie en el descanso del segundo piso, sintiendo que no podía continuar. ¿Cuántas veces había dicho que no volvería? ¿Tres? ¿Cinco? Y todas habían sido mentira.

Todas habían sido prueba de su debilidad.

El ser humano es débil por naturaleza, se dice María, de pie en un rellano del que no recuerda el piso. Cree firmemente que el carácter complicado de Uxia no es más que un reclamo para la gente como ella, que ha pasado tortuosamente por otras relaciones complicadas que terminaron mal. Y, aunque lo lógico y sensato sería evitar a esa clase de gente, María acudía a ellos una y otra vez, sin remedio. Sin lógica, sin sensatez.

—Perdón...

Levantó la mirada y al ver a un repartidor se hizo a un lado. Abrieron la puerta del segundo piso y de ella apareció una chica, aproximadamente de su misma edad. Tenía el cabello largo, blanco, y unos ojos impresionantes que la miraron directamente a los suyos nada más notar su presencia.

«Lesbiana», pensó María nada más verla. Después de ese pequeño encuentro, continuó descendiendo por las escaleras con tranquilidad. Esa chica iba a caer en las redes de Uxia, y le partiría el corazón, y sufriría mucho por ello y, claro, Uxia ni se iba a inmutar. Esa chica del cabello blanco no lo sabía, pero eso iba a suceder porque era inevitable que ambas se encontraran.